lunes, 20 de abril de 2026

Del paraguas ajeno a la disuasión propia (I)

por qué el tabú nuclear español ya no se sostiene

Primera parte de una serie de dos. ¿Puede España prepararse para un mundo donde las garantías nucleares de sus aliados ya no sean fiables, sin romper ninguna ley internacional y sin arruinarse en el intento?

 

Introducción

Sondeos recientes de YouGov recogen un dato que hasta hace poco habría sido tabú en la conversación pública española. Alrededor del 37% de los ciudadanos apoya ya que España fabrique sus propias armas nucleares. Un par de años antes, esa cifra rondaba el 10%. Un salto de esa magnitud en tan poco tiempo no es ruido estadístico. Es el termómetro de un desplazamiento tectónico.

Varios factores están reescribiendo en silencio las categorías básicas de la seguridad española. Ucrania, la reorientación americana hacia el Indo-Pacífico, la inestabilidad en el Mediterráneo, la sospecha creciente de que el paraguas nuclear aliado puede plegarse sin previo aviso. Todos apuntan a la misma pregunta, que hasta hace poco ningún analista se atrevía a formular en voz alta. ¿Qué debería hacer España ante un futuro donde la protección nuclear de sus aliados podría no estar ahí cuando se necesite?

Concepto artístico de una instalación nuclear española bajo control militar. La dualidad civil-militar que hace posible la latencia nuclear.

La respuesta no es la proliferación inmediata, sino la latencia nuclear, esto es, desarrollar la infraestructura y el conocimiento técnico para ensamblar un arsenal en tiempo récord, pero sin cruzar el umbral de la posesión real. Consiste en situarse a un solo paso de la capacidad nuclear sin llegar a ejecutarla, una estrategia que varios países de nuestro entorno llevan décadas practicando en silencio.

Este artículo, primero de una serie de dos, se ocupa del diagnóstico. Qué permite el derecho internacional, qué condiciona físicamente la fabricación de un arma nuclear, qué están haciendo otros países en situación comparable y qué escenarios harían esta opción relevante para España. La segunda parte expondrá la propuesta concreta, con vectores, arquitectura industrial, costes y diplomacia acompañante.

 

1. Cómo funciona un arma nuclear (y por qué eso condiciona todo lo demás)

Antes de discutir opciones estratégicas conviene entender una realidad física elemental. De qué está hecha una bomba nuclear, cuánto pesa y qué hace falta para fabricarla. Todo lo que viene después depende de estas tres respuestas, desde qué vector de entrega conviene hasta qué plazos son realistas.

Un arma nuclear obtiene su energía destructiva de la fisión, es decir, de la ruptura de átomos de elementos pesados. Los dos materiales utilizables son el uranio-235 y el plutonio-239. Ambos son fisibles. Cuando un neutrón impacta en su núcleo, este se parte en dos, libera energía y emite más neutrones. Esos neutrones rompen más núcleos y generan una reacción en cadena que, en millonésimas de segundo, libera una cantidad colosal de energía.

Para que la reacción se produzca hace falta reunir una cantidad mínima de material en un espacio muy pequeño y explosionarlo muy rápido. Esa cantidad mínima recibe el nombre de masa crítica. Hay dos formas conocidas de alcanzarla. La más sencilla es el diseño tipo gun, que consiste en disparar un bloque de uranio contra otro hasta ensamblar la masa crítica por proyección directa. Fue el método de Little Boy sobre Hiroshima. Solo funciona con uranio altamente enriquecido, es muy ineficiente en el uso del material y ningún arma moderna lo usa. La forma verdaderamente útil es la implosión. Se rodea una esfera de plutonio con lentes de explosivo convencional diseñadas para comprimir esa esfera de forma perfectamente simétrica hacia el centro. Si la compresión es uniforme, el plutonio alcanza densidad supercrítica y detona. Si no lo es, el material se dispersa antes de que la cadena se complete. Es la única vía practicable para cualquier ojiva miniaturizada y es la que condiciona todo el análisis que sigue.

La diferencia clave entre ambos materiales es el tamaño. La masa crítica del plutonio-239 ronda los 6 a 10 kilogramos, una esfera metálica del tamaño aproximado de una pelota de tenis. La del uranio-235 es de 50 a 60 kg, más parecida en volumen a un melón pequeño pero con el peso de un adulto. Esa densidad extrema del uranio metálico determina cuánto pesa la bomba completa y, por tanto, qué vehículo puede llevarla. Un arma de plutonio cabe cómodamente en un misil o una bomba aérea, con un peso total de 200 a 500 kg una vez incorporados iniciadores, electrónica y sistemas de armado. Un arma de uranio de primera generación rondaría las varias toneladas. Little Boy pesaba 4.400 kg. Queda fuera de juego para casi cualquier vector táctico moderno.

Obtener estos materiales es el verdadero cuello de botella. El uranio natural contiene solo un 0,7% de U-235. El resto es U-238, que no es directamente fisible. Enriquecerlo hasta el 90%, lo que se conoce como grado militar, requiere miles de centrifugadoras operando durante meses. Es el camino que ha seguido Irán. El plutonio-239, en cambio, no existe en la naturaleza. Se produce dentro de un reactor nuclear cuando el U-238 del combustible absorbe neutrones.

Lo interesante es cómo se accede a ese plutonio. Durante décadas, la industria nuclear civil ha desarrollado una tecnología cuyo objetivo declarado nunca fue militar, sino civil. Se llama reprocesamiento y es conocida por sus siglas inglesas PUREX (Plutonium and Uranium Recovery by EXtraction). Su propósito original consiste en recuperar el uranio no consumido del combustible gastado, que todavía contiene hasta un 95% de su potencial energético y reciclarlo como combustible nuevo. El proceso disuelve el combustible irradiado en ácido nítrico y separa tres flujos. Uranio recuperado, residuos de fisión altamente radiactivos que hay que vitrificar y, como subproducto inevitable, plutonio separado.

No es ciencia exótica. Es la tecnología que Francia opera industrialmente en La Hague desde los años setenta y que Japón replica en Rokkasho. Lo difícil no es inventarla, sino construir la instalación y obtener la autorización política. Lo relevante de este proceso es que el plutonio separado es un producto del proceso de reciclado, no su finalidad buscada. Un país que reprocesa para recuperar uranio obtiene plutonio separado inevitablemente, lo quiera o no. Esa es una propiedad jurídicamente valiosa, como veremos.

No todo plutonio separado es igual. El que se obtiene del combustible civil reprocesado, llamado plutonio de grado reactor, contiene una proporción significativa del isótopo Pu-240. Este emite neutrones por fisión espontánea y puede adelantar la iniciación de la reacción en cadena antes de alcanzar la compresión óptima, lo que degrada el rendimiento de la ojiva. El fenómeno recibe en la literatura el nombre de fizzle, es decir, detonación deficiente. El plutonio de grado militar puro, obtenido con ciclos de irradiación cortos en reactores específicos, no tiene ese problema. Ahora bien, el plutonio de grado reactor sigue siendo técnicamente utilizable en armas con diseños de implosión suficientemente sofisticados, como demostró Estados Unidos en un ensayo nuclear de 1962 realizado precisamente con material de ese tipo. Es peor material, exige diseños más exigentes, pero no es inútil. Y es la materia prima con la que cualquier programa de latencia basado en combustible civil tendrá que trabajar.

Lo que ambas rutas comparten es lo decisivo. Las mismas instalaciones que producen combustible nuclear civil o gestionan sus residuos pueden, con modificaciones, producir material para armas. Esta dualidad es la base de todo el concepto de latencia nuclear.

 

2. El marco legal: lo que el TNP permite y lo que prohíbe

España se adhirió al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en 1987. El tratado divide al mundo en dos categorías. Cinco Estados nucleares reconocidos, a saber, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido, que pueden poseer estas armas. Y el resto, que no puede fabricarlas, adquirirlas ni poseerlas. A cambio, los cinco nucleares se comprometen a avanzar hacia el desarme, compromiso que cuatro décadas después nadie ha cumplido.

Lo que el TNP prohíbe es claro. Fabricar, recibir o poseer armas nucleares y desviar material o instalaciones civiles a fines militares. Lo que no prohíbe es igualmente claro. Toda la tecnología nuclear civil, incluidos reactores de investigación, enriquecimiento de uranio con fines energéticos, reprocesamiento de combustible gastado e incluso la acumulación de plutonio separado, siempre que esas actividades se declaren al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), se permita su inspección y se mantengan bajo el régimen de salvaguardias. La línea divisoria no es la capacidad en sí. Es la desviación.

Esta distinción es crucial. Japón, parte del TNP, posee alrededor de 45 toneladas de plutonio separado, stock acumulado a lo largo de décadas de reprocesamiento y depositado mayoritariamente en Francia y el Reino Unido. En términos físicos, es material suficiente para miles de ojivas. El país opera además una planta de reprocesamiento en Rokkasho y un programa espacial, el H-IIA/H3, cuya tecnología de propulsión y guiado es técnicamente adaptable a vectores balísticos de largo alcance. Nadie acusa a Japón de violar el tratado. Lo que Japón tiene es una capacidad de latencia nuclear, esto es, la infraestructura técnica para fabricar armas nucleares si quisiera en un plazo corto, sin haber llegado nunca a materializarla en un arma nuclear lista para ser detonada.

Conviene, sin embargo, introducir un matiz que diferencia a España de Japón. El caso japonés se cita como modelo con frecuencia, pero opera bajo salvaguardias del OIEA con un marco doméstico relativamente autónomo. España forma parte simultáneamente del sistema de salvaguardias del OIEA y del régimen Euratom europeo, más intrusivo y político. Cualquier ejercicio de latencia español sería escrutado por una capa adicional de supervisión comunitaria que Japón no soporta. Y el coste diplomático más alto no se pagaría en Washington, sino en París y Bruselas. Francia basa su liderazgo estratégico en la Europa post-Brexit precisamente en ser la única potencia nuclear de la Unión y cualquier latencia española, por discreta que fuera, cuestionaría ese monopolio simbólico. No es un obstáculo insalvable, pero sí un factor que eleva el listón diplomático. Cualquier propuesta seria debe asumirlo como coste inherente.

Hay una cláusula más. El artículo X del TNP permite a cualquier Estado retirarse del tratado con solo tres meses de preaviso si considera que "acontecimientos extraordinarios han comprometido sus intereses supremos". Corea del Norte lo hizo en 2003. Legalmente, España podría hacerlo también. Las consecuencias serían diplomáticas y políticas, no jurídicas. Su severidad dependería enormemente de las circunstancias. Las sanciones a la India tras sus pruebas nucleares de 1998 se levantaron en pocos años. Las de Corea del Norte se mantienen dos décadas después. El contexto lo es todo.

 

3. ¿Qué es la latencia nuclear?

La latencia nuclear es el espacio gris entre no tener nada y tener la bomba. Consiste en desarrollar deliberadamente todas las capacidades técnicas, industriales y científicas necesarias para fabricar armas nucleares en un plazo corto, que puede oscilar entre unos meses y pocos años según el grado de preparación acumulado, sin fabricarlas activamente ni violar el TNP.

No toda latencia es igual. Conviene distinguir tres niveles que a menudo se confunden en el debate público. La latencia material es el stock de plutonio o uranio enriquecido separado y listo para su uso. La latencia industrial es la capacidad instalada para producirlo rápidamente, es decir, reactores operativos y plantas de reprocesamiento en funcionamiento. La latencia armamentística es la capacidad de diseñar, ensamblar y, en su caso, miniaturizar un dispositivo nuclear funcional. Japón tiene las dos primeras claramente demostradas y la tercera solo implícitamente. Una disuasión creíble exige al menos las dos primeras y señales plausibles de la tercera. España hoy tiene cero en las tres. Esa es la distancia real que separa a nuestro país de una opción de reserva utilizable.

Un Estado latente no es un Estado nuclear. No tiene armas. No amenaza con ellas. Pero todo el mundo sabe, o sospecha, que podría tenerlas si quisiera. Y esa sospecha, por sí sola, genera un efecto disuasorio, siempre que sea creíble. Una latencia percibida como operativamente real disuade. Una latencia meramente declarativa, sin infraestructura ni material fisible detrás, no. La diferencia entre ambas es precisamente lo que este artículo y el siguiente, intentan explicitar. Un adversario que planee atacar a un Estado latente y creíble debe considerar que su agresión podría desencadenar la nuclearización de la víctima y eso cambia las reglas del conflicto de forma irreversible.

Varios países practican formas de latencia nuclear, aunque ninguno lo reconoce oficialmente con ese nombre. Japón es el ejemplo más citado. Corea del Sur ha intensificado su debate nuclear interno desde 2023, con figuras políticas prominentes que abogan abiertamente por "la opción nuclear". Turquía está construyendo su primera central nuclear y desarrollando misiles balísticos de medio alcance. Incluso en Alemania y Polonia se han abierto discusiones sobre alguna forma de disuasión nuclear europea que no dependa exclusivamente de Estados Unidos.

Lo que estos países comparten es la percepción de que el orden internacional que les garantizaba seguridad bajo un paraguas ajeno se está debilitando. Y la conclusión lógica es siempre la misma. Si el paraguas se cierra, necesitas tu propio techo bajo el que cobijarte. La latencia consiste en construir ese techo antes de que llueva.

 

4. Los escenarios que hacen esto relevante para España

España es una país medio mediterránea con dos ciudades autónomas en el norte de África, un archipiélago atlántico a 1.800 km de la Península y dependencia vital del Estrecho de Gibraltar. Sus amenazas priorizadas no incluyen a superpotencias nucleares como adversario directo, sino a vecinos regionales. Marruecos, que invierte en defensa en grandes cuantías y mantiene contenciosos territoriales activos. Argelia, con inestabilidad política crónica y dos reactores de investigación, entre ellos el Es Salam de Birine, suministrado por China, operativo desde 1992 con 15 MWt y una capacidad teórica de producción de plutonio de 3 a 5 kg anuales, lo que, en caso de ser reprocesado, bastaría para una o dos ojivas al año. Está bajo salvaguardias del OIEA y Argelia no dispone hoy de planta de reprocesamiento, pero la capacidad latente existe. En segundo plano, la inestabilidad saheliana y el terrorismo.

Ninguno de estos actores tiene hoy armas nucleares. Pero hay tres escenarios plausibles en un horizonte de 10 a 20 años que cambiarían radicalmente la ecuación.

Colapso del paraguas nuclear aliado. La reorientación de Estados Unidos hacia el Indo-Pacífico, combinada con crisis recurrentes de credibilidad de las garantías extendidas, podría dejar a Europa sin cobertura nuclear efectiva y especialmente a su flanco sur. Conviene precisar el mecanismo. Para que el paraguas se cierre no hace falta una retirada formal americana del compromiso OTAN. Basta con que la credibilidad de su ejecución se erosione hasta el punto de que adversarios y aliados duden seriamente de ella. Si Washington decide que defender Taiwán es más prioritario que defender Europa, la garantía nuclear para España pasa a ser una ficción diplomática aunque ningún documento lo diga.

Uso nuclear limitado en un conflicto cercano. El empleo de un arma nuclear táctica por Rusia, doctrina que Moscú ha insinuado bajo la fórmula escalate to de-escalate, o en el Mediterráneo oriental, rompería el tabú nuclear y desencadenaría una cascada de proliferación. La lección de Ucrania resuena con fuerza en todas las capitales europeas. En 1994, Kiev entregó su arsenal heredado a cambio de las garantías de seguridad del Memorándum de Budapest, que en 2014 y 2022 se revelaron incapaces de impedir nada. No puede afirmarse con certeza histórica que una Ucrania nuclearmente armada no habría sido atacada. Sí puede afirmarse que un arsenal operativo habría elevado el umbral de decisión en Moscú a niveles difícilmente compatibles con una invasión convencional a gran escala. Esa es la conclusión que las capitales europeas están extrayendo, en silencio, desde 2022. La soberanía frente a una potencia nuclear agresiva no se garantiza con firmas, sino con capacidad de imponer costes inaceptables al agresor.

Proliferación en el Magreb. Hoy no existen indicios confirmados de programas militares nucleares activos en el Magreb, pero sí factores habilitadores que conviene no ignorar. El reactor Es Salam en Argelia con tecnología china, el interés marroquí declarado en reactores pequeños modulares y una rivalidad regional creciente. Si Argelia o Marruecos, o ambos en una carrera competitiva, avanzasen en la próxima década hacia capacidades nucleares militares, España quedaría en inferioridad estratégica sin posibilidad de respuesta simétrica en plazo útil. La latencia española sería, en ese caso, reactiva, no iniciadora.

Estos tres escenarios no son equivalentes. El más probable y de hecho ya iniciado, es la erosión gradual del paraguas aliado. El más transformador para el equilibrio de fuerzas en el flanco sur sería una proliferación en el Magreb, hoy improbable a corto plazo pero posible a quince años. El más disruptivo globalmente sería un uso nuclear limitado que rompa el tabú.

Ninguno es inevitable. Pero ninguno es descartable. Y la diferencia entre estar preparado y no estarlo, en materia nuclear, se mide en décadas, no en meses. Lo que no se empiece hoy no estará disponible en 2035.

 

Cierre: del diagnóstico a la propuesta

España destaca entre las potencias europeas de su tamaño por la ausencia de una estrategia explícita de latencia nuclear, la escasez de vectores balísticos nacionales y la no participación en el nuclear sharing de la OTAN. Italia, Alemania, Países Bajos, Bélgica y Turquía albergan bombas nucleares americanas B61 en sus bases. Corea del Sur, Japón y Turquía llevan décadas construyendo la base industrial y tecnológica que España no tiene. La reciente emergencia de la empresa española PLD Space con la familia de lanzadores Miura, impulsada por el PERTE Aeroespacial, aporta una primera base tecnológica de uso dual que no existía hace una década, pero es un lanzador comercial civil, no un programa balístico militar y la distancia hasta una capacidad propia sigue siendo enorme.

La ventana de oportunidad para prepararse sin estar bajo la presión de una crisis se está cerrando por dos razones complementarias. La primera es estratégica. Cada año sin decisión separa a España un año más de una capacidad que sus competidores regionales y varios de sus aliados ya están desarrollando. La segunda es industrial y humana. El parque nuclear civil español está programado para cerrar entre 2027 y 2035, aunque el debate sobre la reversión de ese calendario está abierto y los principales partidos de la oposición lo cuestionan. Con cada reactor que cierre se erosiona el capital humano del sector, esto es, los ingenieros nucleares, los físicos de materiales y los especialistas en ciclos de combustible que cualquier capacidad de latencia requiere. La latencia no es solo material acumulado. Es conocimiento vivo. Si la industria civil muere antes de tomar una decisión, la latencia muere con ella por pura pérdida de saber hacer.

Y conviene decirlo con franqueza, un programa de esta naturaleza no compite en el vacío. Cada euro invertido en capacidades de latencia es un euro no invertido en defensa convencional, en munición de precisión o en resiliencia cibernética. El análisis honesto debe reconocer ese coste de oportunidad, aunque también debe reconocer que, en un escenario de colapso del paraguas aliado, ninguna de esas capacidades convencionales sustituye una disuasión nuclear propia.

Hasta aquí el diagnóstico. La pregunta operativa, que ha quedado explícitamente fuera de este artículo, es la que cualquier lector razonable empezará a formular al llegar a este punto. Planteado así el problema, ¿qué podría hacer España en concreto? ¿Con qué infraestructura, qué vectores, qué presupuesto, qué calendario y qué diplomacia? ¿Es siquiera viable en un país que ha decidido cerrar su parque nuclear civil?

La segunda parte de este artículo responde a esas preguntas con cifras. La conclusión, adelantada aquí como aperitivo, es que la respuesta existe, es operativamente viable en plazos y costes inferiores a los que suele asumirse y se apoya en una pieza sorprendente, el stock de combustible gastado que España ya ha producido en cuatro décadas de generación nuclear civil. Pero eso, con nombres, costes y fases, es materia de la segunda entrega.

 

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no representan la posición de ninguna institución. Los datos técnicos y presupuestarios se basan en fuentes abiertas y estimaciones públicas de programas comparables.

 

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