viernes, 5 de junio de 2026

España no tiene un frente: tiene cinco teatros distintos

Cuarto artículo de la serie "Defender España sin fantasías"

 

INTRODUCCIÓN

En los artículos anteriores de esta serie se ha discutido el material y la mentalidad. Primero, que España no necesita el Leopard 2A8 ni el MGCS, porque compra sistemas pensados para una guerra que no va a librar. Después, tal y como se indicó en el artículo desmontando la doctrina acorazada española, que la doctrina acorazada del Ejército de Tierra piensa como Alemania sin serlo, importando un marco intelectual diseñado para el corredor de Fulda. En el tercero argumenté que la brigada polivalente reparte la mediocridad de forma uniforme en lugar de concentrar eficacia donde importa.

Cinco teatros, cinco relojes y una sola fuerza. El color indica el tiempo de respuesta de cada teatro; los iconos, dónde reside hoy la fuerza. La urgencia y la masa están invertidas. Imagen conceptual generada con asistencia de IA. Elaboración propia. No es una representación cartográfica de precisión

Todos esos argumentos descansan sobre una misma premisa, que hasta ahora se ha dado por sentada. Hoy toca enunciarla y demostrarla. España no tiene un frente; tiene cinco teatros distintos y defenderlos como si fueran uno solo es un error conceptual con consecuencias operativas graves.

 

1. La ficción del "teatro único"

Existe en el planeamiento español una abstracción tan cómoda como engañosa, la del "territorio nacional" como espacio homogéneo. La expresión figura en discursos, en documentos y en la lógica implícita de la organización de la fuerza. Sugiere una superficie continua que se defiende con una doctrina, unas unidades tipo y un plan. Es una inercia de planeamiento útil para la burocracia y costosa para la estrategia.

La geografía de la mayoría de nuestros aliados continentales avala esa abstracción. Alemania, Polonia o Francia disponen de un teatro terrestre continuo, con fronteras vulnerables que son terrestres, espacios de maniobra conectados y líneas de comunicación interior que permiten redistribuir fuerzas por carretera o ferrocarril sin saltar de medio. Para ellos, una doctrina uniforme tiene sentido porque el espacio lo es. La fuerza que defiende la frontera oriental puede reforzar la meridional por tierra firme, en horas, sin embarcar nada.

España no funciona así. Su defensa terrestre está repartida entre enclaves norteafricanos, dos archipiélagos separados por más de mil kilómetros, una península de orografía endiablada y una cordillera fronteriza. Entre Melilla y Las Palmas no hay continuidad; hay mar, espacio aéreo disputable y horas de travesía. Mover una unidad de un teatro a otro no es una maniobra terrestre, es una operación de proyección que depende de buques y aviones que un adversario competente puede negar. Lo que en Centroeuropa es un desplazamiento administrativo, aquí es una decisión estratégica con riesgo asociado.

En este artículo “teatro” no significa sector de combate ni frente; significa una combinación particular de amenaza, accesibilidad y función estratégica. Dos espacios pertenecen a teatros distintos cuando difieren de forma sustancial en cuatro variables. La amenaza plausible, es decir, qué actor puede hacer qué daño y con qué probabilidad. La accesibilidad, con qué medio y en qué plazo puede reforzarse. La dependencia de apoyos conjuntos o cuánto pesa el control del mar, del aire y de la información en su defensa. Y la función dentro del diseño nacional, porque no todos los teatros tienen el mismo papel. Bajo ese criterio, España no tiene un teatro con cinco regiones; tiene cinco teatros que comparten bandera.

No todos los cinco son teatros operativos en el mismo sentido. El Estrecho, Canarias y Baleares son teatros donde se combate o se disuade directamente. El Pirineo es, más que un frente, un corredor. La Península, en cambio, funciona sobre todo como base de generación de fuerza y plataforma de proyección hacia los demás. Mantengo los cinco porque cada uno impone exigencias propias, pero conviene no confundir el teatro donde el reloj corre en horas con el que sostiene a todos los demás.

Ninguno de estos teatros se defiende solo por la vía terrestre. El control del Estrecho, de las aguas canarias o del Mediterráneo balear depende del mar, del aire y de la información tanto o más que de la tierra. La fragmentación geográfica de España no solo invalida una doctrina terrestre única; invalida cualquier diseño que no sea conjunto desde su origen. El Ejército de Tierra no debe aspirar a defender estos teatros en solitario, sino a integrarse como un nodo dentro de una arquitectura conjunta, en la que aporta sensores, fuegos terrestres y presencia y recibe del resto de los Ejércitos el control del mar y del aire que la tierra por sí sola no puede garantizar.

Vamos a recorrerlos uno a uno, con la misma estructura, de modo que la comparación sea posible. Para cada teatro examinaré la amenaza principal, el terreno, las fuerzas actualmente desplegadas, las fuerzas que realmente se necesitan y el tiempo de respuesta disponible. Cerraré cada uno con su síntesis, qué papel cumple en el conjunto y cuál es la capacidad que hoy le falta.

 

2. Teatro del Estrecho: Ceuta y Melilla

La amenaza. El Estrecho es el único teatro español donde existe un actor estatal con capacidad militar creciente, frontera común y una reivindicación territorial explícita. Una guerra acorazada convencional con Marruecos tiene muy baja probabilidad y altísimo coste político, pero la planificación militar no descarta escenarios por improbables, sino que los pondera y lo que sí es plausible es una panoplia de coacción mucho más realista, con distintas variantes como: 1) Instrumentalización de oleadas migratorias, como ocurrió en Ceuta en mayo de 2021, cuando más de ocho mil personas cruzaron el perímetro en cuarenta y ocho horas; 2) golpe de mano sobre un punto simbólico para forzar una negociación; 3) presión de zona gris sostenida durante meses sin acto formal de guerra; y 4) por encima de todo, la capacidad de negar el refuerzo.

Según fuentes abiertas, Rabat ha incorporado lanzadores de cohetes de alta movilidad con munición de largo alcance que cubre el Estrecho y la costa peninsular sur, sistemas de defensa aérea de origen israelí en proceso de implantación y drones de combate adquiridos mediante acuerdos de ensamblaje y un ecosistema industrial propio en desarrollo, así que no necesita invadir nuestro territorio, sino que le basta con hacer prohibitivamente costoso que España reaccione a tiempo a cualquiera de los escenarios de coacción relacionados anteriormente.

El terreno. Aquí la geografía es implacable. Ceuta tiene 18,5 kilómetros cuadrados y Melilla, 12,3. Son espacios urbanos densos, sin profundidad operativa, con pendientes pronunciadas y un perímetro fronterizo que funciona como línea defensiva estática. La maniobra, en el sentido doctrinal del término, es casi un concepto teórico. Como se expuso en el primer artículo de la serie, el problema del carro pesado en este entorno no es tanto que no quepa físicamente en una calle, sino que su relación coste-eficacia se desploma frente a alternativas más ligeras, pues opera con restricciones severas en un viario estrecho y sobre puentes urbanos de capacidad limitada y allí su valor táctico es marginal. No repito ese argumento; lo doy por demostrado, pero conviene añadir un matiz incómodo. El problema no se resuelve simplemente bajando de gama, porque incluso nuestro vehículo de combate "medio" (el VCR “Dragón” en su configuración IFV) ha engordado por encima de las treinta toneladas, perdiendo la agilidad que los teatros extrapeninsulares exigen, y es que incluso nuestra plataforma intermedia está diseñada para un escenario europeo que no es el de Ceuta.

Las fuerzas actuales. Ceuta y Melilla cuentan con sus respectivas Comandancias Generales, articuladas en torno a agrupaciones de la Legión y los Grupos de Regulares, con apoyo de artillería, ingenieros y un escuadrón de carros pesados en cada plaza. Esa presencia acorazada es, en términos de la propia serie, un anacronismo doctrinal. Los carros están allí porque la estructura teórica exige capacidad acorazada en todo punto de la fuerza, no porque sean realmente útiles en ese espacio, pero lo peor es lo que no está preposicionado en los enclaves, pues es lo que de verdad decide estos escenarios.

Las fuerzas necesarias. El concepto rector de este teatro no debe ser la maniobra (no se puede maniobrar), sino la negación; hacer que tomar el enclave salga tan caro y tan lento que el adversario no lo intente. La lección de Gaza y Nagorno-Karabaj es nítida. En el combate urbano y compartimentado, la amenaza decisiva ya no es solo el dron de cota media, sino el enjambre de drones FPV (First Person View), que cuestan unos pocos cientos de euros de coste y atacan por impacto directo; así como la munición merodeadora a nivel de pelotón. La respuesta no debería ser más blindaje pasivo, sino un sistema completo, una cadena que vaya del sensor al efecto: vigilancia y reconocimiento persistentes que detecten la concentración enemiga, fuegos de precisión preposicionados y listos desde el primer minuto, un mando y control capaz de cerrar el ciclo entre ambos en minutos, no en horas y una capa de protección antidrón cinética y guerra electrónica táctica en cada unidad de maniobra. A esa cadena hay que sumar un blindado medio capaz de operar en el viario urbano, sin recurrir al carro pesado.

Con todo, ninguna de esas piezas terrestres basta por sí sola, porque la negación del Estrecho es inseparable del control del mar que ejerce la Armada y de la superioridad aérea que aporta el Ejército del Aire. La pieza terrestre es necesaria, pero no suficiente.

El tiempo de respuesta. Es el factor decisivo y el más ignorado. Reforzar los enclaves desde la Península con una unidad de cierta entidad requiere decisión política, movilización, transporte a puerto, embarque y travesía. Como hipótesis de planeamiento, y según el cálculo detallado en el primer artículo, hablamos del orden de tres a cinco días desde la decisión hasta el despliegue efectivo y eso asumiendo que la travesía del Estrecho es segura frente a la defensa aérea y los fuegos antibuque del otro lado, que probablemente no lo será. Los hechos consumados, en cambio, se producen en horas. El refuerzo pesado no es solo lento; es además una señal de escalada que ningún Gobierno tomará a la ligera en las primeras horas de una crisis. Ese desfase entre el tiempo del adversario y el tiempo político español es el corazón del problema y merece un artículo propio, que será el siguiente.

 

El Estrecho es el teatro de la negación. Su papel es disuadir los hechos consumados y los escenarios de coacción, pero la capacidad que hoy le falta es ser capaz de negarlos en horas, no verse obligado a reforzar en días o perder las plazas.

 

3. Teatro Canarias

La amenaza. Canarias no se enfrenta a una invasión terrestre clásica, sino a algo más sutil y difícil de contrarrestar, como es la negación de acceso. La negación de acceso y denegación de área, en jerga aliada A2/AD, consiste en impedir que una fuerza entre en un espacio o se mueva dentro de él mediante fuegos de largo alcance y sensores, sin necesidad de ocuparlo. Un archipiélago a más de mil kilómetros de la Península depende por completo de sus líneas de comunicación marítimas y aéreas, así que quien pueda amenazarlas controla el destino de las islas sin poner un pie en ellas. A ello se suma la proximidad de un Sahel cada vez más inestable y de las rutas migratorias atlánticas, que añaden una dimensión de seguridad difusa pero persistente. El problema canario es, ante todo, aeronaval con un componente terrestre; una cuestión abordada en el artículo sobre misiles en tierra y control del mar.

El terreno. El archipiélago está constituido a efectos terrestres por siete teatros menores. Cada isla es un compartimento estanco, sin continuidad terrestre con las demás y lo que se pierde en una no se recupera por tierra desde la vecina. El terreno es volcánico y, en el interior y las cumbres, abrupto, con carreteras de curvas cerradas, pendientes severas y puentes de un solo carril sobre barrancos que penalizan al vehículo pesado. Las islas mayores, Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura son tan turísticas, urbanizadas y densas en población como Baleares, con infraestructura portuaria y aeroportuaria de primer orden que es a la vez activo logístico y objetivo a proteger, pero a diferencia de Baleares la distancia respecto de la península es mucho mayor. La fuerza que defiende Canarias debe ser ligera, transportable entre islas y capaz de operar sin la red logística densa que un teatro continental da por descontada.

Las fuerzas actuales. El Mando de Canarias dispone de la Brigada "Canarias" XVI, de carácter ligero y de capacidades de artillería antiaérea. Es una fuerza pensada esencialmente para la presencia y la defensa del territorio insular en términos convencionales. Lo que apenas existe es justo lo que hace falta, baterías antibuque costeras, defensa aérea con alcance suficiente y fuegos de precisión que conviertan las aguas y el espacio aéreo circundantes en zona prohibitiva para un adversario.

Las fuerzas necesarias. El modelo de referencia no debería ser el centroeuropeo, sino el de las defensas insulares que han asumido la lección de la negación de acceso. Y la lección más potente, la que convierte a Canarias en un caso de manual, viene del mar Negro. Ucrania, un país sin armada convencional, ha negado el control del mar a una potencia naval combinando vehículos de superficie no tripulados, embarcaciones autónomas cargadas de explosivo y misiles costeros de fabricación propia. Las baterías antibuque desde tierra niegan la superficie, la defensa aérea y antimisil integrada niega el cielo, la vigilancia marítima persistente alimenta a ambas con blancos y una fuerza ligera capaz de moverse entre islas resuelve el problema interno del sellado interinsular, esto es, la dificultad de reforzar una isla desde otra en plena crisis. La pieza terrestre, de nuevo, aporta los sensores y los fuegos desde tierra, así como la capacidad de combate ante un eventual desembarco, pero lo más efectivo es negar esa capacidad de desembarco a través de la negación efectiva del mar y del aire, que materializan la Armada y el Ejército del Aire. El carro de combate ni es desplegable ni es decisivo en este teatro.

El tiempo de respuesta. Si en el Estrecho el problema temporal es grave, en Canarias es extremo. Mil kilómetros de océano separan el archipiélago de cualquier refuerzo peninsular y todo refuerzo depende de medios navales y aéreos que un adversario con capacidad antiacceso puede batir o disuadir. La defensa de Canarias debería poder sostenerse sola durante semanas antes de que llegue ayuda. Eso impone una lógica de autosuficiencia y preposicionamiento de medios que la organización actual, pensada para presencia más que para resistencia autónoma, no garantiza.

 

Canarias es el teatro de la negación de acceso. Su papel es cerrar el mar y el aire a un adversario lejano y la capacidad de la que hoy carece es la negación marítima desde tierra integrada en una defensa conjunta.

 

4. Teatro Baleares

La amenaza. Baleares es el teatro que estos análisis suelen olvidar y es un olvido revelador. Las islas no afrontan una amenaza estatal directa comparable a la del Estrecho, pero su valor estratégico es real y creciente. Quien controla Baleares domina las líneas de comunicación marítimas del Mediterráneo occidental, el espacio por el que discurren el tráfico mercante y militar, los cables submarinos de datos que tocan tierra en el levante peninsular y las rutas de refuerzo aliado hacia el flanco sur de la OTAN. La amenaza en este teatro es de naturaleza híbrida y de posición, algo que tras el sabotaje del Nord Stream ya nadie puede ignorar, como es la guerra del lecho marino, el sabotaje de cables y de conductos submarinos como acto de coacción por debajo del umbral de la guerra. Baleares es el nodo natural de vigilancia de esa infraestructura crítica en el Mediterráneo occidental. No es una amenaza aguda hoy, pero es una vulnerabilidad estructural que una doctrina seria no puede ignorar por el simple hecho de que las islas estén lejos de la frontera con Marruecos.

El terreno. Las Baleares comparten con Canarias la condición de territorio insular, civil y densamente urbanizado, con un fuerte peso del turismo y una infraestructura portuaria y aeroportuaria de primer orden. Están más próximas a la Península, en torno a doscientos kilómetros y más integradas en el Mediterráneo occidental. Mallorca, Menorca e Ibiza son islas civiles cuyo terreno no excluye la fuerza pesada por imposibilidad física, como en los enclaves, sino por irrelevancia. No hay un escenario plausible que la requiera.

Las fuerzas actuales. La presencia militar terrestre en Baleares se ha reducido a lo largo de las décadas hasta una guarnición ligera de entidad modesta, articulada en torno a una unidad de infantería y capacidades de apoyo limitadas. Es una huella de presencia, no una capacidad de defensa autónoma ni, mucho menos, de negación. La capa de sensores, defensa aérea y protección de infraestructura crítica que el teatro requiere es prácticamente inexistente.

Las fuerzas necesarias. Baleares no necesita una brigada pesada ni una guarnición numerosa. Necesita una capacidad de vigilancia e inteligencia que detecte la amenaza híbrida, así como un nodo de defensa aérea que cubra el espacio insular y la protección de la infraestructura portuaria, aeroportuaria y submarina. La protección de los cables exige nombrar quién hace qué, porque hoy nadie lo tiene asignado con claridad. La Armada es responsable de la columna de agua, de la vigilancia y la respuesta en el medio marino; el Ejército de Tierra, de los sensores y la defensa de los nodos costeros donde esa infraestructura toca tierra y la coordinación entre ambos exige una arquitectura conjunta específica que no existe. Hace falta, además, una fuerza ligera protegida, modesta pero real, capaz de reaccionar y de servir de base de acogida al refuerzo aliado, lo que en jerga OTAN se denomina apoyo de nación anfitriona, en una crisis mediterránea. Es, en esencia, un teatro de sensores, fuegos defensivos y resiliencia de infraestructura, no de maniobra. Su olvido recurrente en el planeamiento es la mejor prueba de que pensamos el territorio como un todo homogéneo en lugar de como teatros con exigencias propias.

El tiempo de respuesta. La cercanía relativa a la Península mejora la ecuación frente a Canarias, pero no la resuelve. Doscientos kilómetros siguen siendo mar y el refuerzo depende de medios navales y aéreos sujetos a disputa en una crisis. El margen es mayor que en el Estrecho o en Canarias, pero la lógica es la misma; la primera respuesta debe estar en la isla, porque la segunda tardará.

 

Baleares es el teatro de la vigilancia y la protección. Su papel es asegurar las comunicaciones del Mediterráneo occidental y su infraestructura crítica. La capacidad que hoy no tiene es casi toda la cadena: desde los sensores hasta la protección conjunta del lecho marino.

 

5. Teatro Peninsular: Meseta y Ebro

La amenaza. La Península es, paradójicamente, el teatro donde la maniobra acorazada clásica resulta posible y donde la amenaza directa es menos probable. Ningún adversario realista plantea una invasión terrestre convencional de la España peninsular; la geografía, la pertenencia a la OTAN y la propia improbabilidad del escenario lo descartan. La función estratégica de la Península es otra y además doble. Es la base de generación de fuerza, movilización y sostenimiento de todos los demás teatros y el origen de la contribución española a la defensa colectiva aliada. La amenaza relevante no es una columna blindada cruzando la frontera, sino la interrupción de esa función. Fuegos de largo alcance sobre infraestructura crítica, ataques a la retaguardia y presión sobre la capacidad de movilizar y proyectar. La Península es el corazón logístico; su vulnerabilidad es la del corazón, no la de la línea de contacto.

El terreno. Aquí, donde cabría esperar el escenario más favorable a la doctrina heredada, la realidad es más matizada de lo que sugieren los manuales. La Meseta ofrece espacios abiertos, sí, pero fragmentados por sierras transversales, ríos encajonados y una red urbana que canaliza el movimiento. Aunque España dispone de ejes principales perfectamente aptos para el tráfico militar más pesado, el problema no es la incapacidad de la red, sino su canalización; fuera de esos grandes ejes, la red secundaria, con calzadas que a menudo no llegan a los seis metros y puentes de capacidad limitada, obliga al carro a rutas previsibles. La maniobra acorazada es posible en la Península, pero no es el principio organizador universal, sino un elemento condicionado.

Las fuerzas actuales. Aquí se concentra el grueso del Ejército de Tierra, con sus grandes unidades, su brigada mecanizada pesada, sus brigadas medias y ligeras y la mayor parte de la artillería y la logística. Es donde residen los Leopard 2E, que constituyen una capacidad valiosa y suficiente para la contribución aliada. El problema no es que la Península tenga fuerza pesada, sino que esa fuerza está concebida como el centro de gravedad de toda la defensa nacional, cuando su papel real es el de base, reserva y aportación a la OTAN.

Las fuerzas necesarias. La Península es el lugar natural de la fuerza acorazada pesada, concentrada y plenamente dotada, no dispersa. Es el hogar de la brigada mecanizada pesada, con Leopard 2E modernizados, una mejora que en esta serie planteo como propuesta y no como hecho consumado, en su papel de reserva estratégica y contribución al flanco Este. Pero también es el teatro que sostiene a todos los demás, y por tanto el que necesita defensa aérea y antimisil de su infraestructura crítica, profundidad logística y, sobre todo, resiliencia. La capacidad de sostener combate y de seguir generando y proyectando fuerza durante semanas y no días es de lo que actualmente se carece. Esa cuestión, la de la munición, los repuestos y la sostenibilidad, merece su propio análisis más adelante en la serie.

El tiempo de respuesta. En la Península el problema temporal se invierte. No se trata de cuánto tarda el refuerzo en llegar, sino de cuánto tarda la fuerza peninsular en proyectarse hacia fuera, hacia los enclaves, las islas o el flanco aliado. Y esa proyección choca con las mismas limitaciones de transporte marítimo y aéreo que hemos visto en los demás teatros. La Península es el depósito, pero su valor depende de la velocidad y la seguridad con que pueda vaciarse hacia donde se necesita.

 

La Península es el teatro de la generación y el sostenimiento: su papel es nutrir y proyectar a los demás teatros y la capacidad que hoy no tiene es profundidad logística y agilidad de proyección.

 

6. Teatro Pirenaico

Este es el teatro más delicado de analizar y conviene decir por qué. Durante siglos, el Pirineo fue la frontera terrestre por excelencia de España y la doctrina histórica lo trató como tal. Hoy, al otro lado de esa cordillera está Francia, aliado en la OTAN y socio en la Unión Europea. La amenaza pirenaica no es, por tanto, una invasión francesa, algo inimaginable actualmente. Pero que la frontera sea amistosa no significa que el teatro carezca de relevancia militar, sino que su relevancia es de otra naturaleza, la de un teatro de corredor y movilidad, no la de un frente con amenaza simétrica. Tratarlo con rigor exige precisamente no confundir la geografía con la hostilidad.

La amenaza. El valor del Pirineo, en el marco aliado actual, es el de un corredor. Es el puente terrestre que conecta a España con el continente y, en una contingencia OTAN, la vía por la que fluiría el refuerzo aliado hacia la Península o por la que España proyectaría su contribución hacia el flanco Este. Aquí enlaza con uno de los proyectos estrella de la UE y de la OTAN, la Movilidad Militar, el esfuerzo por agilizar el tránsito de fuerzas a través de Europa eliminando cuellos de botella físicos y administrativos. El Pirineo es, en términos de ese debate, el cuello de botella logístico del flanco sur. La amenaza no es que alguien cruce el Pirineo contra España, sino que el corredor sea interrumpido, saturado o inutilizado en el peor momento, por ataques de largo alcance, sabotaje o presión sobre unas líneas de comunicación que dependen de un puñado de pasos, túneles y enlaces ferroviarios. Comparte con el corredor de Suwałki, el angosto paso terrestre que obsesiona a los planificadores en el flanco Este, la condición de paso crítico y estrecho, pero su valor no es el de una brecha defensiva frente a un enemigo, sino el de garantía de continuidad logística aliada entre la Península y Europa.

El terreno. El Pirineo es montaña y el combate en montaña nada tiene que ver con la maniobra acorazada en terreno abierto. Pasos canalizados, valles encajonados, túneles, viaductos, condiciones meteorológicas duras y una densidad de cruces transfronterizos sorprendentemente baja para una frontera tan larga. El terreno favorece la defensa, la negación de pasos y la infantería ligera especializada y penaliza severamente al vehículo pesado. Quien quiera cerrar o abrir el corredor no lo hará con carros; lo hará con ingenieros, fuegos de precisión y control de los nudos de comunicación.

Las fuerzas actuales. España conserva capacidad de combate en montaña, articulada en torno a la Brigada "Aragón" I y a sus regimientos de cazadores de montaña, con sede en el entorno pirenaico. Es una capacidad valiosa y con tradición, pero que, como se señaló en el artículo sobre la brigada polivalente, requiere consolidación y refuerzo doctrinal más que mera presencia. La especialización en montaña existe parcialmente, pero falta convertirla en el eje de un teatro pensado como tal.

Las fuerzas necesarias. La clave del Pirineo es la ingeniería y el sostén logístico, porque ahí reside la continuidad del corredor. Necesita una verdadera brigada de montaña, con infantería ligera especializada y artillería capaz de operar en carreteras de montaña; pero, sobre todo, necesita una potente capacidad de ingenieros y zapadores de rutas, capaz tanto de negar pasos como de repararlos y mantenerlos abiertos bajo presión, así como planes específicos de protección y restablecimiento del flujo logístico transfronterizo. No necesita masa acorazada pesada, sino la capacidad de asegurar que el puente terrestre con el continente siga abierto cuando más importe. Tratarlo con delicadeza política no significa desatenderlo; significa entender que su defensa es, hoy, una cuestión de resiliencia de las comunicaciones aliadas más que de frontera disputada.

El tiempo de respuesta. El reloj pirenaico es el más lento de los cinco y eso es bueno. Una contingencia que afectara al corredor se desarrollaría en el marco de una crisis europea más amplia, con plazos de días y semanas, no de horas. Eso da margen para la movilización y el refuerzo. Pero el margen solo sirve si existe la capacidad especializada que lo aproveche; un corredor vital defendido con fuerzas genéricas mal adaptadas a la montaña desperdicia el tiempo que la geografía regala.

 

El Pirineo es el teatro de la continuidad logística. Su papel es mantener abierto el enlace con el continente, pero carece de la capacidad de ingeniería de pasos y de montaña a la altura del corredor.

 

7. Cinco teatros, una sola fuerza: el mapa del desajuste

Puestos los cinco análisis uno junto a otro, el desajuste entre lo que cada teatro exige y lo que el Ejército de Tierra organiza salta a la vista. Antes de la tabla, conviene fijar el dato que la hace elocuente. Hoy, el grueso de la fuerza, incluidos los Leopard 2E y la mayor parte de las brigadas, reside en la Península; los teatros del Estrecho, Canarias y Baleares cuentan con presencia ligera o testimonial, y la capacidad de montaña del Pirineo es parcial. La tabla siguiente, ordenada en términos funcionales y no de plataformas, resume dónde está la brecha.

Una segunda lectura ayuda, la del reloj. Si ordenamos los teatros por el tiempo de respuesta disponible, el orden de urgencia se invierte respecto a donde está hoy la masa de la fuerza.

El patrón es difícil de ignorar. Los teatros con menor margen temporal y mayor probabilidad de crisis, el Estrecho y Canarias, son precisamente los que cuentan con menos capacidad adaptada. El teatro con mayor margen y menor probabilidad de amenaza directa, la Península, concentra la mayor parte de la fuerza y además una fuerza pesada concebida para una guerra que en territorio nacional no se dará. La inversión se concentra donde es cómoda, no donde es decisiva.

 

8. Por qué una sola doctrina no sirve

Llegados aquí, la conclusión analítica se impone. Si los cinco teatros exigen funciones, conceptos de empleo y relojes distintos, defenderlos con una doctrina única y unas unidades-tipo replicables no es eficiencia, sino una renuncia a la eficacia.

No es que la brigada polivalente cuando se concibió fuera un capricho. Como reconocí en el tercer artículo de la serie, la polivalencia fue una respuesta racional a unas restricciones presupuestarias reales y a dos décadas de compromisos expedicionarios de baja intensidad, del Líbano a Afganistán, donde lo que se pedía era estar presente, no combatir al máximo nivel. El problema no es que esa lógica fuera absurda en su momento, sino que, aplicada al territorio nacional y a las amenazas actuales, genera desajustes críticos.

La doctrina heredada, que el segundo artículo de esta serie diseccionó, importó de Fulda el supuesto de que existe un modo dominante de combate terrestre, la maniobra acorazada, y de que basta organizar la fuerza en torno a él para estar preparado en cualquier punto del territorio. Ese supuesto es falso para España. El modo que decide en el Estrecho, la negación, no es el que decide en el Pirineo, la denegación de pasos en montaña, ni el que decide en Canarias, el control del espacio aéreo y marítimo. No hay un centro de gravedad común porque no hay un teatro común. Y hay un escalón más profundo en el problema; ninguno de estos teatros se resuelve solo desde tierra, de modo que lo que falta no es únicamente una doctrina terrestre por teatro, sino un diseño conjunto por teatro que articule tierra, mar, aire, espacio e información.

De esa premisa nace, por encadenamiento, el error organizativo. La brigada polivalente es la respuesta natural a la idea del teatro único; si todo el territorio es un mismo problema, una brigada genérica que sirva razonablemente en todas partes parece sensata. Pero en cuanto se acepta que hay cinco teatros incompatibles, la polivalencia revela su límite. La unidad que vale un poco para todo no rinde lo suficiente en ninguno y desde luego no en el teatro donde el reloj corre en horas. El "plan único de defensa nacional", como abstracción, comparte el mismo vicio; promedia exigencias que no admiten promedio y el promedio no defiende ningún teatro concreto. Cuánta capacidad antidrón corresponde a "España" es una pregunta sin respuesta útil, porque la respuesta correcta es distinta para Ceuta, para Canarias y para la Meseta.

La alternativa no es multiplicar el presupuesto, sino reordenar el pensamiento y hacerlo entre actores que hoy trabajan demasiado compartimentados. Cada uno tiene su papel en la secuencia. El Estado Mayor de la Defensa (EMAD) define las prioridades conjuntas por teatro, el Mando de Adiestramiento y Doctrina (MADOC) las traduce en doctrina, la Dirección General de Armamento (DGAM) las transforma en programa de material y el Mando de Operaciones valida el empleo en el planeamiento real. El segundo artículo reclamaba un Libro Blanco de Defensa Terrestre que obligara a responder a estas preguntas con rigor y el mapa de los cinco teatros es el esqueleto sobre el que ese Libro Blanco debería construirse. Primero la geografía y la amenaza, después la doctrina conjunta de cada teatro y solo al final el material que esa doctrina exige. El orden inverso, que es el que seguimos, explica por qué compramos carros para guerras que no libraremos mientras desatendemos los escenarios donde podemos perder las guerras.

 

9. Conclusión: el territorio no es homogéneo, y la defensa tampoco puede serlo

España no tiene un frente. Tiene un enclave donde el reloj corre en horas, un archipiélago aislado a mil kilómetros, otro archipiélago olvidado pero estratégico, una base peninsular que sostiene a todos los demás y un corredor montañoso del que depende su enlace con el continente. Cinco teatros, cinco funciones y cinco relojes. Una sola doctrina y una fuerza-tipo no pueden servir a los cinco, igual que un solo traje no puede vestir a cinco personas de tallas distintas. Seguir planificando como si el territorio fuera homogéneo no es una simplificación inofensiva, sino asumir un riesgo operativo evitable.

La buena noticia es que reconocer la fragmentación no obliga a gastar más, sino a gastar mejor y se traduce en tres derivadas concretas. Primera, preposicionar capacidades de negación donde el tiempo no perdona, en el Estrecho y en Canarias, porque la fuerza que llega tarde no disuade. Segunda, concentrar la fuerza pesada donde de verdad aporta valor estratégico, en la Península y para la OTAN, en lugar de dispersarla en guarniciones donde no puede maniobrar. Tercera, construir paquetes de teatro conjuntos, con sensores, defensa aérea, antidrón, ingenieros y fuegos adecuados a cada caso, en vez de replicar la misma brigada genérica en escenarios incompatibles. El material habilitador concreto, el blindado medio para los enclaves, la artillería sobre ruedas para las islas, el vehículo intermedio para la fuerza ligera, se desarrolla en los artículos satélite de esta serie; aquí basta con haber dibujado el mapa doctrinal que lo justifica. Y cómo se organiza institucionalmente esa transformación, mediante mandos de teatro, es materia de un artículo posterior.

De los cinco teatros, hay uno donde la inadecuación es más grave, el reloj más implacable y la apuesta más alta: el Estrecho. Se ha demostrado que Ceuta y Melilla pertenecen a un teatro propio, con una lógica de negación que la fuerza actual no encarna. En el próximo artículo se bajará del mapa al terreno y se entrará en ese teatro hora a hora. La secuencia que conviene tener en mente es la de cualquier hecho consumado. En las primeras seis horas, la disputa del control del perímetro; entre las seis y las veinticuatro, la ventana en que el refuerzo todavía sería posible y por qué probablemente no llegue; y entre las veinticuatro y las setenta y dos, la consolidación del hecho sobre el terreno. Y también qué decisiones tendría que tomar el Gobierno, con qué reloj en contra y qué fuerzas distintas de las que hoy tenemos cambiarían de verdad el cálculo del adversario. Porque los enclaves no se pierden por falta de carros. Se pierden por incapacidad de negar, a tiempo, el control a quien lo intenta.


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