lunes, 15 de junio de 2026

La geografía manda

Por qué España necesita una doctrina anfibia propia y no una copia del USMC

 

INTRODUCCIÓN

Hay una pregunta que todo Estado Mayor debería hacerse antes de comprar un solo barco, pero casi nunca se hace primero. No es qué hacen los aliados, ni qué concepto está de moda en las revistas de defensa, ni qué doctrina firma la potencia más admirada del momento, sino ¿dónde, exactamente, tendríamos que combatir? Porque una fuerza militar no se diseña contra un manual, sino contra un mapa. Y el mapa, a diferencia de la moda doctrinal, no cambia con los ciclos electorales ni con los relevos al frente de un cuerpo extranjero.

El primer artículo de esta serie argumentó que el asalto anfibio clásico ha quedado condicionado por los drones, los misiles baratos y la transparencia del campo de batalla. Aceptado el diagnóstico, queda lo difícil, que es decidir hacia dónde transformar la capacidad española. La tentación natural es importar la respuesta de otro, pero antes de elegirla conviene fijar la pregunta y la española está escrita en una geografía que no se parece a la de ningún aliado. Catorce kilómetros de mar en un sitio, cien en otro, mil doscientos en un tercero. Cada cifra impone un problema militar distinto y ninguna admite la misma solución.

Teatros nacionales prioritarios y distancias críticas. En rojo, la lógica de incursión (Estrecho, peñones, enclaves); en azul, la de proyección (Canarias y flanco sur). Composición cartográfica generada con IA a efectos ilustrativos.

Este artículo recorre esos teatros por orden de exigencia geográfica. La tesis que los ordena es sencilla de enunciar y difícil de asumir: la geografía española no permite una sola respuesta. Empuja, a la vez, hacia una fuerza de incursión para el Estrecho y los enclaves y hacia una fuerza de proyección con cobertura aérea propia para Canarias y el flanco sur,  y esa dualidad y no la imitación de nadie es lo que define la fuerza que España necesita.

 

1. La doctrina empieza en el mapa

Conviene partir de una idea que parece evidente y que la práctica desmiente a diario. Una doctrina militar es geografía convertida en método, describe cómo combatir en un espacio concreto contra un enemigo concreto y su validez termina donde terminan las condiciones que la engendraron. La guerra acorazada alemana arrasó las llanuras de Francia en 1940 y se hundió en el barro ruso dos años después; el mismo manual, el mismo instrumento, pero resultados opuestos. El terreno había cambiado la pregunta.

De ahí que importar la doctrina del fuerte rara vez funcione, por muy brillante que sea. Adoptar un concepto ajeno tiene un atractivo burocrático difícil de exagerar, porque viene avalado por un aliado prestigioso, ahorra el esfuerzo de pensar desde cero y ofrece una coartada impecable ante cualquier auditoría: “hacemos lo que hacen los mejores”. El problema es que los mejores resuelven su problema, no el español. El Cuerpo de Marines de Estados Unidos diseña sus conceptos contra China y las distancias del Pacífico; sus respuestas son excelentes para esa pregunta y casi irrelevantes para la española, cuyos escenarios se miden en kilómetros y en horas, no en miles de millas y en semanas. Aprender de los aliados es sensato y la interoperabilidad con la OTAN, irrenunciable; pero importar su doctrina completa como si la geografía fuera intercambiable es el error que este artículo trata de evitar.

El método correcto, por tanto, no es elegir doctrina y luego buscarle teatro, sino leer el teatro y deducir de él la doctrina. España tiene cinco escenarios prioritarios y conviene examinarlos por separado, porque cada uno plantea un problema militar diferente. Tres de ellos empujan hacia una lógica de defensa y reconquista rápida; los otros dos empujan hacia una lógica de proyección. El mapa no pide una fuerza, sino que pide dos.

 

2. El Estrecho: catorce kilómetros que dictan el raid

El primer teatro es el más estudiado y el peor entendido. El Estrecho de Gibraltar mide catorce kilómetros en su punto más angosto, entre Tarifa y Punta Cires, con una orilla propia y otra potencialmente hostil y esa cifra lo decide casi todo. A catorce kilómetros, la distancia deja de medirse en jornadas de navegación y pasa a medirse en minutos y esa compresión del tiempo invalida la arquitectura logística del asalto anfibio clásico. No hay travesía oceánica que planificar, ni grupo anfibio que reunir durante días, ni aproximación lenta que proteger. Hay, en cambio, un cruce relámpago bajo la mirada de sensores que vigilan ambas costas.

La geografía que penaliza una cosa premia otra. Concentrar buques de gran porte en ese embudo, a tiro de baterías costeras y radares de designación, sería temerario; la masa flotante se convierte en firma detectable y en blanco rentable antes de aproximarse. Insertar en cambio elementos ligeros en ventanas de minutos, con saturación de enjambres de drones y supresión previa del entorno con la neutralización de los radares y misiles costeros enemigos mediante guerra electrónica, ciberataque y fuegos de precisión, es una operación de naturaleza distinta. Una lancha rápida de firma reducida, en radar, infrarrojos y acústica, cruza el Estrecho en torno a diez minutos; un vehículo anfibio convencional a ocho nudos tarda casi una hora bajo fuego. El Estrecho castiga el desembarco concentrado y premia la incursión rápida, por lo que la diferencia no es de grado, sino de supervivencia.

Y premia una segunda cualidad que el teatro oceánico niega como es la reversibilidad. Cuando el objetivo está a catorce kilómetros de la propia costa, una fuerza puede insertarse, cumplir su misión y extraerse antes de que el adversario complete su ciclo de reacción. La profundidad logística está en casa, no en la bodega de un buque a doscientas millas. Esa cercanía convierte la extracción en una opción real, no en una huida desesperada y permite construir toda la doctrina sobre un principio que el asalto clásico no podía permitirse, esto es, que si la operación se tuerce, se vuelve. El Estrecho, en suma, escribe por sí solo la primera mitad de la respuesta española, el raid de alta intensidad y duración limitada.

 

3. Los peñones: la geometría del hecho consumado

Si el Estrecho dicta el método, las islas y peñones de soberanía dictan la urgencia. Perejil, Alhucemas, Chafarinas y el peñón de Vélez de la Gomera comparten una característica que define su problema militar y es que están pegados a la costa marroquí. El islote de Perejil se halla a unos doscientos cincuenta metros de la orilla africana; el peñón de Vélez, a apenas ochenta metros, una de las fronteras de facto más estrechas del mundo. Son objetivos minúsculos, sin profundidad, imposibles de defender de forma permanente con una guarnición proporcionada. Quien quiera tomarlos puede hacerlo en minutos; quien quiera recuperarlos se enfrenta a un problema de tiempo, no de masa.

Ese problema tiene nombre y es el del hecho consumado. Un adversario que ocupa un peñón por sorpresa crea una situación que el tiempo solidifica a su favor; cada hora que pasa sin respuesta convierte la provocación en statu quo y el statu quo en negociación. La crisis de Perejil en 2002 fue el ensayo general benévolo de este guion. Una docena de gendarmes marroquíes plantaron una bandera en un islote deshabitado y España resolvió la situación en seis días con fuerzas de operaciones especiales, sin apenas oposición. La lección que conviene extraer no es la del éxito, sino la de su fragilidad. Si el ocupante de 2035 no es una docena de gendarmes sino una sección reforzada con misiles antiaéreos y munición merodeadora, la respuesta improvisada de 2002 ya no sirve y la diferencia entre recuperar el peñón y perderlo se medirá en la velocidad de reacción.

Grecia conoce bien esta geometría. No es solo un modelo de reacción rápida, pues mantiene fuerzas convencionales numerosas, una aviación potente y una armada considerable; pero su archipiélago del Egeo, con centenares de islas a tiro de la costa turca, la obliga además a cultivar la respuesta inmediata al hecho consumado, porque sabe que cualquier islote puede convertirse de pronto en el centro de una crisis. La geografía griega, como la española de los peñones, premia tanto la masa como la prontitud; pero en el escenario del islote disputado, lo que decide es llegar antes. España debería leer su mapa con la misma claridad con que Grecia lee el suyo y aceptar que la defensa de un peñón no es un problema de guarnición permanente, sino de capacidad de reconquista veloz y proporcionada. El que llega primero escribe los hechos.

 

4. Ceuta y Melilla: cuando el reabastecimiento es la vulnerabilidad

Los enclaves plantean el tercer problema y es de una naturaleza completamente distinta. Ceuta, con sus dieciocho kilómetros y medio cuadrados y unos ochenta y cuatro mil habitantes y Melilla, de dimensiones semejantes, no son islotes deshabitados sino ciudades, rodeadas por completo de territorio ajeno. Su vulnerabilidad no está en la playa, sino en la despensa. Una ciudad sitiada vive de lo que entra por sus líneas de abastecimiento y las de Ceuta y Melilla son escasas, conocidas y fácilmente interrumpibles. La geografía convierte el reabastecimiento en el centro de gravedad de su defensa.

El escenario de estrés es fácil de imaginar y difícil de resolver. Si un adversario despliega baterías antibuque a ambos lados del Estrecho y siembra minas en los accesos, la ruta de reabastecimiento marítimo de Ceuta queda bajo fuego durante las horas o días que exija el esfuerzo de limpieza de minas. Si además cierra la frontera terrestre, la ciudad queda aislada en seco. Las unidades preposicionadas en el enclave deberían entonces combatir con sus propios medios contra esas baterías, consumiendo munición a tasa de combate. Como orden de magnitud, un depósito calculado para treinta días de operación normal puede agotarse en siete o diez bajo presión real; las guerras recientes, de Ucrania a Gaza, han recordado que las tasas de consumo en combate de alta intensidad multiplican varias veces las previsiones de tiempo de paz, y es que la autonomía declarada para las municiones es una ficción tranquilizadora hasta que alguien la somete al estrés del combate.

Hay además una dimensión que eleva el problema muy por encima de lo local. Según las estimaciones de tráfico habituales, el Estrecho canaliza en torno al quince por ciento del comercio marítimo mundial, de modo que su cierre, aunque fuera parcial y temporal, no sería una crisis fronteriza sino una crisis económica de alcance global. Cualquier adversario que pueda interrumpirlo dispone de una palanca cuyo valor desborda la disputa bilateral y eso multiplica tanto el incentivo para intentarlo como la presión internacional para reabrirlo cuanto antes. La defensa de los enclaves y el control del Estrecho dejan de ser, en ese escenario, asuntos separados.

De ahí se deduce una prioridad que el resto de la serie desarrollará: sin capacidad de abrir el Estrecho a la fuerza, es decir, sin guerra de minas (en jerga aliada, MCM, las medidas contra minas) y sin negación de las baterías costeras adversarias, ninguna operación de refuerzo de los enclaves es creíble. El problema de Ceuta empieza decenas de kilómetros antes de Ceuta y aquí asoma ya la frontera del modelo defensivo, porque defender el enclave no basta; hay que ser capaz de proyectar fuerza hasta él a través de un mar disputado.

La geografía de los enclaves cierra el bloque de teatros que reclaman incursión rápida y negación litoral. Los dos siguientes cambian de lógica por completo.

 

5. Canarias: la distancia que penaliza la cobertura terrestre

El cuarto teatro introduce una variable que los anteriores no tenían y es la pura distancia. El archipiélago canario se encuentra a más de mil doscientos kilómetros de la Península, una separación que parece un dato de logística y es en realidad un problema de defensa aérea de primer orden. La razón es aeronáutica. Un caza moderno como el Eurofighter tiene un radio de combate útil del orden de seiscientos o setecientos kilómetros en un perfil de misión realista, ampliable con depósitos externos a costa de su carga militar. A mil doscientos kilómetros, un caza que despegase de Morón o de Albacete llegaría a Canarias con un margen de permanencia exiguo. El reabastecimiento en vuelo ampliaría el alcance, pero no anula el problema, ya que incluso asumiendo uno o dos repostajes, el tiempo en estación sobre el archipiélago sería marginal y dependería de una cadena de cisternas escasa y, ella misma, vulnerable. La conclusión no es que la Península no pueda intervenir nunca, sino que ningún modelo que confíe la defensa aérea de Canarias a bases peninsulares puede sostenerla de forma continuada. La distancia no lo impide, pero lo penaliza hasta volverlo inservible como solución permanente.

La consecuencia es la defensa aérea de Canarias descansa hoy sobre un solo nodo. El Ala 46, basada en Gando, en Gran Canaria, es la única unidad de combate que vigila el espacio aéreo del archipiélago y lo hace en alerta permanente desde enero de 2001, primero con sus veteranos F-18 de segunda mano y, a partir de 2026, con los Eurofighter que llegan desde la Península en el marco del programa Halcón. La modernización es excelente y necesaria. Pero no resuelve el problema estructural, que no es de avión sino de base.

Conviene separar varios planos que suelen mezclarse. Uno es la defensa aérea del archipiélago, que el nuevo caza mejora sin discusión. Otro es la resiliencia del nodo que la sostiene y ahí el panorama cambia. El archipiélago dispone de otras pistas utilizables, en Tenerife, Lanzarote, Fuerteventura o La Palma, que ofrecen una redundancia real pero limitada, sin refugios endurecidos, depósitos de munición ni mantenimiento para sostener el combate. Gando no es, por tanto, el único punto desde el que puede despegar un caza; es el único nodo preparado para sostener una campaña aérea continuada. Un solo nodo que degradar, una sola base que saturar con drones o sabotear y el archipiélago queda reducido a una defensa aérea improvisada desde pistas no preparadas.

Es cierto que existen mitigaciones terrestres reales y deben emplearse todas, como dispersar los cazas entre varias pistas, endurecer las infraestructuras, sumar misiles de defensa aérea de largo alcance, reforzar con sistemas no tripulados y exprimir el reabastecimiento en vuelo. Ninguna es despreciable, pero ninguna, por sí sola ni en suma, sustituye con robustez la capacidad de tener cobertura y vigilancia aéreas que naveguen hasta el teatro y no dependan de una pista fija. El endurecimiento y la dispersión son imprescindibles a corto plazo y la defensa aérea de largo alcance es muy conveniente, pero la redundancia verdaderamente robusta, la que ningún sabotaje de pista anula, es la aeronaval embarcada. Eso significa un componente embarcado, un portaaeronaves ligero o un buque de proyección con grupo aéreo a bordo, capaz de operar al menos sistemas no tripulados de vigilancia y ataque y, en su versión más ambiciosa, aeronaves de combate.

Australia recorrió antes este razonamiento. Frente a la tiranía de sus distancias oceánicas se dotó de buques de proyección con cubierta corrida, los dos LHD de la clase Canberra, pensados para el transporte estratégico, la ayuda humanitaria y la proyección regional, no para operar caza embarcado, que de hecho no operan; pero el debate sobre si dotarlos de aviones F-35B lleva años abierto en Camberra. Esos buques son, con cierta ironía, un diseño español, el mismo proyecto de Navantia que dio origen al Juan Carlos I, el buque insignia que España ya posee y cuyo futuro papel sigue sin decidir. España vendió a las antípodas la plataforma de proyección que su propia geografía reclama, conserva una gemela en casa y mantiene abierta la misma pregunta que los australianos. El debate sobre qué hacer con ese buque, que esta serie abordará en su momento, nace precisamente aquí, en los mil doscientos kilómetros que separan Gando de la Península.

 

6. El flanco sur: la inmediatez de la costa y la profundidad del Sahel

El quinto teatro completa el problema de Canarias por su lado opuesto y conviene precisarlo con cuidado, porque mezcla dos distancias muy diferentes. La primera es la inmediatez. La isla de Fuerteventura está a unos cien kilómetros de la costa africana más próxima, en el entorno de Cabo Juby, en una franja, la de Marruecos y el Sáhara Occidental, fuertemente militarizada y bajo control del principal vecino de España. Esa cercanía, inofensiva mientras la relación es estable, se vuelve vulnerabilidad en cuanto deja de serlo, porque pone baterías, radares y aeródromos potencialmente hostiles a escasa distancia del archipiélago.

La segunda distancia es la profundidad estratégica y es la que merece el nombre de Sahel. El Sahel propiamente dicho, Mauritania, Senegal, Malí y sus vecinos, no está a cien kilómetros de Canarias sino entre trescientos cincuenta y varios miles, según sea su punto más cercano o lejano, pero sin embargo proyecta sus crisis hacia las aguas del archipiélago con una eficacia que la distancia no consigue amortiguar.

La región vive una década de desestabilización acelerada. Francia replegó sus tropas de Malí, Burkina Faso y Níger entre 2022 y 2023 tras una sucesión de golpes de Estado y el vacío lo han ocupado en parte fuerzas paramilitares rusas, primero bajo la marca Wagner y después reorganizadas por Moscú, pero en la zona conviven juntas y con agenda propia insurgencias yihadistas enfrentadas y dinámicas locales que ninguna capital controla del todo. De esa inestabilidad llegan ya a Canarias rutas migratorias instrumentalizadas, tráficos ilícitos y la sombra de santuarios desde los que actuar contra las rutas atlánticas.

El terrorismo, la inmigración irregular o el crimen organizado no exigen por sí mismos buques de asalto, pero lo que sí pide capacidad de proyección es un repertorio concreto y posible de operaciones como son la evacuación de ciudadanos españoles atrapados en una crisis en la otra orilla, lo que en jerga aliada se llama NEO; la protección de las rutas marítimas atlánticas frente a una amenaza emergente; la estabilización limitada de una situación que amenace directamente al archipiélago; la presencia disuasoria en aguas e instalaciones del entorno; y el apoyo militar a un socio regional que solicite ayuda.

Es ese repertorio y no la inestabilidad en abstracto, lo que reclama actuar lejos de las bases peninsulares, durante un tiempo sostenido y con cobertura aérea que no puede venir de la Península ni descansar en un único aeródromo insular. La inmediatez de la costa norteafricana y la profundidad del Sahel convergen así en la misma exigencia que la distancia de Canarias, esto es, la necesidad de proyectarse y llevar consigo el propio paraguas aéreo. El mismo buque que da redundancia a la defensa de Canarias permite operar en el flanco sur.

 

7. El terreno es permanente; el adversario, variable

Hasta aquí se ha hablado mucho del terreno y poco del oponente y conviene introducir la otra mitad de la ecuación. Uno es permanente, como son las distancias del Estrecho, los peñones, los enclaves y Canarias, que seguirán siendo las mismas dentro de treinta años. El otro es contingente, pues la mano que pueda explotarlas cambia con la política, las alianzas y los ciclos de tensión. La doctrina debe anclarse en el plano permanente, no en el contingente, porque diseñar una fuerza contra un adversario concreto es construir sobre arena.

Dicho esto, el planeamiento exige un adversario de referencia y hoy ese adversario es Marruecos. Es el único vecino que combina un rearme sostenido, reivindicaciones sobre territorio español y la posición geográfica para materializarlas. Marruecos invierte de forma creciente en misiles antibuque, defensa aérea y munición merodeadora y es razonable proyectar que, hacia mediados de la próxima década, disponga de una arquitectura de negación de acceso costero apreciable, operada desde su propio territorio y a pocos kilómetros de objetivos españoles. No se trata de anticipar una guerra, sino de planear contra una capacidad que, de existir, condicionaría cualquier operación en la zona. Su arco de actuación, además, va de la presión híbrida y gris, mucho más probable, al enfrentamiento abierto, mucho menos.

Los demás actores entran como vectores secundarios, no como hipótesis de planeamiento principal. Argelia condiciona el Mediterráneo occidental con su flota submarina y su capacidad de ataque a tierra con misiles de crucero, sin plantear una amenaza anfibia directa. La inestabilidad del Sahel y el terrorismo yihadista operan en el registro expedicionario ya descrito. Y al fondo está la presencia creciente de potencias extrarregionales en el Atlántico medio. Conviene tenerlos s todos presentes sin dejar que difuminen el foco.

La utilidad de razonar desde la geografía está, de nuevo, en esa permanencia. El mapa no predice quién será el oponente, pero sí delimita las formas que puede adoptar una crisis; un hecho consumado en un peñón, la coerción sobre un enclave, la negación del Estrecho y la presión sobre los accesos de Canarias. Sea quien sea el actor que las ejecute, las formas son finitas y las dicta el terreno. Una fuerza diseñada contra esas formas conserva su valor aunque cambie el nombre del adversario; una diseñada contra un enemigo concreto envejece con él. Por eso el punto de partida correcto es el terreno, que no vota, no firma tratados ni cambia de gobierno.

 

8. La dualidad: el raid como suelo, la proyección como techo

Recorridos los teatros, el mapa entrega una conclusión que ningún modelo importado tiene. La geografía española no admite una respuesta única, porque no plantea un solo problema, sino dos que se ordenan en una jerarquía clara. El primero y principal, es el raid anfibio, una fuerza de incursión ligera, rápida y reversible para el Estrecho, los peñones y los enclaves, capaz de insertar elementos pequeños en ventanas de minutos desde territorio propio. Es el suelo de la doctrina, el escenario más probable y el más barato de cubrir. El segundo es la proyección aeronaval embarcada, esto es, la capacidad de llevar fuerza y, sobre todo, cobertura y vigilancia aéreas lejos de las bases peninsulares y sostenerlas allí, que es lo que reclaman Canarias y el flanco sur. Es el techo de la doctrina, el escenario menos probable pero el de impacto más elevado.

Pero, en cualquiera de ellos, antes de que una lancha toque el agua hay que destruir o cegar lo que la espera al otro lado, las baterías de misiles costeros, los radares, las minas y los enjambres de drones. Esa supresión consume la mayor parte del esfuerzo, pero es el cómo del desembarco, no una estrategia naval autónoma de negar el mar. Las minas, los misiles y los vehículos no tripulados son aquí lo que hay que neutralizar o sembrar para que la incursión sea posible, no un fin en sí mismo. La negación es el martillo que abre la puerta; el raid o el desembarco es entrar por ella.

La proyección aeronaval, por su parte, no aporta solo aviones; aporta ojos. Un buque con grupo aéreo embarcado lleva al teatro la vigilancia y la alerta temprana de las que una fuerza dispersa carece por completo y esa capacidad de ver el entorno antes de actuar, que España nunca ha tenido desde la mar, es la diferencia entre una fuerza que maniobra y otra que avanza a ciegas contra el misil rasante.

Conviene traducir cada lógica a la familia de medios que la hace posible, sin entrar todavía en inventario, porque ese es el trabajo de los próximos artículos. El raid se sostiene sobre cosas pequeñas, rápidas y numerosas, como lanchas de asalto de alta velocidad y firma reducida, vehículos de superficie no tripulados, guerra de minas para abrir los accesos y sembrarlos y sensores y munición de precisión para la supresión litoral que abre la puerta. La proyección se sostiene sobre lo contrario, una pieza grande y cara como buques de cubierta corrida con grupo aéreo embarcado o, en su versión mínima, con vigilancia persistente desde la mar. Lo barato y abundante sirve a la primera lógica; lo escaso y protegido, a la segunda.

Es esa combinación y no cada mitad por separado, lo que hace singular el caso español. Cada potencia media resuelve el problema que su geografía le plantea; Noruega defiende sus fiordos sin necesidad de proyectar, Grecia responde al hecho consumado en el Egeo y Australia se dota de buques de proyección para sus distancias oceánicas. Pero España tiene encadenados el raid de proximidad y la proyección de distancia y encima les suma un flanco sur expedicionario que ninguna de las tres afronta en su propio entorno. Su mapa es, sencillamente, más exigente.

Hablar de dos lógicas no significa proponer dos ejércitos paralelos ni duplicar estructuras, sino reconocer dos conjuntos de capacidades que rara vez se optimizan en la misma dirección, ya que una lancha rápida de asalto y un buque de proyección con grupo aéreo son cascos distintos, inversiones y culturas distintas, por mucho que puedan integrarse en una única fuerza con dos modos de empleo. El problema no es orgánico, más bien de prioridades. Desde la perspectiva operativa, España necesita ambas capacidades, porque ambas responden a amenazas reales y simultáneas; pero desde la perspectiva fiscal, una potencia media difícilmente puede financiar las dos al máximo nivel de ambición sin sacrificar otras cosas; la proyección, más cara y visible, competirá por cada euro con el raid, más barato y urgente en el escenario más probable. A eso se añade la disyuntiva sobre cómo reparten la Armada, el Ejército del Aire y el de Tierra una capacidad que cruza las fronteras de los tres. El decisor tendrá que elegir el orden, no la existencia, de cada componente. Lo que no puede hacer, porque el mapa no se lo permite, es quedarse con una sola mitad. Quien renuncie al raid deja indefensos el Estrecho y los peñones; quien renuncie a la proyección abandona Canarias a la fragilidad de un solo nodo y se ciega ante el flanco sur. La geografía no ofrece esa economía.

 

9. Leer el propio mapa

La transformación anfibia española no empieza en un astillero ni en un catálogo extranjero; empieza en un mapa que nadie más comparte. El Estrecho dicta el raid por su anchura; los peñones la urgencia por su cercanía al adversario; los enclaves imponen abrir el litoral a la fuerza, como condición para reabastecerlos, por la fragilidad de su despensa; Canarias prescribe la proyección por su distancia; y el flanco sur la establece por la inmediatez de una costa militarizada y la profundidad de un Sahel inestable. Cinco teatros, dos lógicas y una sola fuerza nacional obligada a ambas a la vez.

De ahí que importar la doctrina del fuerte sea, en el mejor de los casos, una distracción y en el peor, una trampa. El concepto estadounidense resuelve la distancia del Pacífico frente a China; el nórdico, la negación y defensa de un laberinto frente a Rusia; el británico, la proyección global de unos comandos que, por cierto, se quedaron sin medios de transporte propios tras la baja anticipada de sus buques de asalto de la clase Albion. Ninguno de los tres modelos contesta la pregunta española, porque ninguno se hace en el mapa español.

El caso británico, de hecho, enseña dos cosas. Por un lado muestra el peligro de retirar una capacidad antes de tener su relevo; por otro advierte del error contrario y más seductor, que es dotarse en época de bonanza de una ambición que no se podrá sostener en época de estrechez. El Reino Unido construyó dos portaaviones de gran porte, vendidos como el regreso de su poder global, pero hoy lidia con su disponibilidad, con un número de cazas embarcados muy inferior al prometido y con una escasez de escoltas que deja a su buque insignia mal protegido y que, de hecho, le llevó a no tener ningún portaaviones disponible a comienzos de 2026. La lección para una potencia media es sobria. Una plataforma de proyección magnífica que pasa más tiempo en el muelle que en la mar y sin aviones suficientes que embarcar ni escoltas que la defiendan, no es una capacidad, es un monumento caro a una ambición mal calibrada. Por eso el techo se dimensiona por lo que se puede mantener a flote y tripulado durante años, no por lo que reluce el día de la botadura; y por eso conviene que el buque aporte valor por sí mismo, como nodo de vigilancia y de drones, aunque el costoso grupo aéreo de combate tarde en llegar o no llegue. Ambicionar es legítimo, pero sobreestimar lo que se puede sostener es la forma más cara de quedarse corto.

Queda, por tanto, el trabajo de escribir la respuesta en casa y queda también el reloj. Las distancias son permanentes, pero la ventana para prepararse no lo es, pues se mide en cinco a siete años, no en décadas. La decisión no es si construir ambas capacidades, sino en qué orden y secuencia. Y lo más defendible es, primero el raid y la supresión litoral, que cubren el escenario más probable y cuestan menos; después la proyección, que pone el techo y exige el buque mayor. Cada año de retraso traslada el problema del presupuesto, donde es manejable, a la crisis, donde no lo es. Si España no recorre esa secuencia a tiempo, descubrirá sus carencias en el peor momento, cuando un peñón ocupado, un enclave presionado o un archipiélago aislado conviertan una deficiencia contable en un hecho consumado irreversible. La geografía manda. Lo único que cabe decidir es si se la escucha mientras hay margen o se la descubre cuando ya no lo hay.

 

Este artículo es el segundo de una serie sobre la transformación aeronaval y anfibia española. El siguiente recoge esta dualidad por su lado más incómodo: distribuir la fuerza en muchos cascos pequeños resuelve la supervivencia de cada uno, pero crea una fuerza ciega, sin ojos ni cobertura aérea propios, expuesta al misil que llega a ras de ola. Ver el entorno antes de actuar deja de ser un lujo y se convierte en condición de supervivencia y de esa exigencia nace todo lo demás.

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