El diagnóstico de una infantería equipada para la guerra de ayer — y la hoja de ruta para corregirlo
“El arma más peligrosa del
campo de batalla no es la que dispara más lejos, sino la que ve primero.”
—
Principio doctrinal israelí, adaptado
Introducción: una
guerra que ya no espera
Cuando
un soldado español desplegado en una operación exterior —Líbano, Irak, Malí,
Letonia— mira a través de su visor óptico reglamentario, lo hace con tecnología
diseñada a finales de los años noventa. Su mira Enosa de aumento fijo le
permite, con buena luz, identificar una silueta humana a unos 300 metros. A
400, empieza a adivinar. A 500, dispara sobre formas. De noche, salvo las
unidades privilegiadas con dotación de visión nocturna —una minoría absoluta
del conjunto de la fuerza—, ese mismo soldado está funcionalmente ciego.
Mientras
tanto, al otro lado del Estrecho, las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos
llevan media década incorporando gafas de visión nocturna de tercera generación
de fabricación china, distribuyéndolas al menos hasta nivel de sección en sus
unidades selectas. Turquía ha completado el despliegue de su sistema de soldado
futuro HEMUS hasta nivel de pelotón, con miras electroprácticas con canal
térmico integrado, datalinks de escuadra y drones tácticos orgánicos.
Polonia, acuciada por la amenaza rusa, ha acelerado un programa de
modernización individual que —aunque aún en proceso— hace palidecer al COMFUT
español, un programa que llevó más de una década en distintas fases de estudio
antes de ser cancelado de facto y sustituido por nuevas iniciativas de
viabilidad.
Este artículo —el primero de una serie de seis— no habla de fusiles. El HK G36E del Ejército de Tierra es un arma competente; los problemas de precisión por sobrecalentamiento documentados en las variantes alemanas no se reprodujeron en los ejemplares españoles, cuyo cañón y polímero difieren. Su vida útil residual se estima en 8-12 años para la mayor parte del parque, y cuando llegue el momento de sustituirlo habrá que tomar decisiones importantes sobre plataforma y calibre —decisiones que se abordarán en el segundo artículo de esta serie—, pero ese momento no es hoy y ese debate no es el urgente.
El problema hoy no
es lo que el soldado lleva en las manos, sino lo que no lleva encima, delante
de los ojos y conectado a su escuadra. Hablamos de óptica, visión nocturna,
conciencia situacional, drones orgánicos de escuadra y pelotón, protección
contra drones enemigos y comunicaciones individuales. Hablamos del ecosistema
completo que convierte a un infante en un combatiente del siglo XXI. Y hablamos
de por qué España presenta una desventaja significativa respecto a sus aliados
de referencia y a algunos de sus competidores estratégicos regionales, y de
cómo corregirlo.
1. Óptica de
combate: mirar al enemigo con ojos de 1999
La
óptica de puntería es, probablemente, el multiplicador de fuerza individual más
económico y eficaz que existe. Una mira de punto rojo de calidad, combinada con
un magnificador abatible, permite a un fusilero medio adquirir blancos el doble
de rápido que con alza mecánica; y una mira telescópica de potencia variable
(1-6x o 1-8x) amplía el alcance útil eficaz del arma hasta los 500-600 metros
sin sacrificar la rapidez en combate próximo. Hablamos de elementos que cuestan
entre 500 y 2.000 euros por unidad. No es tecnología experimental, es material
disponible en el mercado civil desde hace más de una década.
La
situación del Ejército de Tierra español en este ámbito es profundamente
insatisfactoria. La mayor parte de los fusiles HK G36E en dotación montan
la mira Enosa de aumento fijo 3x o, en versiones algo más recientes, ópticas de
tipo ACOG o Elcan Specter de primera generación. No existe dotación
generalizada de miras de punto rojo. No existe dotación generalizada de
magnificadores. No existe, salvo en unidades de operaciones especiales y
algunas unidades de primera línea, un estándar moderno de óptica individual.
Para
poner esto en perspectiva, el Ejército francés completó en 2022 la distribución
de la mira Aimpoint CompM5 con magnificador HDS como estándar para todo
fusilero del programa FÉLIN, aunque el despliegue al último rincón de la fuerza
sigue en curso. Israel equipa a cada soldado de combate con óptica Meprolight o
Trijicon de última generación y punto rojo complementario. Turquía fabrica sus
propias ópticas electroprácticas (Aselsan) y las distribuye orgánicamente a sus equipos de fuego. Polonia ha adquirido masivamente ópticas Aimpoint y
Vortex para su programa de modernización urgente post-2022, con su distribución
progresando.
¿Qué
significa esto en términos operativos? Que un pelotón español desplegado junto
a un pelotón francés o polaco tiene, sistema por sistema, menor capacidad de
adquisición de blancos, menor alcance útil efectivo y mayor tiempo de enganche
por tirador. En un escenario de alta intensidad —el escenario para el que la
OTAN exige que nos preparemos—, esa diferencia se traduce en bajas propias
evitables.
2. Visión nocturna:
el déficit que define una época
Si
la carencia en óptica diurna es preocupante, la situación en visión nocturna es
directamente crítica. Poseer superioridad nocturna ha sido, durante tres
décadas, la ventaja asimétrica definitoria de los ejércitos occidentales frente
a adversarios tecnológicamente inferiores. Esa ventaja se ha erosionado.
El
Ejército de Tierra español dispone de un número limitado de dispositivos de
visión nocturna individuales (gafas tipo monocular AN/PVS-14 o equivalentes
nacionales), concentrados en unidades de operaciones especiales, la Brigada
Paracaidista, reconocimiento y, de forma parcial, en algunas compañías de
infantería ligera, pero sin distribución generalizada. La inmensa
mayoría de los soldados de infantería mecanizada y ligera no disponen de visión
nocturna individual. No hay programa públicamente conocido en curso para
dotar de NVG a nivel de escuadra de forma generalizada, y la última licitación
relevante en este ámbito quedó desierta.
El
contraste con el entorno estratégico es significativo. Marruecos ha
adquirido durante los últimos años miles de dispositivos de visión nocturna de
fabricación china —modelos basados en tubos de tercera generación equivalentes
a los Gen III OMNI de producción estadounidense—, distribuyéndolos al menos a
nivel de sección en unidades selectas de infantería y fuerzas especiales. Esta
distribución no es aún uniforme en el conjunto de las FAR, pero la tendencia es
inequívoca y la velocidad de adquisición, notable. En un hipotético escenario
de fricción nocturna, las unidades marroquíes podrían operar con mayor
conciencia situacional que sus homólogas españolas. No es especulación
alarmista, sino una realidad material documentada en fuentes de análisis de
defensa abiertos.
Francia
distribuye binoculares NVG (AN/PVS-31A o equivalente Thales) a sus jefes de
escuadra y monocular individual para los fusileros, aunque con distintos grados
de madurez según la unidad. Israel ha generalizado el uso de NVG de tubo blanco
(White Phosphor Gen III) en todas sus brigadas de maniobra. Turquía produce
nacionalmente (Aselsan) y los distribuye a cada pelotón. Polonia ha adquirido
desde 2022 más de 60.000 dispositivos de visión nocturna diversos para su
ejército, con la distribución completa aún en progreso.
España,
con un presupuesto de defensa que ha crecido significativamente en los últimos
años, no tiene ningún programa públicamente conocido para cerrar esta brecha a escala
generalizado. La capacidad nocturna, que debió ser una prioridad industrial y
programática hace una década, sigue siendo un nicho para unidades selectas.
3. Drones: el nuevo
sensor primario del combate terrestre
Ucrania
no ha demostrado que el dron es “un complemento útil” de la infantería. Ha
demostrado que el dron táctico pequeño es ya el sensor primario del combate
terrestre y, en su variante FPV, la munición de precisión más barata y letal
del campo de batalla. Ninguna unidad de infantería moderna opera hoy sin
ISR (inteligencia, vigilancia y reconocimiento) proporcionado por mini-UAS
orgánicos, y la integración del dron FPV como munición de ataque a nivel de
escuadra ha redefinido el ciclo sensor-tirador hasta reducirlo a segundos.
El
ciclo operativo ucraniano es revelador: un dron ISR detecta, geolocaliza y
transmite; un operador de FPV recibe la coordenada; un dron de ataque impacta
el objetivo —vehículo, posición, trinchera— y todo en menos de dos minutos
desde la detección. Este ciclo, que antes requería artillería y cadenas de
mando complejas, ahora se ejecuta por las escuadras con material cuyo coste
unitario oscila entre 300 y 2.000 euros. Es la democratización de la precisión
táctica.
El
soldado español no dispone de ningún dron orgánico de escuadra. Los sistemas de
mini-UAS del Ejército de Tierra (tipo Raven o similar) están asignados a batallones
o grupos tácticos, con operadores especializados. No existe un concepto
operativo aprobado que contemple un dron ISR por escuadra o pelotón, y mucho
menos la integración de FPV como munición orgánica. Un pelotón español que
avanza hoy por terreno en disputa lo hace sin ojos propios más allá de lo que
ven sus prismáticos.
Israel
equipa a sus pelotones con mini-drones Black Hornet para ISR y Spike
Firefly como munición merodeadora. Turquía despliega sus Kargu y Alpagu-II
como municiones merodeadoras orgánicas de compañía. Francia incorpora mini-UAS como
NX70 de Novadem a sus secciones. Polonia ha adquirido miles de sistemas FlyEye
y Warmate y está integrando capacidades FPV en sus pelotones. Todos
estos ejércitos, con distintos grados de madurez, han entendido que el dron no
es un complemento del combate terrestre, sino su columna vertebral sensorial.
4. Contra-drones: el
escudo que no tenemos
La
segunda gran lección de Ucrania es la contraparte de la primera, esto es, que sin
capacidad contra-UAS (C-UAS) en sus pequeñas unidades —escuadra, pelotón,
sección—la infantería es extraordinariamente vulnerable. Un operador de FPV
puede destruir un vehículo blindado o eliminar una posición desde tres
kilómetros de distancia, con un coste de cientos de euros.
El
Ejército de Tierra español carece de dotación C-UAS a nivel de escuadra o
sección. No hay inhibidores individuales o de sección tipo mochila, no hay
sistema integrado de detección-neutralización de mini-drones a nivel de
compañía, y las adquisiciones en curso se basan en protección de punto fijo o
de batallón.
Es cierto que la defensa contra drones no se resuelve
únicamente con inhibidores portátiles. La guerra electrónica (EW) de
mochila es una capa esencial, pero tiene limitaciones serias. Los inhibidores
pueden interferir con las comunicaciones propias si no se coordinan
adecuadamente y, peor aún, la nueva generación de drones FPV está incorporando
navegación terminal autónoma (guiado por visión artificial o coordenadas
preprogramadas) que hace que el dron complete su ataque incluso tras perder el
enlace de radio. Contra estos sistemas, el inhibidor es insuficiente.
Pero la
respuesta real no es no hacer nada, sino es un enfoque C-UAS multicapa que combine, como mínimo, tres
elementos: detección temprana (sensores radar compactos, detección RF,
acústica), guerra electrónica portátil para los drones vulnerables a ella, y
neutralización cinética para los que no lo son, ya sea mediante fuego directo
con miras de cálculo balístico computarizado tipo SMASH (que permiten derribar
un dron en vuelo con fuego de fusilería) o mediante micro-interceptores. Esta
arquitectura multicapa es exactamente lo que Israel, Turquía y,
progresivamente, Francia y Polonia están integrando en sus pelotones y compañías.
España no ha iniciado aún este camino en sus pequeñas unidades.
5. Comunicaciones:
la escuadra desconectada
En
el Ejército de Tierra, la radio táctica individual para cada soldado de una
escuadra de fusileros no es estándar. La comunicación intra-escuadra sigue
dependiendo, en gran medida, de la voz y las señales visuales. El jefe de
escuadra dispone de radio, el jefe de pelotón también, pero el fusilero
frecuentemente opera sin enlace directo.
En
un entorno de combate disperso —el que dicta la doctrina actual de la OTAN para
enfrentamientos de alta intensidad—, la capacidad de cada miembro de un equipo
de fuego de comunicarse instantáneamente con su jefe, de recibir alertas del
sistema C4I de la unidad superior, de transmitir la posición de un contacto
enemigo o de coordinar fuegos sin recurrir a gritos, no es un lujo, es una
necesidad de supervivencia.
El
programa COMFUT debió abordar esta carencia, entre otras. Tras más de una
década en fases sucesivas de definición y demostración tecnológica, no ha
resultado aún en un despliegue operativo significativo. No es que COMFUT haya sido inútil, ya que al menos ha servido como banco de pruebas para entender qué no
hacer —exceso de peso, cables rígidos, integración poco realista—, y de sus
lecciones han nacido planteamientos más pragmáticos. Pero mientras esas
lecciones se incorporan al planeamiento interno, el programa francés FÉLIN
lleva operativo desde 2010 con radio individual integrada; el israelí Elbit
DOMINATOR proporciona data link y posicionamiento a cada soldado; el turco
HEMUS incluye radio software-defined individual con cifrado y GPS integrado; y
el programa polaco Tytan, con retrasos, ya tiene dotaciones operativas
parciales con radio individual.
6. La logística del
combatiente digital: baterías, peso y sostenimiento
Cualquier
propuesta de modernización individual que ignore la logística es un brindis al
sol. Y aquí reside una de las tensiones más difíciles del problema: todo lo que
este artículo reclama —NVG, miras iluminadas, radios, tablets, drones— funciona
con baterías. Un soldado que cargue todos estos sistemas sin estandarización
energética terminará llevando cinco kilos de baterías de distintos formatos, un
caos logístico que fue precisamente una de las razones del fracaso industrial
del COMFUT.
La
solución pasaría por tres ejes: 1) estandarización de las baterías; 2) cadena
de suministro energético por escuadra (incluyendo sistemas de recarga en
vehículo); y 3) diseño de la dotación con un criterio de autonomía realista —72
horas de operación como mínimo para una misión tipo.
Otro aspecto adicional que afecta específicamente a los drones, es que son
material fungible. En Ucrania, la tasa de pérdida de FPV de ataque es
prácticamente del 100% por uso —cada dron se pierde al impactar— y la de ISR
por derribo o accidente es significativa. Esto significa que una dotación
orgánica de drones requiere una cadena logística de reposición continua, muy
diferente a la de un fusil o unos prismáticos. El coste de adquisición
inicial va a ser solo el principio; hay que planificar teniendo en cuenta que el coste de sostenimiento y consumo de drones en
operaciones será un capítulo presupuestario permanente y sustancial.
7. La paradoja
tecnológica: combatir sin nada de esto
Existe
un riesgo inherente a la dependencia tecnológica. Todo lo que se propone en
este artículo puede fallar. Los GPS pueden ser degradados por guerra
electrónica enemiga. Las redes de comunicación pueden ser interceptadas o
destruidas. Los drones pueden ser inhibidos masivamente. Un adversario
sofisticado buscará, como primera prioridad, cegar nuestros sensores y cortar
nuestros enlaces.
La
doctrina OTAN contempla explícitamente la necesidad de operar en entorno
degradado, sin GPS fiable, sin red, sin apoyo de drones. Esto no invalida la
necesidad de la modernización que se reclama —todo lo contrario, el adversario
que sí tenga estos sistemas partirá con ventaja antes incluso de
que comience la degradación, si nosotros no los tenemos—, pero obliga a una exigencia complementaria: el
soldado español debe ser equipado para el combate del siglo XXI y,
simultáneamente, adiestrado para combatir cuando toda esa tecnología falle.
Navegación con mapa y brújula. Comunicación por procedimientos. Fuego directo
con alza mecánica. La tecnología multiplica, pero no sustituye la formación
táctica básica.
Y
aquí emerge otro problema, la sobrecarga cognitiva. Un jefe de escuadra que
gestiona simultáneamente fuego directo, el enlace de un dron, la radio y la tablet
de conciencia situacional está sometido a una exigencia cognitiva sin
precedentes. El equipo solo es el 20% de la solución; el otro 80% es
adiestramiento, incluyendo simulación en entornos virtuales, procedimientos
simplificados y una doctrina que distribuya la carga entre los miembros de la
escuadra. Sin esta inversión en formación, el material más avanzado puede
saturar en lugar de potenciar.
8. España frente a
sus pares
La
siguiente tabla compara el estado de dotación individual del soldado de
infantería en cinco ejércitos relevantes para España. Los colores indican:
verde = capacidad generalizada y operativa; naranja = capacidad en despliegue
parcial o en adquisición acelerada; rojo = carencia crítica o ausencia. Es
importante señalar que todos estos ejércitos presentan distintos grados de
madurez y despliegue real —ninguno ha completado al 100% su modernización—,
pero la tendencia y la velocidad de implementación marcan la diferencia
estratégica.
La
tabla refleja una realidad que no admite interpretaciones complacientes. En ocho
de las nueve capacidades evaluadas, España presenta carencias críticas. El único
área con valoración plenamente positiva es la protección balística, gracias al
programa VERT, que merece reconocimiento como uno de los pocos éxitos recientes
en dotación individual. Pero un chaleco antibalas no compensa la falta de
ojos, de oídos y de escudo contra drones.
9. El problema no es
el fusil
Una tendencia recurrente en el debate público de defensa en España es centrar en el fusil la discusión del armamento individual: ¿debe sustituirse el G36E? ¿Por un HK416? ¿Por un fusil de diseño nacional? Este debate, siendo legítimo, distorsiona el foco al situarlo en el componente actualmente menos problemático del sistema de combatiente.
Un
HK G36E con una mira de punto rojo Aimpoint de 500 euros, un magnificador de
300, un PEQ-15 para designación láser nocturna y un supresor es un arma
radicalmente más eficaz que ese mismo G36E con su mira Enosa de serie. Tendría un coste
por soldado de menos de 3.000 euros en óptica y accesorios y, para una dotación inicial de 15.000 soldados de infantería de primera línea, hablaríamos de una
inversión de 45 millones de euros que transformaría la capacidad de combate más
que cualquier cambio de fusil.
Añádanse
NVG monoculares, radios individuales, drones ISR y FPV de escuadra, y sistemas
C-UAS multicapa y el coste de una Fase 1 de transformación urgente de la
capacidad individual de la infantería española se situaría entre 400 y 550
millones de euros entre 2027 y 2029, una cifra ridícula en los presupuestos
crecientes de defensa.
El
coste de ciclo de vida —mantenimiento, reposición de drones fungibles,
baterías, entrenamiento, simuladores— multiplicará esa cifra a lo largo de la
vida útil del programa, pero incluso con estas consideraciones, es una inversión
perfectamente asumible para aumentar la probabilidad de supervivencia y la eficacia
operativa del fusilero español.
10. Una hoja de
ruta: qué hacer y cuándo
Un
diagnóstico sin propuesta de acción es un ejercicio estéril. El retraso
acumulado no se corrige con un plan a veinte años. Se corrige con un plan
urgente a tres, reforzado por uno sostenido a diez. La priorización histórica
de grandes plataformas (fragatas, cazas, blindados) sobre la dotación
individual ha generado esta brecha; corregirla exige invertir esa lógica
presupuestaria, al menos temporalmente.
Las
cifras son estimaciones de adquisición. El programa completo con mantenimiento
y reposición se situaría en el rango de 1.100-1.700 millones de euros a diez
años, una cifra gestionable de 110-170 millones anuales.
Lo
esencial es que la Fase Urgente puede y debe ejecutarse sin esperar a que el
sistema integrado final esté definido. No hace falta un “nuevo COMFUT” para
comprar miras, gafas de visión nocturna y radios. Son adquisiciones de material
disponible en el mercado que pueden contratarse en meses. La filosofía debe ser
“bueno, suficiente y ahora” frente al perfeccionismo programático que ha
paralizado la modernización individual durante quince años.
Conclusión: abrir
los ojos antes de que los abran otros
Este
primer artículo de la serie ha querido documentar, con datos concretos y
comparaciones verificables, una realidad incómoda: el soldado de infantería
español está equipado, en términos de óptica, visión nocturna, drones,
C-UAS, comunicaciones y conciencia situacional, a un nivel
significativamente inferior al de cualquier ejército de la OTAN y por
debajo de algunos competidores estratégicos regionales.
La
guerra en Ucrania ha demostrado que los ejércitos que no se adaptan
rápidamente lo pagan con la sangre de sus soldados. Hay indicios de que,
dentro del Ejército de Tierra, se trabaja en nuevos planteamientos. La cuestión
no es si la voluntad técnica existe, sino si recibirá el respaldo
presupuestario y político necesario para materializarse a tiempo. El soldado
español merece los ojos, los oídos y la protección que la tecnología disponible
puede darle. No en 2035. Hoy.
Próximo
artículo: “España no necesita el 6,8 milímetros”. El
debate del calibre, el futuro del G36E y las armas que el soldado español sí
necesita
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