martes, 25 de noviembre de 2025

¿Portaviones o letalidad distribuida?

El futuro de la proyección naval española

Introducción

España afronta una decisión clave que puede cambiar su papel naval. El Juan Carlos I ha proyectado poder gracias a los Harrier AV-8B, tanto en misiones humanitarias como en operaciones de la OTAN. Pero su retirada, descartando por razones técnicas, económicas y políticas el único relevo posible en forma de F-35B, dejará a la Armada sin aviación embarcada y ante un futuro incierto.

Aunque se ha especulado con la posibilidad de retomar la adquisición de F-35B tras un eventual cambio de gobierno, la dependencia del F-35 del sistema logístico y operativo que centraliza en servidores estadounidenses la capacidad de configurar misiones, recibir actualizaciones de software, mantenimiento, y soporte para reparaciones críticas, limita la soberanía en la operatividad real del avión en caso de conflicto (US GAO, 2020), y lo incapacita como solución natural para el reemplazo de los Harrier. Esta limitación sería especialmente problemática en un posible enfrentamiento con Marruecos, aliado cercano de Estados Unidos, ya que España necesitaría la cooperación estadounidense para poder configurar cualquier misión de ataque con esos aviones contra ese país.

Estas circunstancias obligan a replantear el modelo operativo de la flota desde sus cimientos. ¿Implica esto la necesidad imperiosa de invertir de un portaviones capaz de operar varios cazas navales para preservar la flexibilidad táctica de la aviación embarcada?, ¿O es una oportunidad histórica para reinventar la proyección de poder mediante una Armada centrada en misiles standoff de precisión, que prometen eficiencia y letalidad a menor costo? Ese es el dilema.

 

1. LA CRISIS DEL MODELO AERONAVAL TRADICIONAL

1.1 El coste del prestigio y la realidad operativa

La aviación embarcada ha sido tradicionalmente el principal instrumento de proyección naval, al facilitar la posibilidad de que los cazas de combate intervengan en cualquier lugar del mundo, sin depender de bases terrestres. No cabe minusvalorar el factor de prestigio que otorga el ser uno de la decena de países en el mundo que cuentan con ala fija embarcada. En el ámbito militar, el grupo de aviones que lleva un portaaviones es muy versátil. Los cazas navales pueden hacer varias tareas como combate aire-aire, ataque a tierra, reconocimiento aéreo y supresión de defensas enemigas gracias a su superioridad aérea local.

Sin embargo, la pérdida del ala embarcada del Juan Carlos I obliga a confrontar la realidad económica. Construir un portaviones CATOBAR (Catapult Assisted Take-Off But Arrested Recovery) con catapultas electromagnéticas EMALS, como pretende la Armada, que sea más versátil en cuanto a la variedad de cazas embarcados cuesta mucho dinero, unos 4.500 millones de euros. A esa cantidad habría que añadir unos 120 millones por cada avión, así como el de simuladores, mantenimiento, repuestos, formación, infraestructura y soporte logístico por varios años, que suele multiplicar por dos el coste del avión “pelado”. Para una potencia de recursos medios como España, esto representa un coste de oportunidad inmenso que drenaría recursos de otras áreas críticas de la defensa.

1.2 Vulnerabilidad en la era de la negación de área (A2/AD)

Más allá del coste, el portaviones afronta una crisis existencial debido a su creciente vulnerabilidad. La proliferación de ataques masivos de drones baratos y misiles de todo tipo obliga a estos buques a operar cada vez más lejos de las costas (Slusher, 2025). Esta distancia compromete su eficacia táctica: al mantenerse alejados, disminuye el tiempo disponible sobre el objetivo, se retrasa la respuesta y se reduce el impacto real en operaciones anfibias.

La historia reciente refuerza esta precaución. En la Guerra de las Malvinas, pese a ser decisivos, los portaviones británicos necesitaron una protección masiva y operaron al límite de su seguridad (Alcaraz-Pérez, 2022). Más recientemente, el conflicto en Ucrania ha enseñado una lección central: la supremacía aérea ya no puede darse por garantizada. Los sistemas integrados de defensa aérea (como los S-400) y el empleo masivo de misiles de crucero y municiones merodeadoras han reducido drásticamente el margen de acción de las plataformas tripuladas (Slusher, 2025).

1.3 La rigidez del grupo de combate

La aviación embarcada impone, además, un modelo operativo rígido. Un portaviones no opera solo; requiere un grupo de combate con escoltas dedicados (fragatas, destructores, logísticos), lo que concentra los riesgos en pocas unidades de alto valor y reduce la flexibilidad general de la flota (Jiménez, 2021). Esta formación se mueve como una única entidad predecible, generando una enorme huella electromagnética que facilita su detección.

El comandante de la fuerza se enfrenta a una limitación táctica: no puede "desagregar" la fuerza sin degradar la burbuja defensiva del portaviones. La fuerza opera como un todo o no opera. Esto contrasta frontalmente con las tendencias modernas hacia operaciones distribuidas, que priorizan fuerzas dispersas, resilientes y capaces de presionar desde múltiples vectores simultáneos. En este nuevo contexto, el Juan Carlos I sin aviación de ala fija perdería su rol tradicional, pero podría reconfigurarse eficazmente como plataforma para helicópteros, drones y operaciones anfibias.

 

2. Misiles standoff y masificación: LA ALTERNATIVA ASIMÉTRICA

2.1 Economía de guerra y saturación

Frente al coste prohibitivo de los portaviones, el coste relativo de los misiles standoff es significativamente más bajo. Con el presupuesto estimado para un solo portaviones CATOBAR, España podría adquirir entre 2.000 y 3.000 misiles Tomahawk (Tac-Tom) para sus fragatas y submarinos. Este volumen representaría una capacidad de ataque abrumadora, superando con creces la capacidad ofensiva de una pequeña ala aérea embarcada.

Desde la perspectiva del "coste por efecto militar", la diferencia es abismal. Mientras un portaviones concentra capacidades en un número limitado de aparatos expuestos, la opción standoff permite acumular centenares de vectores de ataque. La masificación permite saturar las defensas enemigas, una táctica validada por los ataques rusos con Kalibr y drones Shahed en Ucrania, donde la cantidad supera a la sofisticación individual.

2.2 Soberanía y discreción

Para España, los misiles lanzados desde el mar ofrecen una forma de proyectar poder sin poner en riesgo a los pilotos y sin depender del control total del espacio aéreo. En un entorno de proliferación de defensas avanzadas, los misiles permiten alcanzar objetivos lejanos con discreción y sin necesidad de pistas en el radar.

Del abanico existente de misiles standoff, los misiles de crucero lanzados desde submarinos —como el Tomahawk estadounidense, el MdCN francés o el Kalibr ruso— superan ampliamente los 1.000 km. de alcance, están pensados para golpear objetivos estratégicos con mucha precisión, y vuelan bajo para intentar ser indetectables al radar. Integrar esta capacidad en los submarinos S-80+ otorgaría a España una disuasión estratégica de primer orden, mucho más difícil de neutralizar que un buque de superficie y con un coste político y económico inferior. Asimismo, los misiles antibuque modernos (NSM, LRASM) son ideales para el control de zonas críticas como el Estrecho de Gibraltar o el archipiélago canario. La experiencia de las Malvinas, donde un puñado de misiles Exocet puso en jaque a la Royal Navy (Alcaraz-Perez, 2022), subraya la utilidad de estos sistemas para la defensa costera y las rutas marítimas.

2.3 Doctrina de la Letalidad Distribuida

Adoptar esta estrategia alinearía a la Armada con el concepto moderno de "letalidad distribuida". El objetivo ya no es proteger una "reina" (el portaviones), sino convertir cada plataforma —fragata, corbeta o submarino— en una amenaza independiente y letal. Esto maximiza la flexibilidad y crea múltiples dilemas al adversario.

Bajo esta doctrina, una fragata no estaría atada a la escolta de un buque mayor, sino que podría realizar misiones autónomas conservando la capacidad de lanzar un ataque estratégico a más de 1.000 km en cualquier momento. Para el enemigo, localizar y neutralizar múltiples objetivos móviles y silenciosos es exponencialmente más complejo que rastrear un gran grupo de combate. Además, la pérdida de una unidad no anularía la capacidad de combate del resto de la flota, garantizando una resiliencia que el modelo de portaviones no puede ofrecer.

 

3. La revolución no tripulada: Drones como multiplicadores de fuerza

La transición hacia una flota distribuida exigiría la incorporación masiva de sistemas no tripulados. No se trata de una moda, sino de una exigencia estructural. Si España renuncia a la aviación embarcada tripulada, los UAV (aéreos), USV (superficie) y UUV (submarinos) deben pasar de ser elementos de apoyo a convertirse en ejes operativos.

En los próximos quince años, los drones asumirán funciones críticas: ISR (Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento), alerta temprana (con sistemas como el MQ-9B STOL AEW&C), guerra electrónica y designación de objetivos. Aunque el combate aire-aire dogfight seguirá siendo territorio del piloto humano por la necesidad de improvisación, esta carencia es gestionable. En el espacio aéreo cercano (Península, Canarias, Norte de África), el Ejército del Aire y del Espacio puede garantizar la superioridad aérea desde sus bases en tierra, así como el apoyo a los desembarcos anfibios en la zona.

Para misiones expedicionarias alejadas, la solución residiría en buques nodriza tipo LHA dotados de helicópteros, drones UxV e incluso cazas autónomos colaborativos, que integren redes de sensores y drones de gran autonomía. La cooperación entre UAV de gran altitud y sensores navales permitiría extender la "burbuja" de protección de la flota cientos de kilómetros, mejorando la detección temprana de amenazas sin arriesgar vidas humanas. Esta arquitectura convierte la gestión de la información en la ventaja operativa decisiva.

En cualquier caso, la experiencia histórica demuestra que España no ha llevado a cabo en solitario en los últimos 125 años ninguna operación de combate expedicionario alejada del territorio nacional. Una doctrina realista no debería imitar el modelo de proyección global de las grandes potencias, como la pretendida ambición de extender el rango de nuestras operaciones marítimas al Indo-Pacífico, sino consolidar una autonomía táctica y estratégica limitada, suficiente para actuar de forma independiente en los entornos regionales prioritarios —Atlántico, Sahel y Mediterráneo occidental— y hacerlo en coalición cuando se trate de escenarios más distantes o de mayor intensidad.

 

4. El contexto internacional: España no está sola

La revisión del modelo naval es una tendencia global. Analizar a nuestros aliados ofrece una hoja de ruta clara.

El modelo de prestigio (Francia): Mantiene el formato CATOBAR con el Charles de Gaulle y el futuro PA-NG, pero a un coste superior a los 8.000 millones de euros, inasumible para España. Su modelo busca proyección global, algo que excede las ambiciones regionales españolas.

El modelo dependiente (Italia): Combina el portaaviones STOVL Cavour y el LHD Trieste, dotados con F-35B. Aunque flexible, su dependencia logística de EE.UU. convierte su aviación en una herramienta con soberanía limitada y costes operativos muy altos.

El modelo de negación (Australia, Noruega y Corea del Sur): Los referentes más lógicos para España. Noruega apuesta por la letalidad distribuida con misiles NSM y submarinos avanzados, compensando la falta de ala embarcada con una red de fuego interconectada. Australia ha descartado los portaviones para centrarse en submarinos (AUKUS) y misiles de largo alcance, priorizando la negación de área. Corea del Sur ha reorientado su programa hacia un buque de mando y drones, complementado con misiles de crucero Hyunmoo y capacidades submarinas estratégicas.

Doctrina OTAN: La Alianza Atlántica valida esta transición. En su doctrina más reciente, recomienda dispersar fuerzas y masificar fuegos en entornos saturados, en lugar de concentrar activos en plataformas vulnerables (NATO, 2025).


CONCLUSIONES

El análisis de los factores técnicos, económicos y geopolíticos permite extraer conclusiones claras sobre cuál debería ser el futuro de la Armada.

En primer lugar, la era del portaviones como eje central de la proyección naval española debería llegar a su fin. La ecuación coste-beneficio de mantener un ala aérea embarcada tripulada es negativa. Adquirir F-35B para el actual Juan Carlos I entregaría las llaves de la operatividad a una potencia extranjera, comprometiendo la soberanía nacional en escenarios críticos en el Norte de África. Por otro lado, la inversión necesaria para un portaviones CATOBAR hipotecaría el presupuesto de defensa, cuando hay alternativas más eficaces que garantizarían la disuasión efectiva, la sostenibilidad económica y la independencia estratégica.

En segundo lugar, la letalidad distribuida y los misiles standoff representan la evolución lógica y necesaria. España debería transitar de una marina de "plataforma única" a una marina de "red de fuego". La adquisición masiva de misiles de crucero para las fragatas F-110, los submarinos S-80 y los futuros buques de escolta y submarinos dotaría a España de una capacidad de disuasión estratégica real (capacidad de golpear objetivos a más de 1.000 km) que ningún ala embarcada reducida podría igualar en volumen y persistencia.

En tercer lugar, el realismo estratégico debe imperar sobre el prestigio. España no necesita proyectar poder en el Indo-Pacífico; necesita asegurar el control del Estrecho, el Mediterráneo Occidental y del eje Canarias-Península. Para estas misiones, la combinación de submarinos modernos, fragatas polivalentes y una red densa de drones y misiles es infinitamente más eficaz y resiliente que un grupo de combate aeronaval vulnerable.

Finalmente, esta transición no sería una renuncia, sino una modernización. Al igual que Australia, Corea del Sur y Noruega, España tiene la oportunidad de liderar un modelo de fuerza naval media adaptada al siglo XXI. La verdadera disuasión en el año 2040 no vendrá de un buque insignia visible y vulnerable, sino de la certeza del adversario de que cualquier agresión será respondida por cientos de vectores inteligentes lanzados desde el mar, imposibles de suprimir en un solo golpe.

 

REFERENCIAS

Alcaraz-Pérez Ros, J. (2022). Los inconvenientes del portaaviones y de la aviación de ala fija embarcada: ¿Es el F-35B una buena opción para la Armada española? Global Strategy Report, (25/2022). https://global-strategy.org/los-inconvenientes-del-portaaviones-y-de-la-aviacion-de-ala-fija-embarcada-es-el-f-35b-una-buena-opcion-para-la-armada-espanola/

Slusher, M. N. (2025). Lessons from the Ukraine conflict: Modern warfare in the age of autonomy, information, and resilience. Center for Strategic and International Studies (CSIS). https://www.csis.org/analysis/lessons-ukraine-conflict-modern-warfare-age-autonomy-information-and-resilience

Jiménez Ortega, L. (2021). Las operaciones distribuidas en la Armada en y desde la mar. Revista General de Marina, 281(1), 85–96.

North Atlantic Treaty Organization. (2025, Abril 3). Allied joint publication (AJP)-3.1: Allied joint doctrine for maritime operations (Edition B, Version 1). NATO Standardization Office. https://assets.publishing.service.gov.uk/media/67f3b07d53505b2ca44efeed/AJP_3_1_Maritime_Ops_EdB.pdf

United States Government Accountability Office. (2020, April). F-35 joint strike fighter: DOD needs to address substantial supply chain challenges (GAO-20-339). U.S. Government Accountability Office. https://www.gao.gov/products/gao-20-339

 

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