Un combatiente litoral para
el Estrecho de Gibraltar
INTRODUCCIÓN
Jesús Manuel Pérez Triana publicó
el pasado 10 de agosto en Guerras Posmodernas un
artículo que señala que entre las patrulleras ligeras de la Armada y los
Buques de Acción Marítima no hay nada. Al día siguiente, Jorge Estévez-Bujez
recogió el guante en Defensa y Seguridad y convirtió la intuición en una
propuesta de AVANTE
450, con algunas modificaciones respecto a la propuesta inicial.
Ambos tienen razón en el
diagnóstico. En el eje del Estrecho, la Armada dispone hoy del Isla de León
y el Isla Pinto, con cuarenta y ochenta y cinco toneladas y una
ametralladora de 12,7 mm cada uno, dos “Anaga” de 1981 cuyo cañón principal se
apunta dándole a una manivela, y el Mar Caribe, un remolcador civil
desarmado de los años ochenta que es, aunque suene increíble, el buque con el
que España sostiene sus peñones e islotes en el norte de África.
Ahí siguen los cuatro "Serviola", mil cien toneladas y un 76/62, que entraron en servicio entre 1991 y 1992, no están preparadas para el combate actual y están basados en Ferrol, Cartagena, Las Palmas y Cádiz, no donde ocurren los incidentes.
De modo que cuando los "Serviola" causen pronto baja, entre cuarenta toneladas y dos
mil seiscientas tendremos un factor de sesenta y cinco y nada en medio.
Cinco cascos pequeños y viejos,
sujetos a inmovilizaciones prolongadas y a escasez de repuestos, no generan una
presencia continua; generan una presencia intermitente que el vecino puede
cronometrar. Y el escenario no espera. La instrumentalización de flujos
migratorios ha demostrado en Ceuta que puede pasar de cero a miles de personas
en horas. El tránsito de la llamada flota en la sombra por el Estrecho, buques
que apagan o suplantan su identificación automática, es hoy rutina, no
anomalía. Los cables submarinos que conectan la península con África y con los
archipiélagos no tienen vigilancia dedicada. Y los drones y las embarcaciones
no tripuladas de origen comercial han dejado de ser una hipótesis de laboratorio
en cualquier litoral disputado del mundo. Todo eso ocurre en lo que se ha dado
en llamar zona gris, el espacio que queda entre la aplicación ordinaria del
derecho y el empleo abierto de la fuerza militar, donde las acciones son
deliberadamente ambiguas, la atribución es discutible y el objetivo es obtener
ventaja política sin desencadenar una guerra. Es el terreno en el que España
lleva veinte años recibiendo golpes y para el que no tiene el instrumento
adecuado para pararlos o devolverlos.
Nada de esto es exclusivo del
Estrecho. Los mismos vectores operan sobre las interconexiones eléctricas y de
gas de Baleares, sobre las terminales energéticas del golfo de Cádiz y sobre
todo el tráfico que entra y sale del Mediterráneo occidental. Lo que cambia de
un sitio a otro no es la amenaza, sino la distancia; y por eso este buque se
dimensiona para el Estrecho y para el arco que se alcanza desde él.
Mi tesis es que ese hueco no se
llena con un patrullero mejor armado. Se llena con una categoría de buque que
España no tiene, un combatiente litoral de presencia, concebido para
ocupar el espacio que va desde donde termina la policía marítima hasta donde
empieza la guerra naval. Todo lo que sigue —los nudos, las toneladas, el
calibre y el número— se deduce de esa frase.
He estado dándole vueltas a las
dos propuestas y he llegado a un buque distinto del que plantean los dos
autores. Más caro que el suyo y con menos nudos, pero creo que las razones
merecen explicarse, porque afectan a algo más que a un barco.

Impresión artística del combatiente litoral de
presencia que se propone en este artículo. Imagen conceptual generada con IA;
no corresponde a ningún diseño real de Navantia ni a ningún programa de la
Armada.