Por qué el futuro del fuego de batallón no es un tubo ni un dron, sino la cadena que los une. Y por qué llevamos diez años mirando para otro lado.
INTRODUCCIÓN
Hay una idea que recorre los
análisis de Ucrania desde 2025 y que debería quitarle el sueño a quien
planifica el Ejército de Tierra. En sectores enteros del frente, las unidades
han dejado de disparar morteros convencionales y no porque les sobraran, sino
porque cada vez que un tubo estático abría fuego, un dron de reconocimiento lo
veía y a partir de ahí echaban a correr dos relojes. El del dron FPV, el
aparato pilotado en primera persona que llega en minutos y cuesta lo que un
teléfono; y el de la contrabatería, el contrafuego que localiza la pieza recién
disparada y la entierra; más lento, pero implacable.
La lectura perezosa de ese dato
dice que el mortero está acabado, pero es incorrecta. El mortero ciego,
estático y centralizado está acabado; el mortero que sobrevive es otro animal.
Lleva ruedas, dispara y se larga antes de que llegue el contrafuego, gestiona
su firma y, esto es lo nuevo, tiene sus propios ojos en el aire. A su lado, como
hermano gemelo, lleva un dron que mata lo que el tubo no alcanza.
El paquete dron-mortero en una posición dispersa al
anochecer. El tubo embarcado abre fuego mientras su dron orgánico corrige el
tiro, la munición merodeadora se proyecta hacia la profundidad y una burbuja
antidrón cubre al conjunto, todo enlazado con los fuegos de la brigada. La
pieza ya no es el sistema; el sistema es la cadena. Ilustración conceptual
generada por IA.
Eso es el paquete dron-mortero de
batallón. No es un capricho tecnológico, es la unidad mínima de fuego que tiene
sentido en un campo de batalla donde lo que se ve, se fija, y lo que se fija,
se destruye.
España fabrica los mejores
componentes de ese paquete y, sin embargo, no lo ha comprado a escala.
