Por qué España necesita una capacidad naval que hoy no existe,
y cómo obtenerla sin arruinarse
1. El vacío que nadie quiere nombrar
España es una potencia marítima media con responsabilidades
de potencia marítima grande. Dos archipiélagos, un estrecho crítico para el
comercio mundial, enclaves norteafricanos expuestos, una de las mayores Zona
Económica Exclusiva de Europa y una vecindad sur en descomposición progresiva
configuran un entorno marítimo que exige presencia naval constante, creíble y
sostenible. No mañana. Hoy.
Sin embargo, cuando se analiza con frialdad la estructura de
la Armada, aparece un problema que el debate oficial esquiva sistemáticamente:
entre la fragata de mil millones y el patrullero desarmado no hay nada.
Absolutamente nada.
En el extremo superior, España dispondrá de 10
fragatas de primera línea, 5 F-100 Álvaro de Bazán y 5 futuras F-110
Bonifaz, cuando el programa se complete hacia 2032. Son buques
magníficos, diseñados para guerra antiaérea de área y antisubmarina de alta
intensidad. Cada uno cuesta al menos 865 millones de euros. Son, por
definición, muy pocos y muy caros para dedicarlos a patrullar el Estrecho,
escoltar mercantes o gestionar crisis de zona gris.
En el extremo inferior, la Fuerza de Acción Marítima
opera 6 Buques de Acción Marítima (BAM) de la clase Meteoro. Son
excelentes para vigilancia de la ZEE, interdicción de baja intensidad y
presencia en aguas nacionales. Pero no llevan misiles antibuque, carecen de
defensa antiaérea, no disponen de guerra electrónica y operan con 46
tripulantes. En un escenario donde la situación escala -y la última década
demuestra que las situaciones escalan-, un BAM es un observador, no un elemento
disuasorio, y mucho menos un combatiente.

El vacío entre ambos es el espacio donde ocurren las crisis
reales: la presión
gradual sobre Canarias, la provocación calculada en el Estrecho, la escolta de
tráfico estratégico frente a costas inestables, la interceptación de un buque
sospechoso respaldado por un Estado hostil. Misiones que requieren algo más que
un patrullero, pero donde desplegar una fragata de mil millones es
desproporcionado, insostenible y estratégicamente torpe.
Este artículo propone una solución que no es perfecta, pero
sí realista, rápida y asequible: reconvertir cuatro fragatas F-80 de la clase Santa
María en una capacidad nueva que se denominaría Buque de Presencia y
Disuasión Litoral (BPDL).

F-81. Por José Luis Porta, importé par Basilio - CC BY-SA
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