Por qué la "única opción" es en realidad una trampa estratégica para España
La Armada se acerca a un
precipicio doctrinal y material que lleva años vislumbrándose en el horizonte:
el fin de la vida operativa del AV-8B Harrier II+. Mientras los Harriers
encaran su jubilación definitiva hacia el final de esta década, el estamento
militar y político se enfrenta a un mantra repetido hasta la saciedad por la
industria y los analistas: "No hay alternativa. Es el F-35B o
nada", dado que es el único avión de combate moderno que puede operar
desde el Juan Carlos I por su capacidad de despegue vertical.
La tentación es comprensible. El F-35B Lightning II es un avión extraordinario. Sus capacidades técnicas son genuinamente de quinta generación. Para Estados Unidos, con su presupuesto militar de más de 800.000 millones de dólares, su infraestructura logística global, y su necesidad de proyección de poder en todos los océanos, tiene completo sentido. Para España no.
La tesis de este artículo es clara y contundente: adquirir el F-35B no es una solución para la defensa española; es una hipoteca de soberanía, un agujero negro presupuestario y un error estratégico que podría dejarnos con una fuerza aérea naval de papel mojado justo cuando más la necesitemos.
Decir "No, gracias" al F-35
no es antiamericanismo; es realismo estratégico.
I. La Soberanía Secuestrada: El problema de la "Caja
Negra"
El argumento más potente contra
la adquisición del F-35 por parte de España no es técnico, sino
político-estratégico. A diferencia de los sistemas europeos o de generaciones
anteriores, el F-35 no es simplemente un avión que uno compra y opera; es un
servicio al que uno se suscribe.
El corazón del F-35 no es su
motor Pratt & Whitney, sino su software. Hasta hace poco gestionado por el
sistema ALIS (y ahora en transición hacia ODIN), el avión requiere una conexión
constante con los servidores centrales de Lockheed Martin y el Departamento de
Defensa de EEUU para el diagnóstico, la planificación de misiones y el
mantenimiento. Esto crea un "cordón umbilical digital" que nunca se
corta.
Aquí radica el problema
existencial para España. Nuestro escenario de conflicto más probable, o al
menos el más delicado, no es una guerra total contra Rusia en las llanuras de
Europa del Este junto a la OTAN. Nuestro escenario de fricción real se encuentra
en el eje Baleares-Estrecho-Canarias, y nuestro potencial adversario o
competidor regional es Marruecos.
Marruecos es un aliado preferente
de Estados Unidos fuera de la OTAN. Washington ha reconocido la soberanía
marroquí sobre el Sáhara Occidental y mantiene estrechos lazos militares con
Rabat. En un hipotético escenario de escalada de tensión en el norte de África,
donde los intereses de España y Estados Unidos pudieran divergir, ¿qué
garantías tenemos de que la flota de F-35B españoles estaría operativa?
Imaginemos un escenario
hipotético de crisis entre España y Marruecos. No necesariamente un conflicto
armado a gran escala, sino una escalada significativa de tensiones —un bloqueo
naval, una confrontación militar limitada en aguas disputadas, o una crisis en
Ceuta o Melilla que requiera respuesta militar española. España decide
desplegar el Juan Carlos I con sus F-35B como demostración de fuerza y para
asegurar superioridad aérea local.
Para que un F-35 sea efectivo en
combate, necesita cargar los "Mission Data Files" (MDF), bibliotecas
de amenazas que identifican qué es amigo y qué es enemigo. Estos archivos son
generados y controlados por laboratorios en EEUU. Si Washington decide que un
conflicto entre España y Marruecos no interesa a su agenda, o prefiere
mantenerse neutral, podría teóricamente restringir el acceso a actualizaciones
críticas, degradar la capacidad del sistema o, en el peor de los casos, negar
el soporte logístico en tiempo real.
Comprar el F-35 significa
entregar las llaves de nuestra defensa aérea naval a un tercero que tiene
intereses cruzados con nuestro principal rival regional. España no necesita un
avión de combate que pueda ser rehén de los intereses de terceros. Es una
vulnerabilidad inaceptable para una nación que aspira a la autonomía
estratégica.
II. La Pesadilla Logística y la Tasa de Operatividad
Si dejamos a un lado el debate
sobre la independencia estratégica, la situación real de operatividad
del F-35 tampoco invita al optimismo. De hecho, tanto la USAF como la Royal
Navy están sufriendo para mantener suficientes aviones en vuelo. Así, las
tasas de disponibilidad del F-35 luchan por superar el 55-60% en muchos
periodos, muy lejos del objetivo del 80% establecido por el Pentágono. Esto
significa que, de una teórica flota española de 12 aviones (el número máximo
que se baraja por presupuesto), en un día cualquiera solo tendríamos unos 6 o 7
aviones disponibles. Si descontamos los que están en entrenamiento o
mantenimiento, la capacidad de proyección real se reduce a una
"patrulla testimonial" de 4 o 5 aparatos.
El problema se agrava con la
variante B (la que necesita la Armada), que es mecánicamente la más compleja
debido a su sistema de ventilador de elevación (LiftFan). El Reino Unido, socio
de nivel 1 en el programa y operador principal de la variante B, ha sufrido
para embarcar un número significativo de aviones en sus portaaviones Queen
Elizabeth y Prince of Wales, teniendo a menudo que recurrir a los
Marines de EEUU para "rellenar" la cubierta. Los británicos han
reconocido públicamente problemas persistentes de mantenimiento, con aviones
inmovilizados durante meses esperando repuestos. En 2021, el Ministerio de
Defensa británico admitió que sus F-35B pasaban más tiempo en tierra por
mantenimiento del previsto, afectando significativamente su capacidad de proyección
naval.
¿Las causas? Una complejidad
técnica extrema, con más de 8 millones de líneas de código en sus sistemas, una
cadena de suministro global fragmentada, y diseños que siguen requiriendo
modificaciones. El motor Pratt & Whitney F135, particularmente en su
configuración STOVL con sistema de elevación, ha demostrado ser especialmente
problemático, con necesidades de mantenimiento que superan ampliamente las
estimaciones iniciales
Además, el sistema de logística
global del F-35 es famoso por sus cuellos de botella. La falta de repuestos y
la lentitud en las reparaciones de componentes clave significan que un avión
puede quedarse en tierra semanas esperando una pieza. Para una flota minúscula
como la que tendría la Armada, cualquier retraso logístico no es un
inconveniente, es una parálisis total de la capacidad. España no tiene la
profundidad de inventario de la US Navy para absorber estos golpes.
III. Un Ferrari para un camino de tierra: El problema del Ecosistema
Por otro lado, el F-35 es un
"nodo sensor". Su letalidad no reside en cuántos misiles carga (que
internamente son pocos para mantener el sigilo), sino en su capacidad para ver
todo y dirigir la orquesta de batalla. Pero para que esto funcione, necesita
una orquesta. Estados Unidos opera el F-35 arropado por una constelación de
satélites, aviones AWACS, drones de vigilancia global y una red de datos
interconectada que permite el "Joint All-Domain Command and Control".
España no posee ese ecosistema.
Operar el F-35B desde el Juan
Carlos I sin el respaldo de una arquitectura de inteligencia y
reconocimiento masiva es como comprar un ordenador cuántico para usarlo como
calculadora. Sí, el radar del F-35 es excelente, pero sin la red de apoyo que
permite la "fusión de datos" a nivel estratégico, estamos pagando un
sobreprecio astronómico por capacidades que no podemos explotar al 100%.
Adicionalmente, el F-35 está diseñado
para penetrar redes de defensa aérea integradas de alta tecnología (sistemas
S-400 rusos o equivalentes chinos). ¿Es esa la amenaza a la que se enfrenta la
Armada? En sus misiones habituales de control marítimo, proyección en
el Mediterráneo o misiones internacionales contra la piratería, las capacidades
stealth (sigilo) del F-35 son irrelevantes o excesivas. Estamos matando
moscas a cañonazos de oro.
IV. El Agujero Negro Financiero y el Coste de Oportunidad
El coste de un F-35B ronda los 110-120
millones de dólares por unidad. Para una docena de aparatos, más simuladores,
infraestructura, formación y armamento inicial, la factura de compra superaría
fácilmente los 2.000 millones de euros.
Pero el precio de compra es solo
la punta del iceberg. El verdadero problema es el coste por hora de vuelo y el
ciclo de vida. El coste operativo por hora de vuelo del F-35C se sitúa en torno
a 44.000 dólares, según la United States Government Accountability Office, cifras
que multiplican por dos las de un Eurofighter o un F-18, y aunque el presupuesto
de defensa de España es creciente, también es finito. Cada euro destinado a
mantener una micro-flota de F-35B es un euro que se retira de otras necesidades
críticas.
Además, existe una trampa
financiera adicional: el sistema ALIS (Autonomic Logistics Information System),
ahora reemplazado por ODIN. Este sistema centralizado gestiona toda la
logística, diagnósticos y planificación de mantenimiento del F-35. No es opcional. Sin acceso a ALIS/ODIN, el avión no puede operar. Y su uso tiene costes de
licencia continuos que Estados Unidos controla. Es, efectivamente, un
"software como servicio" del que España no podría independizarse.
V. LaS AlternativaS y el Cambio de Doctrina
La pregunta inevitable es: ¿Si
no compramos el F-35B, qué hacemos con el Juan Carlos I? La respuesta
requiere valentía doctrinal: asumir que España no necesita imitar a la US Navy a pequeña escala.
La obsesión por mantener el ala
fija embarcada es una herencia de la Guerra Fría y del prestigio que otorgaba
el Príncipe de Asturias. Pero el Juan Carlos I es,
ante todo, un buque de asalto anfibio. Su misión principal es proyectar
infantería de marina en tierra.
Sin el F-35B, España podría
reorientar su doctrina naval hacia modelos más sostenibles y quizás más letales
en el contexto moderno:
- Invertir en capacidades asimétricas. En lugar de intentar replicar las capacidades de superpotencia, España podría invertir en una combinación de drones navales de largo alcance, helicópteros avanzados, y misiles de crucero lanzados desde buques. La inversión equivalente al programa F-35B podría adquirir docenas de drones MQ-9B STOL o las futuras variantes AEW&C, helicópteros de asalto vertical (incluso convertiplanos como el V-280 o el V-22) y sistemas de misiles de crucero tácticos y estratégicos que darían al Juan Carlos I y a la flota capacidades ofensivas significativas sin la vulnerabilidad del F-35.
- Potenciar el ala fija basada en tierra. La
realidad geográfica española es favorable: somos una peninsula con bases
aéreas estratégicamente posicionadas. Invertir en más Eurofighters,
con capacidades mejoradas de ataque marítimo y
reabastecimiento en vuelo, podría proporcionar cobertura aérea para
operaciones navales en nuestra zona de interés sin depender de un
portaaeronaves de capacidad limitada. El Juan Carlos I seguiría siendo
valioso para proyección de infantería de marina, operaciones humanitarias
y guerra naval especial.
- La revolución de los drones (UCAV): La
guerra moderna (véase Ucrania o Nagorno-Karabaj) demuestra que los drones
son el futuro. Turquía ha convertido su buque anfibio (similar al Juan
Carlos I) en un portadrones. España podría liderar el desarrollo de
UCAV navales europeos que ofrezcan vigilancia y ataque sin el coste ni la
dependencia del F-35.
Quizás la pregunta no es
"¿qué avión ponemos en el Juan Carlos I?" sino "¿cómo proyecta
poder efectivo una potencia media regional en el siglo XXI?". La
respuesta podría implicar menos énfasis en plataformas tradicionales caras y
dependientes, y más en drones, sistemas de alerta temprana y misiles avanzados.
Conclusión: Dignidad Operativa frente a Espejismo Tecnológico
La compra del F-35 se vende como
una “necesidad absoluta” para mantener el ala fija embarcada, pero lo que
realmente te deja sin capacidad es poseer un sistema de armas que no puedes
usar con libertad, cuesta un dineral mantener en vuelo y que, para colmo,
está pensado para una armada y una guerra que no son las nuestras.
España tiene unas prioridades muy
concretas: proteger sus fronteras, incluyendo Ceuta y Melilla, cumplir sus
compromisos internacionales, y mantener una capacidad creíble de disuasión y
respuesta ante cualquier crisis en el Mediterráneo y el Atlántico. Nada
exótico, nada fuera de lo razonable.
Y eso es importante recordarlo,
porque España no es una potencia global ni tiene que proyectar fuerza aérea en
el Mar de China. Nuestra responsabilidad está aquí, en nuestro
vecindario. En ese espacio —Mediterráneo occidental y Atlántico cercano—
podemos operar perfectamente con aviación de ala fija basada en tierra, sin
problemas de alcance. Precisamente por eso resulta contradictorio apostar por
el F-35B: en los escenarios donde realmente lo necesitaríamos, su autonomía
operativa se quedaría corta.
La Armada sobreviviría
sin el ala fija embarcada; lo ha hecho en el pasado y otras marinas de nuestro
entorno lo hacen. Lo que no sobrevivirá es un presupuesto de defensa
estrangulado por un sistema insostenible y una estrategia de defensa nacional
supeditada al humor del ocupante del despacho oval en Washington.
El F-35 es una maravilla de la
ingeniería, sí. Pero para España, es una jaula de oro. A veces, la decisión
estratégica más inteligente y valiente es saber decir: "No, gracias".

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