Por qué el asalto anfibio de los años noventa ya no funciona
INTRODUCCIÓN
Hay doctrinas que no mueren en el
campo de batalla. Mueren en los despachos, cuando nadie se atreve a decir en
voz alta que el modelo que ganó la última guerra no serviría para ganar la
próxima. El asalto anfibio clásico lleva una década en ese proceso; despacio,
entre informes técnicos archivados y ejercicios que replican procedimientos
diseñados para un entorno que ya no existe. España tiene dos buques anfibios
cuya vida operativa se agota, una Infantería de Marina que está sustituyendo
sus vehículos anfibios de los años setenta por plataformas que siguen navegando
a seis nudos y un adversario principal con amplia capacidad de negación de
acceso, pero nada parece haber cambiado en nuestra doctrina anfibia.
Un buque anfibio en aguas cerradas, flanqueado por
embarcaciones menores. La perspectiva es la del observador desde tierra, el
mismo punto de vista desde el que un sistema de designación de objetivos
convertiría esta estela en un vector de ataque. Imagen generada con IA a
efectos ilustrativos.
1. El modelo que funcionó durante cincuenta años
Para entender por qué el asalto
anfibio clásico ha quedado condicionado, conviene entender primero por qué
funcionó tan bien durante tanto tiempo.
El paradigma nació en las playas
de Normandía en junio de 1944 y llegó a su madurez técnica en el Golfo Pérsico
en 1991. Su lógica era sencilla, consistía en reunir una fuerza naval tan
abrumadora que el adversario no pudiera impedirte llegar a la costa,
aproximarte con toda la masa flotante disponible y lanzar sobre la playa la
mayor cantidad posible de soldados y blindados en el menor tiempo posible.
El grupo anfibio clásico, según
la doctrina elaborada por el Cuerpo de Marines de Estados Unidos durante la
segunda mitad del siglo XX, giraba en torno a tres tipos de plataformas. El
buque de asalto anfibio de gran porte, denominado LHD (Landing Helicopter
Dock, o buque con cubierta de vuelo y dique de inundación), actuaba como
centro de gravedad de toda la operación, pues transportaba el grueso de la
fuerza de infantería, los helicópteros de ataque y transporte e incluso aviones
de despegue vertical. El LPD (Landing Platform Dock, barco con dique
inundable para lanzar lanchas de desembarco) aportaba capacidad adicional de
transporte y medios para acercar material pesado a la orilla; y la escolta de
fragatas y destructores proporcionaba defensa aérea y anti-submarina al
conjunto. El grupo navegaba unido hacia la costa objetivo, reducía la velocidad
hasta la de convoy y lanzaba sus medios de desembarco a pocas millas de la
playa.
El elemento más revelador de toda
la cadena es el vehículo que realmente tocaba el agua. El AAV-7 (Amphibious
Assault Vehicle, vehículo anfibio de asalto), el blindado de infantería de
marina que los Marines americanos y la Infantería de Marina española siguen
usando en entrenamiento, alcanza siete nudos sobre el agua con un buen oleaje.
Para recorrer los últimos tres kilómetros hasta la playa, necesita veinte minutos
de exposición sin blindaje eficaz contra munición guiada. Durante esos minutos,
la tripulación y los soldados embarcados dependen de que los sistemas de
defensa costera enemigos hayan sido suprimidos, de que las rutas estén libres
de minas y de que los drones de vigilancia no los hayan convertido en un
objetivo designado sobre la pantalla de un operador situado a cincuenta
kilómetros de distancia.
Entre 1944 y 1991 esas
condiciones podían crearse. La superioridad naval aliada era tan aplastante que
el adversario difícilmente podía hacer gran cosa durante la ventana de
aproximación. En el Golfo, la amenaza de un desembarco anfibio de diecisiete
mil marines frente a Kuwait City inmovilizó fuerzas iraquíes mientras el
verdadero ataque llegaba por el flanco terrestre occidental; la operación
anfibia fue, en realidad, un engaño magistral. El modelo funcionó, pero el
entorno en que funcionó ha cambiado estructuralmente.
Los Marines (USMC) tampoco ignoran
este diagnóstico y llevan años transformando su concepto, repensando la
estructura de su fuerza y sustituyendo
el AAV-7 por el ACV (Amphibious Combat Vehicle), con mejor protección y
movilidad terrestre aunque sin resolver el cuello de botella de la velocidad en
agua. El USMC distingue hoy entre dos conceptos: las stand-in forces,
fuerzas pequeñas y letales de baja firma diseñadas para operar dentro de un
área disputada y el EABO (Expeditionary Advanced Base Operations), una
forma de guerra expedicionaria que emplea fuerzas navales móviles desde
ubicaciones austeras y temporales para negar el mar o apoyar el control
marítimo. Ambos conceptos responden a la misma presión tecnológica que este
artículo describe. El debate no es si el asalto anfibio puede evolucionar, sino
si la evolución americana resuelve el problema español, que se desarrolla en un
teatro radicalmente diferente. La respuesta, como se verá, es que no. La
necesidad del desembarco no ha desaparecido, pero ha dejado de ser una
herramienta de entrada forzosa.
2. Cinco factores que han redefinido el coste del asalto
2.1. El misil que dejó de ser
privilegio de Estado
Durante cuatro décadas, el misil
antibuque fue un arma de marina de guerra. Fabricarlo requería precisión
industrial, guiarlo requería sistemas de control sofisticados y operarlo
requería formación técnica avanzada. El Exocet francés que hundió al HMS Sheffield
en las Malvinas en 1982 era una pieza de tecnología cara, operada por pilotos
de la Fuerza Aérea argentina con entrenamiento específico. El adversario que
quería misiles antibuque necesitaba ser Estado, tener presupuesto y haber
recibido transferencia de tecnología de una potencia occidental o soviética.
Ese monopolio se ha roto. Entre
2023 y 2025, los hutíes de Yemen, una milicia que opera en uno de los países
más empobrecidos del planeta, lanzaron más de cuatrocientas misiones de drones
y misiles contra buques en el Mar Rojo. La US Navy disparó más de doscientos
misiles de intercepción, con costes unitarios de entre 2 y 4 millones los SM-6
y un coste desde octubre de 2023 hasta finales de 2024 de más de 1.800 millones
de dólares, una cifra que analistas del sector estiman podría haberse duplicado
para mediados de 2025. En el lado opuesto de la ecuación, el misil de crucero
de fabricación iraní que los hutíes usan como arma estándar cuesta entre
cincuenta mil y cien mil dólares. No todos los intercambios reflejan esta
desproporción extrema, pero la tendencia general del combate litoral moderno
apunta en una sola dirección.
La situación marroquí ilustra el
problema con precisión geográfica. Según diversas fuentes abiertas de defensa,
Marruecos ha adquirido para su Marina misiles Spike LR II y NLOS israelíes, con
entregas completadas en la Armada Real en junio de 2025. Los Spike estaban
destinados a los patrulleros clase Avante 1800 y su posible integración en las
fragatas clase Floréal se estudia como extensión del programa. El Spike NLOS
tiene un alcance de treinta y dos kilómetros mientras que el Estrecho de
Gibraltar mide catorce kilómetros en su punto de estrangulamiento, en el paso
entre Tarifa y Punta Cires. Aunque las rutas de aproximación desde las bases de
la Armada en Rota o Cartagena son más largas, en ningún caso quedan fuera del
alcance de sistemas ya disponibles en la costa opuesta.
2.2. El dron que democratizó
la guerra litoral
Nagorno-Karabaj, en el otoño de
2020, demostró por primera vez en combate que la superioridad aérea podía
lograrse sin aviones con piloto y a un coste que cualquier Estado medio podía
asumir. Azerbaiyán desplegó drones TB2 Bayraktar turcos y munición merodeadora
israelí tipo Harop contra fuerzas armenias que carecían de defensa antiaérea de
baja cota en densidad suficiente. Las operaciones de drones destruyeron
aproximadamente 247 tanques, 138 piezas de artillería y 52 sistemas de defensa
aérea armenios, incluyendo componentes S-300. El factor decisivo no fue únicamente
los drones, sino su integración con el sistema de guerra electrónica turco
KORAL, que perturbó los radares armenios creando ventanas de vulnerabilidad que
los TB2 explotaban sistemáticamente. La lección no es que los drones sean
invencibles, porque en Ucrania un adversario con contramedidas adecuadas demostró
que podían degradarse seriamente. La lección es que la ausencia de C-UAS (Counter-Unmanned
Aircraft Systems, sistemas de defensa contra drones) de baja cota convierte
cualquier formación terrestre o naval en un blanco identificado y fácil.
En el Mar Negro, entre 2022 y
2025, Ucrania ejecutó la campaña naval asimétrica más eficaz del siglo sin
disponer de marina de guerra convencional. Los vehículos de superficie no
tripulados Magura V5, que cuestan entre 250.000 y 300.000 dólares por unidad,
destruyeron ocho buques de guerra rusos y dañaron seis más en su primer año de
operaciones, causando daños valorados en más de 500 millones de dólares. En
febrero de 2024 se convirtieron en los primeros drones navales en hundir un
buque de guerra en combate, destruyendo la corbeta lanzamisiles Ivanovets y el
buque de desembarco Tsezar Kunikov. Ucrania neutralizó un tercio de la Flota
del Mar Negro rusa y forzó al grueso de sus buques a replegarse, mientras el
director de inteligencia ucraniano Budanov se vanagloriaba que la flota rusa estaba
bloqueada en puerto.
Para una fuerza anfibia en
tránsito hacia la playa, la implicación es que la fase más vulnerable del
desembarco se ha convertido en persistentemente observable y atacable. Un
Magura V5 de 250.000 euros puede hundir una lancha de desembarco que cruza los
últimos kilómetros hacia una playa, con su valiosa carga humana y material en
ella. La ecuación favorece al defensor en una proporción que no tiene
precedente histórico.
Y en noviembre de 2025, Israel
Aerospace Industries inauguró en la zona industrial de Benslimane, a las
afueras de Casablanca, una fábrica de producción de munición merodeadora SpyX,
la primera instalación de este tipo en el norte de África, en lo que no es un
anuncio de intenciones, sino capacidad instalada en territorio vecino.
2.3. Las minas que paralizan
flotas
La historia más olvidada del
Golfo Pérsico de 1991 no es la campaña aérea ni la maniobra de flanco
terrestre; es lo que no llegó a ocurrir en el mar. La fuerza anfibia americana,
con diecisiete mil marines frente a las costas de Kuwait, nunca ejecutó el asalto.
Iraq había sembrado el litoral kuwaití con aproximadamente 1.300 minas navales.
Dos buques, el USS Tripoli y el USS Princeton, fueron dañados al golpear minas
antes de que comenzara el asalto terrestre y fue suficiente para cancelar la
operación.
Esas 1.300 minas costaron a Iraq
entre quince y treinta millones de dólares. La fuerza que paralizaron valía
decenas de miles de millones. En términos operativos, esto significa que el
problema no empieza en la playa, sino decenas de kilómetros antes, punto en el
cual una fuerza anfibia puede quedar detenida sin que el adversario dispare un
solo misil. Una mina de influencia moderna, que detecta la firma magnética,
acústica o de presión de un buque antes de detonar, cuesta entre diez mil y
cincuenta mil euros por unidad y un adversario con doscientas o cuatrocientas
minas de influencia sembradas en las rutas de aproximación a Ceuta o Melilla podría
paralizar cualquier operación de refuerzo antes de que alcanzara siquiera su
destino.
La Armada opera seis cazaminas
clase Segura, construidos entre 1998 y 2004, equipados con sonar de profundidad
variable AN/SQQ-32, vehículos de control remoto Pluto Plus y minisubmarinos
desechables Minesniper para la neutralización de minas de orinque. La escuadrilla
participa rotativamente en el Grupo Permanente de Contraminas OTAN SNMCMG-2 y
tiene base en Cartagena. La capacidad existe y ha sido operativamente probada,
pero el problema es que los ROV Pluto Plus y los Minesniper acumulan averías y
escasez de repuestos que los están convirtiendo en un vector crítico. Es cierto
que el Ministerio de Defensa ha asignado 436 millones de euros en el Plan Anual
de Contratación 2026 para la modernización integral de los seis buques,
triplicando los 135 millones inicialmente aprobados en 2023, pero no lo es
menos que siguen siendo necesarias mayores capacidades en vigilancia submarina
permanente, minas inteligentes y sistemas no tripulados, tal y como se detalla
en este
otro artículo.
2.4. El campo de batalla sin
opacidad
En 1944, los planificadores de
Overlord podían contar con que los alemanes no sabrían exactamente dónde
desembarcarían los aliados hasta pocas horas antes de suceder; en 1991, los
grupos anfibios podían maniobrar en el Golfo con cierta opacidad táctica. Hoy,
cualquier Estado con presupuesto de defensa medio puede suscribirse a servicios
comerciales de imágenes satelitales con resolución submétrica y frecuencia de
revisita horaria. Empresas como Planet Labs, Maxar o ICEYE ofrecen cobertura de
zonas de conflicto con un nivel de detalle que hace una generación solo estaba
al alcance de agencias de inteligencia de primer nivel.
El concepto de "campo de
batalla transparente" no es una metáfora; es la consecuencia directa de la
proliferación de sensores persistentes, tanto satelitales como de drones de
alta cota. La transparencia no es absoluta ni continua, las ventanas de
revisita tienen intervalos, la cobertura depende de condiciones meteorológicas
y los datos brutos requieren fusión de inteligencia para convertirse en
objetivos, pero es suficiente para eliminar la sorpresa operativa sostenida.
Mover un grupo anfibio por el Mediterráneo Occidental sin ser localizado
durante las horas críticas de aproximación es hoy una ficción operativa. Y si
el adversario conoce la posición de la fuerza con antelación suficiente, puede
vectorizar sus misiles, desplegar sus drones hacia los puntos previstos de
lanzamiento y activar sus sistemas de minas en las rutas de aproximación
conocidas.
2.5. La guerra electrónica
como multiplicador asimétrico
El quinto factor es el más difuso
y, a largo plazo, probablemente el más transformador. La guerra electrónica,
que comprende la capacidad de degradar o suprimir las comunicaciones, el GPS y
los sistemas de guiado del adversario, fue durante décadas un dominio exclusivo
de las grandes potencias. Ya no.
En Nagorno-Karabaj, la
integración entre el sistema KORAL turco y los drones TB2 azerbaiyanos demostró
que la perturbación del ciclo decisional enemigo podía ser más determinante que
el número de unidades destruidas. Los radares armenios operaban; pero el KORAL
los saturaba o los fingía, creando ventanas en las que los sistemas de defensa
aérea no podían responder. La ventaja no residía en cada sistema por separado,
sino en su integración en un ciclo operativo coherente.
Para una operación anfibia, la
dependencia del GPS para la navegación de las lanchas de desembarco y la
precisión de las armas de apoyo es fundamental. Aunque las fuerzas modernas
tienen contramedidas, un adversario con capacidad de spoofing o jamming
de GPS, accesible hoy con equipos que no superan los cien mil euros, puede
desorientar una formación de lanchas en los minutos críticos de la aproximación;
las comunicaciones cifradas pueden ser degradadas y los sistemas de guiado de
misiles de apoyo pueden ser perturbados. Ninguno de estos vectores requiere
capacidades de par estratégico; requieren inversión modesta, conocimiento
técnico accesible y voluntad de emplearlos.
2.6. Del entorno de amenaza al
colapso de la cadena clásica
Los cinco factores anteriores no
actúan en abstracto ni de forma aislada, sino que operan sobre una secuencia
operativa concreta, la cadena anfibia clásica y la rompen en puntos
específicos. La detección satelital temprana destruye el elemento sorpresa que
permitía al grupo anfibio acercarse sin ser batido. La proliferación
misilística satura las defensas de la escolta, que debe emplear interceptores
de millones contra amenazas de miles. Las minas inteligentes bloquean las rutas
de aproximación antes de que las lanchas toquen el agua. Los drones y la
munición merodeadora identifican y atacan los medios de desembarco durante los
minutos de máxima exposición. Y la guerra electrónica degrada la coordinación
entre los elementos de la fuerza, precisamente cuando más la necesitan. No es
un único punto débil; es una cadena en la que cada eslabón está hoy expuesto.
El resultado es que el asalto
anfibio clásico no ha desaparecido, pero ha cambiado de naturaleza. Ha dejado
de ser una operación de entrada, un método para forzar el acceso a una costa
defendida y se ha convertido en una operación de explotación, que solo es viable
tras haber ganado previamente el control del entorno litoral. Esa condición
previa era opcional en 1991; hoy es imprescindible.
Estos factores no operan en
abstracto. En el caso español, convergen sobre una geografía concreta y una
fuerza concreta.
3. El problema español
España no es un caso genérico, tiene
una geografía específica, un adversario principal concreto y una fuerza anfibia
que acumula una brecha creciente entre sus capacidades declaradas y su
capacidad operativa real en entorno contestado de intensidad media.
El L-51 Galicia entró en servicio
en 1998; el L-52 Castilla, en 2000. Ambos buques son diseños de la década de
1990 construidos para un concepto de operaciones del siglo XX. Están en proceso
de modernización a través del programa MMV-LPD, que contempla actualización del
sistema de combate, ciberdefensa e integración de vehículos no tripulados. Es
una intervención necesaria y bienvenida, pero no resuelve el problema
estructural. Modernizar la electrónica de un casco de 1998 prolonga su vida
útil una década más, pero no convierte al buque en una plataforma diseñada para
lanzar medios de asalto rápidos en entorno A2/AD, porque la geometría del dique
inundable y la velocidad máxima del buque no cambian con la modernización.
Si la plataforma define el
alcance, el medio de asalto define la viabilidad. España ha dado un paso
significativo al aprobar en 2026 el programa VACIM, con 34 vehículos anfibios
SuperAV 8x8, la misma plataforma que el USMC y la Marina italiana, con entregas
previstas entre 2027 y 2030. El SuperAV mejora radicalmente la movilidad
terrestre, la protección balística y la resistencia a minas respecto al AAV-7,
que llevaba décadas acumulando obsolescencia. Pero en agua la ecuación apenas
cambia ya que el SuperAV navega a unos seis nudos en mar abierto, incluso menos
que los siete del AAV-7. El cuello de botella acuático del último tramo hasta
la playa no lo resuelve la nueva generación de vehículos anfibios; lo hereda. En
cuanto a las lanchas de desembarco, las doce LCM-1E con las que cuenta la
Armada alcanzan 22 nudos en lastre y 13,5 nudos cargadas, pero siguen siendo insuficientes
para operaciones verdaderamente OTH que, por definición, exigen lanzamientos a
más de cuarenta kilómetros de la costa, lo que supone casi tres horas de tránsito a plena
carga. Para contextualizar, un LCAC americano (Landing Craft Air Cushion,
aerodeslizador de desembarco) cubre esa misma distancia a más de cuarenta nudos
en menos de una hora. España no dispone aún de conectores capaces de ejecutar
un desembarco rápido en entorno contestado a las velocidades que la doctrina
moderna exige.
Marruecos, el adversario
principal, está adquiriendo capacidades a un ritmo sin precedente en sus
fuerzas armadas, con incrementos interanuales sostenidos de dos dígitos en su
presupuesto de defensa. En servicio tiene
ya la fragata FREMM Mohammed VI, los patrulleros Avante 1800 para los
que se ha reportado la integración de misiles Spike NLOS y el sistema de
defensa aérea Barak MX, desplegado a principios de 2026. En fase de integración,
el sistema Spyder, que añade una capa adicional a la arquitectura de defensa
aérea multicapa marroquí y la posible extensión de los Spike a las fragatas
clase Floréal. Y en el ámbito contractual o potencial, los cohetes de largo
alcance tipo WS-2D y la producción nacional de munición merodeadora SpyX en la
fábrica inaugurada en Benslimane en noviembre de 2025. La tendencia general es
inequívoca.
Las islas de soberanía añaden una
capa geométrica al problema. Perejil, Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera
están todas a menos de un kilómetro de la costa marroquí. Una operación de
recuperación de territorio ocupado en este entorno no sería un asalto anfibio
desde alta mar, sino una acción en un espacio de combate cerrado donde el
problema pasa del plano naval al de la inserción de precisión con unidades
ligeras, saturación de drones y C-UAS orgánico. En ese entorno, la masa deja de
ser ventaja y pasa a ser firma detectable. El modelo clásico de gran grupo
anfibio de aproximación oceánica no tendría aquí sentido, pues su aplicación
literal significaría concentrar buques de gran porte en aguas cerradas, a
distancias mínimas de baterías costeras y radares de designación.
La conclusión operativa es que
España no tiene capacidad anfibia creíble en un entorno contestado de
intensidad media frente a un adversario con A2/AD moderno. Esa distinción es
importante, ya que no estamos hablando de indefensión total, sino de una brecha
específica entre el tipo de operación que el entorno futuro exige y el tipo de
capacidad que el modelo actual puede proporcionar.
4. Lo que viene después
El diagnóstico anterior podría
leerse como argumento para la parálisis, pero no lo es. La geografía del
Estrecho, que es el problema, es también parte de la solución, ya que catorce
kilómetros de ancho crean un entorno operativo radicalmente diferente del que
motivó el EABO americano, diseñado para el Pacífico. Un raid anfibio desde
territorio propio, de duración medida en horas y con el grueso del apoyo
logístico en bases a pocas decenas de kilómetros, tiene una arquitectura de
riesgo completamente diferente de la de un asalto oceánico clásico o de una
presencia distribuida durante semanas en una cadena de islas del Pacífico.
La respuesta doctrinal no pasa
por reproducir conceptos aliados sin adaptación, sino por entender que España
tiene ventajas posicionales únicas que ningún aliado explota por las mismas
razones geográficas, como son la profundidad logística desde territorio propio,
los tiempos de respuesta medidos en horas y un Estrecho cuya anchura convierte
el asalto concentrado clásico en inviable y el raid rápido en alternativa real.
No se trataría de desembarcar una brigada en una playa, sino de insertar
múltiples elementos de entidad compañía en ventanas de minutos, bajo cobertura
de fuegos de precisión y con saturación de sistemas no tripulados. La lógica de
la doctrina clásica se invierte y se busca dispersión en lugar de
concentración, supresión del entorno como condición previa y velocidad como
protección, lo que exige conectores navales de nueva generación capaces de
superar los treinta nudos cargados.
El asalto anfibio no ha muerto;
ha dejado de ser un método de uso general y se ha convertido en un recurso
condicionado a una arquitectura de supresión previa que la doctrina española
aún no tiene desarrollada. Construirla es el trabajo de esta década. Los
artículos que siguen en esta serie examinan cómo.
Este artículo es el primero de una serie sobre la transformación de la capacidad anfibia española. El siguiente examinará por qué España necesita una doctrina propia y no una copia del USMC: qué es el concepto americano EABO, en qué se diferencia de las stand-in forces, por qué ambos fracasan estructuralmente en el teatro del Estrecho y qué ventajas posicionales específicas tiene España que ningún aliado puede explotar en su lugar.
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