ESPAÑA ANTE EL REGRESO DE LAS ESFERAS DE INFLUENCIA
Primer artículo de la serie “España
en el mundo de las esferas de influencia”
INTRODUCCIÓN
El mundo plano fue una idea antes
de ser un hecho y dejó de ser un hecho mucho antes de que renunciáramos a la
idea. Durante tres décadas, la política exterior española se edificó sobre una
premisa cómoda como que las reglas universales iban poco a poco a domesticar al
poder, que las fronteras pesarían menos y las instituciones más y que un país
mediano pero serio podía proyectarse en cualquier latitud amparado por un orden
que no preguntaba de quién era cada zona. Esa premisa ha dejado de bastar. No
la ha jubilado un ensayo académico ni una derrota electoral; la ha desbordado
un documento oficial, redactado por nuestro principal aliado y publicado sin
eufemismos.
La imagen del “mundo plano” la
acuñó hace veinte años Thomas Friedman, cronista de la globalización, en su The
World Is Flat: A Brief History of the Twenty-First Century para retratar un
planeta en el que el comercio y la tecnología habían limado las fronteras hasta
volverlas casi irrelevantes; una superficie lisa por la que mercancías,
capitales e ideas se deslizaban sin tropezar con la geografía. Durante un
tiempo describió algo real, pero su contrario nunca fue el caos, sino la
geometría. Un mundo de esferas es un mundo curvo, repartido en zonas con dueño,
donde pasar de una a otra ya no es deslizarse por un plano, sino cruzar una
frontera que alguien vigila. Esa segunda geometría ha vuelto a imponerse en los
últimos años y por fin tiene quien la firme.
Del plano a la esfera: el orden que España leyó durante
tres décadas como una superficie lisa vuelve a dividirse en zonas con dueño.
La imagen evoca “esferas de influencia”, no
rotula un mapa de reparto. Imagen creada con IA.
El 4 de diciembre de 2025, la
Casa Blanca hizo pública la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
No es un texto largo ni denso, ni está escrito para los analistas. Es breve,
frío y deliberadamente claro, pero precisamente en su claridad reside su
importancia. Por primera vez en una generación, la potencia que dibujó el mapa
de un orden mundial basado en reglas, y que lo sostuvo desde la segunda guerra
mundial, acaba de redibujarlo al declarar por escrito que ya no está dispuesta
a sostenerlo en solitario ni en todos los teatros. El nuevo mapa se reorganiza
por esferas de influencia con zonas de primacía y equilibrios regionales y España,
que construyó toda su acción exterior sobre el viejo mapa plano, se ha quedado
sin leyenda para leer el nuevo.
Este artículo no propone
remedios. Describe el tablero, porque antes de discutir qué debe hacer España
conviene aceptar dónde está, que es un lugar que casi nadie en Madrid se atreve
a nombrar en voz alta.
I. La doctrina de las esferas, por escrito
Conviene empezar por lo que el
documento dice, no por lo que tememos que diga. La Estrategia de 2025 renuncia
de forma explícita a lo que llama “el malhadado concepto de dominación global”
y lo sustituye por la búsqueda de “equilibrios de poder globales y regionales”.
No es un matiz; es una inversión doctrinal. Durante setenta años, la gran
estrategia estadounidense se definió por la ambición de moldear el sistema
entero a su imagen, pero ahora se define por la disposición a repartirlo. El
texto va más lejos y eleva a principio doctrinal lo que antes se ocultaba, como
que “la influencia desproporcionada de las naciones más grandes, ricas y
fuertes” es “una verdad atemporal de las relaciones internacionales”. Traducido
del lenguaje diplomático, eso significa que Estados Unidos considera que las
grandes potencias mandan en su vecindario y que las demás haremos bien en
aceptarlo.
Antes de seguir conviene definir
el término que vertebra todo el análisis, porque “esfera de influencia” se usa
con ligereza y aquí hay que usarlo con precisión. No todas las esferas son
iguales ni muerden igual. Hay esferas duras, de exclusión militar, zonas
donde la potencia dominante se reserva el derecho a impedir que otros
desplieguen fuerzas o controlen activos críticos. Hay esferas blandas,
de dependencia económica y tecnológica, zonas donde el control no se ejerce con
guarniciones, sino con cadenas de suministro, energía, inversión y normas. Y
hay esferas de prioridad, que son simplemente el reparto de un recurso
escaso —la atención y el presupuesto— entre regiones que compiten por ambos. La
Estrategia de 2025 activa las tres a la vez y esa simultaneidad, no cada pieza
por separado, es lo que cambia el tablero.
Sobre ese principio, la
Estrategia construye su pieza central: el Hemisferio Occidental como
esfera propia, dura, formalizada en lo que el propio documento bautiza como “corolario
Trump” a la Doctrina Monroe. En la estrategia estadounidense esa expresión no
designa la mitad del planeta al oeste de Rusia, sino algo mucho más estrecho,
heredado de la Doctrina Monroe; las Américas y sus aguas adyacentes. Y aunque
la Doctrina Monroe nunca desapareció del todo, lo que cambia en 2025 es que
pasa de excepción tácita a principio organizador explícito, con destinatario
contemporáneo, verbo más duro y, sobre todo, prioridad presupuestaria por
encima de Europa. Washington se compromete en esa zona a “negar a los
competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras
capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente
vitales”. La frase no menciona a China, pero tampoco necesita hacerlo. Todo el
continente americano queda definido como una zona donde la presencia de actores
externos deja de ser un asunto comercial y se convierte en uno de seguridad.
El resto del documento ordena el
mundo por prioridades y el orden importa más que las palabras. El Hemisferio
Occidental abre la sección regional, Asia la sigue, Europa aparece después,
Oriente Medio más abajo y África cierra la lista, con apenas media página y al
final del texto. Esa jerarquía no es un descuido editorial. Es un presupuesto
de atención y de recursos, expresado en la única gramática que no miente, la
del espacio que cada región ocupa en la cabeza de quien decide. Quien quede al
final de la lista recibirá la atención que sobre.
No es que el orden de reglas no
se haya evaporado, pues las instituciones siguen ahí, los tratados siguen
firmados y la diplomacia normativa sigue funcionando en mil asuntos cotidianos.
Lo que ha cambiado es otra cosa, más sutil y grave, y es que las reglas
dejan de ser el marco operativo principal en cuanto entran en juego intereses
vitales. Donde antes la norma mediaba el conflicto, ahora manda la zona de
influencia. El derecho internacional sobrevive en la periferia de los asuntos,
pero en el núcleo vuelve a decidir la geografía del poder.
Queda la objeción del calendario,
¿y si todo esto es retórica de una administración concreta que pasará? Es una
lectura tranquilizadora y probablemente equivocada, por dos razones. La primera
es que la dirección no la inaugura este documento. El giro de prioridad hacia
Asia lo enunció la Administración Obama en 2011 con su “pivote al Pacífico”; y
la exigencia de que los europeos costeen su propia defensa atraviesa sin
solución de continuidad los mandatos de Obama, Trump, Biden y de nuevo Trump; pues
ya el secretario de Defensa Gates advirtió en Bruselas, también en 2011, de un
futuro “sombrío” para una Alianza sostenida por europeos que no pagan. La
Estrategia de 2025 no estrena el rumbo, sino que lo formaliza y le quita los
modales. La segunda razón es que la gramática de las esferas no es solo
americana; China trata los mares que la rodean como patio propio y Rusia llama “extranjero
próximo” a su vecindario. Cuando tres grandes potencias razonan a la vez con la
misma lógica de zonas ya no estamos ante el capricho de un ciclo, sino ante
cómo vuelve a funcionar el sistema. Así pues, conviene no consolarse con la
idea de que esto se desvanecerá en una urna. Las esferas de influencia han
vuelto para quedarse.
II. No es retórica: la prueba está en los hechos
Una doctrina se mide por lo que
cuesta, no por lo que afirma. Y esta ya ha empezado a cobrarse facturas
concretas, varias de ellas con dirección a España.
La primera es el reparto
de cargas, convertido de ruego en exigencia. En la cumbre de la OTAN de La
Haya, los días 24 y 25 de junio de 2025, los aliados se comprometieron a
invertir el 5% del PIB en defensa y seguridad para 2035, con un 3,5% en
capacidades militares centrales y un 1,5% adicional en infraestructura,
resiliencia e industria, revisable en 2029. Treinta y un Estados lo firmaron
sin reserva y uno solo, España, pidió y obtuvo una excepción, negociando un
cambio semántico al que son tan proclives nuestros gobernantes y obteniendo el
cambio de un “nosotros” por un “aliados” en la frase clave de la declaración, a
la vez que nos comprometíamos a un 2,1% de gasto que nuestros propios mandos
estimaban suficiente para cumplir con los objetivos obligatorios de capacidad
de la Alianza. España cerró 2024 como el país que menos gastaba de toda la
Alianza, por debajo del 1,3% del PIB y en 2025 alcanzó nominalmente el 2% (unos
33.920 millones de euros), pero empatada en el furgón de cola con Albania,
Bélgica, Canadá y Portugal, pero con una contabilidad creativa que computa unos
10.470 millones de euros de préstamos que
no deberían imputarse al esfuerzo de inversión del año, como ya se analizó en
el artículo “el
espejismo del 2%”. Réstense y el porcentaje real cae por debajo del 1,5%.
El presidente estadounidense, mientras tanto, respondió en público amenazando
con compensar la diferencia mediante aranceles en lo que no se trata de un
desacuerdo técnico sobre porcentajes, sino de una factura presentada por
escrito, con nombre y apellidos, que se cobrará más tarde o más temprano.
La segunda prueba es el
condicionamiento de la cooperación a la exclusión del rival. La Estrategia no
ofrece asociación incondicional a nadie; ofrece ventajas a cambio de alinearse
contra la “influencia externa adversaria”. En el Hemisferio Occidental eso se
traduce en presión sistemática para reducir la presencia comercial china en
puertos, telecomunicaciones e infraestructuras críticas, con una iniciativa
dirigida desde el Consejo de Seguridad Nacional para identificar y proteger
esos activos. La lógica es transaccional y excluyente; no se trata de construir
un orden compartido, sino de delimitar un perímetro y vigilar quién entra en
él. Para un país como España, acostumbrado a hacer negocios en todas las
direcciones, esa lógica estrecha el margen de maniobra de golpe.
La tercera prueba es el
trato dispensado a los aliados europeos. La Estrategia no expulsa a Europa; la
subordina. El documento es severo, pues subraya la inestabilidad política del
continente y reprocha a los europeos una pérdida de “confianza civilizatoria”,
pero a la vez afirma que Estados Unidos “no puede permitirse dejar a Europa
fuera del tablero” y que “necesitará una Europa fuerte” para competir con
China, bajo un epígrafe titulado, sin ironía aparente, “Promover la grandeza
europea”. Esa combinación es justamente la firma de la esfera blanda.
Europa es deseada, pero como mercado y como instrumento; vital, pero siempre
que alinee su política comercial y su gasto con los intereses de Washington. Mientras
Bruselas regula, Washington proyecta poder y la Estrategia deja claro cuál de
las dos cosas considera prescindible y cuál no.
La cuarta prueba es la
reordenación del problema ruso. El documento no proclama un abrazo amistoso a
Moscú, pero sí declara que poner fin a la guerra de Ucrania es un “interés
vital” estadounidense y que el objetivo es “restablecer la estabilidad
estratégica con Rusia” después de años de tratarla como paria. Rusia deja de
ser el eje que estructura la estrategia estadounidense en Europa y pasa a ser
un problema que gestionar y estabilizar mientras la atención se desplaza a
Asia. Para los aliados del flanco oriental, acostumbrados a leer a Washington
como garante último de su soberanía, ese cambio de jerarquía altera todos los
cálculos. Es la mecánica característica de un orden de esferas en la que las
grandes potencias negocian entre ellas la estabilidad de sus zonas y los
aliados menores descubren que el paraguas tenía condiciones que nadie les había
leído.
La pregunta que cierra ese cuadro
es si esa geografía deja sitio a España.
III. Por qué este mapa descoloca a España en concreto
Todos los aliados europeos
digieren mal el regreso de las esferas, pero ninguno lo hace exactamente igual.
El caso español tiene una particularidad que conviene mirar de frente, pues
explica por qué este giro nos golpea en un punto más sensible que a otros. Las
dos zonas hacia las que España proyecta su singularidad —Iberoamérica y el
África atlántica— caen, una de lleno y otra de revés, dentro del perímetro que
Washington acaba de reafirmar como propio o de relegar como secundario.
Empecemos por Iberoamérica, que
es donde la herida es más limpia y, a la vez, más cuantificable. España ha
invertido cuatro décadas y un capital político considerable en una relación que
se presenta a sí misma como puente. El stock de inversión española directa en
la región se triplicó entre 2007 y 2023, de unos 82.000 a cerca de 245.000
millones de euros y la apuesta sigue viva; en 2024, por cada empresa española
que desinvirtió en la zona, cuatro invirtieron. El BBVA obtiene más de la mitad
de su beneficio neto de México; el Santander tiene en la región una de sus
columnas vertebrales; y nuestros sectores de energía, telecomunicaciones e
infraestructuras españolas operan allí a una escala que, en varios países, las
hace actores de relevancia nacional. Toda esa arquitectura se construyó sobre
el supuesto de que el continente americano era un espacio abierto, donde un
socio europeo de raíz compartida podía operar sin pedir permiso. Ese supuesto
es justamente el que la Estrategia de 2025 cancela.
Y aquí está la consecuencia. Si
el Hemisferio Occidental pasa a ser una esfera dura y si la presencia de
actores externos se evalúa como una cuestión de seguridad y no de comercio, la
proyección española en Iberoamérica deja de ser un puente para convertirse en
una presencia condicionada: esos puertos, redes y activos energéticos del IBEX
entran, sin haberlo pedido, en la categoría de “activos estratégicamente
vitales” que el corolario Trump quiere vigilar. No hace falta desarrollar aquí
todas las implicaciones —habrá ocasión más adelante— para advertir la
incomodidad de fondo, pues surge una pregunta que conviene no esquivar, ¿en qué
categoría coloca Washington a una potencia europea con activos sistémicos en su
patio? La respuesta cómoda es “aliado”; la honesta es «depende» Y “depende” es
una palabra que hasta ayer no figuraba en nuestro vocabulario atlántico.
El África atlántica plantea un
problema distinto y, en cierto sentido, peor. No es exactamente indiferencia
como se la trata, sino como un tablero de competición por minerales críticos
con China y como red de corredores logísticos y cuellos de botella marítimo.
Así pues, desplaza la relación de la ayuda al comercio y la inversión a
intereses estratégicos y lo que hace es buscar socios selectos a compromisos de
largo plazo. Lo que la Estrategia ignora es justamente la dimensión que a
España le quita el sueño; la seguridad de su vecindad inmediata. Washington
externaliza esa seguridad a los actores regionales —la Unión Africana, la
CEDEAO— y reserva su implicación a evitar que los problemas africanos
contaminen los intereses americanos. Para España, el problema no es que el
aliado mire a otro lado; es a quién delega cuando mira a otro lado.
Porque esa delegación no es
neutral. El flanco sur —Canarias a poco más de cien kilómetros de la costa
africana, Ceuta y Melilla, la vigilancia naval en el golfo de Guinea, la
presión migratoria y la inestabilidad del Sahel— es nuestra frontera más
caliente y la zona donde más nos jugamos. Y un aliado que externaliza la
seguridad de esa zona delega la seguridad de la zona en quien más le conviene a
él, que no tiene por qué ser quien más conviene a Madrid. Ahí queda apuntado un
problema que esta serie tendrá que abordar de frente, porque toca la decisión
más difícil de nuestra política exterior. Por ahora basta con registrar el
riesgo, que es que donde España necesita un socio que estabilice, el nuevo mapa
puede dejarle un aliado distraído.
Súmese a esto el debilitamiento
simultáneo de los tres pilares sobre los que descansaba nuestra política
exterior y el cuadro se completa. El pilar multilateral —la fe en que las
reglas igualan el terreno entre grandes y medianos— se erosiona cuando la
primera potencia declara que la influencia de los fuertes es una verdad
atemporal. El pilar europeo se tambalea, no porque Washington expulse a Europa,
sino porque la quiere subordinada, alineada y pagando. Y el pilar atlántico, el
vínculo bilateral que durante décadas garantizó bases, tecnología y respaldo,
se vuelve transaccional, pues vale lo que pagues y ya se nos ha recordado por
escrito que pagamos poco. Tres pilares y tres grietas simultáneas.
El problema español no es tanto el
abandono como la subordinación de su pilar europeo, la securitización de
su principal activo y la desatención de su principal riesgo, las tres cosas a
la vez. Ahí está, comprimida, la tesis de este artículo. España no sólo pierde
el mapa, sino que al perderlo, su mayor activo —Iberoamérica— se securitiza y a
la vez su mayor riesgo —el Sahel y el Magreb— se desatiende. No es que España
haya perdido una alianza o una zona, es que ha perdido el sistema de
coordenadas con el que las leía todas.
Esa es la raíz de la
desorientación. La política exterior española se diseñó para un mundo en el que
la pregunta “¿de quién es esta región?” se consideraba obsoleta, pero ese mundo
se ha terminado y la pregunta ha vuelto. Y otros la responden por nosotros.
IV. La pregunta inevitable
Conviene resistir dos tentaciones
gemelas, porque ambas son formas de no pensar. La primera es el dramatismo y
consiste en proclamar que España queda sola, abandonada y condenada a la
irrelevancia. No es cierto y además paraliza. La segunda, más peligrosa porque
es más cómoda, es la negación, convencerse de que nada ha cambiado de fondo, de
que un relevo en la Casa Blanca revertirá el rumbo y de que basta con esperar a
que el mundo plano regrese por sí mismo. Pero el mundo plano no va a regresar y
esperarlo es la única estrategia que garantiza llegar tarde.
Entre el drama y la negación cabe
la actitud del profesional ante un terreno que ha cambiado, esto es, redibujar
el mapa. Si el orden internacional se reorganiza por zonas de primacía y si
la potencia que antes hacía cumplir las reglas ahora reparte zonas de
influencia, entonces todo país con ambición de no convertirse en objeto de
reparto debe formularse una pregunta que llevaba treinta años pareciendo
impropia.
¿Cuál es la esfera de España?
No es una pregunta retórica y
tampoco tiene una respuesta única. Hay un número acotado de respuestas posibles
y todas comparten un rasgo común, que ninguna es gratis. Unas piden poco y
conceden poca autonomía; mientras que otras prometen más margen a cambio de
inversión sostenida, coherencia y disposición a echar un pulso y aguantarlo.
Pesarlas, una por una, con sus números, sus costes y sus matrices, es la tarea
de las piezas que siguen a esta.
Por ahora basta con haber leído
el mapa que el aliado —no el adversario— ha dibujado y con haberlo leído sin
parpadear. El orden de reglas universales que nos resultaba tan natural era, en
realidad, una excepción histórica breve y la confundimos con la regla de
duración indefinida. La regla ha vuelto a aparecer en los ámbitos que importan,
allí donde se juegan los intereses vitales, y el mundo vuelve a tener dueños
por zonas. España no escogió este tablero, pero tendrá que jugar en él y el
primer movimiento de quien quiere jugar bien es dejar de fingir que el tablero
es otro.
El mapa ha cambiado; la pregunta
que impone es una sola y ya no admite aplazamiento. No es si España tiene una
esfera de influencia, sino si está dispuesta a pagar lo que cuesta tenerla.
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