Cuarto artículo de la serie "Defender España sin fantasías"
INTRODUCCIÓN
En los artículos anteriores de esta serie se ha discutido el material y la mentalidad. Primero, que España no necesita el Leopard 2A8 ni el MGCS, porque compra sistemas pensados para una guerra que no va a librar. Después, tal y como se indicó en el artículo desmontando la doctrina acorazada española, que la doctrina acorazada del Ejército de Tierra piensa como Alemania sin serlo, importando un marco intelectual diseñado para el corredor de Fulda. En el tercero argumenté que la brigada polivalente reparte la mediocridad de forma uniforme en lugar de concentrar eficacia donde importa.
Cinco teatros, cinco relojes y una sola fuerza. El color indica el tiempo de respuesta de cada teatro; los iconos, dónde reside hoy la fuerza. La urgencia y la masa están invertidas. Imagen conceptual generada con asistencia de IA. Elaboración propia. No es una representación cartográfica de precisión
Todos esos argumentos descansan
sobre una misma premisa, que hasta ahora se ha dado por sentada. Hoy toca
enunciarla y demostrarla. España no tiene un frente; tiene cinco teatros
distintos y defenderlos como si fueran uno solo es un error conceptual con consecuencias
operativas graves.
1. La ficción del "teatro único"
Existe en el planeamiento español
una abstracción tan cómoda como engañosa, la del "territorio
nacional" como espacio homogéneo. La expresión figura en discursos, en
documentos y en la lógica implícita de la organización de la fuerza. Sugiere una
superficie continua que se defiende con una doctrina, unas unidades tipo y un
plan. Es una inercia de planeamiento útil para la burocracia y costosa para la
estrategia.
La geografía de la mayoría de
nuestros aliados continentales avala esa abstracción. Alemania, Polonia o
Francia disponen de un teatro terrestre continuo, con fronteras vulnerables que
son terrestres, espacios de maniobra conectados y líneas de comunicación
interior que permiten redistribuir fuerzas por carretera o ferrocarril sin
saltar de medio. Para ellos, una doctrina uniforme tiene sentido porque el
espacio lo es. La fuerza que defiende la frontera oriental puede reforzar la
meridional por tierra firme, en horas, sin embarcar nada.
España no funciona así. Su
defensa terrestre está repartida entre enclaves norteafricanos, dos
archipiélagos separados por más de mil kilómetros, una península de orografía
endiablada y una cordillera fronteriza. Entre Melilla y Las Palmas no hay
continuidad; hay mar, espacio aéreo disputable y horas de travesía. Mover una
unidad de un teatro a otro no es una maniobra terrestre, es una operación de
proyección que depende de buques y aviones que un adversario competente puede
negar. Lo que en Centroeuropa es un desplazamiento administrativo, aquí es una
decisión estratégica con riesgo asociado.
En este artículo “teatro” no
significa sector de combate ni frente; significa una combinación particular de
amenaza, accesibilidad y función estratégica. Dos espacios pertenecen a teatros
distintos cuando difieren de forma sustancial en cuatro variables. La amenaza
plausible, es decir, qué actor puede hacer qué daño y con qué probabilidad.
La accesibilidad, con qué medio y en qué plazo puede reforzarse. La dependencia
de apoyos conjuntos o cuánto pesa el control del mar, del aire y de la
información en su defensa. Y la función dentro del diseño nacional,
porque no todos los teatros tienen el mismo papel. Bajo ese criterio, España no
tiene un teatro con cinco regiones; tiene cinco teatros que comparten bandera.
No todos los cinco son teatros
operativos en el mismo sentido. El Estrecho, Canarias y Baleares son teatros
donde se combate o se disuade directamente. El Pirineo es, más que un frente,
un corredor. La Península, en cambio, funciona sobre todo como base de
generación de fuerza y plataforma de proyección hacia los demás. Mantengo los
cinco porque cada uno impone exigencias propias, pero conviene no confundir el
teatro donde el reloj corre en horas con el que sostiene a todos los demás.
Ninguno de estos teatros se
defiende solo por la vía terrestre. El control del Estrecho, de las aguas
canarias o del Mediterráneo balear depende del mar, del aire y de la
información tanto o más que de la tierra. La fragmentación geográfica de España
no solo invalida una doctrina terrestre única; invalida cualquier diseño que no
sea conjunto desde su origen. El Ejército de Tierra no debe aspirar a defender
estos teatros en solitario, sino a integrarse como un nodo dentro de una
arquitectura conjunta, en la que aporta sensores, fuegos terrestres y presencia
y recibe del resto de los Ejércitos el control del mar y del aire que la tierra
por sí sola no puede garantizar.
Vamos a recorrerlos uno a uno,
con la misma estructura, de modo que la comparación sea posible. Para cada
teatro examinaré la amenaza principal, el terreno, las fuerzas actualmente
desplegadas, las fuerzas que realmente se necesitan y el tiempo de respuesta
disponible. Cerraré cada uno con su síntesis, qué papel cumple en el conjunto y
cuál es la capacidad que hoy le falta.
2. Teatro del Estrecho: Ceuta y Melilla
La amenaza. El Estrecho es
el único teatro español donde existe un actor estatal con capacidad militar
creciente, frontera común y una reivindicación territorial explícita. Una
guerra acorazada convencional con Marruecos tiene muy baja probabilidad y
altísimo coste político, pero la planificación militar no descarta escenarios
por improbables, sino que los pondera y lo que sí es plausible es una panoplia
de coacción mucho más realista, con distintas variantes como: 1) Instrumentalización
de oleadas migratorias, como ocurrió en Ceuta en mayo de 2021, cuando más de
ocho mil personas cruzaron el perímetro en cuarenta y ocho horas; 2) golpe de
mano sobre un punto simbólico para forzar una negociación; 3) presión de zona
gris sostenida durante meses sin acto formal de guerra; y 4) por encima de
todo, la capacidad de negar el refuerzo.
Según fuentes abiertas, Rabat ha
incorporado lanzadores de cohetes de alta movilidad con munición de largo
alcance que cubre el Estrecho y la costa peninsular sur, sistemas de defensa
aérea de origen israelí en proceso de implantación y drones de combate
adquiridos mediante acuerdos de ensamblaje y un ecosistema industrial propio en
desarrollo, así que no necesita invadir nuestro territorio, sino que le basta
con hacer prohibitivamente costoso que España reaccione a tiempo a cualquiera
de los escenarios de coacción relacionados anteriormente.
El terreno. Aquí la
geografía es implacable. Ceuta tiene 18,5 kilómetros cuadrados y Melilla, 12,3.
Son espacios urbanos densos, sin profundidad operativa, con pendientes
pronunciadas y un perímetro fronterizo que funciona como línea defensiva
estática. La maniobra, en el sentido doctrinal del término, es casi un concepto
teórico. Como se expuso en el primer artículo de la serie, el problema del
carro pesado en este entorno no es tanto que no quepa físicamente en una calle,
sino que su relación coste-eficacia se desploma frente a alternativas más
ligeras, pues opera con restricciones severas en un viario estrecho y sobre
puentes urbanos de capacidad limitada y allí su valor táctico es marginal. No
repito ese argumento; lo doy por demostrado, pero conviene añadir un matiz
incómodo. El problema no se resuelve simplemente bajando de gama, porque
incluso nuestro vehículo de combate "medio" (el VCR “Dragón” en su
configuración IFV) ha engordado por encima de las treinta toneladas, perdiendo
la agilidad que los teatros extrapeninsulares exigen, y es que incluso nuestra
plataforma intermedia está diseñada para un escenario europeo que no es el de
Ceuta.
Las fuerzas actuales.
Ceuta y Melilla cuentan con sus respectivas Comandancias Generales, articuladas
en torno a agrupaciones de la Legión y los Grupos de Regulares, con apoyo de
artillería, ingenieros y un escuadrón de carros pesados en cada plaza. Esa
presencia acorazada es, en términos de la propia serie, un anacronismo
doctrinal. Los carros están allí porque la estructura teórica exige capacidad
acorazada en todo punto de la fuerza, no porque sean realmente útiles en ese
espacio, pero lo peor es lo que no está preposicionado en los enclaves, pues es
lo que de verdad decide estos escenarios.
Las fuerzas necesarias. El
concepto rector de este teatro no debe ser la maniobra (no se puede maniobrar),
sino la negación; hacer que tomar el enclave salga tan caro y tan lento que el
adversario no lo intente. La lección de Gaza y Nagorno-Karabaj es nítida. En el
combate urbano y compartimentado, la amenaza decisiva ya no es solo el dron de
cota media, sino el enjambre de drones FPV (First Person View), que
cuestan unos pocos cientos de euros de coste y atacan por impacto directo; así
como la munición merodeadora a nivel de pelotón. La respuesta no debería ser
más blindaje pasivo, sino un sistema completo, una cadena que vaya del sensor
al efecto: vigilancia y reconocimiento persistentes que detecten la
concentración enemiga, fuegos de precisión preposicionados y listos desde el
primer minuto, un mando y control capaz de cerrar el ciclo entre ambos en
minutos, no en horas y una capa de protección antidrón cinética y guerra
electrónica táctica en cada unidad de maniobra. A esa cadena hay que sumar un
blindado medio capaz de operar en el viario urbano, sin recurrir al carro
pesado.
Con todo, ninguna de esas piezas
terrestres basta por sí sola, porque la negación del Estrecho es inseparable
del control del mar que ejerce la Armada y de la superioridad aérea que aporta
el Ejército del Aire. La pieza terrestre es necesaria, pero no suficiente.
El tiempo de respuesta. Es
el factor decisivo y el más ignorado. Reforzar los enclaves desde la Península
con una unidad de cierta entidad requiere decisión política, movilización,
transporte a puerto, embarque y travesía. Como hipótesis de planeamiento, y
según el cálculo detallado en el primer artículo, hablamos del orden de tres a
cinco días desde la decisión hasta el despliegue efectivo y eso asumiendo que
la travesía del Estrecho es segura frente a la defensa aérea y los fuegos
antibuque del otro lado, que probablemente no lo será. Los hechos consumados,
en cambio, se producen en horas. El refuerzo pesado no es solo lento; es además
una señal de escalada que ningún Gobierno tomará a la ligera en las primeras
horas de una crisis. Ese desfase entre el tiempo del adversario y el tiempo
político español es el corazón del problema y merece un artículo propio, que será
el siguiente.
El Estrecho es el teatro
de la negación. Su papel es disuadir los hechos consumados y los escenarios
de coacción, pero la capacidad que hoy le falta es ser capaz de negarlos en
horas, no verse obligado a reforzar en días o perder las plazas.
3. Teatro Canarias
La amenaza. Canarias no se
enfrenta a una invasión terrestre clásica, sino a algo más sutil y difícil de
contrarrestar, como es la negación de acceso. La negación de acceso y
denegación de área, en jerga aliada A2/AD, consiste en impedir que una fuerza
entre en un espacio o se mueva dentro de él mediante fuegos de largo alcance y
sensores, sin necesidad de ocuparlo. Un archipiélago a más de mil kilómetros de
la Península depende por completo de sus líneas de comunicación marítimas y
aéreas, así que quien pueda amenazarlas controla el destino de las islas sin
poner un pie en ellas. A ello se suma la proximidad de un Sahel cada vez más
inestable y de las rutas migratorias atlánticas, que añaden una dimensión de
seguridad difusa pero persistente. El problema canario es, ante todo, aeronaval
con un componente terrestre; una cuestión abordada en el artículo sobre misiles
en tierra y control del mar.
El terreno. El
archipiélago está constituido a efectos terrestres por siete teatros menores.
Cada isla es un compartimento estanco, sin continuidad terrestre con las demás
y lo que se pierde en una no se recupera por tierra desde la vecina. El terreno
es volcánico y, en el interior y las cumbres, abrupto, con carreteras de curvas
cerradas, pendientes severas y puentes de un solo carril sobre barrancos que
penalizan al vehículo pesado. Las islas mayores, Tenerife, Gran Canaria,
Lanzarote y Fuerteventura son tan turísticas, urbanizadas y densas en población
como Baleares, con infraestructura portuaria y aeroportuaria de primer orden
que es a la vez activo logístico y objetivo a proteger, pero a diferencia de
Baleares la distancia respecto de la península es mucho mayor. La fuerza que
defiende Canarias debe ser ligera, transportable entre islas y capaz de operar
sin la red logística densa que un teatro continental da por descontada.
Las fuerzas actuales. El
Mando de Canarias dispone de la Brigada "Canarias" XVI, de carácter
ligero y de capacidades de artillería antiaérea. Es una fuerza pensada
esencialmente para la presencia y la defensa del territorio insular en términos
convencionales. Lo que apenas existe es justo lo que hace falta, baterías
antibuque costeras, defensa aérea con alcance suficiente y fuegos de precisión
que conviertan las aguas y el espacio aéreo circundantes en zona prohibitiva
para un adversario.
Las fuerzas necesarias. El
modelo de referencia no debería ser el centroeuropeo, sino el de las defensas
insulares que han asumido la lección de la negación de acceso. Y la lección más
potente, la que convierte a Canarias en un caso de manual, viene del mar Negro.
Ucrania, un país sin armada convencional, ha negado el control del mar a una
potencia naval combinando vehículos de superficie no tripulados, embarcaciones
autónomas cargadas de explosivo y misiles costeros de fabricación propia. Las
baterías antibuque desde tierra niegan la superficie, la defensa aérea y antimisil
integrada niega el cielo, la vigilancia marítima persistente alimenta a ambas
con blancos y una fuerza ligera capaz de moverse entre islas resuelve el
problema interno del sellado interinsular, esto es, la dificultad de reforzar
una isla desde otra en plena crisis. La pieza terrestre, de nuevo, aporta los
sensores y los fuegos desde tierra, así como la capacidad de combate ante un
eventual desembarco, pero lo más efectivo es negar esa capacidad de desembarco
a través de la negación efectiva del mar y del aire, que materializan la Armada
y el Ejército del Aire. El carro de combate ni es desplegable ni es decisivo en
este teatro.
El tiempo de respuesta. Si
en el Estrecho el problema temporal es grave, en Canarias es extremo. Mil
kilómetros de océano separan el archipiélago de cualquier refuerzo peninsular y
todo refuerzo depende de medios navales y aéreos que un adversario con
capacidad antiacceso puede batir o disuadir. La defensa de Canarias debería
poder sostenerse sola durante semanas antes de que llegue ayuda. Eso impone una
lógica de autosuficiencia y preposicionamiento de medios que la organización
actual, pensada para presencia más que para resistencia autónoma, no garantiza.
Canarias es el
teatro de la negación de acceso. Su papel es cerrar el mar y el aire a
un adversario lejano y la capacidad de la que hoy carece es la negación
marítima desde tierra integrada en una defensa conjunta.
4. Teatro Baleares
La amenaza. Baleares es el
teatro que estos análisis suelen olvidar y es un olvido revelador. Las islas no
afrontan una amenaza estatal directa comparable a la del Estrecho, pero su
valor estratégico es real y creciente. Quien controla Baleares domina las
líneas de comunicación marítimas del Mediterráneo occidental, el espacio por el
que discurren el tráfico mercante y militar, los cables submarinos de datos que
tocan tierra en el levante peninsular y las rutas de refuerzo aliado hacia el
flanco sur de la OTAN. La amenaza en este teatro es de naturaleza híbrida y de
posición, algo que tras el sabotaje del Nord Stream ya nadie puede ignorar, como
es la guerra del lecho marino, el sabotaje de cables y de conductos submarinos
como acto de coacción por debajo del umbral de la guerra. Baleares es el nodo
natural de vigilancia de esa infraestructura crítica en el Mediterráneo
occidental. No es una amenaza aguda hoy, pero es una vulnerabilidad estructural
que una doctrina seria no puede ignorar por el simple hecho de que las islas
estén lejos de la frontera con Marruecos.
El terreno. Las Baleares
comparten con Canarias la condición de territorio insular, civil y densamente
urbanizado, con un fuerte peso del turismo y una infraestructura portuaria y
aeroportuaria de primer orden. Están más próximas a la Península, en torno a
doscientos kilómetros y más integradas en el Mediterráneo occidental. Mallorca,
Menorca e Ibiza son islas civiles cuyo terreno no excluye la fuerza pesada por
imposibilidad física, como en los enclaves, sino por irrelevancia. No hay un
escenario plausible que la requiera.
Las fuerzas actuales. La
presencia militar terrestre en Baleares se ha reducido a lo largo de las
décadas hasta una guarnición ligera de entidad modesta, articulada en torno a
una unidad de infantería y capacidades de apoyo limitadas. Es una huella de
presencia, no una capacidad de defensa autónoma ni, mucho menos, de negación.
La capa de sensores, defensa aérea y protección de infraestructura crítica que
el teatro requiere es prácticamente inexistente.
Las fuerzas necesarias.
Baleares no necesita una brigada pesada ni una guarnición numerosa. Necesita
una capacidad de vigilancia e inteligencia que detecte la amenaza híbrida, así
como un nodo de defensa aérea que cubra el espacio insular y la protección de
la infraestructura portuaria, aeroportuaria y submarina. La protección de los
cables exige nombrar quién hace qué, porque hoy nadie lo tiene asignado con
claridad. La Armada es responsable de la columna de agua, de la vigilancia y la
respuesta en el medio marino; el Ejército de Tierra, de los sensores y la
defensa de los nodos costeros donde esa infraestructura toca tierra y la
coordinación entre ambos exige una arquitectura conjunta específica que no
existe. Hace falta, además, una fuerza ligera protegida, modesta pero real,
capaz de reaccionar y de servir de base de acogida al refuerzo aliado, lo que
en jerga OTAN se denomina apoyo de nación anfitriona, en una crisis
mediterránea. Es, en esencia, un teatro de sensores, fuegos defensivos y
resiliencia de infraestructura, no de maniobra. Su olvido recurrente en el
planeamiento es la mejor prueba de que pensamos el territorio como un todo
homogéneo en lugar de como teatros con exigencias propias.
El tiempo de respuesta. La
cercanía relativa a la Península mejora la ecuación frente a Canarias, pero no
la resuelve. Doscientos kilómetros siguen siendo mar y el refuerzo depende de
medios navales y aéreos sujetos a disputa en una crisis. El margen es mayor que
en el Estrecho o en Canarias, pero la lógica es la misma; la primera respuesta
debe estar en la isla, porque la segunda tardará.
Baleares es el
teatro de la vigilancia y la protección. Su papel es asegurar las
comunicaciones del Mediterráneo occidental y su infraestructura crítica. La
capacidad que hoy no tiene es casi toda la cadena: desde los sensores hasta la
protección conjunta del lecho marino.
5. Teatro Peninsular: Meseta y Ebro
La amenaza. La Península
es, paradójicamente, el teatro donde la maniobra acorazada clásica resulta
posible y donde la amenaza directa es menos probable. Ningún adversario
realista plantea una invasión terrestre convencional de la España peninsular;
la geografía, la pertenencia a la OTAN y la propia improbabilidad del escenario
lo descartan. La función estratégica de la Península es otra y además doble. Es
la base de generación de fuerza, movilización y sostenimiento de todos los
demás teatros y el origen de la contribución española a la defensa colectiva
aliada. La amenaza relevante no es una columna blindada cruzando la frontera,
sino la interrupción de esa función. Fuegos de largo alcance sobre
infraestructura crítica, ataques a la retaguardia y presión sobre la capacidad
de movilizar y proyectar. La Península es el corazón logístico; su
vulnerabilidad es la del corazón, no la de la línea de contacto.
El terreno. Aquí, donde
cabría esperar el escenario más favorable a la doctrina heredada, la realidad
es más matizada de lo que sugieren los manuales. La Meseta ofrece espacios
abiertos, sí, pero fragmentados por sierras transversales, ríos encajonados y
una red urbana que canaliza el movimiento. Aunque España dispone de ejes
principales perfectamente aptos para el tráfico militar más pesado, el problema
no es la incapacidad de la red, sino su canalización; fuera de esos grandes
ejes, la red secundaria, con calzadas que a menudo no llegan a los seis metros
y puentes de capacidad limitada, obliga al carro a rutas previsibles. La
maniobra acorazada es posible en la Península, pero no es el principio
organizador universal, sino un elemento condicionado.
Las fuerzas actuales. Aquí
se concentra el grueso del Ejército de Tierra, con sus grandes unidades, su
brigada mecanizada pesada, sus brigadas medias y ligeras y la mayor parte de la
artillería y la logística. Es donde residen los Leopard 2E, que constituyen una
capacidad valiosa y suficiente para la contribución aliada. El problema no es
que la Península tenga fuerza pesada, sino que esa fuerza está concebida como
el centro de gravedad de toda la defensa nacional, cuando su papel real es el
de base, reserva y aportación a la OTAN.
Las fuerzas necesarias. La
Península es el lugar natural de la fuerza acorazada pesada, concentrada y
plenamente dotada, no dispersa. Es el hogar de la brigada
mecanizada pesada, con Leopard 2E modernizados, una mejora que en esta
serie planteo como propuesta y no como hecho consumado, en su papel de reserva
estratégica y contribución al flanco Este. Pero también es el teatro que
sostiene a todos los demás, y por tanto el que necesita defensa aérea y
antimisil de su infraestructura crítica, profundidad logística y, sobre todo,
resiliencia. La capacidad de sostener combate y de seguir generando y
proyectando fuerza durante semanas y no días es de lo que actualmente se carece.
Esa cuestión, la de la munición, los repuestos y la sostenibilidad, merece su
propio análisis más adelante en la serie.
El tiempo de respuesta. En
la Península el problema temporal se invierte. No se trata de cuánto tarda el
refuerzo en llegar, sino de cuánto tarda la fuerza peninsular en proyectarse
hacia fuera, hacia los enclaves, las islas o el flanco aliado. Y esa proyección
choca con las mismas limitaciones de transporte marítimo y aéreo que hemos
visto en los demás teatros. La Península es el depósito, pero su valor depende
de la velocidad y la seguridad con que pueda vaciarse hacia donde se necesita.
La Península es el
teatro de la generación y el sostenimiento: su papel es nutrir y
proyectar a los demás teatros y la capacidad que hoy no tiene es profundidad
logística y agilidad de proyección.
6. Teatro Pirenaico
Este es el teatro más delicado de
analizar y conviene decir por qué. Durante siglos, el Pirineo fue la frontera
terrestre por excelencia de España y la doctrina histórica lo trató como tal.
Hoy, al otro lado de esa cordillera está Francia, aliado en la OTAN y socio en
la Unión Europea. La amenaza pirenaica no es, por tanto, una invasión francesa,
algo inimaginable actualmente. Pero que la frontera sea amistosa no significa
que el teatro carezca de relevancia militar, sino que su relevancia es de otra
naturaleza, la de un teatro de corredor y movilidad, no la de un frente con
amenaza simétrica. Tratarlo con rigor exige precisamente no confundir la
geografía con la hostilidad.
La amenaza. El valor del
Pirineo, en el marco aliado actual, es el de un corredor. Es el puente
terrestre que conecta a España con el continente y, en una contingencia OTAN,
la vía por la que fluiría el refuerzo aliado hacia la Península o por la que
España proyectaría su contribución hacia el flanco Este. Aquí enlaza con uno de
los proyectos estrella de la UE y de la OTAN, la Movilidad Militar, el esfuerzo
por agilizar el tránsito de fuerzas a través de Europa eliminando cuellos de
botella físicos y administrativos. El Pirineo es, en términos de ese debate, el
cuello de botella logístico del flanco sur. La amenaza no es que alguien cruce
el Pirineo contra España, sino que el corredor sea interrumpido, saturado o
inutilizado en el peor momento, por ataques de largo alcance, sabotaje o
presión sobre unas líneas de comunicación que dependen de un puñado de pasos,
túneles y enlaces ferroviarios. Comparte con el corredor de Suwałki, el angosto
paso terrestre que obsesiona a los planificadores en el flanco Este, la
condición de paso crítico y estrecho, pero su valor no es el de una brecha
defensiva frente a un enemigo, sino el de garantía de continuidad logística
aliada entre la Península y Europa.
El terreno. El Pirineo es
montaña y el combate en montaña nada tiene que ver con la maniobra acorazada en
terreno abierto. Pasos canalizados, valles encajonados, túneles, viaductos,
condiciones meteorológicas duras y una densidad de cruces transfronterizos
sorprendentemente baja para una frontera tan larga. El terreno favorece la
defensa, la negación de pasos y la infantería ligera especializada y penaliza
severamente al vehículo pesado. Quien quiera cerrar o abrir el corredor no lo
hará con carros; lo hará con ingenieros, fuegos de precisión y control de los
nudos de comunicación.
Las fuerzas actuales.
España conserva capacidad de combate en montaña, articulada en torno a la
Brigada "Aragón" I y a sus regimientos de cazadores de montaña, con
sede en el entorno pirenaico. Es una capacidad valiosa y con tradición, pero
que, como se señaló en el artículo sobre la brigada
polivalente, requiere consolidación y refuerzo doctrinal más que mera
presencia. La especialización en montaña existe parcialmente, pero falta
convertirla en el eje de un teatro pensado como tal.
Las fuerzas necesarias. La
clave del Pirineo es la ingeniería y el sostén logístico, porque ahí reside la
continuidad del corredor. Necesita una verdadera brigada de montaña, con
infantería ligera especializada y artillería capaz de operar en carreteras de
montaña; pero, sobre todo, necesita una potente capacidad de ingenieros y
zapadores de rutas, capaz tanto de negar pasos como de repararlos y mantenerlos
abiertos bajo presión, así como planes específicos de protección y
restablecimiento del flujo logístico transfronterizo. No necesita masa
acorazada pesada, sino la capacidad de asegurar que el puente terrestre con el
continente siga abierto cuando más importe. Tratarlo con delicadeza política no
significa desatenderlo; significa entender que su defensa es, hoy, una cuestión
de resiliencia de las comunicaciones aliadas más que de frontera disputada.
El tiempo de respuesta. El
reloj pirenaico es el más lento de los cinco y eso es bueno. Una contingencia
que afectara al corredor se desarrollaría en el marco de una crisis europea más
amplia, con plazos de días y semanas, no de horas. Eso da margen para la
movilización y el refuerzo. Pero el margen solo sirve si existe la capacidad
especializada que lo aproveche; un corredor vital defendido con fuerzas
genéricas mal adaptadas a la montaña desperdicia el tiempo que la geografía
regala.
El Pirineo es el
teatro de la continuidad logística. Su papel es mantener abierto el
enlace con el continente, pero carece de la capacidad de ingeniería de pasos y de
montaña a la altura del corredor.
7. Cinco teatros, una sola fuerza: el mapa del desajuste
Puestos los cinco análisis uno
junto a otro, el desajuste entre lo que cada teatro exige y lo que el Ejército
de Tierra organiza salta a la vista. Antes de la tabla, conviene fijar el dato
que la hace elocuente. Hoy, el grueso de la fuerza, incluidos los Leopard 2E y
la mayor parte de las brigadas, reside en la Península; los teatros del
Estrecho, Canarias y Baleares cuentan con presencia ligera o testimonial, y la
capacidad de montaña del Pirineo es parcial. La tabla siguiente, ordenada en
términos funcionales y no de plataformas, resume dónde está la brecha.
Una segunda lectura ayuda, la del
reloj. Si ordenamos los teatros por el tiempo de respuesta disponible, el orden
de urgencia se invierte respecto a donde está hoy la masa de la fuerza.
El patrón es difícil de ignorar.
Los teatros con menor margen temporal y mayor probabilidad de crisis, el
Estrecho y Canarias, son precisamente los que cuentan con menos capacidad
adaptada. El teatro con mayor margen y menor probabilidad de amenaza directa,
la Península, concentra la mayor parte de la fuerza y además una fuerza pesada
concebida para una guerra que en territorio nacional no se dará. La inversión se
concentra donde es cómoda, no donde es decisiva.
8. Por qué una sola doctrina no sirve
Llegados aquí, la conclusión
analítica se impone. Si los cinco teatros exigen funciones, conceptos de empleo
y relojes distintos, defenderlos con una doctrina única y unas unidades-tipo
replicables no es eficiencia, sino una renuncia a la eficacia.
No es que la brigada polivalente
cuando se concibió fuera un capricho. Como reconocí en el tercer
artículo de la serie, la polivalencia fue una respuesta racional a unas
restricciones presupuestarias reales y a dos décadas de compromisos
expedicionarios de baja intensidad, del Líbano a Afganistán, donde lo que se
pedía era estar presente, no combatir al máximo nivel. El problema no es que
esa lógica fuera absurda en su momento, sino que, aplicada al territorio
nacional y a las amenazas actuales, genera desajustes críticos.
La doctrina heredada, que el segundo
artículo de esta serie diseccionó, importó de Fulda el supuesto de que
existe un modo dominante de combate terrestre, la maniobra acorazada, y de que
basta organizar la fuerza en torno a él para estar preparado en cualquier punto
del territorio. Ese supuesto es falso para España. El modo que decide en el
Estrecho, la negación, no es el que decide en el Pirineo, la denegación de
pasos en montaña, ni el que decide en Canarias, el control del espacio aéreo y
marítimo. No hay un centro de gravedad común porque no hay un teatro común. Y
hay un escalón más profundo en el problema; ninguno de estos teatros se
resuelve solo desde tierra, de modo que lo que falta no es únicamente una
doctrina terrestre por teatro, sino un diseño conjunto por teatro que articule
tierra, mar, aire, espacio e información.
De esa premisa nace, por
encadenamiento, el error organizativo. La brigada polivalente es la respuesta
natural a la idea del teatro único; si todo el territorio es un mismo problema,
una brigada genérica que sirva razonablemente en todas partes parece sensata.
Pero en cuanto se acepta que hay cinco teatros incompatibles, la polivalencia
revela su límite. La unidad que vale un poco para todo no rinde lo suficiente
en ninguno y desde luego no en el teatro donde el reloj corre en horas. El
"plan único de defensa nacional", como abstracción, comparte el mismo
vicio; promedia exigencias que no admiten promedio y el promedio no defiende
ningún teatro concreto. Cuánta capacidad antidrón corresponde a
"España" es una pregunta sin respuesta útil, porque la respuesta
correcta es distinta para Ceuta, para Canarias y para la Meseta.
La alternativa no es multiplicar
el presupuesto, sino reordenar el pensamiento y hacerlo entre actores que hoy
trabajan demasiado compartimentados. Cada uno tiene su papel en la secuencia.
El Estado Mayor de la Defensa (EMAD) define las prioridades conjuntas por
teatro, el Mando de Adiestramiento y Doctrina (MADOC) las traduce en doctrina,
la Dirección General de Armamento (DGAM) las transforma en programa de material
y el Mando de Operaciones valida el empleo en el planeamiento real. El segundo
artículo reclamaba un Libro Blanco de Defensa Terrestre que obligara a
responder a estas preguntas con rigor y el mapa de los cinco teatros es el
esqueleto sobre el que ese Libro Blanco debería construirse. Primero la
geografía y la amenaza, después la doctrina conjunta de cada teatro y solo al
final el material que esa doctrina exige. El orden inverso, que es el que
seguimos, explica por qué compramos carros para guerras que no libraremos
mientras desatendemos los escenarios donde podemos perder las guerras.
9. Conclusión: el territorio no es homogéneo, y la defensa tampoco
puede serlo
España no tiene un frente. Tiene
un enclave donde el reloj corre en horas, un archipiélago aislado a mil
kilómetros, otro archipiélago olvidado pero estratégico, una base peninsular
que sostiene a todos los demás y un corredor montañoso del que depende su
enlace con el continente. Cinco teatros, cinco funciones y cinco relojes. Una
sola doctrina y una fuerza-tipo no pueden servir a los cinco, igual que un solo
traje no puede vestir a cinco personas de tallas distintas. Seguir planificando
como si el territorio fuera homogéneo no es una simplificación inofensiva, sino
asumir un riesgo operativo evitable.
La buena noticia es que reconocer
la fragmentación no obliga a gastar más, sino a gastar mejor y se traduce en
tres derivadas concretas. Primera, preposicionar capacidades de negación donde
el tiempo no perdona, en el Estrecho y en Canarias, porque la fuerza que llega
tarde no disuade. Segunda, concentrar la fuerza pesada donde de verdad
aporta valor estratégico, en la Península y para la OTAN, en lugar de
dispersarla en guarniciones donde no puede maniobrar. Tercera, construir paquetes
de teatro conjuntos, con sensores, defensa aérea, antidrón, ingenieros y
fuegos adecuados a cada caso, en vez de replicar la misma brigada genérica en
escenarios incompatibles. El material habilitador concreto, el blindado medio
para los enclaves, la artillería sobre ruedas para las islas, el vehículo
intermedio para la fuerza ligera, se desarrolla en los artículos satélite de
esta serie; aquí basta con haber dibujado el mapa doctrinal que lo justifica. Y
cómo se organiza institucionalmente esa transformación, mediante mandos de
teatro, es materia de un artículo posterior.
De los cinco teatros, hay uno
donde la inadecuación es más grave, el reloj más implacable y la apuesta más
alta: el Estrecho. Se ha demostrado que Ceuta y Melilla pertenecen a un teatro
propio, con una lógica de negación que la fuerza actual no encarna. En el
próximo artículo se bajará del mapa al terreno y se entrará en ese teatro hora
a hora. La secuencia que conviene tener en mente es la de cualquier hecho
consumado. En las primeras seis horas, la disputa del control del perímetro;
entre las seis y las veinticuatro, la ventana en que el refuerzo todavía sería
posible y por qué probablemente no llegue; y entre las veinticuatro y las
setenta y dos, la consolidación del hecho sobre el terreno. Y también qué
decisiones tendría que tomar el Gobierno, con qué reloj en contra y qué fuerzas
distintas de las que hoy tenemos cambiarían de verdad el cálculo del
adversario. Porque los enclaves no se pierden por falta de carros. Se pierden
por incapacidad de negar, a tiempo, el control a quien lo intenta.
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