Por qué España necesita dispersar su flota de submarinos antes de que sea demasiado tarde
INTRODUCCIÓN
En la guerra contemporánea, las
flotas no se derrotan en el mar, sino en puerto, antes del primer combate
abierto. La destrucción del submarino ruso Rostov-on-Don en Sebastopol
en septiembre de 2023, alcanzado en dique seco por un misil de crucero Storm
Shadow, confirmó una realidad incómoda: la supervivencia de una fuerza naval se
decide en tierra, en el primer día del conflicto.
España mantiene hoy concentrada
toda su fuerza submarina en un único enclave cuya ubicación es conocida,
previsible y vulnerable. El Arsenal de Cartagena —a escasas centenas de
kilómetros de bases aéreas y de misiles de actores regionales con capacidad de
ataque de precisión— constituye un punto único de fallo para el
principal instrumento de disuasión naval del Estado. Lo que durante décadas fue
una decisión eficiente en términos logísticos se ha convertido, en el actual
entorno de misiles, drones y ataques de saturación, en una debilidad
estratégica estructural.
El programa S-80 Plus es el mayor
esfuerzo industrial-militar español en tiempos de paz. Una inversión cercana a
los 4.000 millones de euros que concentrará, en un solo puerto, la práctica
totalidad de la capacidad española de negación de área.
El problema no es logístico ni
presupuestario, sino doctrinal: la Armada ha priorizado eficiencia en tiempo de
paz sobre la supervivencia de la fuerza en el primer día de guerra (Day One
survivability). Y lo que en su día fue una decisión de eficiencia logística
se ha convertido hoy en una vulnerabilidad estratégica inaceptable.
1. El problema: un único punto de fallo
La concentración exclusiva en
Cartagena presenta tres vulnerabilidades críticas que ningún planificador naval
responsable puede ignorar en 2026.
Vulnerabilidad geográfica.
Cartagena se encuentra a 450-500 kilómetros de las principales bases aéreas y
de misiles del Norte de África. Un actor regional con capacidad aérea y de
misiles puede cubrir esa distancia en menos de 20 minutos cargados con
armamento de precisión aire-superficie. Cualquier potencia media con acceso a
sistemas de misiles de largo alcance o submarinos dotados de ellos sitúa
objetivos en Murcia y el sur de la Comunidad Valenciana bajo amenaza constante,
y fuera del alcance de las defensas costeras. Aunque esos ataques podrían
activar el artículo 5 de defensa mutua de la OTAN, la planificación militar
responsable no debe basarse en intenciones declaradas o escenarios más o menos
improbables, sino en capacidades disponibles.
Vulnerabilidad táctica. La
bocana única del puerto de Cartagena constituye un cuello de botella que puede
ser bloqueado mediante minado encubierto, hundimiento de buques civiles en el
canal de navegación, o ataques de precisión sobre las infraestructuras de
señalización. El S-80 Plus, con una eslora de 81 metros y casi 3.000 toneladas
de desplazamiento, requiere condiciones de navegación en superficie sumamente
precisas para entrar o salir del arsenal. Cualquier obstrucción mínima dejaría
a los submarinos atrapados en puerto, convertidos en blancos estáticos.
Vulnerabilidad industrial.
El modelo de Cartagena integra la base operativa con la factoría de
construcción de Navantia. Esta simbiosis, aunque eficiente para la
transferencia de personal técnico, crea un centro de gravedad crítico. Si la
factoría sufriera daños cinéticos o sabotaje, España perdería simultáneamente
su capacidad de reparar los submarinos existentes y de finalizar las unidades
en construcción. Los retrasos históricos del programa S-80 ya demostraron la
fragilidad de este tejido industrial.
Un ataque coordinado sobre
Cartagena no necesitaría destruir los cascos resistentes de los submarinos —que
podrían estar protegidos o en inmersión parcial—. Bastaría con inutilizar las
instalaciones de apoyo: el Centro Integrado de Vigilancia en Tierra, los
talleres de mantenimiento de sistemas electrónicos, las plantas de
almacenamiento de bioetanol y oxígeno líquido para el sistema AIP. Sin estas
infraestructuras, la flota quedaría inoperativa en cuestión de días.
2. Las lecciones que otros ya aprendieron
España no sería la primera armada
en enfrentar este dilema. El análisis de cómo otras potencias navales medias
—con situaciones geográficas comparables— han abordado la cuestión de la
dispersión submarina ofrece lecciones valiosas.
Japón distribuye sus 22
submarinos entre dos flotillas completas: Kure y Yokosuka. Ambas bases
mantienen capacidades paralelas de reparación y reacondicionamiento,
proporcionando redundancia operativa mientras complican la planificación de
objetivos del adversario. Este modelo de dos costas refleja directamente la
situación española de dos fachadas marítimas.
Suecia invirtió durante la
Guerra Fría en la Base Naval de Muskö, con 1,5 millones de toneladas de roca
excavadas para crear diques submarinos subterráneos protegidos por 270 metros
de granito. Desmantelada tras el fin de la confrontación bipolar, Muskö fue
reactivada en 2019 tras el incremento de la actividad naval rusa en el Báltico.
La lección: las percepciones de amenaza impulsan las decisiones sobre
instalaciones, y el coste de reconstruir capacidad perdida supera con creces el
de mantenerla.
Australia, con su política
de dos océanos adoptada formalmente en 1987, ofrece quizás el paralelo más
directo. Todos los submarinos clase Collins operan actualmente desde HMAS
Stirling en la costa oeste, pero el programa AUKUS está impulsando inversiones
superiores a 8.000 millones de dólares australianos para desarrollar una
segunda base en la costa este. La justificación australiana es explícita: la
basificación en dos costas “complica los planes del adversario” y proporciona
opciones de despliegue para múltiples teatros de operaciones.
Noruega ofrece otro caso
relevante. Su base principal en Haakonsvern (Bergen) alberga todos los
submarinos con instalaciones subterráneas, pero la antigua base de Olavsvern
—construida entre 1967 y los años 90 con una inversión de 500 millones de
dólares— fue vendida en 2013 por apenas 6,5 millones tras considerarse
innecesaria en el nuevo contexto de seguridad. Tras la invasión rusa de
Ucrania, la Marina estadounidense ha mostrado renovado interés en estas
instalaciones. La lección noruega es doble: el coste de reconstruir capacidad
estratégica perdida supera exponencialmente el de mantenerla, y las
percepciones de amenaza pueden cambiar más rápido que los ciclos de inversión
en infraestructura.
Alemania, por contraste,
representa el modelo que España debe evitar. La Deutsche Marine concentra sus
seis submarinos Type 212A en una única base en Eckernförde, priorizando la
eficiencia logística sobre la dispersión. Este enfoque acepta deliberadamente
la vulnerabilidad a cambio de concentrar expertise técnico para los
complejos sistemas AIP. Sin embargo, Alemania enfrenta una amenaza naval
significativamente menor que España y opera en un entorno estratégico donde la
protección aliada es más densa. Para una nación con dos fachadas marítimas
expuestas y un flanco sur en tensión creciente, el modelo alemán resulta
inaplicable.
El patrón emergente entre las
armadas que sí enfrentan amenazas comparables es consistente: concentrar el
mantenimiento pesado en una o dos ubicaciones mientras se dispersa la presencia
operativa en múltiples enclaves. Este modelo optimiza la eficiencia
logística del mantenimiento profundo —que requiere personal altamente
especializado y proximidad industrial— mientras distribuye la presencia
operativa para reducir vulnerabilidad y mejorar tiempos de respuesta.
3. Por qué NO basta con defensas antiaéreas en cartagena
La idea de que reforzar la
defensa antiaérea de Cartagena bastaría para proteger la fuerza submarina parte
de una premisa equivocada: que una base naval puede hacerse invulnerable. En la
guerra moderna, esto no es cierto.
Ningún sistema defensivo es
impermeable frente a ataques de saturación. Un adversario racional
no intentaría “vencer” la defensa, sino desbordarla mediante una combinación de
misiles de crucero, drones y guerra electrónica. En ese escenario, basta con
que una pequeña fracción de los vectores ofensivos alcance su objetivo para
generar efectos operativos críticos.
Además, una base submarina no es
un objetivo puntual, sino un sistema extenso y complejo. Muelles, bocanas,
talleres, nodos energéticos, centros de mando y, sobre todo, infraestructuras
logísticas críticas como las plantas de oxígeno líquido del sistema AIP son objetivos
blandos imposibles de proteger de forma continua. No es necesario dañar los
submarinos: inutilizar sus apoyos basta para dejarlos inoperativos.
La defensa antiaérea tampoco
resuelve el problema del cuello de botella. Un submarino que no puede
salir a la mar por bloqueo físico, minado encubierto o daños en la bocana está
neutralizado, aunque permanezca intacto en puerto.
Por otro lado, el coste de los
interceptores defensivos crece mucho más rápido que el de los medios ofensivos
empleados para saturarlos. Es una carrera estructuralmente desfavorable para el
defensor. A esto se le suman amenazas asimétricas, como el minado encubierto
por UUV, el bloqueo por USV kamikaze y los ciberataques a SCADA
portuario, que neutralizan la salida sin disparar misiles.
En último término, incluso una
base bien defendida sigue siendo un objetivo fijo, conocido y monitorizable.
Refuerza la protección, pero no elimina la previsibilidad estratégica.
Las defensas antiaéreas son
necesarias, pero insuficientes. Protegen instalaciones; no garantizan la
supervivencia ni la disponibilidad operativa de la fuerza. Solo la dispersión
geográfica introduce la incertidumbre y resiliencia necesarias para que el arma
submarina siga siendo un instrumento de disuasión creíble en el primer día de
un conflicto.
En el caso de Cartagena, esta
realidad es aún más acusada, pues la neutralización asimétrica de su función
industrial tendría efectos estratégicos incluso sin destruir una sola
plataforma.
4. La propuesta: cuatro enclaves para una defensa resiliente
La estrategia de dispersión que se propone se articula sobre cuatro bases con roles diferenciados, aprovechando
al máximo la infraestructura existente para minimizar costes y plazos de
implementación. La propuesta no implica duplicar la infraestructura de
Cartagena en cuatro ubicaciones, sino separar deliberadamente mantenimiento
profundo y presencia operativa. Esta estrategia está pensada, no sólo para los
cuatro submarinos S-80 plus ya encargados, sino también para la estrategia recomendada
a largo plazo, basada en un total de 10-12
submarinos para 2050.
Una ventaja crucial del S-80 Plus
para esta estrategia es su sistema de propulsión independiente del aire (AIP)
basado en bioetanol —denominado BEST (Bio-Ethanol Stealth Technology)—.
A diferencia del sistema alemán de los Type 212, que requiere
infraestructura especializada de almacenamiento de hidrógeno en hidruros
metálicos, el bioetanol opera como líquido a temperatura y presión ambiente.
Puede obtenerse de redes de distribución de combustible estándar en cualquier
puerto del mundo. Únicamente el componente de oxígeno líquido (LOX) requiere
instalaciones criogénicas específicas, con una inversión típica de 20-50
millones de euros por emplazamiento.
Esta característica simplifica
enormemente la logística de despliegue avanzado y reduce los costes de
habilitación de bases secundarias. Donde un submarino alemán necesitaría
infraestructura de hidrógeno valorada en cientos de millones, el S-80 puede reabastecerse
de bioetanol en cualquier instalación portuaria con capacidad de suministro de
combustibles líquidos.
4.1. Cartagena: el cerebro
industrial
Cartagena debe mantener su rol
como centro de excelencia, pero reconvertido de base operativa exclusiva a núcleo
de mantenimiento profundo y autoridad técnica. Aquí permanecerían las
grandes carenas, la Escuela de Submarinos, el Centro de Programas y la reserva
técnica. Las instalaciones críticas —CIVT, plantas de bioetanol y LOX, talleres
principales— deben someterse a un proceso de bunkerización y protección física
reforzada.
La capacidad permanente se
limitaría a las unidades en rotación de mantenimiento (1-2), liberando el resto
de la flota para despliegue distribuido.
La dispersión operativa no reduce
la importancia estratégica de Cartagena; la redefine. Al concentrar el
mantenimiento profundo, la autoridad técnica, la regeneración de la fuerza y la
infraestructura crítica del sistema AIP, Cartagena sigue siendo un objetivo de
alto valor para un adversario racional, incluso si la mayoría de los submarinos
se encuentran desplegados fuera.
Esta centralidad obliga a
concebir la protección de Cartagena no solo en términos antiaéreos, sino como
un problema integral de defensa de base frente a amenazas asimétricas e
híbridas. Sabotaje industrial, infiltración de buceadores de combate, UUV
encubiertos, ataques a personal clave, ciberintrusión en sistemas SCADA y
bloqueo prolongado sin umbral claro de conflicto abierto son escenarios más
probables que un ataque cinético masivo.
En este contexto, Cartagena debe
evolucionar hacia un modelo de “base fortificada en profundidad”: defensa
subacuática permanente, control físico reforzado del perímetro industrial y
portuario, compartimentación funcional de infraestructuras críticas, redundancia
energética y planes explícitos de continuidad industrial bajo ataque. No
hacerlo supondría aceptar que, incluso con dispersión, el arma submarina
española podría ser neutralizada por degradación progresiva de su corazón
industrial.
4.2. Rota: el guardián del
Estrecho
La Base Naval de Rota albergó un
escuadrón de submarinos estadounidenses hasta 1979, demostrando su viabilidad
histórica para este tipo de operaciones. Su posición junto al Estrecho de
Gibraltar —el chokepoint más crítico del Mediterráneo occidental, por
donde transita el 20% del tráfico marítimo mundial— elimina el tránsito de 200
millas náuticas desde Cartagena para misiones de control del paso.
Bajo el Convenio de Cooperación
para la Defensa, Rota permanece bajo bandera española con un Vicealmirante
español al mando. Estados Unidos opera como “inquilino”, lo que significa que
España puede establecer operaciones submarinas independientes sin requerir
aprobación norteamericana.
La inversión necesaria para
habilitar capacidad de operaciones avanzadas —muelle submarino, instalaciones
de oxígeno líquido, manejo de torpedos, comunicaciones seguras— se estima en
150-300 millones de euros, significativamente inferior al coste de desarrollar
una base desde cero.
4.3. Las Palmas: el pivote
atlántico
El vacío de cobertura atlántica
es quizás la carencia más crítica de la actual disposición. Las Islas Canarias
se encuentran a 3-4 días de navegación desde Cartagena —un tiempo de respuesta
inaceptable ante contingencias que requieran presencia submarina rápida en el
flanco sur o las rutas comerciales atlánticas.
La presencia permanente de
capacidad submarina en Canarias debe entenderse no solo como una decisión
operativa, sino como un seguro estratégico nacional. En escenarios de
crisis mayor —conflicto regional, coerción híbrida o degradación del acceso a
bases peninsulares— el archipiélago puede convertirse en el único enclave
plenamente operativo desde el que garantizar continuidad de disuasión,
protección de rutas marítimas y control del flanco sur. Al igual que un seguro,
su valor no reside en el uso cotidiano, sino en su disponibilidad cuando todas
las demás opciones fallan.
Desde esta perspectiva, una base
submarina en Las Palmas no es un lujo ni una duplicación innecesaria, sino una
póliza de resiliencia: asegura que España mantenga capacidad naval crítica
incluso si sus principales infraestructuras peninsulares se ven degradadas o
temporalmente neutralizadas.
La Base Naval de Las Palmas, sede
del Cuartel General de la Zona Marítima de Canarias, ofrece la combinación
óptima de infraestructura existente y posición estratégica. Sus calados de
14-45 metros superan ampliamente los requisitos del S-80. La presencia naval
establecida reduce significativamente los costes de adaptación comparado con
alternativas como el puerto industrial de Granadilla, que requeriría
militarización completa desde cero.
Con capacidad para 2-4 unidades
en el horizonte 2050, Las Palmas se convertiría en el principal pivote para
operaciones atlánticas, cobertura del flanco sur africano y control de las
rutas comerciales hacia América.
4.4. Mahón: la punta de lanza
mediterránea
La Estación Naval de Mahón
representa una oportunidad única de reactivar infraestructura histórica con
costes reducidos. Designada base de submarinos por la Ley Miranda de 1915 y
activada formalmente en 1922, Mahón conserva túneles subterráneos —antiguo almacén
de torpedos—, depósitos de combustible y almacenes que reducen la inversión
necesaria.
En marzo de 2024, Mahón fue
elevada a Forward Logistic Site OTAN, convirtiéndose en la tercera
instalación logística avanzada de la Alianza en España junto a Rota y
Cartagena. Esta designación implica inversiones aliadas y mayor relevancia
estratégica.
A diferencia de otras
alternativas, Mahón ofrece una huella militar reducida, basada en instalaciones
históricas ya existentes, minimizando impacto social y ambiental. Su posición
en el Mediterráneo central —a menos de 400 kilómetros de puertos franceses,
argelinos e italianos— permite proyección inmediata sobre el Canal de Sicilia y
el flanco sur sin necesidad de transitar el congestionado Mar de Alborán. El
puerto natural, considerado uno de los más profundos del mundo, ofrece una
entrada angosta de 170 metros que proporciona protección excepcional contra el
oleaje y ataques de superficie.
Con capacidad para 1-3 unidades,
Mahón actuaría como base avanzada para rotaciones rápidas de submarinos en
patrulla por el Mediterráneo central.
5. La arquitectura de mando: descentralizar para sobrevivir
La dispersión geográfica exige
una evolución paralela de la estructura de mando. El modelo actual, altamente
centralizado en Cartagena, quedaría paralizado si esa base fuera neutralizada.
La nueva arquitectura debe garantizar que las unidades desplegadas mantengan
plena capacidad operativa incluso en el peor escenario.
La Jefatura del Arma Submarina
permanecería en Cartagena como autoridad administrativa y técnica, gestionando
el ciclo de vida de las plataformas, la Escuela de Submarinos y el Centro de
Programas. Actuaría como nodo maestro que distribuye datos de simulación y
adiestramiento a través de redes seguras.
Pero la autoridad táctica debe
delegarse en Comandancias Operativas de Teatro con autonomía para
ejecutar misiones sin depender de Cartagena. El Sector Mediterráneo (Mahón)
coordinaría patrullas en el Canal de Sicilia y el flanco sur. El Sector
Estrecho (Rota) supervisaría el control del chokepoint y la transición
Mediterráneo-Atlántico. El Sector Atlántico-Macaronesia (Las Palmas) actuaría
como pivote para operaciones oceánicas y defensa del archipiélago canario.
Cada base secundaria dispondría
de un CIVT espejo —Centro Integrado de Vigilancia en Tierra— capaz de
monitorizar autónomamente el estado de los sistemas del submarino en puerto y
mantener comunicaciones seguras con las unidades desplegadas. Esta redundancia
de mando y control es tan crítica como la dispersión física de las plataformas.
La dispersión física solo será
efectiva si se acompaña de una cultura de mission command naval, donde
la pérdida de un nodo no paraliza la fuerza.
6. Los números: una inversión proporcional
La implementación de esta
arquitectura de cuatro enclaves requiere una inversión estimada de 1.200-1.800
millones de euros distribuidos en aproximadamente 20 años (2026-2045). El
desglose por fases sería:
- Fase 1 (2026-2032): Habilitación de Mahón y
Rota — 500-700 millones de euros
- Fase 2 (2030-2036): Base atlántica completa
en Las Palmas — 500-700 millones de euros
- Fase 3 (2035-2045): Ampliaciones y
bunkerización de infraestructuras críticas — 300-500 millones de euros
El coste anual medio se sitúa en
60-90 millones de euros, equivalente al 0,15-0,20% del presupuesto de defensa
proyectado bajo el compromiso español de alcanzar el 2,5-3% del PIB. La pérdida
de un solo S-80 en puerto equivaldría a destruir, en minutos, una inversión
superior a toda la fase 1 del plan de dispersión.
7. El coste de la inacción
La alternativa a la dispersión no
es el ahorro presupuestario. Es el peligro estratégico.
Una fuerza submarina concentrada
en un único puerto cuya ubicación es siempre conocida es una fuerza a medio
neutralizar. El adversario puede monitorizar un solo enclave para conocer el
estado de alerta de la flota. Puede planificar un único ataque coordinado
sabiendo que el éxito anularía toda la capacidad submarina española. Puede
calcular con precisión los tiempos de tránsito hacia cualquier zona de
operaciones.
Con un despliegue distribuido, el cálculo se invierte. El adversario tendría que atacar cuatro objetivos geográficamente distantes de forma simultánea —una tarea exponencialmente más compleja que el bombardeo de una sola base—. Aunque Cartagena fuera neutralizada, los submarinos en Canarias y Baleares seguirían operativos. La imprevisibilidad del despliegue complicaría la planificación de cualquier operación contra intereses españoles.
CONCLUSIÓN: El momento de actuar
España se encuentra en una
ventana de oportunidad única. Con el S-81 ya operativo y el S-82 completando
pruebas de mar, existe margen para desarrollar infraestructura de dispersión
antes de que la flota S-80 alcance su capacidad operativa completa en 2030-2031.
Esperar a tener los cuatro submarinos operativos desde una única base
vulnerable sería repetir el error estratégico que llevó a Rusia a perder el Rostov-on-Don
en Sebastopol.
La dispersión no es un lujo ni
una aspiración a largo plazo. Es una necesidad de seguridad nacional que debe
abordarse ahora, mientras el programa S-80 todavía está en fase de despliegue y
las inversiones en infraestructura pueden planificarse de forma coordinada con
las entregas de nuevas unidades.
El arma submarina española
representa una inversión de 4.000 millones de euros y constituye el principal
instrumento de negación de área de una nación con dos fachadas marítimas, dos
archipiélagos y el control de uno de los chokepoints más importantes del
mundo. Proteger ese activo con una arquitectura resiliente de bases submarinas
no es un gasto discrecional, es la diferencia entre disponer de una capacidad
de disuasión creíble o cuatro costosos blancos estacionados en un único
puerto vulnerable.
En el siglo XXI, la supervivencia
de una fuerza naval no se decide en el mar, sino en tierra, antes del primer
disparo. El momento de decidir es ahora.
Excelente articulo, con el cual coincido.
ResponderEliminarSolo por aportar info, imagino que conoceras el proyecto de la Base Naval de Submarinos de Cartagena en El Espalmador, que evidentemente no llego a buen puerto.
https://armada.defensa.gob.es/archivo/rgm/2015/05/cap06.pdf
Por otro lado, lei hace tiempo que parece que tuvimos una base logistica en Tenerife para abastecer uno, pero que nunca se llego a utilizar.
https://www.lqtdefensa.es/2013/02/una-base-de-submarinos-secreta-en-santa.html
Yo volvería a la vieja usanza y desempolvaría proyectos como este en otra ubicaciones, ya que como bien dices un S80 ronda los 1.000m€ y te lo puede dejar fuera de combate un enjambre de drones o un misil de crucero mucho mas barato y prescindible que un Submarino.
Gracias por tu comentario. Particularmente creo que una nueva base subterránea de submarinos en la costa oeste de Gran Canaria sería ideal para la flota Atlántica submarina: zona poco poblada, con grutas volcánicas, y con posibilidad de salida sumergidos en tres posibles direcciones. Los escandinavos las hacen muy bien.
ResponderEliminarClaro que para que mereciera la pena deberíamos tener una flota de 10-12 submarinos. No sería barato, pero el submarino es el elemento más disuasorio de la flota... si se le dota de misiles, claro.