lunes, 26 de enero de 2026

Cartagena y la temeraria concentración del arma submarina

Por qué España necesita dispersar su flota de submarinos antes de que sea demasiado tarde

 

INTRODUCCIÓN

En la guerra contemporánea, las flotas no se derrotan en el mar, sino en puerto, antes del primer combate abierto. La destrucción del submarino ruso Rostov-on-Don en Sebastopol en septiembre de 2023, alcanzado en dique seco por un misil de crucero Storm Shadow, confirmó una realidad incómoda: la supervivencia de una fuerza naval se decide en tierra, en el primer día del conflicto.

España mantiene hoy concentrada toda su fuerza submarina en un único enclave cuya ubicación es conocida, previsible y vulnerable. El Arsenal de Cartagena —a escasas centenas de kilómetros de bases aéreas y de misiles de actores regionales con capacidad de ataque de precisión— constituye un punto único de fallo para el principal instrumento de disuasión naval del Estado. Lo que durante décadas fue una decisión eficiente en términos logísticos se ha convertido, en el actual entorno de misiles, drones y ataques de saturación, en una debilidad estratégica estructural.

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El programa S-80 Plus es el mayor esfuerzo industrial-militar español en tiempos de paz. Una inversión cercana a los 4.000 millones de euros que concentrará, en un solo puerto, la práctica totalidad de la capacidad española de negación de área.

El problema no es logístico ni presupuestario, sino doctrinal: la Armada ha priorizado eficiencia en tiempo de paz sobre la supervivencia de la fuerza en el primer día de guerra (Day One survivability). Y lo que en su día fue una decisión de eficiencia logística se ha convertido hoy en una vulnerabilidad estratégica inaceptable.

 

1. El problema: un único punto de fallo

La concentración exclusiva en Cartagena presenta tres vulnerabilidades críticas que ningún planificador naval responsable puede ignorar en 2026.

Vulnerabilidad geográfica. Cartagena se encuentra a 450-500 kilómetros de las principales bases aéreas y de misiles del Norte de África. Un actor regional con capacidad aérea y de misiles puede cubrir esa distancia en menos de 20 minutos cargados con armamento de precisión aire-superficie. Cualquier potencia media con acceso a sistemas de misiles de largo alcance o submarinos dotados de ellos sitúa objetivos en Murcia y el sur de la Comunidad Valenciana bajo amenaza constante, y fuera del alcance de las defensas costeras. Aunque esos ataques podrían activar el artículo 5 de defensa mutua de la OTAN, la planificación militar responsable no debe basarse en intenciones declaradas o escenarios más o menos improbables, sino en capacidades disponibles.

Vulnerabilidad táctica. La bocana única del puerto de Cartagena constituye un cuello de botella que puede ser bloqueado mediante minado encubierto, hundimiento de buques civiles en el canal de navegación, o ataques de precisión sobre las infraestructuras de señalización. El S-80 Plus, con una eslora de 81 metros y casi 3.000 toneladas de desplazamiento, requiere condiciones de navegación en superficie sumamente precisas para entrar o salir del arsenal. Cualquier obstrucción mínima dejaría a los submarinos atrapados en puerto, convertidos en blancos estáticos.

Vulnerabilidad industrial. El modelo de Cartagena integra la base operativa con la factoría de construcción de Navantia. Esta simbiosis, aunque eficiente para la transferencia de personal técnico, crea un centro de gravedad crítico. Si la factoría sufriera daños cinéticos o sabotaje, España perdería simultáneamente su capacidad de reparar los submarinos existentes y de finalizar las unidades en construcción. Los retrasos históricos del programa S-80 ya demostraron la fragilidad de este tejido industrial.

Un ataque coordinado sobre Cartagena no necesitaría destruir los cascos resistentes de los submarinos —que podrían estar protegidos o en inmersión parcial—. Bastaría con inutilizar las instalaciones de apoyo: el Centro Integrado de Vigilancia en Tierra, los talleres de mantenimiento de sistemas electrónicos, las plantas de almacenamiento de bioetanol y oxígeno líquido para el sistema AIP. Sin estas infraestructuras, la flota quedaría inoperativa en cuestión de días.

 

2. Las lecciones que otros ya aprendieron

España no sería la primera armada en enfrentar este dilema. El análisis de cómo otras potencias navales medias —con situaciones geográficas comparables— han abordado la cuestión de la dispersión submarina ofrece lecciones valiosas.

Japón distribuye sus 22 submarinos entre dos flotillas completas: Kure y Yokosuka. Ambas bases mantienen capacidades paralelas de reparación y reacondicionamiento, proporcionando redundancia operativa mientras complican la planificación de objetivos del adversario. Este modelo de dos costas refleja directamente la situación española de dos fachadas marítimas.

Suecia invirtió durante la Guerra Fría en la Base Naval de Muskö, con 1,5 millones de toneladas de roca excavadas para crear diques submarinos subterráneos protegidos por 270 metros de granito. Desmantelada tras el fin de la confrontación bipolar, Muskö fue reactivada en 2019 tras el incremento de la actividad naval rusa en el Báltico. La lección: las percepciones de amenaza impulsan las decisiones sobre instalaciones, y el coste de reconstruir capacidad perdida supera con creces el de mantenerla.

Australia, con su política de dos océanos adoptada formalmente en 1987, ofrece quizás el paralelo más directo. Todos los submarinos clase Collins operan actualmente desde HMAS Stirling en la costa oeste, pero el programa AUKUS está impulsando inversiones superiores a 8.000 millones de dólares australianos para desarrollar una segunda base en la costa este. La justificación australiana es explícita: la basificación en dos costas “complica los planes del adversario” y proporciona opciones de despliegue para múltiples teatros de operaciones.

Noruega ofrece otro caso relevante. Su base principal en Haakonsvern (Bergen) alberga todos los submarinos con instalaciones subterráneas, pero la antigua base de Olavsvern —construida entre 1967 y los años 90 con una inversión de 500 millones de dólares— fue vendida en 2013 por apenas 6,5 millones tras considerarse innecesaria en el nuevo contexto de seguridad. Tras la invasión rusa de Ucrania, la Marina estadounidense ha mostrado renovado interés en estas instalaciones. La lección noruega es doble: el coste de reconstruir capacidad estratégica perdida supera exponencialmente el de mantenerla, y las percepciones de amenaza pueden cambiar más rápido que los ciclos de inversión en infraestructura.

Alemania, por contraste, representa el modelo que España debe evitar. La Deutsche Marine concentra sus seis submarinos Type 212A en una única base en Eckernförde, priorizando la eficiencia logística sobre la dispersión. Este enfoque acepta deliberadamente la vulnerabilidad a cambio de concentrar expertise técnico para los complejos sistemas AIP. Sin embargo, Alemania enfrenta una amenaza naval significativamente menor que España y opera en un entorno estratégico donde la protección aliada es más densa. Para una nación con dos fachadas marítimas expuestas y un flanco sur en tensión creciente, el modelo alemán resulta inaplicable.

El patrón emergente entre las armadas que sí enfrentan amenazas comparables es consistente: concentrar el mantenimiento pesado en una o dos ubicaciones mientras se dispersa la presencia operativa en múltiples enclaves. Este modelo optimiza la eficiencia logística del mantenimiento profundo —que requiere personal altamente especializado y proximidad industrial— mientras distribuye la presencia operativa para reducir vulnerabilidad y mejorar tiempos de respuesta.

 

3. Por qué NO basta con defensas antiaéreas en cartagena

La idea de que reforzar la defensa antiaérea de Cartagena bastaría para proteger la fuerza submarina parte de una premisa equivocada: que una base naval puede hacerse invulnerable. En la guerra moderna, esto no es cierto.

Ningún sistema defensivo es impermeable frente a ataques de saturación. Un adversario racional no intentaría “vencer” la defensa, sino desbordarla mediante una combinación de misiles de crucero, drones y guerra electrónica. En ese escenario, basta con que una pequeña fracción de los vectores ofensivos alcance su objetivo para generar efectos operativos críticos.

Además, una base submarina no es un objetivo puntual, sino un sistema extenso y complejo. Muelles, bocanas, talleres, nodos energéticos, centros de mando y, sobre todo, infraestructuras logísticas críticas como las plantas de oxígeno líquido del sistema AIP son objetivos blandos imposibles de proteger de forma continua. No es necesario dañar los submarinos: inutilizar sus apoyos basta para dejarlos inoperativos.

La defensa antiaérea tampoco resuelve el problema del cuello de botella. Un submarino que no puede salir a la mar por bloqueo físico, minado encubierto o daños en la bocana está neutralizado, aunque permanezca intacto en puerto.

Por otro lado, el coste de los interceptores defensivos crece mucho más rápido que el de los medios ofensivos empleados para saturarlos. Es una carrera estructuralmente desfavorable para el defensor. A esto se le suman amenazas asimétricas, como el minado encubierto por UUV, el bloqueo por USV kamikaze y los ciberataques a SCADA portuario, que neutralizan la salida sin disparar misiles.

En último término, incluso una base bien defendida sigue siendo un objetivo fijo, conocido y monitorizable. Refuerza la protección, pero no elimina la previsibilidad estratégica.

Las defensas antiaéreas son necesarias, pero insuficientes. Protegen instalaciones; no garantizan la supervivencia ni la disponibilidad operativa de la fuerza. Solo la dispersión geográfica introduce la incertidumbre y resiliencia necesarias para que el arma submarina siga siendo un instrumento de disuasión creíble en el primer día de un conflicto.

En el caso de Cartagena, esta realidad es aún más acusada, pues la neutralización asimétrica de su función industrial tendría efectos estratégicos incluso sin destruir una sola plataforma.

 

4. La propuesta: cuatro enclaves para una defensa resiliente

La estrategia de dispersión que se propone se articula sobre cuatro bases con roles diferenciados, aprovechando al máximo la infraestructura existente para minimizar costes y plazos de implementación. La propuesta no implica duplicar la infraestructura de Cartagena en cuatro ubicaciones, sino separar deliberadamente mantenimiento profundo y presencia operativa. Esta estrategia está pensada, no sólo para los cuatro submarinos S-80 plus ya encargados, sino también para la estrategia recomendada a largo plazo, basada en un total de 10-12 submarinos para 2050.

Una ventaja crucial del S-80 Plus para esta estrategia es su sistema de propulsión independiente del aire (AIP) basado en bioetanol —denominado BEST (Bio-Ethanol Stealth Technology)—. A diferencia del sistema alemán de los Type 212, que requiere infraestructura especializada de almacenamiento de hidrógeno en hidruros metálicos, el bioetanol opera como líquido a temperatura y presión ambiente. Puede obtenerse de redes de distribución de combustible estándar en cualquier puerto del mundo. Únicamente el componente de oxígeno líquido (LOX) requiere instalaciones criogénicas específicas, con una inversión típica de 20-50 millones de euros por emplazamiento.

Esta característica simplifica enormemente la logística de despliegue avanzado y reduce los costes de habilitación de bases secundarias. Donde un submarino alemán necesitaría infraestructura de hidrógeno valorada en cientos de millones, el S-80 puede reabastecerse de bioetanol en cualquier instalación portuaria con capacidad de suministro de combustibles líquidos.

4.1. Cartagena: el cerebro industrial

Cartagena debe mantener su rol como centro de excelencia, pero reconvertido de base operativa exclusiva a núcleo de mantenimiento profundo y autoridad técnica. Aquí permanecerían las grandes carenas, la Escuela de Submarinos, el Centro de Programas y la reserva técnica. Las instalaciones críticas —CIVT, plantas de bioetanol y LOX, talleres principales— deben someterse a un proceso de bunkerización y protección física reforzada.

La capacidad permanente se limitaría a las unidades en rotación de mantenimiento (1-2), liberando el resto de la flota para despliegue distribuido.

La dispersión operativa no reduce la importancia estratégica de Cartagena; la redefine. Al concentrar el mantenimiento profundo, la autoridad técnica, la regeneración de la fuerza y la infraestructura crítica del sistema AIP, Cartagena sigue siendo un objetivo de alto valor para un adversario racional, incluso si la mayoría de los submarinos se encuentran desplegados fuera.

Esta centralidad obliga a concebir la protección de Cartagena no solo en términos antiaéreos, sino como un problema integral de defensa de base frente a amenazas asimétricas e híbridas. Sabotaje industrial, infiltración de buceadores de combate, UUV encubiertos, ataques a personal clave, ciberintrusión en sistemas SCADA y bloqueo prolongado sin umbral claro de conflicto abierto son escenarios más probables que un ataque cinético masivo.

En este contexto, Cartagena debe evolucionar hacia un modelo de “base fortificada en profundidad”: defensa subacuática permanente, control físico reforzado del perímetro industrial y portuario, compartimentación funcional de infraestructuras críticas, redundancia energética y planes explícitos de continuidad industrial bajo ataque. No hacerlo supondría aceptar que, incluso con dispersión, el arma submarina española podría ser neutralizada por degradación progresiva de su corazón industrial.

4.2. Rota: el guardián del Estrecho

La Base Naval de Rota albergó un escuadrón de submarinos estadounidenses hasta 1979, demostrando su viabilidad histórica para este tipo de operaciones. Su posición junto al Estrecho de Gibraltar —el chokepoint más crítico del Mediterráneo occidental, por donde transita el 20% del tráfico marítimo mundial— elimina el tránsito de 200 millas náuticas desde Cartagena para misiones de control del paso.

Bajo el Convenio de Cooperación para la Defensa, Rota permanece bajo bandera española con un Vicealmirante español al mando. Estados Unidos opera como “inquilino”, lo que significa que España puede establecer operaciones submarinas independientes sin requerir aprobación norteamericana.

La inversión necesaria para habilitar capacidad de operaciones avanzadas —muelle submarino, instalaciones de oxígeno líquido, manejo de torpedos, comunicaciones seguras— se estima en 150-300 millones de euros, significativamente inferior al coste de desarrollar una base desde cero.

4.3. Las Palmas: el pivote atlántico

El vacío de cobertura atlántica es quizás la carencia más crítica de la actual disposición. Las Islas Canarias se encuentran a 3-4 días de navegación desde Cartagena —un tiempo de respuesta inaceptable ante contingencias que requieran presencia submarina rápida en el flanco sur o las rutas comerciales atlánticas.

La presencia permanente de capacidad submarina en Canarias debe entenderse no solo como una decisión operativa, sino como un seguro estratégico nacional. En escenarios de crisis mayor —conflicto regional, coerción híbrida o degradación del acceso a bases peninsulares— el archipiélago puede convertirse en el único enclave plenamente operativo desde el que garantizar continuidad de disuasión, protección de rutas marítimas y control del flanco sur. Al igual que un seguro, su valor no reside en el uso cotidiano, sino en su disponibilidad cuando todas las demás opciones fallan.

Desde esta perspectiva, una base submarina en Las Palmas no es un lujo ni una duplicación innecesaria, sino una póliza de resiliencia: asegura que España mantenga capacidad naval crítica incluso si sus principales infraestructuras peninsulares se ven degradadas o temporalmente neutralizadas.

La Base Naval de Las Palmas, sede del Cuartel General de la Zona Marítima de Canarias, ofrece la combinación óptima de infraestructura existente y posición estratégica. Sus calados de 14-45 metros superan ampliamente los requisitos del S-80. La presencia naval establecida reduce significativamente los costes de adaptación comparado con alternativas como el puerto industrial de Granadilla, que requeriría militarización completa desde cero.

Con capacidad para 2-4 unidades en el horizonte 2050, Las Palmas se convertiría en el principal pivote para operaciones atlánticas, cobertura del flanco sur africano y control de las rutas comerciales hacia América.

4.4. Mahón: la punta de lanza mediterránea

La Estación Naval de Mahón representa una oportunidad única de reactivar infraestructura histórica con costes reducidos. Designada base de submarinos por la Ley Miranda de 1915 y activada formalmente en 1922, Mahón conserva túneles subterráneos —antiguo almacén de torpedos—, depósitos de combustible y almacenes que reducen la inversión necesaria.

En marzo de 2024, Mahón fue elevada a Forward Logistic Site OTAN, convirtiéndose en la tercera instalación logística avanzada de la Alianza en España junto a Rota y Cartagena. Esta designación implica inversiones aliadas y mayor relevancia estratégica.

A diferencia de otras alternativas, Mahón ofrece una huella militar reducida, basada en instalaciones históricas ya existentes, minimizando impacto social y ambiental. Su posición en el Mediterráneo central —a menos de 400 kilómetros de puertos franceses, argelinos e italianos— permite proyección inmediata sobre el Canal de Sicilia y el flanco sur sin necesidad de transitar el congestionado Mar de Alborán. El puerto natural, considerado uno de los más profundos del mundo, ofrece una entrada angosta de 170 metros que proporciona protección excepcional contra el oleaje y ataques de superficie.

Con capacidad para 1-3 unidades, Mahón actuaría como base avanzada para rotaciones rápidas de submarinos en patrulla por el Mediterráneo central.

 

5. La arquitectura de mando: descentralizar para sobrevivir

La dispersión geográfica exige una evolución paralela de la estructura de mando. El modelo actual, altamente centralizado en Cartagena, quedaría paralizado si esa base fuera neutralizada. La nueva arquitectura debe garantizar que las unidades desplegadas mantengan plena capacidad operativa incluso en el peor escenario.

La Jefatura del Arma Submarina permanecería en Cartagena como autoridad administrativa y técnica, gestionando el ciclo de vida de las plataformas, la Escuela de Submarinos y el Centro de Programas. Actuaría como nodo maestro que distribuye datos de simulación y adiestramiento a través de redes seguras.

Pero la autoridad táctica debe delegarse en Comandancias Operativas de Teatro con autonomía para ejecutar misiones sin depender de Cartagena. El Sector Mediterráneo (Mahón) coordinaría patrullas en el Canal de Sicilia y el flanco sur. El Sector Estrecho (Rota) supervisaría el control del chokepoint y la transición Mediterráneo-Atlántico. El Sector Atlántico-Macaronesia (Las Palmas) actuaría como pivote para operaciones oceánicas y defensa del archipiélago canario.

Cada base secundaria dispondría de un CIVT espejo —Centro Integrado de Vigilancia en Tierra— capaz de monitorizar autónomamente el estado de los sistemas del submarino en puerto y mantener comunicaciones seguras con las unidades desplegadas. Esta redundancia de mando y control es tan crítica como la dispersión física de las plataformas.

La dispersión física solo será efectiva si se acompaña de una cultura de mission command naval, donde la pérdida de un nodo no paraliza la fuerza.

 

6. Los números: una inversión proporcional

La implementación de esta arquitectura de cuatro enclaves requiere una inversión estimada de 1.200-1.800 millones de euros distribuidos en aproximadamente 20 años (2026-2045). El desglose por fases sería:

  • Fase 1 (2026-2032): Habilitación de Mahón y Rota — 500-700 millones de euros
  • Fase 2 (2030-2036): Base atlántica completa en Las Palmas — 500-700 millones de euros
  • Fase 3 (2035-2045): Ampliaciones y bunkerización de infraestructuras críticas — 300-500 millones de euros

El coste anual medio se sitúa en 60-90 millones de euros, equivalente al 0,15-0,20% del presupuesto de defensa proyectado bajo el compromiso español de alcanzar el 2,5-3% del PIB. La pérdida de un solo S-80 en puerto equivaldría a destruir, en minutos, una inversión superior a toda la fase 1 del plan de dispersión.

 

7. El coste de la inacción

La alternativa a la dispersión no es el ahorro presupuestario. Es el peligro estratégico.

Una fuerza submarina concentrada en un único puerto cuya ubicación es siempre conocida es una fuerza a medio neutralizar. El adversario puede monitorizar un solo enclave para conocer el estado de alerta de la flota. Puede planificar un único ataque coordinado sabiendo que el éxito anularía toda la capacidad submarina española. Puede calcular con precisión los tiempos de tránsito hacia cualquier zona de operaciones.

Con un despliegue distribuido, el cálculo se invierte. El adversario tendría que atacar cuatro objetivos geográficamente distantes de forma simultánea —una tarea exponencialmente más compleja que el bombardeo de una sola base—. Aunque Cartagena fuera neutralizada, los submarinos en Canarias y Baleares seguirían operativos. La imprevisibilidad del despliegue complicaría la planificación de cualquier operación contra intereses españoles.

 

CONCLUSIÓN: El momento de actuar

España se encuentra en una ventana de oportunidad única. Con el S-81 ya operativo y el S-82 completando pruebas de mar, existe margen para desarrollar infraestructura de dispersión antes de que la flota S-80 alcance su capacidad operativa completa en 2030-2031. Esperar a tener los cuatro submarinos operativos desde una única base vulnerable sería repetir el error estratégico que llevó a Rusia a perder el Rostov-on-Don en Sebastopol.

La dispersión no es un lujo ni una aspiración a largo plazo. Es una necesidad de seguridad nacional que debe abordarse ahora, mientras el programa S-80 todavía está en fase de despliegue y las inversiones en infraestructura pueden planificarse de forma coordinada con las entregas de nuevas unidades.

El arma submarina española representa una inversión de 4.000 millones de euros y constituye el principal instrumento de negación de área de una nación con dos fachadas marítimas, dos archipiélagos y el control de uno de los chokepoints más importantes del mundo. Proteger ese activo con una arquitectura resiliente de bases submarinas no es un gasto discrecional, es la diferencia entre disponer de una capacidad de disuasión creíble o cuatro costosos blancos estacionados en un único puerto vulnerable.

En el siglo XXI, la supervivencia de una fuerza naval no se decide en el mar, sino en tierra, antes del primer disparo. El momento de decidir es ahora.

2 comentarios:

  1. Excelente articulo, con el cual coincido.

    Solo por aportar info, imagino que conoceras el proyecto de la Base Naval de Submarinos de Cartagena en El Espalmador, que evidentemente no llego a buen puerto.

    https://armada.defensa.gob.es/archivo/rgm/2015/05/cap06.pdf

    Por otro lado, lei hace tiempo que parece que tuvimos una base logistica en Tenerife para abastecer uno, pero que nunca se llego a utilizar.

    https://www.lqtdefensa.es/2013/02/una-base-de-submarinos-secreta-en-santa.html

    Yo volvería a la vieja usanza y desempolvaría proyectos como este en otra ubicaciones, ya que como bien dices un S80 ronda los 1.000m€ y te lo puede dejar fuera de combate un enjambre de drones o un misil de crucero mucho mas barato y prescindible que un Submarino.

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  2. Gracias por tu comentario. Particularmente creo que una nueva base subterránea de submarinos en la costa oeste de Gran Canaria sería ideal para la flota Atlántica submarina: zona poco poblada, con grutas volcánicas, y con posibilidad de salida sumergidos en tres posibles direcciones. Los escandinavos las hacen muy bien.

    Claro que para que mereciera la pena deberíamos tener una flota de 10-12 submarinos. No sería barato, pero el submarino es el elemento más disuasorio de la flota... si se le dota de misiles, claro.

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