Por qué España necesita capacidad de guerra electrónica aérea dedicada
INTRODUCCIÓN
Existe una verdad incómoda que
suele omitirse en los libros blancos de la defensa española: en un conflicto
de alta intensidad sobre el Estrecho de Gibraltar, nuestras alas de combate
operarían bajo una vulnerabilidad sistémica. No es una cuestión de valor ni
profesionalidad; es una cuestión de física, de arquitectura de señales y de la
realidad tecnológica que define la guerra aérea del siglo XXI.
Hoy, el espectro electromagnético
no es un escenario de apoyo; es el dominio decisivo. Los conflictos actuales,
desde el Donbás hasta el Mar Rojo, han confirmado una máxima brutal: quien
no domina el espectro, no vuela. El ecosistema de radares AESA, sistemas de
defensa aérea integrados de largo alcance y enlaces de datos redundantes
conforman una "burbuja" de negación de acceso (A2/AD) que no
puede ser simplemente evitada; debe ser desarticulada desde dentro.
España carece de esa capacidad
de desarticulación. Aunque nuestros Eurofighter cuentan con el excelente
sistema Praetorian DASS, confundir la autoprotección reactiva con el
ataque electrónico proactivo es un error estratégico de primer orden. Es la
diferencia entre vestir un chaleco antibalas o poseer la capacidad de silenciar
los fusiles del enemigo. Sin una plataforma dedicada como el EA-18G Growler,
operar en entornos saturados equivale a entrar en una habitación oscura con una
linterna, mientras el adversario controla el interruptor de la luz y lleva
visores nocturnos. Esta brecha no solo pone en riesgo nuestras plataformas
y pilotos; compromete la libertad de acción necesaria para garantizar la
soberanía en Ceuta, Melilla y el eje estratégico Canarias-Estrecho.
España sigue anclada doctrinalmente en una visión de los 90. No es solo que no tengamos Growler; es que no hemos aceptado aún que la EW es un dominio de combate primario.
1. Planificación basada en capacidades: el contexto regional
Cualquier planificador militar
español con acceso a información abierta conoce la transformación de las
Fuerzas Armadas Reales marroquíes en la última década. El objetivo de este
análisis no es sobredimensionar las capacidades de ningún vecino, sino partir
de un principio básico de planificación militar: las fuerzas propias se diseñan
frente a las capacidades potenciales del adversario, no frente a suposiciones
optimistas sobre sus intenciones.
Marruecos ha seguido un patrón de
modernización coherente. En defensa aérea, ha adquirido sistemas de medio y
largo alcance —FD-2000B, Barak MX, Sky Dragon 50— y está desarrollando una
arquitectura de mando y control más integrada, aunque aún no alcance el nivel
de madurez de sistemas rusos o chinos de alta gama. Sus radares de vigilancia
cubren el Estrecho y las aproximaciones a sus fronteras. Ha desarrollado
capacidades de guerra electrónica propias para proteger estos sistemas.
Con independencia del número
exacto de baterías o su grado de integración actual, la tendencia es
inequívoca: Marruecos está construyendo capacidades diseñadas para negar el
acceso aéreo a un adversario tecnológicamente superior. Exactamente lo que los
analistas denominan capacidades A2/AD.
Esta misma lógica operativa
aplicaría frente a cualquier entorno con defensas aéreas modernas: sistemas
rusos S-300/400 exportados a terceros países, capacidades argelinas en
desarrollo, o escenarios de apoyo OTAN en el flanco este donde España podría contribuir.
El Growler no es una respuesta a un adversario específico, sino a un problema
operativo genérico del combate aéreo contemporáneo.
2. La vulnerabilidad del modelo operativo actual
Imaginemos un escenario de crisis
en Ceuta. Las tensiones escalan, Marruecos cierra el paso fronterizo y
despliega fuerzas en las inmediaciones. España necesita reforzar la guarnición
por aire —transportes C-130 y A400M con tropas y material— mientras mantiene
superioridad aérea sobre el enclave.
Con el modelo actual, nuestros
Eurofighter despegan de Morón o Albacete. Cruzan el Estrecho y se encuentran
con un entorno electromagnético hostil: radares de adquisición los detectan a
cientos de kilómetros, sistemas SAM los iluminan con sus radares de seguimiento,
y la red de defensa aérea coordina la respuesta. Los sistemas de autoprotección
del Typhoon pueden proporcionar cierta protección reactiva, pero no degradan la
capacidad del adversario.
Los cazas pueden cumplir su
misión. Pero a qué coste: aproximaciones tácticas complejas que consumen
combustible, limitación en el empleo de armamento aire-superficie por la
amenaza SAM, incapacidad de proporcionar cobertura sostenida a los transportes.
Y en el peor caso, pérdidas de aeronaves que España no puede permitirse. Sin
EW ofensiva, España se ve forzada a elegir entre aceptar riesgos inasumibles
o intentar internacionalizar el conflicto desde el minuto uno.
3. Por qué las alternativas actuales no bastan
Un crítico razonable preguntaría:
¿por qué no mejorar lo que ya tenemos en lugar de adquirir una plataforma
nueva?
Pods EW en Eurofighter. El
Typhoon puede portar pods de contramedidas mejorados. Pero existe una
diferencia fundamental entre autoprotección —degradar la capacidad de un misil
de alcanzarte— y supresión activa de defensas —cegar o destruir el radar que
guía ese misil antes de que dispare. Los pods de autoprotección carecen de la
potencia de emisión, la cobertura de bandas y la persistencia necesarias para
abrir corredores seguros a otras aeronaves. Protegen al avión que los porta; no
multiplican la eficacia de toda una formación.
Eurofighter ECR alemán.
Alemania desarrolla una variante de combate electrónico del Typhoon. Es una
opción prometedora a largo plazo y coherente con nuestra participación en el
consorcio. Pero el ECR es todavía un programa en desarrollo, con entrada en
servicio prevista no antes de 2030-2032. El Growler es una solución madura, con
décadas de experiencia operativa en combate real —Libia, Siria, ejercicios con
sistemas S-300 simulados— y cadena de producción activa. La urgencia operativa
no permite esperar una década.
Drones EW. Los sistemas no
tripulados de guerra electrónica son un complemento valioso para saturación de
defensas y señuelos. Pero carecen de la capacidad de penetración, supervivencia
y potencia de emisión necesarias para misiones SEAD de alta intensidad. Son excelentes
como multiplicadores; insuficientes como capacidad estratégica principal.
EW terrestre y naval.
Necesaria para defensa de punto y protección de fuerzas, pero inherentemente
estática o limitada en alcance. No abre corredores para operaciones ofensivas.
La pregunta correcta no es "Growler
o alternativas", sino "Growler ahora y alternativas cuando
maduren". Lo cierto es que no existe actualmente ningún sustituto
funcional real del Growler en el mundo occidental.
4. El EA-18G Growler: anatomía de un transformador operacional
El Boeing EA-18G Growler
no debe entenderse como un caza convencional con complementos, sino como una plataforma
de ataque electrónico integral. Derivado del robusto F/A-18F Super Hornet,
este vector fusiona la agilidad de un caza de primera línea con la capacidad de
colapsar la arquitectura digital del adversario. No es un escudo; es un bisturí
electromagnético.
Su núcleo operativo está
transitando del veterano ALQ-99 al revolucionario Next Generation Jammer
(NGJ). Este salto al estándar AESA permite una precisión quirúrgica: el Growler
puede emitir haces de interferencia tan focalizados que logran neutralizar los
radares y comunicaciones enemigas sin degradar los sistemas de enlace de datos
aliados. Es la solución definitiva al histórico problema de la
"interferencia fratricida".
La verdadera letalidad del Growler
reside en su bivalencia táctica entre el SEAD (Supresión) y el DEAD
(Destrucción). Mientras sus jammers ciegan temporalmente los sensores
enemigos para abrir pasillos de incursión, su capacidad de fuego —basada en los
misiles AGM-88 HARM y el nuevo AARGM-ER de alcance extendido— permite
localizar y destruir físicamente las fuentes de emisión. Esta sinergia
transforma la neutralización de defensas en un proceso sistemático y de bajo
riesgo.
Para nuestro Ejército del Aire,
la transición hacia el Growler no sería un salto al vacío, sino una
evolución lógica. España ya posee la infraestructura logística y el
conocimiento táctico para el empleo del misil HARM en sus EF-18M. Incorporar el
Growler permitiría capitalizar esa experiencia previa, acelerando la
madurez operativa de una unidad que, hoy por hoy, representa la pieza que falta
para completar el puzle de la soberanía aérea nacional.
5. LA SINERGIA CON EL EF-18M:
UNA DUPLA INMEDIATA Y EFECTIVA
La adquisición del Growler no
implicaría introducir una plataforma completamente ajena al Ejército del Aire y
del Espacio. Al contrario, su integración con los EF-18M modernizados generaría
sinergias operativas, logísticas y de formación que reducirían significativamente
el impacto presupuestario y aceleraría la capacidad inicial.
En el plano operativo, la dupla
EF-18M + Growler sería inmediata y altamente efectiva. En guerra
electrónica, la obsolescencia no la marca la célula, sino la arquitectura de
misión. Ambos comparten doctrina SEAD/DEAD heredada de décadas de cooperación
con la US Navy, integración plena Link 16 y armamento común como el AGM-88 HARM
y su evolución AARGM-ER. Un paquete típico incluiría 2-3 Growler como escort
jammer avanzado, detectando y geolocalizando emisores con el ALQ-218,
mientras los EF-18M lanzan HARM/AARGM o ejecutan strike con JDAM/Laser
Maverick bajo protección EW. Esta coordinación ya ha sido probada en
ejercicios OTAN con Growler estadounidenses y Hornets aliados.
En formación y entrenamiento,
la transición sería rápida. Los pilotos españoles de EF-18M conocen el handling,
procedimientos y cockpit philosophy de la familia F/A-18. La conversión
a Growler (biplaza) requeriría solo 8-12 meses adicionales,
principalmente en guerra electrónica y operación del asiento trasero (EWO).
Logísticamente, aunque los
motores difieren (F404 en EF-18M vs F414 en Growler), la comunalidad
estructural (~30-35%), aviónica base, herramientas GSE y filosofía de
mantenimiento es alta. Los repuestos críticos (tren de aterrizaje, sistemas
hidráulicos, Link 16) y los procedimientos diagnósticos se solapan. España ya
participa en el programa sostenimiento F/A-18 a través de PMA-265, lo que
facilitaría contratos de apoyo integrado.
Si se autoriza un Service
Life Extension Program (SLEP) profundo a 48-54 aviones EF-18M, tal y
como propongo aquí,
se extendería la vida útil de esos aviones hasta las 10.000 horas de vuelo y un
plazo entre 2040 y 2045, lo que permitiría formar alas mixtas con Growler,
maximizando la eficacia y operatividad de la flota legacy sin
obsolescencia prematura.
Finalmente, aunque no
lo comparto, si España avanzara hacia un portaaviones CATOBAR en el futuro,
tal y como se está estudiando, el Growler está certificado y opera
rutinariamente desde esa cubierta (5-7 por air wing en los carriers
estadounidenses), ofreciendo proyección EW embarcada sin necesidad de adaptar
otra plataforma. Esta flexibilidad convierte la adquisición en una inversión a
prueba de futuros estratégicos.
En resumen, la dupla EF-18M +
Growler no sería simplemente compatible: sería un multiplicador
inmediato que aprovecha décadas de experiencia española en la familia Hornet
para obtener capacidad EW de élite con mínima fricción.
6. Dimensión multi-dominio: más allá del combate aéreo
El Growler no solo protege a los
cazas. En un cruce del Estrecho, puede degradar los radares de baterías
costeras enemigas y los sistemas de búsqueda de buques de superficie,
protegiendo a nuestra flota de misiles antibuque. Es un multiplicador para la Fuerza
Conjunta, no solo para el Ejército del Aire.
La integración con las futuras
fragatas F-110 —diseñadas con arquitectura de combate en red— permitiría
sincronizar efectos electromagnéticos aéreos y navales. El Growler
"mapea" el orden de batalla electrónico del adversario en tiempo
real, alimentando con inteligencia SIGINT/ELINT tanto a los centros de mando
terrestres como a las unidades navales. Esta capacidad de "sensor
distribuido" multiplica el valor de la inversión más allá de las misiones
SEAD puras.
7. Justificación numérica: por qué 12-14 aviones
En análisis de defensa, las
cifras de adquisición raramente son arbitrarias. La propuesta de 12-14 Growler
responde a una lógica operativa rigurosa basada en tasas de disponibilidad
reales.
Según datos del DOT&E (Director
of Operational Test and Evaluation) estadounidense, las flotas de Growler
mantienen disponibilidades operativas del 60-70% en tiempo de paz, que pueden
descender al 50-60% en operaciones sostenidas de alta intensidad. Mantenimiento
programado, inspecciones, reparaciones imprevistas y rotación de tripulaciones
significan que un tercio de la flota está siempre fuera de servicio.
Con 12 aviones, España dispondría
de 7-8 Growler operativos en cualquier momento. Con 14, entre 8 y 10. Esta
cifra permite mantener cobertura EW sostenida en dos direcciones operativas
simultáneas —Ceuta y Melilla, o Estrecho y Canarias—, con reserva para
contingencias y rotación de tripulaciones. Permite también absorber pérdidas
operativas sin colapso de la capacidad.
Un número inferior comprometería
la sostenibilidad. Un número superior, en el contexto presupuestario español,
resulta difícilmente justificable cuando existen otras carencias por cubrir.
8. La falacia del portaaviones
Inevitablemente, cualquier
discusión sobre proyección de poder aéreo español deriva hacia el debate del
portaaviones. En mi opinión, para los escenarios más probables de empleo de la
fuerza aérea española, el portaaviones es una solución cara a un problema que
no existe, tal y como expongo aquí.
Ceuta está a 145 kilómetros de
Morón de la Frontera. Melilla, a 320 kilómetros. Los cazas españoles pueden
alcanzar ambos enclaves en 10-20 minutos desde esa base con combustible
suficiente para una misión de combate significativa. Con reabastecimiento en
vuelo —capacidad que España posee con sus A330 MRTT—, el tiempo de presencia
sobre el objetivo se multiplicaría.
Aunque tiene la condición naval
como nativa, el Growler en España operaría desde tierra, podría
desplegarse rápidamente en cualquier base española, y su coste de adquisición
—estimado en torno a 1.500-2.000 millones de euros para una flota de 12-14
unidades según datos abiertos de los programas australiano y US Navy,
incluyendo sistemas de apoyo y formación inicial— representa una fracción del
portaaviones. Comparado en términos de coste-efectividad para nuestros
escenarios específicos, no hay competencia.
En términos de efectividad
operativa pura para los escenarios más probables —el Estrecho de Gibraltar,
Ceuta y Melilla—, una flota de 12-14 Growler sería no solo más económica,
sino significativamente más efectiva que incluso un portaviones CATOBAR
completo con ala aérea embarcada. Un CATOBAR, aunque ofrezca proyección
sostenida, opera en aguas confinadas y altamente amenazadas, donde baterías
costeras antibuque y defensas aéreas integradas limitarían su libertad de
maniobra y lo convertirían en un objetivo prioritario de alto valor. Su ala
aérea (20-30 aviones) requeriría ciclos de lanzamiento y recuperación que
reducen la persistencia inmediata sobre objetivo, y su supervivencia dependería
de una escolta naval masiva que restaría recursos a otras misiones. En cambio,
12-14 Growler basados en tierra podrían generar salidas múltiples diarias con
tiempos de reacción mínimos, proporcionando cobertura EW sostenida para defensa
de la flota y corredores seguros para transportes y cazas en una hipotética
operación de refuerzo de las plazas bajo fuego enemigo, sin exponer un activo
estratégico único. La guerra electrónica dedicada degradaría radares y
comunicaciones enemigas desde distancias seguras, permitiendo operaciones
aéreas peninsulares con menor riesgo y mayor flexibilidad. En definitiva, para
amenazas regionales a distancias de hasta 400 km, la capacidad distribuida
y especializada del Growler multiplica la letalidad de nuestra fuerza aérea
existente de forma más directa y resiliente que un portaviones.
9. Integración doctrinal y retorno industrial
La adquisición del Growler no
sería un programa aislado. Obligaría a desarrollar una arquitectura de guerra
electrónica nacional coherente de la que España carece actualmente.
Un Growler sin integración es un
activo desaprovechado. Para explotar plenamente sus capacidades, España
necesitaría desarrollar un mando EW conjunto, redes de datos resistentes a la
interferencia, capacidad SIGINT/ELINT para alimentar el targeting, y doctrina
operativa para el empleo coordinado con cazas y otras plataformas. Este efecto
catalizador sobre el conjunto de las Fuerzas Armadas justifica por sí solo
parte de la inversión.
Existe además una dimensión
industrial frecuentemente ignorada. La integración de sistemas EW avanzados
impulsaría la cadena española de guerra electrónica: Indra, Tecnobit, Airbus
Defence & Space España. Los programas de offset y participación industrial
asociados a una adquisición de esta magnitud generarían retorno tecnológico y
capacidades soberanas que trascienden el programa específico.
10. Disuasión, OTAN y señal estratégica
Más allá de las consideraciones
operativas, la adquisición de capacidad EW aérea avanzada envía un mensaje
estratégico claro. Cualquier actor regional entendería que sus inversiones en
defensa aérea integrada tendrían una efectividad limitada frente a una España
equipada con medios de supresión sistemática.
Esto es disuasión racional. El
objetivo de la defensa nacional no es ganar guerras, sino prevenirlas. Una
España con capacidad demostrada de penetrar defensas aéreas enemigas es una
España a la que resulta más costoso amenazar.
En el contexto OTAN, el Growler
posicionaría a España como socio con capacidades críticas escasas en la
Alianza. Actualmente, solo Estados Unidos opera esta plataforma en cantidad
significativa, y Australia dispone de una flota reducida. Una España con Growler
cubriría un hueco real en el flanco sur, con peso político proporcional a la
contribución operativa. No competiría con capacidades francesas o italianas;
las complementaría.
Conclusión: inversión en dominio espectral
La adquisición de 12-14 EA-18G
Growler representa una inversión estratégica con retorno medible en capacidad
operativa y credibilidad disuasoria. No es un programa de prestigio ni una
respuesta a presiones industriales. Es la solución técnicamente coherente a un
problema operativo real: cómo España puede asegurar libertad de acción aérea en
entornos defendidos por sistemas A2/AD modernos.
El Estrecho de Gibraltar, Ceuta y
Melilla definen el escenario más probable de empleo de la fuerza aérea española
en las próximas décadas. Un escenario donde las defensas aéreas integradas del
adversario potencial hacen de la guerra electrónica no un complemento, sino un
prerrequisito.
La decisión de invertir en guerra
electrónica ofensiva no es solo cuestión de superioridad táctica, sino de
credibilidad estratégica de España como actor autónomo en el flanco sur de la
Alianza.
España debe decidir si quiere
seguir confiando en que otros abran el camino… o adquirir la capacidad de
hacerlo por sí misma.
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