Por qué el epicentro del terrorismo mundial está a 450 millas de Canarias
INTRODUCCIÓN
En 2025, el Sahel concentró más
de la mitad de las muertes por terrorismo del mundo. No es ya una periferia
inestable, sino el principal centro de gravedad de la violencia yihadista
global; un centro que está más cerca de Canarias de lo que la mayoría de los
análisis europeos admite. La distancia en línea recta entre Nuadibú, en la
costa mauritana y Fuerteventura ronda las 450 millas náuticas, menos que la
distancia por carretera entre Madrid y Barcelona. Lo que sigue no es un
ejercicio de alarmismo; es un intento de cuantificar una amenaza que ya se
proyecta sobre el flanco atlántico español.
Mapa conceptual generado con asistencia de IA y editado
por el autor. Elaboración propia a partir de datos de GTI 2026 (IEP), ACLED,
International Crisis Group y GI-TOC. No es una representación cartográfica de
precisión.
El nuevo centro de gravedad del terrorismo
Hace poco más de una década, el
epicentro del terrorismo global estaba en Oriente Medio. El autodenominado
Estado Islámico controlaba un territorio del tamaño de Gran Bretaña entre Siria
e Irak y el mundo árabe concentraba la mayor parte de la violencia yihadista.
Ese mapa ha cambiado de forma radical.
Según el Global Terrorism
Index (GTI) 2026, publicado en marzo de 2026 por el Institute for
Economics and Peace, las muertes globales por terrorismo cayeron un 28 por
ciento en 2025, hasta las 5.582 víctimas en 2.944 incidentes. Es la cifra más
baja desde que existe el índice. El descenso obedece sobre todo al hundimiento
del terrorismo en Oriente Medio, donde las muertes han caído un 95 por ciento
en la última década y a mejoras parciales en varios países. Pero ese alivio
global coexiste con una concentración geográfica cada vez más extrema. El Sahel
acaparó más de la mitad de todas las muertes por terrorismo en 2025; en 2007,
esa proporción era inferior al uno por ciento. El terrorismo no disminuye; se
desplaza. Y se proyecta sobre el flanco atlántico europeo.
La desestabilización resultante
no es un fenómeno local africano. Es un sistema que se proyecta sobre Europa
occidental a través de tres vectores distintos pero conectados, que este
artículo analizará por separado. El primero es la insurgencia yihadista y su
expansión hacia la costa atlántica. El segundo, la economía criminal del
narcotráfico que la financia. El tercero, la presión migratoria estructural que
ambos agravan.
Las cifras por país son
elocuentes. Pakistán desplazó a Burkina Faso como el país más afectado del
índice, con 1.139 muertos y 1.045 incidentes, impulsado por la escalada del Tehrik-e-Taliban
Pakistan (TTP), la principal insurgencia que opera contra el Estado
pakistaní desde las áreas tribales fronterizas con Afganistán. Pero tras él,
los países sahelianos dominan la tabla. Burkina Faso, número uno en 2023 y
2024, registró la mayor caída absoluta del año (686 muertes menos, un 45 por
ciento), aunque la letalidad por ataque aumentó hasta 14,3 muertes por
incidente. Menos ataques, más mortíferos; no es pacificación, sino un cambio de
fase que se analizará más adelante. Níger se situó en tercer lugar, con su peor
posición histórica en el índice pese a un descenso respecto al pico de 2024.
Nigeria ascendió al cuarto puesto con el mayor incremento absoluto del año, 237
muertes más, un aumento del 46 por ciento. Malí completó el quinteto. En
conjunto, cinco países acapararon casi el 70 por ciento de todas las muertes
por terrorismo en el mundo; seis de los diez más afectados están en el África
subsahariana.
Detrás de estos números operan
dos organizaciones rivales que compiten por territorio, recursos y legitimidad
yihadista. La primera es Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM),
coalición afiliada a Al Qaeda nacida en 2017 de la fusión de cuatro grupos
preexistentes (Ansar Dine, al-Mourabitoun, el Frente de
Liberación de Macina y la rama sahariana de Al Qaeda en el Magreb Islámico).
JNIM fue el segundo grupo terrorista más letal del mundo en 2025, con 1.274
muertos en 147 incidentes repartidos en cuatro países; solo en Burkina Faso
causó 755 muertes, con una media de 16 víctimas por incidente. La segunda
organización es el Estado Islámico en la Provincia del Sahel (IS-SP, también
referido en fuentes anteriores como Estado Islámico en el Gran Sáhara o EIGS;
la nomenclatura varía según las fuentes). Su actividad en el África
subsahariana casi se duplicó durante 2025, pasando de 111 a 221 incidentes,
mientras sus operaciones en Oriente Medio caían un 39 por ciento. Ambos grupos
rivalizan por territorio y lealtades, pero a veces convergen tácticamente
contra las fuerzas estatales, lo que complica cualquier estrategia de
interdicción (intercepción y desarticulación de redes armadas).
Pero el dato más relevante para
un lector europeo no es la magnitud absoluta de la violencia, sino su
dirección.
De la insurgencia interior al corredor sahelo-costero
Durante años, la insurgencia
yihadista se concentró en la zona de las tres fronteras, el Liptako-Gourma,
donde convergen Malí, Burkina Faso y Níger. Era un problema interior,
continental, alejado de las costas; pero esa percepción ya no es sostenible.
Conviene distinguir aquí entre el Sahel estricto, la franja semiárida entre el
Sáhara y la sabana y lo que podemos llamar el corredor sahelo-costero, es
decir, el espacio que conecta las zonas insurgentes del interior con los
estados litorales del Golfo de Guinea. Es en ese corredor donde la amenaza
cambia de naturaleza.
JNIM ha emprendido una expansión
sistemática hacia los estados costeros. El International Crisis Group
documentó en febrero de 2026 que, entre su fundación en 2017 y finales de 2025,
la organización acumulaba 16.023 incidentes violentos y 39.850 muertes en cinco
países. En noviembre de 2025 reivindicó su primer atentado en Nigeria, en el
estado de Kwara. Opera ya en un arco que se extiende más de 1.200
kilómetros de este a oeste.
Benín ilustra con mayor claridad
esta progresión. El número de ataques en el norte del país pasó de 22 en 2021 a
176 en 2024, según el Armed Conflict Location and Event Data Project
(ACLED), la principal base de datos mundial de eventos de conflicto armado. En
abril de 2025, JNIM ejecutó su ataque más mortífero en suelo beninés y mató a
54 soldados en una posición militar del Parque W. El GTI 2026 registra un
incremento de 61 muertes en Benín respecto al año anterior, una de las mayores
subidas del mundo. Togo acumuló en 2024 su peor año de terrorismo, con 52
muertos concentrados en la franja fronteriza con Burkina Faso. La expansión no
es una constante lineal; su éxito depende de la capacidad de respuesta de los
estados costeros. Benín ha reforzado su ejército (8.200 soldados en primera
línea a principios de 2025, según fuentes abiertas), ha creado unidades
especializadas y ha intensificado la cooperación bilateral con Francia y Estados
Unidos. Pero estos esfuerzos no han logrado revertir la tendencia.
La salida de la CEDEAO (Comunidad
Económica de Estados de África Occidental) por parte de la Alianza de Estados
del Sahel (AES, el bloque formado por las juntas de Malí, Burkina Faso y Níger)
en enero de 2025 ha cegado los canales de inteligencia compartida que permitían
cierta coordinación transfronteriza. La consolidación de la AES como bloque
antioccidental crea una discontinuidad de seguridad en el flanco sur y desplaza
el peso de cualquier cooperación europea hacia los países de la “segunda línea”,
fundamentalmente Mauritania, Senegal y Costa de Marfil.
La lógica de la expansión tiene
raíces internas. Las áreas fronterizas de Benín y Togo presentan las mismas
condiciones que originaron la insurgencia en Malí una década atrás: gobernanza
débil, comunidades marginadas, fronteras porosas y parques naturales que
funcionan como corredores sin presencia estatal. El complejo de parques W-Arly-Pendjari,
un conjunto de áreas protegidas compartido por tres países, se ha convertido en
santuario de grupos armados. Los combatientes locales de JNIM buscan nuevas
zonas de reclutamiento, recursos económicos y profundidad territorial; la
expansión hacia el litoral les ofrece acceso a economías más dinámicas y a una
retaguardia menos vigilada. El Crisis Group, sin embargo, matiza que la
cúpula de JNIM considera los estados costeros secundarios frente al Sahel
nuclear y que la tensión entre dirigentes y combatientes de base sobre la
velocidad de expansión pone a prueba la cohesión interna del grupo.
El propio GTI 2026
advierte que las mejoras estadísticas registradas en el Sahel durante 2025
enmascaran un fenómeno más profundo. JNIM bloqueó el transporte de combustible
hacia Bamako a lo largo de 2025, atacando cisternas y convoyes en los
corredores desde Senegal y Costa de Marfil y provocó escasez y alzas de precios
en la capital maliense. El patrón recuerda al ISIS en 2013-2014, cuando redujo
la violencia indiscriminada para imponer estructuras de gobierno antes de
declarar el califato, o a los talibanes en las provincias afganas que
controlaron durante años antes de tomar Kabul en 2021. No son analogías
exactas, pero el mecanismo es reconocible. Menos terror, más control.
El informe del Africa Center
for Strategic Studies de abril de 2026 complementa esta lectura con una
escala continental. Las casi 24.000 muertes vinculadas a grupos islamistas en
África durante 2025, un 24 por ciento más que el año anterior, reflejan una
escalada sostenida en prácticamente todos los teatros operativos del
continente. La cifra total de eventos violentos (8.375) fue la más alta jamás
registrada.
Cocaína, peajes armados y colapso institucional
El terrorismo en el Sahel no se
sostiene solo con ideología. Se sostiene con dinero y una parte sustancial de
ese dinero procede del tráfico de cocaína.
La costa atlántica de África
Occidental se ha consolidado como corredor estratégico del narcotráfico
transatlántico. Al menos el 30 por ciento de la cocaína destinada a Europa
transita por la región, según la Global Initiative Against Transnational
Organized Crime (GI-TOC), una red de expertos dedicada al análisis del
crimen organizado global. Los puertos de Guinea-Bisáu, Senegal, Cabo Verde y
Guinea-Conakri reciben cargamentos procedentes de Brasil, Surinam y Guyana,
transportados en contenedores, pesqueros, veleros de recreo y vuelos privados.
Desde esos puntos de entrada, la droga se redistribuye hacia el norte por vía
marítima, hacia puertos del Mediterráneo y la Península Ibérica y por vía
terrestre, a través del Sahel rumbo a Libia, el Magreb y Europa.
Las cifras de incautación dan una
medida del flujo, aunque parcial. Solo en 2024, Cabo Verde, Guinea-Bisáu y
Senegal interceptaron conjuntamente 4,5 toneladas métricas de cocaína;
Marruecos decomisó otras 1,5 toneladas. En marzo de 2025, Ghana incautó 4,5
toneladas en pocas semanas, el mayor alijo de su historia. GI-TOC advierte de
que las incautaciones reflejan más la mejora de los sistemas de interdicción
que la dimensión real del mercado.
La relación entre narcotráfico y
grupos yihadistas requiere matiz. JNIM no opera como un cártel ni se implica
directamente en el transporte de droga; hacerlo le alienaría a las poblaciones
locales cuya lealtad necesita. Lo que hace es más sutil y, a efectos prácticos,
igual de eficaz. Impone tasas de tránsito, ofrece protección armada a cambio de
pagos y controla los puntos de paso en las rutas terrestres sahélicas. Es un
modelo de economía de protección simbiótica, en el que el grupo insurgente
proporciona orden en un espacio sin Estado y el traficante paga por utilizar
ese orden. Los ingresos resultantes financian armas, reclutamiento y redes de
lealtad. En la práctica, combatir los flujos ilícitos y combatir el terrorismo
son operaciones indisociables.
Guinea-Bisáu ilustra la
convergencia entre fragilidad estatal, narcotráfico y violencia política. El 26
de noviembre de 2025, un golpe de Estado militar derrocó al presidente Umaro
Sissoco Embaló, apenas tres días después de unas elecciones generales. Los
propios golpistas denunciaron vínculos entre el presidente, ciertos políticos y
redes de narcotráfico; la Unión Africana y la CEDEAO suspendieron al país.
Guinea-Bisáu, que ha sufrido cuatro golpes exitosos y múltiples intentonas
desde su independencia de Portugal en 1974, volvió a quedar sometida a una
junta militar cuya legitimidad y capacidad de contener el tráfico resultan,
como mínimo, dudosas. Su ubicación en la costa atlántica la convierte en un
nodo crítico de la ruta de la cocaína hacia Europa y cada colapso institucional
refuerza la impunidad de las redes que operan desde su territorio.
El corredor
Mauritania-Senegal-Guinea-Bisáu funciona como arteria principal del
narcotráfico transatlántico. Desde 2019, grupos criminales de los Balcanes
occidentales (albaneses y serbios) se han instalado en estos países y han
establecido alianzas con el cártel brasileño Primeiro Comando da Capital
y con organizaciones holandesas para gestionar envíos multimillonarios. África
Occidental ya no es un punto de tránsito periférico; es un nodo estructural de
las cadenas de suministro globales de cocaína.
Por qué España ya está dentro de esta ecuación
Se podría argumentar que todo lo
anterior es un problema africano. La cadena de transmisión que conecta el Sahel
con el territorio español opera, sin embargo, a través de tres vectores
diferenciados. No son equivalentes ni intercambiables, pero convergen sobre el
mismo espacio geográfico.
El primer vector es migratorio.
En 2024, casi 47.000 personas llegaron de forma irregular a las Islas Canarias,
la cifra más alta registrada. Las llegadas en 2025 se redujeron de forma
notable, con un descenso de más del 50 por ciento hasta agosto según Frontex,
atribuido al refuerzo de los controles costeros y a la cooperación con
Mauritania y Senegal. Nuakchot intensificó las expulsiones de migrantes en
tránsito (la ONU estimó que más de 30.000 personas se vieron afectadas en
2025), un paliativo eficaz a corto plazo, pero que depende de la voluntad
política de un solo gobierno y que ya está generando desvíos hacia rutas
alternativas por Senegal y Gambia. Frontex advirtió que la presión
estructural no ha desaparecido, dado que la población de África Occidental
pasará de 400 a 600 millones entre 2025 y 2040. El descenso de 2025, así pues, no
obedece a que las causas profundas hayan mejorado; obedece a medidas de
contención que pueden revertirse.
El segundo vector es criminal.
La cocaína que transita por África Occidental tiene como destino final el
mercado europeo y España es uno de sus principales puntos de entrada. El
Estrecho de Gibraltar y la fachada atlántica peninsular son zonas de desembarco
habituales. Desarticular las redes en origen resulta más eficaz y menos costoso
que interceptar alijos en alta mar o desmontar organizaciones una vez
implantadas en territorio europeo.
El tercer vector es terrorista.
El riesgo principal actual para España no es hoy una operación compleja
planificada desde el Sahel, sino la inspiración, la radicalización acelerada y
los actores solitarios. El GTI 2026 documenta que las muertes por
terrorismo en Occidente (Europa y Norteamérica agregadas) aumentaron un 280 por
ciento en 2025, aunque partiendo de una base baja, con 57 muertes frente a las
15 del año anterior. Los menores y adolescentes representaron el 42 por ciento
de todas las investigaciones relacionadas con terrorismo en ese ámbito
geográfico, un incremento del triple respecto a 2021, según el índice. El
tiempo medio de radicalización se ha contraído de 18 meses en 2005 a semanas en
la actualidad, impulsado por la propaganda de formato corto y la amplificación
algorítmica. De esta manera, el Sahel se ha convertido hoy en el principal
generador de contenido propagandístico yihadista y las redes de reclutamiento
que operan en Europa mantienen conexiones con las organizaciones activas en
Malí, Burkina Faso y Níger.
Los tres vectores son distintos
en su mecanismo y en su respuesta. La presión migratoria requiere cooperación
al desarrollo y acuerdos bilaterales; el narcotráfico exige interdicción
marítima e inteligencia criminal; y la amenaza terrorista demanda vigilancia,
contrainteligencia y acción indirecta en origen. Pero los tres se
originan en el mismo arco de inestabilidad y convergen sobre el mismo
espacio, Canarias, el Estrecho y la costa peninsular. Tratarlos por
separado en la ejecución es correcto; ignorar su origen común sería un error de
diagnóstico.
La objeción y su respuesta
La objeción más frecuente a este
diagnóstico es predecible. “El Sahel es un problema africano. Europa no puede
ni debe resolver los conflictos internos de países soberanos. Y España, menos
aún.” La objeción tiene una parte legítima. España no debe pretender
estabilizar el Sahel por la fuerza, repetir el modelo francés de Barkhane
ni embarcarse en aventuras expedicionarias sin mandato, aliados ni estrategia
de salida.
Pero la premisa de que el Sahel
es un problema ajeno resulta empíricamente insostenible. Los flujos que genera
la inestabilidad saheliana ya impactan en territorio nacional de forma medible,
en llegadas a Canarias, en cocaína decomisada en puertos peninsulares, en
alertas del CNI y en la presión sobre los servicios sociales del archipiélago.
La distancia geográfica no equivale a distancia estratégica.
La alternativa a la acción no es
la inacción; es la cesión a otros de la iniciativa. Si España no proyecta
influencia donde nacen las amenazas, otros lo harán con modelos que perjudican
directamente sus intereses. Rusia, a través de su Africa Corps, ofrece
seguridad de régimen a las juntas sahelianas sin condicionalidad democrática, pero
sus tácticas contrainsurgentes están generando más reclutamiento yihadista del
que eliminan. El 71 por ciento de los reclutas de grupos extremistas en el
África subsahariana citan los abusos de las fuerzas de seguridad estatales como
detonante de su incorporación, según el propio GTI 2026. Las muertes de
civiles a manos de fuerzas gubernamentales y milicias aliadas en Malí y Burkina
Faso superan, desde 2023, a las causadas por los propios grupos islamistas,
según el Africa Center. La espiral es, por ahora, autoalimentada.
Ante todo esto, Mauritania y
Senegal permanecen como los dos últimos socios prooccidentales de la franja, pero
están sometidos a presión creciente. Si estos diques ceden, la inestabilidad no
se detendrá en sus fronteras.
Un cambio de fase, no una mejora
Hay una tendencia que las
estadísticas del GTI 2026 ocultan por su propia naturaleza agregada. El
propio informe lo reconoce al señalar que las mejoras registradas en el Sahel
durante 2025 pueden resultar “un alivio temporal, no el comienzo de una
tendencia sostenida a la baja”. Los datos desagregados apuntan en la misma
dirección.
En Burkina Faso, las muertes de
policías y soldados aumentaron de 419 a 643 entre 2024 y 2025, y la letalidad
por ataque contra fuerzas de seguridad pasó de 10,5 a 18,9 muertes por
incidente. Las bajas civiles, en cambio, cayeron un 84 por ciento. JNIM capturó
235 rehenes en 2025, casi el 11 por ciento de todos los secuestrados en el
mundo ese año, la mayoría militares. El patrón no sugiere pacificación, sino
que los grupos insurgentes están seleccionando blancos con criterio político.
Atacan al Estado y a sus fuerzas mientras evitan alienar a la población civil
de la que dependen para gobernar los territorios que controlan.
El Africa Center for Strategic
Studies estimó en abril de 2026 que unos 950.000 kilómetros cuadrados de
territorios poblados en África están fuera de control gubernamental a causa de
insurgencias islamistas, una superficie equivalente a la de Tanzania. Esa
cifra, más que ninguna estadística de víctimas, captura la magnitud del
problema. No estamos ante una amenaza puntual, sino ante la erosión sostenida
de la soberanía estatal en un arco que se extiende desde el interior del Sahel
hasta la costa atlántica.
El factor demográfico agrava la
ecuación sin que ninguna operación militar pueda alterarlo. Níger tiene una
tasa de fecundidad media de entre seis y siete hijos por mujer. La población
joven, sin empleo ni perspectivas, constituye la base social sobre la que
reclutan los grupos armados, y el cambio climático intensifica la competencia
por tierras cultivables y recursos hídricos, exacerbando conflictos
intercomunales que los yihadistas explotan para insertarse en el tejido social.
Las proyecciones demográficas son inequívocas. La presión desde el Sahel hacia
Europa no es un fenómeno cíclico; es una tendencia estructural de varias
décadas.
CONCLUSIÓN
España no necesita dominar el
Sahel. Lo que no puede permitirse es ignorar que la zona de mayor concentración
de violencia terrorista del planeta se extiende hacia su flanco atlántico
inmediato.
Tres prioridades se derivan de
este diagnóstico: reforzar la cooperación de inteligencia y vigilancia marítima
con Mauritania y Senegal, los últimos socios prooccidentales de la franja;
integrar la interdicción criminal y el contraterrorismo en un mismo marco
operativo; y anticipar la radicalización de bajo umbral que ya se alimenta de
la propaganda generada en el Sahel. En próximos artículos se analizará cada una
de ellas, así como la pregunta previa, ¿quién está llenando el vacío que Europa
deja al retirarse?
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