jueves, 21 de mayo de 2026

El fin del desembarco clásico

Por qué el asalto anfibio de los años noventa ya no funciona

 

INTRODUCCIÓN

Hay doctrinas que no mueren en el campo de batalla. Mueren en los despachos, cuando nadie se atreve a decir en voz alta que el modelo que ganó la última guerra no serviría para ganar la próxima. El asalto anfibio clásico lleva una década en ese proceso; despacio, entre informes técnicos archivados y ejercicios que replican procedimientos diseñados para un entorno que ya no existe. España tiene dos buques anfibios cuya vida operativa se agota, una Infantería de Marina que está sustituyendo sus vehículos anfibios de los años setenta por plataformas que siguen navegando a seis nudos y un adversario principal con amplia capacidad de negación de acceso, pero nada parece haber cambiado en nuestra doctrina anfibia.

Un buque anfibio en aguas cerradas, flanqueado por embarcaciones menores. La perspectiva es la del observador desde tierra, el mismo punto de vista desde el que un sistema de designación de objetivos convertiría esta estela en un vector de ataque. Imagen generada con IA a efectos ilustrativos.

 

1. El modelo que funcionó durante cincuenta años

Para entender por qué el asalto anfibio clásico ha quedado condicionado, conviene entender primero por qué funcionó tan bien durante tanto tiempo.

El paradigma nació en las playas de Normandía en junio de 1944 y llegó a su madurez técnica en el Golfo Pérsico en 1991. Su lógica era sencilla, consistía en reunir una fuerza naval tan abrumadora que el adversario no pudiera impedirte llegar a la costa, aproximarte con toda la masa flotante disponible y lanzar sobre la playa la mayor cantidad posible de soldados y blindados en el menor tiempo posible.

El grupo anfibio clásico, según la doctrina elaborada por el Cuerpo de Marines de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX, giraba en torno a tres tipos de plataformas. El buque de asalto anfibio de gran porte, denominado LHD (Landing Helicopter Dock, o buque con cubierta de vuelo y dique de inundación), actuaba como centro de gravedad de toda la operación, pues transportaba el grueso de la fuerza de infantería, los helicópteros de ataque y transporte e incluso aviones de despegue vertical. El LPD (Landing Platform Dock, barco con dique inundable para lanzar lanchas de desembarco) aportaba capacidad adicional de transporte y medios para acercar material pesado a la orilla; y la escolta de fragatas y destructores proporcionaba defensa aérea y anti-submarina al conjunto. El grupo navegaba unido hacia la costa objetivo, reducía la velocidad hasta la de convoy y lanzaba sus medios de desembarco a pocas millas de la playa.

El elemento más revelador de toda la cadena es el vehículo que realmente tocaba el agua. El AAV-7 (Amphibious Assault Vehicle, vehículo anfibio de asalto), el blindado de infantería de marina que los Marines americanos y la Infantería de Marina española siguen usando en entrenamiento, alcanza siete nudos sobre el agua con un buen oleaje. Para recorrer los últimos tres kilómetros hasta la playa, necesita veinte minutos de exposición sin blindaje eficaz contra munición guiada. Durante esos minutos, la tripulación y los soldados embarcados dependen de que los sistemas de defensa costera enemigos hayan sido suprimidos, de que las rutas estén libres de minas y de que los drones de vigilancia no los hayan convertido en un objetivo designado sobre la pantalla de un operador situado a cincuenta kilómetros de distancia.

Entre 1944 y 1991 esas condiciones podían crearse. La superioridad naval aliada era tan aplastante que el adversario difícilmente podía hacer gran cosa durante la ventana de aproximación. En el Golfo, la amenaza de un desembarco anfibio de diecisiete mil marines frente a Kuwait City inmovilizó fuerzas iraquíes mientras el verdadero ataque llegaba por el flanco terrestre occidental; la operación anfibia fue, en realidad, un engaño magistral. El modelo funcionó, pero el entorno en que funcionó ha cambiado estructuralmente.

Los Marines (USMC) tampoco ignoran este diagnóstico y llevan años transformando su concepto, repensando la estructura de su fuerza  y sustituyendo el AAV-7 por el ACV (Amphibious Combat Vehicle), con mejor protección y movilidad terrestre aunque sin resolver el cuello de botella de la velocidad en agua. El USMC distingue hoy entre dos conceptos: las stand-in forces, fuerzas pequeñas y letales de baja firma diseñadas para operar dentro de un área disputada y el EABO (Expeditionary Advanced Base Operations), una forma de guerra expedicionaria que emplea fuerzas navales móviles desde ubicaciones austeras y temporales para negar el mar o apoyar el control marítimo. Ambos conceptos responden a la misma presión tecnológica que este artículo describe. El debate no es si el asalto anfibio puede evolucionar, sino si la evolución americana resuelve el problema español, que se desarrolla en un teatro radicalmente diferente. La respuesta, como se verá, es que no. La necesidad del desembarco no ha desaparecido, pero ha dejado de ser una herramienta de entrada forzosa.

 

2. Cinco factores que han redefinido el coste del asalto

2.1. El misil que dejó de ser privilegio de Estado

Durante cuatro décadas, el misil antibuque fue un arma de marina de guerra. Fabricarlo requería precisión industrial, guiarlo requería sistemas de control sofisticados y operarlo requería formación técnica avanzada. El Exocet francés que hundió al HMS Sheffield en las Malvinas en 1982 era una pieza de tecnología cara, operada por pilotos de la Fuerza Aérea argentina con entrenamiento específico. El adversario que quería misiles antibuque necesitaba ser Estado, tener presupuesto y haber recibido transferencia de tecnología de una potencia occidental o soviética.

Ese monopolio se ha roto. Entre 2023 y 2025, los hutíes de Yemen, una milicia que opera en uno de los países más empobrecidos del planeta, lanzaron más de cuatrocientas misiones de drones y misiles contra buques en el Mar Rojo. La US Navy disparó más de doscientos misiles de intercepción, con costes unitarios de entre 2 y 4 millones los SM-6 y un coste desde octubre de 2023 hasta finales de 2024 de más de 1.800 millones de dólares, una cifra que analistas del sector estiman podría haberse duplicado para mediados de 2025. En el lado opuesto de la ecuación, el misil de crucero de fabricación iraní que los hutíes usan como arma estándar cuesta entre cincuenta mil y cien mil dólares. No todos los intercambios reflejan esta desproporción extrema, pero la tendencia general del combate litoral moderno apunta en una sola dirección.

La situación marroquí ilustra el problema con precisión geográfica. Según diversas fuentes abiertas de defensa, Marruecos ha adquirido para su Marina misiles Spike LR II y NLOS israelíes, con entregas completadas en la Armada Real en junio de 2025. Los Spike estaban destinados a los patrulleros clase Avante 1800 y su posible integración en las fragatas clase Floréal se estudia como extensión del programa. El Spike NLOS tiene un alcance de treinta y dos kilómetros mientras que el Estrecho de Gibraltar mide catorce kilómetros en su punto de estrangulamiento, en el paso entre Tarifa y Punta Cires. Aunque las rutas de aproximación desde las bases de la Armada en Rota o Cartagena son más largas, en ningún caso quedan fuera del alcance de sistemas ya disponibles en la costa opuesta.

2.2. El dron que democratizó la guerra litoral

Nagorno-Karabaj, en el otoño de 2020, demostró por primera vez en combate que la superioridad aérea podía lograrse sin aviones con piloto y a un coste que cualquier Estado medio podía asumir. Azerbaiyán desplegó drones TB2 Bayraktar turcos y munición merodeadora israelí tipo Harop contra fuerzas armenias que carecían de defensa antiaérea de baja cota en densidad suficiente. Las operaciones de drones destruyeron aproximadamente 247 tanques, 138 piezas de artillería y 52 sistemas de defensa aérea armenios, incluyendo componentes S-300. El factor decisivo no fue únicamente los drones, sino su integración con el sistema de guerra electrónica turco KORAL, que perturbó los radares armenios creando ventanas de vulnerabilidad que los TB2 explotaban sistemáticamente. La lección no es que los drones sean invencibles, porque en Ucrania un adversario con contramedidas adecuadas demostró que podían degradarse seriamente. La lección es que la ausencia de C-UAS (Counter-Unmanned Aircraft Systems, sistemas de defensa contra drones) de baja cota convierte cualquier formación terrestre o naval en un blanco identificado y fácil.

En el Mar Negro, entre 2022 y 2025, Ucrania ejecutó la campaña naval asimétrica más eficaz del siglo sin disponer de marina de guerra convencional. Los vehículos de superficie no tripulados Magura V5, que cuestan entre 250.000 y 300.000 dólares por unidad, destruyeron ocho buques de guerra rusos y dañaron seis más en su primer año de operaciones, causando daños valorados en más de 500 millones de dólares. En febrero de 2024 se convirtieron en los primeros drones navales en hundir un buque de guerra en combate, destruyendo la corbeta lanzamisiles Ivanovets y el buque de desembarco Tsezar Kunikov. Ucrania neutralizó un tercio de la Flota del Mar Negro rusa y forzó al grueso de sus buques a replegarse, mientras el director de inteligencia ucraniano Budanov se vanagloriaba que la flota rusa estaba bloqueada en puerto.

Para una fuerza anfibia en tránsito hacia la playa, la implicación es que la fase más vulnerable del desembarco se ha convertido en persistentemente observable y atacable. Un Magura V5 de 250.000 euros puede hundir una lancha de desembarco que cruza los últimos kilómetros hacia una playa, con su valiosa carga humana y material en ella. La ecuación favorece al defensor en una proporción que no tiene precedente histórico.

Y en noviembre de 2025, Israel Aerospace Industries inauguró en la zona industrial de Benslimane, a las afueras de Casablanca, una fábrica de producción de munición merodeadora SpyX, la primera instalación de este tipo en el norte de África, en lo que no es un anuncio de intenciones, sino capacidad instalada en territorio vecino.

2.3. Las minas que paralizan flotas

La historia más olvidada del Golfo Pérsico de 1991 no es la campaña aérea ni la maniobra de flanco terrestre; es lo que no llegó a ocurrir en el mar. La fuerza anfibia americana, con diecisiete mil marines frente a las costas de Kuwait, nunca ejecutó el asalto. Iraq había sembrado el litoral kuwaití con aproximadamente 1.300 minas navales. Dos buques, el USS Tripoli y el USS Princeton, fueron dañados al golpear minas antes de que comenzara el asalto terrestre y fue suficiente para cancelar la operación.

Esas 1.300 minas costaron a Iraq entre quince y treinta millones de dólares. La fuerza que paralizaron valía decenas de miles de millones. En términos operativos, esto significa que el problema no empieza en la playa, sino decenas de kilómetros antes, punto en el cual una fuerza anfibia puede quedar detenida sin que el adversario dispare un solo misil. Una mina de influencia moderna, que detecta la firma magnética, acústica o de presión de un buque antes de detonar, cuesta entre diez mil y cincuenta mil euros por unidad y un adversario con doscientas o cuatrocientas minas de influencia sembradas en las rutas de aproximación a Ceuta o Melilla podría paralizar cualquier operación de refuerzo antes de que alcanzara siquiera su destino.

La Armada opera seis cazaminas clase Segura, construidos entre 1998 y 2004, equipados con sonar de profundidad variable AN/SQQ-32, vehículos de control remoto Pluto Plus y minisubmarinos desechables Minesniper para la neutralización de minas de orinque. La escuadrilla participa rotativamente en el Grupo Permanente de Contraminas OTAN SNMCMG-2 y tiene base en Cartagena. La capacidad existe y ha sido operativamente probada, pero el problema es que los ROV Pluto Plus y los Minesniper acumulan averías y escasez de repuestos que los están convirtiendo en un vector crítico. Es cierto que el Ministerio de Defensa ha asignado 436 millones de euros en el Plan Anual de Contratación 2026 para la modernización integral de los seis buques, triplicando los 135 millones inicialmente aprobados en 2023, pero no lo es menos que siguen siendo necesarias mayores capacidades en vigilancia submarina permanente, minas inteligentes y sistemas no tripulados, tal y como se detalla en este otro artículo.

2.4. El campo de batalla sin opacidad

En 1944, los planificadores de Overlord podían contar con que los alemanes no sabrían exactamente dónde desembarcarían los aliados hasta pocas horas antes de suceder; en 1991, los grupos anfibios podían maniobrar en el Golfo con cierta opacidad táctica. Hoy, cualquier Estado con presupuesto de defensa medio puede suscribirse a servicios comerciales de imágenes satelitales con resolución submétrica y frecuencia de revisita horaria. Empresas como Planet Labs, Maxar o ICEYE ofrecen cobertura de zonas de conflicto con un nivel de detalle que hace una generación solo estaba al alcance de agencias de inteligencia de primer nivel.

El concepto de "campo de batalla transparente" no es una metáfora; es la consecuencia directa de la proliferación de sensores persistentes, tanto satelitales como de drones de alta cota. La transparencia no es absoluta ni continua, las ventanas de revisita tienen intervalos, la cobertura depende de condiciones meteorológicas y los datos brutos requieren fusión de inteligencia para convertirse en objetivos, pero es suficiente para eliminar la sorpresa operativa sostenida. Mover un grupo anfibio por el Mediterráneo Occidental sin ser localizado durante las horas críticas de aproximación es hoy una ficción operativa. Y si el adversario conoce la posición de la fuerza con antelación suficiente, puede vectorizar sus misiles, desplegar sus drones hacia los puntos previstos de lanzamiento y activar sus sistemas de minas en las rutas de aproximación conocidas.

2.5. La guerra electrónica como multiplicador asimétrico

El quinto factor es el más difuso y, a largo plazo, probablemente el más transformador. La guerra electrónica, que comprende la capacidad de degradar o suprimir las comunicaciones, el GPS y los sistemas de guiado del adversario, fue durante décadas un dominio exclusivo de las grandes potencias. Ya no.

En Nagorno-Karabaj, la integración entre el sistema KORAL turco y los drones TB2 azerbaiyanos demostró que la perturbación del ciclo decisional enemigo podía ser más determinante que el número de unidades destruidas. Los radares armenios operaban; pero el KORAL los saturaba o los fingía, creando ventanas en las que los sistemas de defensa aérea no podían responder. La ventaja no residía en cada sistema por separado, sino en su integración en un ciclo operativo coherente.

Para una operación anfibia, la dependencia del GPS para la navegación de las lanchas de desembarco y la precisión de las armas de apoyo es fundamental. Aunque las fuerzas modernas tienen contramedidas, un adversario con capacidad de spoofing o jamming de GPS, accesible hoy con equipos que no superan los cien mil euros, puede desorientar una formación de lanchas en los minutos críticos de la aproximación; las comunicaciones cifradas pueden ser degradadas y los sistemas de guiado de misiles de apoyo pueden ser perturbados. Ninguno de estos vectores requiere capacidades de par estratégico; requieren inversión modesta, conocimiento técnico accesible y voluntad de emplearlos.

2.6. Del entorno de amenaza al colapso de la cadena clásica

Los cinco factores anteriores no actúan en abstracto ni de forma aislada, sino que operan sobre una secuencia operativa concreta, la cadena anfibia clásica y la rompen en puntos específicos. La detección satelital temprana destruye el elemento sorpresa que permitía al grupo anfibio acercarse sin ser batido. La proliferación misilística satura las defensas de la escolta, que debe emplear interceptores de millones contra amenazas de miles. Las minas inteligentes bloquean las rutas de aproximación antes de que las lanchas toquen el agua. Los drones y la munición merodeadora identifican y atacan los medios de desembarco durante los minutos de máxima exposición. Y la guerra electrónica degrada la coordinación entre los elementos de la fuerza, precisamente cuando más la necesitan. No es un único punto débil; es una cadena en la que cada eslabón está hoy expuesto.

El resultado es que el asalto anfibio clásico no ha desaparecido, pero ha cambiado de naturaleza. Ha dejado de ser una operación de entrada, un método para forzar el acceso a una costa defendida y se ha convertido en una operación de explotación, que solo es viable tras haber ganado previamente el control del entorno litoral. Esa condición previa era opcional en 1991; hoy es imprescindible.

Estos factores no operan en abstracto. En el caso español, convergen sobre una geografía concreta y una fuerza concreta.

 

3. El problema español

España no es un caso genérico, tiene una geografía específica, un adversario principal concreto y una fuerza anfibia que acumula una brecha creciente entre sus capacidades declaradas y su capacidad operativa real en entorno contestado de intensidad media.

El L-51 Galicia entró en servicio en 1998; el L-52 Castilla, en 2000. Ambos buques son diseños de la década de 1990 construidos para un concepto de operaciones del siglo XX. Están en proceso de modernización a través del programa MMV-LPD, que contempla actualización del sistema de combate, ciberdefensa e integración de vehículos no tripulados. Es una intervención necesaria y bienvenida, pero no resuelve el problema estructural. Modernizar la electrónica de un casco de 1998 prolonga su vida útil una década más, pero no convierte al buque en una plataforma diseñada para lanzar medios de asalto rápidos en entorno A2/AD, porque la geometría del dique inundable y la velocidad máxima del buque no cambian con la modernización.

Si la plataforma define el alcance, el medio de asalto define la viabilidad. España ha dado un paso significativo al aprobar en 2026 el programa VACIM, con 34 vehículos anfibios SuperAV 8x8, la misma plataforma que el USMC y la Marina italiana, con entregas previstas entre 2027 y 2030. El SuperAV mejora radicalmente la movilidad terrestre, la protección balística y la resistencia a minas respecto al AAV-7, que llevaba décadas acumulando obsolescencia. Pero en agua la ecuación apenas cambia ya que el SuperAV navega a unos seis nudos en mar abierto, incluso menos que los siete del AAV-7. El cuello de botella acuático del último tramo hasta la playa no lo resuelve la nueva generación de vehículos anfibios; lo hereda. En cuanto a las lanchas de desembarco, las doce LCM-1E con las que cuenta la Armada alcanzan 22 nudos en lastre y 13,5 nudos cargadas, pero siguen siendo insuficientes para operaciones verdaderamente OTH que, por definición, exigen lanzamientos a más de cuarenta kilómetros de la costa, lo  que supone casi tres horas de tránsito a plena carga. Para contextualizar, un LCAC americano (Landing Craft Air Cushion, aerodeslizador de desembarco) cubre esa misma distancia a más de cuarenta nudos en menos de una hora. España no dispone aún de conectores capaces de ejecutar un desembarco rápido en entorno contestado a las velocidades que la doctrina moderna exige.

Marruecos, el adversario principal, está adquiriendo capacidades a un ritmo sin precedente en sus fuerzas armadas, con incrementos interanuales sostenidos de dos dígitos en su presupuesto de defensa. En servicio tiene  ya la fragata FREMM Mohammed VI, los patrulleros Avante 1800 para los que se ha reportado la integración de misiles Spike NLOS y el sistema de defensa aérea Barak MX, desplegado a principios de 2026. En fase de integración, el sistema Spyder, que añade una capa adicional a la arquitectura de defensa aérea multicapa marroquí y la posible extensión de los Spike a las fragatas clase Floréal. Y en el ámbito contractual o potencial, los cohetes de largo alcance tipo WS-2D y la producción nacional de munición merodeadora SpyX en la fábrica inaugurada en Benslimane en noviembre de 2025. La tendencia general es inequívoca.

Las islas de soberanía añaden una capa geométrica al problema. Perejil, Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera están todas a menos de un kilómetro de la costa marroquí. Una operación de recuperación de territorio ocupado en este entorno no sería un asalto anfibio desde alta mar, sino una acción en un espacio de combate cerrado donde el problema pasa del plano naval al de la inserción de precisión con unidades ligeras, saturación de drones y C-UAS orgánico. En ese entorno, la masa deja de ser ventaja y pasa a ser firma detectable. El modelo clásico de gran grupo anfibio de aproximación oceánica no tendría aquí sentido, pues su aplicación literal significaría concentrar buques de gran porte en aguas cerradas, a distancias mínimas de baterías costeras y radares de designación.

La conclusión operativa es que España no tiene capacidad anfibia creíble en un entorno contestado de intensidad media frente a un adversario con A2/AD moderno. Esa distinción es importante, ya que no estamos hablando de indefensión total, sino de una brecha específica entre el tipo de operación que el entorno futuro exige y el tipo de capacidad que el modelo actual puede proporcionar.

 

4. Lo que viene después

El diagnóstico anterior podría leerse como argumento para la parálisis, pero no lo es. La geografía del Estrecho, que es el problema, es también parte de la solución, ya que catorce kilómetros de ancho crean un entorno operativo radicalmente diferente del que motivó el EABO americano, diseñado para el Pacífico. Un raid anfibio desde territorio propio, de duración medida en horas y con el grueso del apoyo logístico en bases a pocas decenas de kilómetros, tiene una arquitectura de riesgo completamente diferente de la de un asalto oceánico clásico o de una presencia distribuida durante semanas en una cadena de islas del Pacífico.

La respuesta doctrinal no pasa por reproducir conceptos aliados sin adaptación, sino por entender que España tiene ventajas posicionales únicas que ningún aliado explota por las mismas razones geográficas, como son la profundidad logística desde territorio propio, los tiempos de respuesta medidos en horas y un Estrecho cuya anchura convierte el asalto concentrado clásico en inviable y el raid rápido en alternativa real. No se trataría de desembarcar una brigada en una playa, sino de insertar múltiples elementos de entidad compañía en ventanas de minutos, bajo cobertura de fuegos de precisión y con saturación de sistemas no tripulados. La lógica de la doctrina clásica se invierte y se busca dispersión en lugar de concentración, supresión del entorno como condición previa y velocidad como protección, lo que exige conectores navales de nueva generación capaces de superar los treinta nudos cargados.

El asalto anfibio no ha muerto; ha dejado de ser un método de uso general y se ha convertido en un recurso condicionado a una arquitectura de supresión previa que la doctrina española aún no tiene desarrollada. Construirla es el trabajo de esta década. Los artículos que siguen en esta serie examinan cómo.

 

Este artículo es el primero de una serie sobre la transformación de la capacidad anfibia española. El siguiente examinará por qué España necesita una doctrina propia y no una copia del USMC: qué es el concepto americano EABO, en qué se diferencia de las stand-in forces, por qué ambos fracasan estructuralmente en el teatro del Estrecho y qué ventajas posicionales específicas tiene España que ningún aliado puede explotar en su lugar. 

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