Defensa del territorio, disuasión real y el error estratégico que nadie quiere discutir
Primer
artículo de una serie sobre la necesidad de crear una Fuerza de Reserva en
España
INTRODUCCIÓN: la brecha que nadie quiere ver
Febrero de 2022 marcó un antes y un después en la seguridad europea. La invasión rusa de Ucrania no solo despertó a un continente adormecido; reveló las carencias estructurales de quienes habían dado por sentada la paz perpetua. Mientras los tanques cruzaban fronteras que creíamos inviolables, Europa descubrió que había olvidado cómo se defiende un territorio.
España, en
este contexto, afronta una doble presión. Al este, la amenaza rusa obliga a
reforzar compromisos con la OTAN. Al sur, el flanco que nos corresponde
vigilar, la situación no es menos preocupante: el Sahel se descompone, el
Magreb vive tensiones internas crecientes, y el Estrecho de Gibraltar —arteria
vital del comercio mundial— concentra presiones migratorias, tráficos ilícitos
y riesgos de escalada.
Sin embargo,
mientras Europa redescubre la guerra convencional y el flanco sur acumula
tensiones, España mantiene un debate de defensa anclado en el siglo pasado.
Hablamos de fragatas, de cazas de quinta generación, de submarinos que llegan
con retraso. Pero hay una pregunta que nadie parece querer formular: ¿quién
defiende el territorio nacional mientras nuestras unidades profesionales están
desplegadas en el exterior?
La respuesta
incómoda es que no existe una fuerza específicamente diseñada y dimensionada para
esa misión.
España es uno de los pocos países de la OTAN con frontera terrestre exterior y
archipiélagos estratégicos que carece de una fuerza militar de defensa
territorial dedicada. No es una anomalía menor: es un error de arquitectura de
fuerzas que compromete tanto la disuasión como la resiliencia nacional.
Este
artículo —el primero de una serie— propone una corrección estructural
largamente aplazada: una Fuerza de Reserva (FR) que permita defender el
territorio y libere al Ejército profesional para lo que realmente importa. No
se trata de nostalgia por la «mili» ni de militarizar la sociedad. Se trata de
adaptar España a la realidad estratégica del siglo XXI.
1.
ESCENARIOS QUE YA NO SON CIENCIA FICCIÓN
Conviene traducir la amenaza en términos españoles concretos, sin alarmismo, pero sin autoengaño. No hablamos necesariamente de una invasión convencional, sino de escenarios plausibles que hoy no tenemos capacidad de gestionar sin «quemar» nuestras unidades profesionales:
Coerción híbrida sostenida en Ceuta o Melilla: presión migratoria instrumentalizada, infiltración de agentes hostiles, saturación de servicios públicos, todo ello sin cruzar el umbral de la agresión armada formal.
Crisis en Canarias: combinación de presión migratoria masiva, sabotaje a infraestructuras portuarias o energéticas, y campañas de desinformación que busquen el “bloqueo funcional” del archipiélago sin ocupación militar.
Ataques a infraestructuras críticas: centrales eléctricas, nudos ferroviarios, cables submarinos, centros de datos. El adversario no necesita invadir; le basta con paralizar.
En ninguno de estos escenarios las Fuerzas Armadas actuales pueden responder de forma sostenida sin desguarnecer otras misiones. Ese es el problema.
2. LA BRECHA ESTRUCTURAL ESPAÑOLA
Las Fuerzas
Armadas son, técnica y humanamente, de las mejores de Europa. Nuestros soldados
destacan en misiones internacionales; nuestros oficiales gozan de prestigio en
los foros aliados. Pero operan bajo una paradoja peligrosa: son excelentes
en el “cómo”, pero insuficientes en el “cuánto”.
El modelo de
profesionalización, adoptado en los años 2000, creó un ejército compacto y
tecnológico. La teoría era seductora: menos cantidad, más calidad. El problema
es que esa teoría se diseñó para un mundo que ya no existe. Un mundo donde la
guerra convencional en Europa parecía impensable, donde las amenazas eran
expedicionarias y limitadas, donde el tiempo para reaccionar se medía en meses.
Ucrania ha
demostrado que ese mundo terminó. La guerra de desgaste ha vuelto. La masa
importa. Y España, con apenas 117.000 efectivos en activo para un territorio de
500.000 km² más dos archipiélagos y dos ciudades autónomas en África, tiene un
problema serio.
España tiene
un problema de diseño estratégico no resuelto desde la suspensión del servicio
militar.
El Ejército
de Tierra, en particular, se ve sometido a un sobreesfuerzo permanente. Debe
atender simultáneamente: la defensa del territorio nacional y la
presencia permanente en Ceuta, Melilla, Canarias y Baleares; misiones de
proyección exterior, con ciclos de adiestramiento y descanso cada vez más
exigentes; tareas de protección estática: vigilancia de instalaciones,
seguridad de bases, guardias y retenes; y apoyo recurrente a autoridades
civiles: desde la pandemia hasta los incendios forestales de sexta generación
o la DANA de Valencia.
El resultado
es lo que podríamos llamar una anomalía estratégica: España ha diseñado
una fuerza de élite, preparada para la maniobra y el combate moderno, pero la
emplea rutinariamente como guardia territorial. Esta falta de relevo
territorial obliga a que las unidades de combate se vean fragmentadas para
cubrir guardias o retenes, degradando su capacidad de adiestramiento
especializado. Estamos usando un bisturí de precisión para tareas que requieren
una red de seguridad amplia.
3. El marco OTAN: la disuasión ya no es solo
tecnología
El
diagnóstico español cobra especial gravedad cuando se contrasta con la
evolución doctrinal de la Alianza Atlántica. Desde la Cumbre de Madrid de 2022,
el concepto de deterrence by resilience —disuasión mediante resiliencia—
se ha consolidado como pilar de la defensa europea.
En octubre
de 2024, la OTAN adoptó el documento MC 0441/3, que transforma las
reservas de una capacidad suplementaria en un componente estratégico
esencial de la disuasión aliada. El mensaje implícito es claro: cada nación
debe disponer de un sistema de reservas capaz de sostener operaciones de alta
intensidad más allá de los primeros meses de conflicto.
El MC 0441/3
introduce el concepto de “Reservas de Resiliencia” y establece una
tipología de roles: Niche (especialistas); Complementary
(integración en unidades de combate); Supplementary (masa territorial);
y Surge (reconstitución de fuerzas).
España
cumple formalmente con la doctrina aliada, pero no materialmente. Al
carecer de un sistema de reserva que cubra estos roles, la credibilidad del
flanco sur queda comprometida y nuestra dependencia de refuerzos aliados
resulta excesiva.
4. Lecciones internacionales: por qué funciona
La
experiencia internacional es elocuente. Los países que combinan fuerzas
profesionales con sistemas de reserva eficaces son los que mejor resisten
crisis prolongadas o inesperadas.
Finlandia es el caso
paradigmático. Con una frontera de 1.300 km con Rusia, mantiene un ejército
profesional reducido, pero puede movilizar más de 900.000 ciudadanos entrenados
en menos de un mes. Su modelo de “Defensa Total” integra a la sociedad entera
en la resiliencia nacional. Cada ciudadano sabe a qué unidad reportar, qué
depósito de armas le corresponde y qué infraestructura debe proteger. El
resultado es una disuasión creíble que ha mantenido a Rusia a raya durante
décadas.
Estonia, con apenas
1,3 millones de habitantes, ha desarrollado una Cyber Unit de
reservistas que integra a expertos de empresas tecnológicas punteras. Mantienen
sus empleos civiles, pero operan bajo mando militar en caso de crisis. Es el
estándar de oro para las capacidades Niche: el Estado accede a talento
de vanguardia que jamás podría retener con sueldos militares.
Israel ofrece el ejemplo más claro de integración total. En su ejército no existe una frontera real entre fuerzas activas y reservistas. El reservista israelí no es un recurso de emergencia ni un elemento auxiliar, sino una prolongación directa de la fuerza profesional. Se adiestra bajo los mismos estándares, emplea los mismos sistemas y es planificado desde el inicio dentro de la arquitectura operativa. Esa continuidad elimina fricciones, acelera la movilización y convierte la reserva en un multiplicador inmediato de poder militar.
Ucrania demostró con sus Fuerzas de Defensa Territorial, que una estructura dispersa y asentada sobre el terreno puede frenar avances enemigos durante las primeras horas críticas. Esa resiliencia permite ganar el tiempo necesario para que las fuerzas profesionales entren en acción.
La lógica es simple: los soldados profesionales se encargan del combate en primera línea, mientras que reservistas aseguran el control del territorio.
España intenta que las unidades profesionales hagan ambas cosas al mismo tiempo, con plantillas limitadas y ciclos de adiestramiento insuficientes.
5. La propuesta: un sistema de reserva de tres
niveles
Para
revertir esta situación, se propone una Fuerza de Reserva (FR) estructurada
en tres niveles o Tiers, de acuerdo con la doctrina de la OTAN.
Este modelo
libera a la fuerza activa de tareas de desgaste, integra talento civil
especializado y garantiza la resiliencia ante conflictos prolongados, lo
que permite escalar capacidades con rapidez y potenciar la disuasión real sin
incrementar el gasto estructural.
En
definitiva, la propuesta transforma la reserva en un componente dinámico y
coordinado, capaz de responder con agilidad a las exigencias del escenario
estratégico actual.
Nivel 1: Fuerza
de Reserva Operativa (FRO)
El
multiplicador de combate. Antiguos militares profesionales y especialistas
civiles críticos (ciberdefensa, sanidad, drones) integrados directamente en las
unidades de la Fuerza Activa. Alta disponibilidad, entrenamiento intensivo,
capacidad de despliegue internacional. Cubre los roles Niche y Complementary.
NIvel 2: Fuerza
de Reserva de Defensa Territorial (FRDT)
El escudo.
Reservistas voluntarios organizados por provincias, dedicados a la protección
de infraestructuras críticas, control del territorio y apoyo logístico. Liberan
a las unidades profesionales de las tareas de guardia y vigilancia. Conocen su
terreno como nadie. Cubre el rol Supplementary.
Nivel 3: Fuerza
de Reserva de Movilización (FRM)
El pulmón.
Base de datos de ciudadanos con formación básica previa, ex-militares y
especialistas civiles. Solo se activa en caso de movilización nacional para
reconstituir unidades diezmadas o crear nuevas. Cubre el rol Surge.
Este sistema
no propone crear un cuerpo aparte de las Fuerzas Armadas. Los reservistas
serían personal militar encuadrado en las FAS, pero con diferentes
regímenes de activación. La clave está en la integración: el reservista del
Tier 1 es, a todos los efectos, un miembro más de su unidad cuando está
activado; el del Tier 2 opera bajo mando militar, pero en coordinación con las
autoridades civiles de su demarcación; el del Tier 3 solo se activa en caso de
movilización nacional para cubrir las necesidades en los Tier 1 y 2.
6. Por qué esto no es militarizar la sociedad
Anticipemos
la objeción más previsible: ¿no es esto un regreso encubierto al servicio
militar obligatorio? ¿No supone militarizar a la sociedad civil?
No. Por
varias razones.
Primera: el sistema
propuesto es esencialmente voluntario. Todos los niveles se nutren de
ciudadanos que eligen servir, atraídos por incentivos (formación, salario, puntos
para oposiciones, beneficios fiscales) y por sentido del deber cívico. El
modelo descansa en el consentimiento ciudadano —el “derecho/deber de defensa de
España” que reconoce nuestra Constitución—, no en la coacción.
Segunda: la reserva
no sustituye a la policía ni compite con la Guardia Civil. Hay una distinción
clara de funciones: los reservistas cubren el vacío de intensidad entre la
seguridad interior y el combate convencional, siempre bajo el amparo del
Artículo 8 de la Constitución y la Ley Orgánica de la Defensa Nacional. La Guardia
Civil se seguirá encargando del orden público y control de fronteras; mientras
la FRTD tendrá a su cargo la protección de infraestructuras críticas ante
amenaza militar, el control de áreas de desembarco y el apoyo a fuerzas
regulares. La UME demuestra que España sabe crear capacidades nuevas cuando hay
voluntad política.
Tercera: el
problema es de presupuesto. Al contrario, la FRTD reduce el coste estructural.
Convierte gasto fijo en gasto activable. Por cada euro invertido en la reserva,
se liberan recursos profesionales para misiones de alta intensidad.
Cuarta: la
alternativa —seguir como estamos— es peor. Sin una reserva que asuma la
retaguardia, España “quema” su capital humano profesional en tareas que no le
permiten evolucionar hacia los desafíos de la guerra híbrida y la alta
intensidad. Es, paradójicamente, la ausencia de reserva lo que sobrecarga y
desgasta a nuestros militares profesionales.
7. El coste oculto del statu quo
Mantener el statu
quo tiene un precio que raramente se calcula. Cada brigada que destina
compañías a proteger perímetros de bases es capacidad de combate perdida. Cada
rotación adelantada por falta de relevo es adiestramiento degradado. Cada vez
que se moviliza a unidades del Ejército de Tierra para apoyar a la UME en
incendios o inundaciones, se resta disponibilidad para la misión principal.
Y hay un
coste aún mayor, aunque más difícil de cuantificar: el coste en disuasión.
Un adversario potencial —sea un Estado o un actor híbrido— evalúa no solo las
capacidades desplegadas, sino la profundidad estratégica del oponente. Un país
que puede movilizar decenas de miles de ciudadanos entrenados en semanas
transmite un mensaje muy diferente a uno que depende exclusivamente de sus
117.000 profesionales.
La
disuasión, en última instancia, es una señal. Y la señal que España envía hoy
es la de un país que ha apostado todo a un ejército pequeño y exquisito,
confiando en que nunca tendrá que defender su propio territorio de forma
sostenida.
Ucrania
pensaba algo parecido en 2021. España, en 2026, aún mantiene la misma apuesta.
8. Lo que viene a continuación
Este
artículo ha planteado el diagnóstico y la visión general de la propuesta. Próximos
artículos de la serie entrarán en el detalle necesario para convertir esta idea
en un plan ejecutable, describiendo el diseño completo de cada nivel de las
Fuerzas de Reserva, relaciones con las FCSE y el papel del talento civil
especializado, entre otros aspectos.
España no solo
necesita soldados “en nómina”. Necesita una arquitectura de fuerzas
inteligente que sepa activar el talento y la presencia ciudadana cuando la
situación lo demande. La pregunta no es si España puede permitirse una Fuerza
de Reserva. Es si puede permitirse seguir sin ella.
El próximo
ciclo de planeamiento de defensa es la última ventana razonable para corregir
esta brecha. No hacerlo equivale a aceptar que España seguirá confiando en que
la guerra nunca llegue a su territorio.
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