jueves, 20 de noviembre de 2025

España no necesita otro océano

El imperativo de la cercanía: Por qué el futuro de España no está en el Indo-Pacífico


Introducción: La geografía como sentencia

Napoleón Bonaparte sentenció con lucidez que "la geografía es el destino". En la era de la hiperconexión digital y la guerra cibernética, tendemos a olvidar este axioma fundamental: por mucha tecnología que poseamos, la tiranía de la distancia y la realidad física del mapa siguen dictando las prioridades de seguridad nacional.

En los últimos tiempos, hemos asistido a una retórica coordinada y creciente, procedente tanto de ciertos estamentos políticos europeos como de mandos navales, que sugiere que la seguridad de España pasa ineludiblemente por proyectar fuerza naval en el Indo-Pacífico. Se invocan conceptos nobles como la "responsabilidad global", el alineamiento con nuestros socios atlánticos y la defensa del libre comercio internacional. Sin embargo, bajo esta capa de aspiración cosmopolita, se esconde un error de cálculo estratégico de primer orden.

Es necesario preguntarse con una dosis de realismo brutal: ¿Qué se nos ha perdido allí? La respuesta honesta es que nada que justifique el coste de oportunidad. España no necesita buscar otro océano porque su supervivencia, su prosperidad y su influencia se juegan en el que ya tiene: el Eje Atlántico-Mediterráneo. Distraer recursos finitos en escenarios lejanos, fuera de la esfera de cobertura inmediata de nuestros intereses vitales, supone diluir nuestra capacidad de actuación donde verdaderamente nos jugamos el futuro: en el Flanco Sur, el Estrecho de Gibraltar y el Atlántico Africano.

España debe rechazar los "cantos de sirena" de la proyección global para centrarse en convertirse en la potencia ordenadora del Mediterráneo Occidental y el guardián indiscutible de la frontera sur de Europa. La geografía impone prudencia; la economía, prioridades; y la defensa nacional, concentración de fuerzas.


I. La tentación del prestigio y la trampa estratégica

La fascinación con el Indo-Pacífico no es casual ni inocente. Para cualquier armada de aguas azules ("Blue Water Navy"), operar en el teatro donde se dirime la hegemonía mundial del siglo XXI —la fricción entre Estados Unidos y China— representa la cima del prestigio profesional. Existe una tentación comprensible en el estamento naval de querer "estar donde ocurren las cosas importantes", de navegar borda con borda junto a los superportaaviones de la US Navy o participar en ejercicios de alta complejidad en el Mar de Filipinas.

Sin embargo, confundir la aspiración corporativa o el prestigio militar con el interés nacional es un lujo que solo las superpotencias con recursos ilimitados pueden permitirse. España es una potencia media de alcance regional. Esto no es una afirmación derrotista, sino una constatación de nuestras capacidades y responsabilidades. Pretender actuar como una potencia global no nos hace más relevantes, sino menos efectivos en lo que realmente importa.

El Indo-Pacífico es un teatro de operaciones diseñado para el choque de titanes o para potencias regionales asiáticas (Japón, Australia, India, Corea del Sur) que se juegan su integridad territorial frente al expansionismo chino. España no encaja en esa ecuación. Hace más de 125 años que no somos una potencia global (como Estados Unidos), no poseemos territorios de ultramar en la región (como Francia), carecemos de tratados de defensa mutua bilaterales que nos obliguen a intervenir (como Estados Unidos y el Reino Unido), y nuestra economía, aunque globalizada, no depende de la seguridad física de esas rutas en la misma medida existencial en que dependemos de la estabilidad del Magreb.

Aceptar la premisa de que "como el comercio es global, la seguridad debe ser global" es una falacia peligrosa que conduce a la sobreextensión imperial (imperial overstretch). Si la Armada tuviera que escoltar cada contenedor con destino a Valencia o Algeciras desde su origen en Shenzhen, necesitaríamos una flota diez veces superior a la actual. La estrategia, por definición, consiste en priorizar recursos escasos ante amenazas ilimitadas. Y nuestra prioridad no está a 10.000 kilómetros de distancia.

 

II. La solidaridad asimétrica

Uno de los argumentos más repetidos para justificar nuestra presencia en Asia es la solidaridad aliada: "Debemos mostrar compromiso con nuestros aliados". Se asume que patrullar el Mar de la China Meridional nos granjeará el apoyo automático de nuestros socios cuando tengamos problemas en casa. Esta lógica de quid pro quo es, en el mejor de los casos, ingenua.

Debemos preguntarnos por la reciprocidad real. Si mañana estalla una crisis de "zona gris" en el Estrecho de Gibraltar, o si la inestabilidad del Sahel se desborda amenazando directamente a Ceuta, Melilla o Canarias, ¿Veremos destructores japoneses patrullando el Mar de Alborán? ¿Enviará Australia fragatas para interceptar el tráfico de personas o el narcotráfico en el Golfo de Cádiz? La respuesta es un rotundo no. Lo vimos en 2002 durante la crisis de Perejil, en 2021 durante la crisis migratoria de Ceuta, y lo seguimos viendo durante las sucesivas crisis de los cayucos. Llegado ese momento, estaremos solos.

Los actores del Indo-Pacífico están —lógicamente— obsesionados con sus propios dilemas de seguridad existencial frente a Pekín y Pyongyang. Más aún, actores clave como India mantienen relaciones complejas y pragmáticas con Rusia, una nación que está flanqueando activamente a España por el sur a través de sus grupos apoderados (proxy) en África. Esperar que nuestra presencia simbólica en Asia se traduzca en ayuda recíproca o material contra las amenazas en nuestro flanco sur es creer en el pensamiento mágico.

La excepción francesa: Un modelo inaplicable

Es crucial desvincular la estrategia española de la francesa. A menudo, Bruselas intenta mimetizar la postura de París como la "postura europea". Pero Francia es una anomalía geopolítica, ya que es una potencia residente en el Indo-Pacífico. Así, posee territorios (Nueva Caledonia, Polinesia, Reunión, Mayotte, Wallis y Futuna) con más de 1,6 millones de ciudadanos franceses a los que tiene la obligación constitucional de proteger, así como la segunda Zona Económica Exclusiva más grande del mundo gracias a estas islas.

Cuando Francia despliega el portaaviones Charles de Gaulle en el Pacífico, está patrullando sus aguas domésticas. España no tiene ni un metro cuadrado de soberanía en la zona. Imitar el despliegue francés sin tener los intereses franceses es un ejercicio de vanidad institucional, un "quiero y no puedo" que drena recursos vitales.

 

III. El verdadero centro de gravedad: El triángulo de la supervivencia

Si eliminamos el ruido mediático sobre Taiwán y miramos el mapa con ojos españoles, la amenaza se dibuja con claridad meridiana. Nuestro teatro de operaciones natural es el Eje Atlántico-Mediterráneo. Esta zona no es opcional. Es un imperativo existencial formado por tres vértices críticos: el Estrecho de Gibraltar, Canarias y el arco de inestabilidad Sahel-Golfo de Guinea.

1. El fulcrum nacional: El Estrecho de Gibraltar

El Estrecho no es solo un paso marítimo; es el centro de gravedad geopolítico de España y uno de los choke points (cuellos de botella) más importantes del mundo. Mientras algunos estrategas dibujan flechas en el mapa de Asia, la realidad es que España custodia este punto junto a una potencia extranjera en nuestro suelo (Reino Unido/Gibraltar) y frente a un vecino complejo y rearmado (Marruecos).

Aquí, España tiene la obligación de ejercer Sea Control (Control del Mar), no solo presencia. La carrera armamentística en el Magreb, con la adquisición de submarinos modernos por parte de Argelia y la modernización de las fuerzas marroquíes, sumada a la penetración de Rusia en el Mediterráneo, convierte nuestro vecindario en un polvorín.

Un destructor estadounidense o una fragata alemana no se interpondrán con la misma determinación que un buque español en una crisis de soberanía o jurisdicción en nuestras aguas. Si España no lidera la seguridad en el eje Baleares-Estrecho, nadie lo hará por nosotros. Dedicar nuestras mejores unidades a Asia mientras la presión en el Estrecho aumenta es una negligencia en la defensa de nuestra propia puerta de entrada.

2. Canarias y el Flanco Sur Ampliado

Canarias no es la retaguardia, sino la vanguardia operativa de España en el Atlántico. Geopolíticamente, el archipiélago actúa como un "portaaviones insumergible" que proyecta la influencia española sobre África Occidental.

La amenaza aquí es multidimensional e híbrida:

  • El Sahel y la amenaza rusa: La inestabilidad en el Sahel, exacerbada por golpes de estado y la presencia de grupos paramilitares rusos (anteriormente Wagner, ahora integrados en estructuras estatales), utiliza la migración como arma política contra España y Europa. La respuesta a esto requiere inteligencia, diplomacia de defensa y presencia naval constante en la costa africana, no en Filipinas.
  • Golfo de Guinea: Es el nudo gordiano de la seguridad energética y el crimen organizado. Es la principal ruta del narcotráfico hacia Europa y una zona clave para nuestra flota pesquera y suministros de hidrocarburos.
  • La batalla del fondo marino: Canarias se encuentra en una posición crítica para la vigilancia de cables submarinos y la competencia por los recursos del lecho marino (telurio y tierras raras). Proteger estos activos requiere capacidades de guerra antisubmarina y vigilancia oceánica persistente en el Atlántico, no proyección lejana.

3. La verdadera contención de China

Se argumenta que debemos ir al Pacífico para contener a China. Sin embargo, China ya está en el Atlántico. La estrategia de Pekín en África Occidental radica en inversiones masivas en infraestructuras portuarias, así como extracción de minerales y pesca depredadora, aspectos donde sus intereses chocan directamente con los de España.

La mejor manera de que España ayude a frenar el avance global de China no es enviando una fragata o un portaviones por el Mar de China, sino evitando que Pekín gane terreno estratégico en África Occidental y en el Atlántico Medio. Si conseguimos que los puertos africanos y las rutas atlánticas no terminen orbitando alrededor de China, estaremos aportando muchísimo más a la seguridad de la OTAN que con cualquier despliegue simbólico en Asia. Es ahí, en nuestro entorno natural, donde España puede marcar la diferencia de verdad.

 

IV. El diseño de la flota: La tiranía de la logística

La estrategia no son solo líneas en un mapa; es acero, combustible y presupuesto. Decidir que el Indo-Pacífico es prioritario obligaría a la Armada a diseñar una flota que no es la que necesitamos para defendernos.

El espejismo de la "Blue Water Navy" global

Operar creíblemente en el Pacífico requiere una fuerza expedicionaria de gran dimensión: buques de gran tonelaje, defensa contra misiles balísticos y, sobre todo, una cadena logística pesada con buques de aprovisionamiento enormes para sostener operaciones a 40 días de navegación de Rota o El Ferrol.

Si orientamos el presupuesto a construir capacidades pensadas para proyectar poder a miles de kilómetros, inevitablemente "canibalizaremos" los fondos necesarios para lo que realmente urge: el control del litoral y la guerra antisubmarina (ASW) en nuestro patio trasero.

Lo que España realmente necesita

El escenario Mediterráneo-Atlántico requiere una flota diferente, basada en el número, la versatilidad y la alta tecnología aplicada a la negación de acceso:

  1. Fragatas antisubmarinas (ASW) de primer nivel: La amenaza submarina en el Mediterráneo (submarinos Kilo argelinos, presencia rusa) es real y letal. Necesitamos más fragatas como las futuras F-110, optimizadas para detectar y cazar submarinos en el Estrecho y Atlántico, no para defensa aérea de zona en el Pacífico.
  2. La necesidad de "más cascos": En lugar de unos pocos buques gigantescos, necesitamos una red densa y numerosa. Esto implica, por un lado, desarrollar fragatas ligeras (una hipotética "Clase F-120" basada en la Alfa 5000 Combatant), capaces de operar en zonas litorales complejas ("Green Water"), donde la amenaza no es un destructor enemigo, sino un submarino diésel-eléctrico silencioso (como los que tiene Argelia), lanchas rápidas, minas, misiles o drones aéreos y navales. Por otro lado, requiere un buen número de corbetas fruto de la evolución de las Avante 2200 Combatant, económicas de operar pero fuertemente armadas para patrullar el Golfo de Guinea, luchar contra la piratería y responder a amenazas asimétricas (lanchas rápidas, drones) de potencias extranjeras o grupos paramilitares.
  3. Renacimiento del arma submarina: El control del Estrecho es imposible sin submarinos. La serie S-80 es un paso, pero el retraso ha sido costoso y el resultado final tiene sus debilidades. España debería aspirar a una flota submarina mejor y más numerosa que las de sus rivales, complementando los S-80 con unidades más compactas y ágiles para el Mediterráneo (un concepto de "S-90" cost-effective), y con capacidad de segunda salva de misiles de crucero, garantizando una disuasión real frente a nuestros vecinos.
  4. Logística sostenible: Enviar un buque al Pacífico destroza su ciclo de vida. Despliegues de 9 meses queman horas de motor y fatigan tripulaciones, adelantando la obsolescencia de los barcos. En un futuro contexto de presupuestos ajustados, cada hora de navegación en el Índico es una hora restada a la vigilancia de Canarias y el Estrecho.
Mientras que la seguridad nacional exige una flota numerosa y versátil para dominar el eje "Atlántico-Mediterráneo" y asegurar el control del litoral ("Green Water"), el espejismo de la "Blue Water Navy" impone el diseño de una fuerza expedicionaria de alto tonelaje y logística pesada para operar en el Indo-Pacífico. Perseguir esta influencia lejana consume recursos vitales para lo que España necesita realmente, resultando en una "flota de escaparate" diseñada para lucirse en escenarios remotos mientras deja desprotegidos el Estrecho de Gibraltar y Canarias frente a amenazas inmediatas y asimétricas.

 

Conclusión: El realismo como brújula

El recorrido estratégico a través de nuestro vecindario inmediato nos lleva a una conclusión ineludible: la ambición española en el Indo-Pacífico es una distracción innecesaria. Es un lujo que pagaríamos caro cuando la próxima crisis estalle, no en Taiwán, sino en el Sahel, en las aguas de Canarias o en el Estrecho de Gibraltar.

España tiene un deber existencial con su propia geografía. Nuestro "océano" es el triángulo formado por el Golfo de Cádiz, Canarias y el Mediterráneo Occidental.

  • Mientras Estados Unidos y Francia tienen razones hegemónicas o territoriales para estar en Asia, España tiene la misión histórica de ser el ancla de seguridad del sur de Europa.
  • Nuestra contribución a la alianza occidental no debe ser actuar como comparsa en teatros lejanos, sino garantizar que el "Bajo Vientre" de la OTAN (NATO’s Underbelly) es impenetrable.

La brújula estratégica española debe apuntar al sur. Necesitamos más corbetas patrullando el Golfo de Guinea, más fragatas en Canarias, más submarinos silenciosos en el Estrecho y una inteligencia robusta en el Sahel. Necesitamos dominar el mar que tenemos frente a casa antes de soñar con océanos que no nos pertenecen. España no necesita otro océano; necesita liderar el suyo.

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