miércoles, 17 de junio de 2026

El fin del mundo plano

ESPAÑA ANTE EL REGRESO DE LAS ESFERAS DE INFLUENCIA

Primer artículo de la serie “España en el mundo de las esferas de influencia”

 

INTRODUCCIÓN

El mundo plano fue una idea antes de ser un hecho y dejó de ser un hecho mucho antes de que renunciáramos a la idea. Durante tres décadas, la política exterior española se edificó sobre una premisa cómoda como que las reglas universales iban poco a poco a domesticar al poder, que las fronteras pesarían menos y las instituciones más y que un país mediano pero serio podía proyectarse en cualquier latitud amparado por un orden que no preguntaba de quién era cada zona. Esa premisa ha dejado de bastar. No la ha jubilado un ensayo académico ni una derrota electoral; la ha desbordado un documento oficial, redactado por nuestro principal aliado y publicado sin eufemismos.

La imagen del “mundo plano” la acuñó hace veinte años Thomas Friedman, cronista de la globalización, en su The World Is Flat: A Brief History of the Twenty-First Century para retratar un planeta en el que el comercio y la tecnología habían limado las fronteras hasta volverlas casi irrelevantes; una superficie lisa por la que mercancías, capitales e ideas se deslizaban sin tropezar con la geografía. Durante un tiempo describió algo real, pero su contrario nunca fue el caos, sino la geometría. Un mundo de esferas es un mundo curvo, repartido en zonas con dueño, donde pasar de una a otra ya no es deslizarse por un plano, sino cruzar una frontera que alguien vigila. Esa segunda geometría ha vuelto a imponerse en los últimos años y por fin tiene quien la firme.

Del plano a la esfera: el orden que España leyó durante tres décadas como una superficie lisa vuelve a dividirse en zonas con dueño. La imagen evoca “esferas de influencia”, no rotula un mapa de reparto. Imagen creada con IA.

El 4 de diciembre de 2025, la Casa Blanca hizo pública la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. No es un texto largo ni denso, ni está escrito para los analistas. Es breve, frío y deliberadamente claro, pero precisamente en su claridad reside su importancia. Por primera vez en una generación, la potencia que dibujó el mapa de un orden mundial basado en reglas, y que lo sostuvo desde la segunda guerra mundial, acaba de redibujarlo al declarar por escrito que ya no está dispuesta a sostenerlo en solitario ni en todos los teatros. El nuevo mapa se reorganiza por esferas de influencia con zonas de primacía y equilibrios regionales y España, que construyó toda su acción exterior sobre el viejo mapa plano, se ha quedado sin leyenda para leer el nuevo.

Este artículo no propone remedios. Describe el tablero, porque antes de discutir qué debe hacer España conviene aceptar dónde está, que es un lugar que casi nadie en Madrid se atreve a nombrar en voz alta.

 

I. La doctrina de las esferas, por escrito

Conviene empezar por lo que el documento dice, no por lo que tememos que diga. La Estrategia de 2025 renuncia de forma explícita a lo que llama “el malhadado concepto de dominación global” y lo sustituye por la búsqueda de “equilibrios de poder globales y regionales”. No es un matiz; es una inversión doctrinal. Durante setenta años, la gran estrategia estadounidense se definió por la ambición de moldear el sistema entero a su imagen, pero ahora se define por la disposición a repartirlo. El texto va más lejos y eleva a principio doctrinal lo que antes se ocultaba, como que “la influencia desproporcionada de las naciones más grandes, ricas y fuertes” es “una verdad atemporal de las relaciones internacionales”. Traducido del lenguaje diplomático, eso significa que Estados Unidos considera que las grandes potencias mandan en su vecindario y que las demás haremos bien en aceptarlo.

Antes de seguir conviene definir el término que vertebra todo el análisis, porque “esfera de influencia” se usa con ligereza y aquí hay que usarlo con precisión. No todas las esferas son iguales ni muerden igual. Hay esferas duras, de exclusión militar, zonas donde la potencia dominante se reserva el derecho a impedir que otros desplieguen fuerzas o controlen activos críticos. Hay esferas blandas, de dependencia económica y tecnológica, zonas donde el control no se ejerce con guarniciones, sino con cadenas de suministro, energía, inversión y normas. Y hay esferas de prioridad, que son simplemente el reparto de un recurso escaso —la atención y el presupuesto— entre regiones que compiten por ambos. La Estrategia de 2025 activa las tres a la vez y esa simultaneidad, no cada pieza por separado, es lo que cambia el tablero.

Sobre ese principio, la Estrategia construye su pieza central: el Hemisferio Occidental como esfera propia, dura, formalizada en lo que el propio documento bautiza como “corolario Trump” a la Doctrina Monroe. En la estrategia estadounidense esa expresión no designa la mitad del planeta al oeste de Rusia, sino algo mucho más estrecho, heredado de la Doctrina Monroe; las Américas y sus aguas adyacentes. Y aunque la Doctrina Monroe nunca desapareció del todo, lo que cambia en 2025 es que pasa de excepción tácita a principio organizador explícito, con destinatario contemporáneo, verbo más duro y, sobre todo, prioridad presupuestaria por encima de Europa. Washington se compromete en esa zona a “negar a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales”. La frase no menciona a China, pero tampoco necesita hacerlo. Todo el continente americano queda definido como una zona donde la presencia de actores externos deja de ser un asunto comercial y se convierte en uno de seguridad.

El resto del documento ordena el mundo por prioridades y el orden importa más que las palabras. El Hemisferio Occidental abre la sección regional, Asia la sigue, Europa aparece después, Oriente Medio más abajo y África cierra la lista, con apenas media página y al final del texto. Esa jerarquía no es un descuido editorial. Es un presupuesto de atención y de recursos, expresado en la única gramática que no miente, la del espacio que cada región ocupa en la cabeza de quien decide. Quien quede al final de la lista recibirá la atención que sobre.

No es que el orden de reglas no se haya evaporado, pues las instituciones siguen ahí, los tratados siguen firmados y la diplomacia normativa sigue funcionando en mil asuntos cotidianos. Lo que ha cambiado es otra cosa, más sutil y grave, y es que las reglas dejan de ser el marco operativo principal en cuanto entran en juego intereses vitales. Donde antes la norma mediaba el conflicto, ahora manda la zona de influencia. El derecho internacional sobrevive en la periferia de los asuntos, pero en el núcleo vuelve a decidir la geografía del poder.

Queda la objeción del calendario, ¿y si todo esto es retórica de una administración concreta que pasará? Es una lectura tranquilizadora y probablemente equivocada, por dos razones. La primera es que la dirección no la inaugura este documento. El giro de prioridad hacia Asia lo enunció la Administración Obama en 2011 con su “pivote al Pacífico”; y la exigencia de que los europeos costeen su propia defensa atraviesa sin solución de continuidad los mandatos de Obama, Trump, Biden y de nuevo Trump; pues ya el secretario de Defensa Gates advirtió en Bruselas, también en 2011, de un futuro “sombrío” para una Alianza sostenida por europeos que no pagan. La Estrategia de 2025 no estrena el rumbo, sino que lo formaliza y le quita los modales. La segunda razón es que la gramática de las esferas no es solo americana; China trata los mares que la rodean como patio propio y Rusia llama “extranjero próximo” a su vecindario. Cuando tres grandes potencias razonan a la vez con la misma lógica de zonas ya no estamos ante el capricho de un ciclo, sino ante cómo vuelve a funcionar el sistema. Así pues, conviene no consolarse con la idea de que esto se desvanecerá en una urna. Las esferas de influencia han vuelto para quedarse.

 

II. No es retórica: la prueba está en los hechos

Una doctrina se mide por lo que cuesta, no por lo que afirma. Y esta ya ha empezado a cobrarse facturas concretas, varias de ellas con dirección a España.

La primera es el reparto de cargas, convertido de ruego en exigencia. En la cumbre de la OTAN de La Haya, los días 24 y 25 de junio de 2025, los aliados se comprometieron a invertir el 5% del PIB en defensa y seguridad para 2035, con un 3,5% en capacidades militares centrales y un 1,5% adicional en infraestructura, resiliencia e industria, revisable en 2029. Treinta y un Estados lo firmaron sin reserva y uno solo, España, pidió y obtuvo una excepción, negociando un cambio semántico al que son tan proclives nuestros gobernantes y obteniendo el cambio de un “nosotros” por un “aliados” en la frase clave de la declaración, a la vez que nos comprometíamos a un 2,1% de gasto que nuestros propios mandos estimaban suficiente para cumplir con los objetivos obligatorios de capacidad de la Alianza. España cerró 2024 como el país que menos gastaba de toda la Alianza, por debajo del 1,3% del PIB y en 2025 alcanzó nominalmente el 2% (unos 33.920 millones de euros), pero empatada en el furgón de cola con Albania, Bélgica, Canadá y Portugal, pero con una contabilidad creativa que computa unos 10.470 millones de euros de préstamos  que no deberían imputarse al esfuerzo de inversión del año, como ya se analizó en el artículo “el espejismo del 2%”. Réstense y el porcentaje real cae por debajo del 1,5%. El presidente estadounidense, mientras tanto, respondió en público amenazando con compensar la diferencia mediante aranceles en lo que no se trata de un desacuerdo técnico sobre porcentajes, sino de una factura presentada por escrito, con nombre y apellidos, que se cobrará más tarde o más temprano.

La segunda prueba es el condicionamiento de la cooperación a la exclusión del rival. La Estrategia no ofrece asociación incondicional a nadie; ofrece ventajas a cambio de alinearse contra la “influencia externa adversaria”. En el Hemisferio Occidental eso se traduce en presión sistemática para reducir la presencia comercial china en puertos, telecomunicaciones e infraestructuras críticas, con una iniciativa dirigida desde el Consejo de Seguridad Nacional para identificar y proteger esos activos. La lógica es transaccional y excluyente; no se trata de construir un orden compartido, sino de delimitar un perímetro y vigilar quién entra en él. Para un país como España, acostumbrado a hacer negocios en todas las direcciones, esa lógica estrecha el margen de maniobra de golpe.

La tercera prueba es el trato dispensado a los aliados europeos. La Estrategia no expulsa a Europa; la subordina. El documento es severo, pues subraya la inestabilidad política del continente y reprocha a los europeos una pérdida de “confianza civilizatoria”, pero a la vez afirma que Estados Unidos “no puede permitirse dejar a Europa fuera del tablero” y que “necesitará una Europa fuerte” para competir con China, bajo un epígrafe titulado, sin ironía aparente, “Promover la grandeza europea”. Esa combinación es justamente la firma de la esfera blanda. Europa es deseada, pero como mercado y como instrumento; vital, pero siempre que alinee su política comercial y su gasto con los intereses de Washington. Mientras Bruselas regula, Washington proyecta poder y la Estrategia deja claro cuál de las dos cosas considera prescindible y cuál no.

La cuarta prueba es la reordenación del problema ruso. El documento no proclama un abrazo amistoso a Moscú, pero sí declara que poner fin a la guerra de Ucrania es un “interés vital” estadounidense y que el objetivo es “restablecer la estabilidad estratégica con Rusia” después de años de tratarla como paria. Rusia deja de ser el eje que estructura la estrategia estadounidense en Europa y pasa a ser un problema que gestionar y estabilizar mientras la atención se desplaza a Asia. Para los aliados del flanco oriental, acostumbrados a leer a Washington como garante último de su soberanía, ese cambio de jerarquía altera todos los cálculos. Es la mecánica característica de un orden de esferas en la que las grandes potencias negocian entre ellas la estabilidad de sus zonas y los aliados menores descubren que el paraguas tenía condiciones que nadie les había leído.

La pregunta que cierra ese cuadro es si esa geografía deja sitio a España.

 

III. Por qué este mapa descoloca a España en concreto

Todos los aliados europeos digieren mal el regreso de las esferas, pero ninguno lo hace exactamente igual. El caso español tiene una particularidad que conviene mirar de frente, pues explica por qué este giro nos golpea en un punto más sensible que a otros. Las dos zonas hacia las que España proyecta su singularidad —Iberoamérica y el África atlántica— caen, una de lleno y otra de revés, dentro del perímetro que Washington acaba de reafirmar como propio o de relegar como secundario.

Empecemos por Iberoamérica, que es donde la herida es más limpia y, a la vez, más cuantificable. España ha invertido cuatro décadas y un capital político considerable en una relación que se presenta a sí misma como puente. El stock de inversión española directa en la región se triplicó entre 2007 y 2023, de unos 82.000 a cerca de 245.000 millones de euros y la apuesta sigue viva; en 2024, por cada empresa española que desinvirtió en la zona, cuatro invirtieron. El BBVA obtiene más de la mitad de su beneficio neto de México; el Santander tiene en la región una de sus columnas vertebrales; y nuestros sectores de energía, telecomunicaciones e infraestructuras españolas operan allí a una escala que, en varios países, las hace actores de relevancia nacional. Toda esa arquitectura se construyó sobre el supuesto de que el continente americano era un espacio abierto, donde un socio europeo de raíz compartida podía operar sin pedir permiso. Ese supuesto es justamente el que la Estrategia de 2025 cancela.

Y aquí está la consecuencia. Si el Hemisferio Occidental pasa a ser una esfera dura y si la presencia de actores externos se evalúa como una cuestión de seguridad y no de comercio, la proyección española en Iberoamérica deja de ser un puente para convertirse en una presencia condicionada: esos puertos, redes y activos energéticos del IBEX entran, sin haberlo pedido, en la categoría de “activos estratégicamente vitales” que el corolario Trump quiere vigilar. No hace falta desarrollar aquí todas las implicaciones —habrá ocasión más adelante— para advertir la incomodidad de fondo, pues surge una pregunta que conviene no esquivar, ¿en qué categoría coloca Washington a una potencia europea con activos sistémicos en su patio? La respuesta cómoda es “aliado”; la honesta es «depende» Y “depende” es una palabra que hasta ayer no figuraba en nuestro vocabulario atlántico.

El África atlántica plantea un problema distinto y, en cierto sentido, peor. No es exactamente indiferencia como se la trata, sino como un tablero de competición por minerales críticos con China y como red de corredores logísticos y cuellos de botella marítimo. Así pues, desplaza la relación de la ayuda al comercio y la inversión a intereses estratégicos y lo que hace es buscar socios selectos a compromisos de largo plazo. Lo que la Estrategia ignora es justamente la dimensión que a España le quita el sueño; la seguridad de su vecindad inmediata. Washington externaliza esa seguridad a los actores regionales —la Unión Africana, la CEDEAO— y reserva su implicación a evitar que los problemas africanos contaminen los intereses americanos. Para España, el problema no es que el aliado mire a otro lado; es a quién delega cuando mira a otro lado.

Porque esa delegación no es neutral. El flanco sur —Canarias a poco más de cien kilómetros de la costa africana, Ceuta y Melilla, la vigilancia naval en el golfo de Guinea, la presión migratoria y la inestabilidad del Sahel— es nuestra frontera más caliente y la zona donde más nos jugamos. Y un aliado que externaliza la seguridad de esa zona delega la seguridad de la zona en quien más le conviene a él, que no tiene por qué ser quien más conviene a Madrid. Ahí queda apuntado un problema que esta serie tendrá que abordar de frente, porque toca la decisión más difícil de nuestra política exterior. Por ahora basta con registrar el riesgo, que es que donde España necesita un socio que estabilice, el nuevo mapa puede dejarle un aliado distraído.

Súmese a esto el debilitamiento simultáneo de los tres pilares sobre los que descansaba nuestra política exterior y el cuadro se completa. El pilar multilateral —la fe en que las reglas igualan el terreno entre grandes y medianos— se erosiona cuando la primera potencia declara que la influencia de los fuertes es una verdad atemporal. El pilar europeo se tambalea, no porque Washington expulse a Europa, sino porque la quiere subordinada, alineada y pagando. Y el pilar atlántico, el vínculo bilateral que durante décadas garantizó bases, tecnología y respaldo, se vuelve transaccional, pues vale lo que pagues y ya se nos ha recordado por escrito que pagamos poco. Tres pilares y tres grietas simultáneas.

El problema español no es tanto el abandono como la subordinación de su pilar europeo, la securitización de su principal activo y la desatención de su principal riesgo, las tres cosas a la vez. Ahí está, comprimida, la tesis de este artículo. España no sólo pierde el mapa, sino que al perderlo, su mayor activo —Iberoamérica— se securitiza y a la vez su mayor riesgo —el Sahel y el Magreb— se desatiende. No es que España haya perdido una alianza o una zona, es que ha perdido el sistema de coordenadas con el que las leía todas.

Esa es la raíz de la desorientación. La política exterior española se diseñó para un mundo en el que la pregunta “¿de quién es esta región?” se consideraba obsoleta, pero ese mundo se ha terminado y la pregunta ha vuelto. Y otros la responden por nosotros.

 

IV. La pregunta inevitable

Conviene resistir dos tentaciones gemelas, porque ambas son formas de no pensar. La primera es el dramatismo y consiste en proclamar que España queda sola, abandonada y condenada a la irrelevancia. No es cierto y además paraliza. La segunda, más peligrosa porque es más cómoda, es la negación, convencerse de que nada ha cambiado de fondo, de que un relevo en la Casa Blanca revertirá el rumbo y de que basta con esperar a que el mundo plano regrese por sí mismo. Pero el mundo plano no va a regresar y esperarlo es la única estrategia que garantiza llegar tarde.

Entre el drama y la negación cabe la actitud del profesional ante un terreno que ha cambiado, esto es, redibujar el mapa. Si el orden internacional se reorganiza por zonas de primacía y si la potencia que antes hacía cumplir las reglas ahora reparte zonas de influencia, entonces todo país con ambición de no convertirse en objeto de reparto debe formularse una pregunta que llevaba treinta años pareciendo impropia.

¿Cuál es la esfera de España?

No es una pregunta retórica y tampoco tiene una respuesta única. Hay un número acotado de respuestas posibles y todas comparten un rasgo común, que ninguna es gratis. Unas piden poco y conceden poca autonomía; mientras que otras prometen más margen a cambio de inversión sostenida, coherencia y disposición a echar un pulso y aguantarlo. Pesarlas, una por una, con sus números, sus costes y sus matrices, es la tarea de las piezas que siguen a esta.

Por ahora basta con haber leído el mapa que el aliado —no el adversario— ha dibujado y con haberlo leído sin parpadear. El orden de reglas universales que nos resultaba tan natural era, en realidad, una excepción histórica breve y la confundimos con la regla de duración indefinida. La regla ha vuelto a aparecer en los ámbitos que importan, allí donde se juegan los intereses vitales, y el mundo vuelve a tener dueños por zonas. España no escogió este tablero, pero tendrá que jugar en él y el primer movimiento de quien quiere jugar bien es dejar de fingir que el tablero es otro.

El mapa ha cambiado; la pregunta que impone es una sola y ya no admite aplazamiento. No es si España tiene una esfera de influencia, sino si está dispuesta a pagar lo que cuesta tenerla.

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