El imperativo de la cercanía: Por qué el futuro de España no está en el Indo-Pacífico
Introducción: La geografía como sentencia
Napoleón Bonaparte sentenció con
lucidez que "la geografía es el destino". En la era de la
hiperconexión digital y la guerra cibernética, tendemos a olvidar este axioma
fundamental: por mucha tecnología que poseamos, la tiranía de la distancia y la
realidad física del mapa siguen dictando las prioridades de seguridad nacional.
En los últimos tiempos, hemos asistido a una retórica coordinada y creciente, procedente tanto de ciertos estamentos políticos europeos como de mandos navales, que sugiere que la seguridad de España pasa ineludiblemente por proyectar fuerza naval en el Indo-Pacífico. Se invocan conceptos nobles como la "responsabilidad global", el alineamiento con nuestros socios atlánticos y la defensa del libre comercio internacional. Sin embargo, bajo esta capa de aspiración cosmopolita, se esconde un error de cálculo estratégico de primer orden.
Es necesario preguntarse con una
dosis de realismo brutal: ¿Qué se nos ha perdido allí? La respuesta honesta es
que nada que justifique el coste de oportunidad. España no necesita buscar otro
océano porque su supervivencia, su prosperidad y su influencia se juegan en el
que ya tiene: el Eje Atlántico-Mediterráneo. Distraer recursos finitos
en escenarios lejanos, fuera de la esfera de cobertura inmediata de nuestros
intereses vitales, supone diluir nuestra capacidad de actuación donde
verdaderamente nos jugamos el futuro: en el Flanco Sur, el Estrecho de
Gibraltar y el Atlántico Africano.
España debe rechazar los
"cantos de sirena" de la proyección global para centrarse en
convertirse en la potencia ordenadora del Mediterráneo Occidental y el guardián
indiscutible de la frontera sur de Europa. La geografía impone prudencia; la economía,
prioridades; y la defensa nacional, concentración de fuerzas.
I. La tentación del prestigio y la trampa estratégica
La fascinación con el
Indo-Pacífico no es casual ni inocente. Para cualquier armada de aguas azules
("Blue Water Navy"), operar en el teatro donde se dirime la hegemonía
mundial del siglo XXI —la fricción entre Estados Unidos y China— representa la
cima del prestigio profesional. Existe una tentación comprensible en el
estamento naval de querer "estar donde ocurren las cosas
importantes", de navegar borda con borda junto a los superportaaviones de
la US Navy o participar en ejercicios de alta complejidad en el Mar de
Filipinas.
Sin embargo, confundir la
aspiración corporativa o el prestigio militar con el interés nacional es un
lujo que solo las superpotencias con recursos ilimitados pueden permitirse.
España es una potencia media de alcance regional. Esto no es una afirmación
derrotista, sino una constatación de nuestras capacidades y responsabilidades.
Pretender actuar como una potencia global no nos hace más relevantes, sino
menos efectivos en lo que realmente importa.
El Indo-Pacífico es un teatro de
operaciones diseñado para el choque de titanes o para potencias regionales
asiáticas (Japón, Australia, India, Corea del Sur) que se juegan su integridad
territorial frente al expansionismo chino. España no encaja en esa ecuación. Hace más de 125 años que no somos una potencia global (como Estados Unidos), no
poseemos territorios de ultramar en la región (como Francia), carecemos de
tratados de defensa mutua bilaterales que nos obliguen a intervenir (como
Estados Unidos y el Reino Unido), y nuestra economía, aunque globalizada, no
depende de la seguridad física de esas rutas en la misma medida existencial en
que dependemos de la estabilidad del Magreb.
Aceptar la premisa de que
"como el comercio es global, la seguridad debe ser global" es una
falacia peligrosa que conduce a la sobreextensión imperial (imperial
overstretch). Si la Armada tuviera que escoltar cada contenedor con destino
a Valencia o Algeciras desde su origen en Shenzhen, necesitaríamos una flota
diez veces superior a la actual. La estrategia, por definición, consiste en
priorizar recursos escasos ante amenazas ilimitadas. Y nuestra prioridad no
está a 10.000 kilómetros de distancia.
II. La solidaridad asimétrica
Uno de los argumentos más
repetidos para justificar nuestra presencia en Asia es la solidaridad aliada:
"Debemos mostrar compromiso con nuestros aliados". Se asume que
patrullar el Mar de la China Meridional nos granjeará el apoyo automático de
nuestros socios cuando tengamos problemas en casa. Esta lógica de quid pro
quo es, en el mejor de los casos, ingenua.
Debemos preguntarnos por la
reciprocidad real. Si mañana estalla una crisis de "zona gris" en el
Estrecho de Gibraltar, o si la inestabilidad del Sahel se desborda amenazando
directamente a Ceuta, Melilla o Canarias, ¿Veremos destructores japoneses
patrullando el Mar de Alborán? ¿Enviará Australia fragatas para interceptar el
tráfico de personas o el narcotráfico en el Golfo de Cádiz? La respuesta es un
rotundo no. Lo vimos en 2002 durante la crisis de Perejil, en 2021 durante la crisis
migratoria de Ceuta, y lo seguimos viendo durante las sucesivas crisis de los
cayucos. Llegado ese momento, estaremos solos.
Los actores del Indo-Pacífico
están —lógicamente— obsesionados con sus propios dilemas de seguridad
existencial frente a Pekín y Pyongyang. Más aún, actores clave como India
mantienen relaciones complejas y pragmáticas con Rusia, una nación que está
flanqueando activamente a España por el sur a través de sus grupos apoderados (proxy)
en África. Esperar que nuestra presencia simbólica en Asia se traduzca en ayuda
recíproca o material contra las amenazas en nuestro flanco sur es creer en el
pensamiento mágico.
La excepción francesa: Un modelo
inaplicable
Es crucial
desvincular la estrategia española de la francesa. A menudo, Bruselas intenta
mimetizar la postura de París como la "postura europea". Pero Francia
es una anomalía geopolítica, ya que es una potencia residente en el
Indo-Pacífico. Así, posee territorios (Nueva Caledonia, Polinesia, Reunión, Mayotte, Wallis y Futuna)
con más de 1,6 millones de ciudadanos franceses a los que tiene la obligación
constitucional de proteger, así como la segunda Zona Económica Exclusiva más
grande del mundo gracias a estas islas.
Cuando Francia despliega el
portaaviones Charles de Gaulle en el Pacífico, está patrullando sus
aguas domésticas. España no tiene ni un metro cuadrado de soberanía en la zona.
Imitar el despliegue francés sin tener los intereses franceses es un ejercicio
de vanidad institucional, un "quiero y no puedo" que drena recursos
vitales.
III. El verdadero centro de gravedad: El triángulo de la supervivencia
Si eliminamos el ruido mediático
sobre Taiwán y miramos el mapa con ojos españoles, la amenaza se dibuja con
claridad meridiana. Nuestro teatro de operaciones natural es el Eje
Atlántico-Mediterráneo. Esta zona no es opcional. Es un imperativo
existencial formado por tres vértices críticos: el Estrecho de Gibraltar,
Canarias y el arco de inestabilidad Sahel-Golfo de Guinea.
1. El fulcrum nacional:
El Estrecho de Gibraltar
El Estrecho no es solo un paso
marítimo; es el centro de gravedad geopolítico de España y uno de los choke
points (cuellos de botella) más importantes del mundo. Mientras algunos
estrategas dibujan flechas en el mapa de Asia, la realidad es que España
custodia este punto junto a una potencia extranjera en nuestro suelo (Reino
Unido/Gibraltar) y frente a un vecino complejo y rearmado (Marruecos).
Aquí, España tiene la obligación
de ejercer Sea Control (Control del Mar), no solo presencia. La
carrera armamentística en el Magreb, con la adquisición de submarinos modernos
por parte de Argelia y la modernización de las fuerzas marroquíes, sumada a la
penetración de Rusia en el Mediterráneo, convierte nuestro vecindario en un
polvorín.
Un destructor estadounidense o
una fragata alemana no se interpondrán con la misma determinación que un buque
español en una crisis de soberanía o jurisdicción en nuestras aguas. Si España
no lidera la seguridad en el eje Baleares-Estrecho, nadie lo hará por nosotros.
Dedicar nuestras mejores unidades a Asia mientras la presión en el Estrecho
aumenta es una negligencia en la defensa de nuestra propia puerta de entrada.
2. Canarias y el Flanco Sur
Ampliado
Canarias no es la retaguardia, sino la vanguardia operativa de España en el Atlántico. Geopolíticamente, el
archipiélago actúa como un "portaaviones insumergible" que proyecta
la influencia española sobre África Occidental.
La amenaza aquí es
multidimensional e híbrida:
- El Sahel y la amenaza rusa: La inestabilidad
en el Sahel, exacerbada por golpes de estado y la presencia de grupos
paramilitares rusos (anteriormente Wagner, ahora integrados en estructuras
estatales), utiliza la migración como arma política contra España y Europa.
La respuesta a esto requiere inteligencia, diplomacia de defensa y
presencia naval constante en la costa africana, no en Filipinas.
- Golfo de Guinea: Es el nudo gordiano de la
seguridad energética y el crimen organizado. Es la principal ruta del
narcotráfico hacia Europa y una zona clave para nuestra flota pesquera y
suministros de hidrocarburos.
- La batalla del fondo marino: Canarias se
encuentra en una posición crítica para la vigilancia de cables submarinos
y la competencia por los recursos del lecho marino (telurio y tierras
raras). Proteger estos activos requiere capacidades de guerra
antisubmarina y vigilancia oceánica persistente en el Atlántico, no
proyección lejana.
3. La verdadera contención de
China
Se argumenta que debemos ir al
Pacífico para contener a China. Sin embargo, China ya está en el Atlántico. La
estrategia de Pekín en África Occidental radica en inversiones masivas en
infraestructuras portuarias, así como extracción de minerales y pesca
depredadora, aspectos donde sus intereses chocan directamente con los de España.
La mejor manera de que España
ayude a frenar el avance global de China no es enviando una fragata o un
portaviones por el Mar de China, sino evitando que Pekín gane terreno
estratégico en África Occidental y en el Atlántico Medio. Si conseguimos
que los puertos africanos y las rutas atlánticas no terminen orbitando
alrededor de China, estaremos aportando muchísimo más a la seguridad de la OTAN
que con cualquier despliegue simbólico en Asia. Es ahí, en nuestro entorno
natural, donde España puede marcar la diferencia de verdad.
IV. El diseño de la flota: La tiranía de la logística
La estrategia no son solo líneas
en un mapa; es acero, combustible y presupuesto. Decidir que el Indo-Pacífico
es prioritario obligaría a la Armada a diseñar una flota que no es la que
necesitamos para defendernos.
El espejismo de la "Blue
Water Navy" global
Operar creíblemente en el
Pacífico requiere una fuerza expedicionaria de gran dimensión: buques de gran
tonelaje, defensa contra misiles balísticos y, sobre todo,
una cadena logística pesada con buques de aprovisionamiento enormes para
sostener operaciones a 40 días de navegación de Rota o El Ferrol.
Si orientamos el presupuesto a
construir capacidades pensadas para proyectar poder a miles de kilómetros,
inevitablemente "canibalizaremos" los fondos necesarios para lo que
realmente urge: el control del litoral y la guerra antisubmarina (ASW) en nuestro patio trasero.
Lo que España realmente necesita
El escenario
Mediterráneo-Atlántico requiere una flota diferente, basada en el número, la
versatilidad y la alta tecnología aplicada a la negación de acceso:
- Fragatas antisubmarinas (ASW) de primer nivel:
La amenaza submarina en el Mediterráneo (submarinos Kilo argelinos,
presencia rusa) es real y letal. Necesitamos más fragatas como las futuras
F-110, optimizadas para detectar y cazar submarinos en el Estrecho y
Atlántico, no para defensa aérea de zona en el Pacífico.
- La necesidad de "más cascos": En
lugar de unos pocos buques gigantescos, necesitamos una red densa y
numerosa. Esto implica, por un lado, desarrollar fragatas
ligeras (una hipotética "Clase F-120" basada en la Alfa 5000 Combatant), capaces de operar en zonas litorales complejas ("Green
Water"), donde la amenaza no es un destructor enemigo, sino un
submarino diésel-eléctrico silencioso (como los que tiene Argelia),
lanchas rápidas, minas, misiles o drones aéreos y navales. Por otro
lado, requiere un buen número de corbetas fruto de la evolución de las
Avante 2200 Combatant, económicas de operar pero fuertemente armadas
para patrullar el Golfo de Guinea, luchar contra la piratería y responder
a amenazas asimétricas (lanchas rápidas, drones) de potencias extranjeras o grupos paramilitares.
- Renacimiento del arma submarina: El control
del Estrecho es imposible sin submarinos. La serie S-80 es un paso, pero
el retraso ha sido costoso y el resultado final tiene sus debilidades. España debería aspirar a una flota submarina mejor y más numerosa que las de sus rivales, complementando los S-80 con unidades más compactas y ágiles
para el Mediterráneo (un concepto de "S-90" cost-effective), y con capacidad de segunda salva de misiles de crucero, garantizando una disuasión real frente a nuestros vecinos.
- Logística sostenible: Enviar un buque al Pacífico destroza su ciclo de vida. Despliegues de 9 meses queman horas de motor y fatigan tripulaciones, adelantando la obsolescencia de los barcos. En un futuro contexto de presupuestos ajustados, cada hora de navegación en el Índico es una hora restada a la vigilancia de Canarias y el Estrecho.
Conclusión: El realismo como brújula
El recorrido estratégico a través
de nuestro vecindario inmediato nos lleva a una conclusión ineludible: la
ambición española en el Indo-Pacífico es una distracción innecesaria. Es un
lujo que pagaríamos caro cuando la próxima crisis estalle, no en Taiwán, sino
en el Sahel, en las aguas de Canarias o en el Estrecho de Gibraltar.
España tiene un deber existencial
con su propia geografía. Nuestro "océano" es el triángulo formado por
el Golfo de Cádiz, Canarias y el Mediterráneo Occidental.
- Mientras Estados Unidos y Francia tienen razones
hegemónicas o territoriales para estar en Asia, España tiene la misión
histórica de ser el ancla de seguridad del sur de Europa.
- Nuestra contribución a la alianza occidental no
debe ser actuar como comparsa en teatros lejanos, sino garantizar que el
"Bajo Vientre" de la OTAN (NATO’s Underbelly) es
impenetrable.
La brújula estratégica española
debe apuntar al sur. Necesitamos más corbetas patrullando el Golfo de Guinea,
más fragatas en Canarias, más submarinos silenciosos en el Estrecho y una
inteligencia robusta en el Sahel. Necesitamos dominar el mar que tenemos frente
a casa antes de soñar con océanos que no nos pertenecen. España no necesita
otro océano; necesita liderar el suyo.

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