viernes, 2 de enero de 2026

El dilema espacial de España en 2035

Autonomía estratégica o irrelevancia operativa

 

Introducción

En el horizonte de 2035, España se enfrenta a una decisión estratégica que no es tecnológica, sino política en su sentido más profundo: aspirar a una autonomía estratégica real como potencia media regional o aceptar un papel estructuralmente dependiente, aunque bien equipado, dentro de los marcos aliados. Durante décadas, la política de defensa española ha descansado sobre un supuesto tácito: la integración aliada —en particular en el marco de la OTAN y la Unión Europea— compensaría cualquier déficit nacional en ámbitos críticos como inteligencia, mando y control o acceso al espacio. Este enfoque fue funcional en un entorno caracterizado por supremacía occidental, abundancia relativa de capacidades compartidas y crisis limitadas en intensidad, duración y simultaneidad. Ese entorno ya no existe.

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Las operaciones aliadas de las últimas décadas ilustran bien esta dependencia estructural: desde el peso determinante de los sistemas de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR) y AWACS OTAN en Libia 2011 hasta la centralidad de capacidades espaciales estadounidenses en conflictos más recientes, la autonomía decisoria real de muchos aliados europeos ha estado condicionada por su acceso a información, navegación y comunicaciones críticas. En un contexto de multipolaridad, congestión del dominio espacial y competencia estratégica persistente, esa dependencia deja de ser neutra. El espacio se ha convertido en el sustrato operativo que determina qué Estados conservan margen de decisión bajo presión y cuáles se limitan a ejecutar decisiones ajenas.

El dilema que se plantea a España no es si cooperar o no —la cooperación es inevitable—, sino desde qué posición hacerlo. Sin un umbral mínimo de soberanía espacial, la integración aliada, valiosa en cooperación plena, puede derivar en dependencia funcional, erosionando credibilidad, influencia y libertad de acción en escenarios donde los intereses nacionales no coincidan plenamente con las prioridades de terceros. Este dilema estructural atraviesa todo el debate estratégico español hacia 2035. 


1. ESPAÑA EN 2026: CAPACIDADES DISPERSAS Y SOBERANÍA DIFUSA

España en 2026 no es un desierto espacial, pero tampoco es un actor soberano. Se encuentra en una zona gris estratégica, caracterizada no por la carencia de medios, sino por su dispersión, dependencia funcional y ambición limitada. Esta dispersión actual ilustra el riesgo de irrelevancia operativa si no se cruza el umbral soberano propuesto. El problema español no es tecnológico; es estructural y político.

1.1. Qué hace hoy el Mando del Espacio… y qué no

La creación del Mando del Espacio, plenamente operativo desde febrero de 2025, supuso un avance institucional significativo. Coordina activos espaciales militares, actúa como interfaz con aliados, gestiona una conciencia básica del entorno espacial e integra el dominio espacial en la planificación conjunta.

Sin embargo, su alcance real sigue siendo limitado: no controla soberanamente el ciclo completo ISR, no decide prioridades nacionales frente a demandas aliadas en escenarios de fricción y carece de autoridad efectiva sobre la arquitectura espacial nacional. Gestiona accesos más que capacidades y dependencias más que soberanía.

1.2. Fragmentación institucional: Defensa, Agencia Espacial Europea e industria

Estas limitaciones se ven amplificadas por la fragmentación institucional. La política espacial se reparte entre Defensa, la Agencia Espacial Española, la industria y los marcos europeos (ESA y UE), sin una autoridad estratégica integradora que convierta programas técnicos en poder militar coherente.

El resultado es un modelo en el que se desarrollan satélites —como PAZ o el recientemente completado SpainSat NG— sin una doctrina clara de empleo militar, se accede a datos sin control pleno sobre su priorización y se invierte sin definir explícitamente el umbral de soberanía buscado.

España no carece de política espacial; carece de una política espacial militar soberana.

1.3. Dependencias críticas: ISR, SIGINT, PNT y SSA

Las dependencias españolas no son absolutas, pero sí estructurales:

  • Inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR): capacidad propia limitada, sin persistencia ni control completo del tasking.
  • Inteligencia de señales (SIGINT) espacial: acceso principalmente aliado, con escasa autonomía nacional.
  • Posicionamiento, navegación y tiempo (PNT): dependencia funcional de GPS, con Galileo PRS como mitigador parcial.
  • Conocimiento de la situación espacial (SSA): capacidad básica, insuficiente para autonomía decisoria en crisis.

Estas dependencias no son problemáticas en tiempos de cooperación plena. Lo son en escenarios de saturación aliada, divergencia política o crisis simultáneas. La experiencia ucraniana (2022-2025) ejemplifica esta vulnerabilidad: Ucrania ha sufrido denegaciones selectivas en ISR de alta resolución, interrupciones en inteligencia de señales compartidas y jamming persistente GNSS en el Mar Negro. El resultado fue operaciones navales y de precisión limitadas en ventanas críticas, pese a plataformas modernas.

En términos crudos: España observa, pero no manda; recibe, pero no prioriza; accede, pero no controla. Ese modelo es suficiente para la paz y la cooperación. No lo es para un 2035 marcado por la competencia estratégica y la coerción permanente.

Si se compara la situación de España con las demás potencias europeas, Francia es la que tiene un mayor nivel de autonomía.

País

ISR soberano

SATCOM resiliente

Umbral autonomía

Francia

Helios/CSO (LEO/SAR)

Syracuse (GEO)

Alto

Reino Unido

Skynet (complementado)

Skynet NG

Medio-alto

Italia

COSMO-SkyMed

Sicral

Medio

España

PAZ (limitado)

SpainSat NG

Bajo-mínimo

 Francia no es autárquica ni independiente del todo. Pero conserva:

  • Control soberano del ISR prioritario.
  • Comunicaciones por satélite (SATCOM) militar endurecidas.
  • Doctrina clara de empleo espacial militar.
  • Integración política-militar del espacio.

Eso le permite cooperar desde una posición de capacidad, no de dependencia. España, en cambio, coopera desde la necesidad, lo que reduce su margen de maniobra.

Esta comparación no es un reproche, sino un indicador de escala: Francia actúa como potencia media con ambición estratégica global; España como país sin arquitectura espacial definida. Las actuales capacidades nacionales no se traducen en soberanía efectiva.

 

2. El espacio como umbral real de poder en 2035

En el siglo XX, el estatus estratégico se medía principalmente por fuerzas visibles: divisiones acorazadas, escuadrones de combate o grandes unidades navales. En el siglo XXI avanzado, esos activos siguen siendo necesarios, pero han dejado de ser suficientes. La línea divisoria entre actores con iniciativa y meros ejecutores se sitúa antes del combate, en la capacidad de comprender el entorno, priorizar información y sostener decisiones bajo fricción. Ese umbral es espacial, y su ausencia perpetúa la irrelevancia operativa diagnosticada en 2026.

El espacio no es simplemente un dominio adicional, sino el habilitador transversal de todos los demás. Sin control efectivo —aunque sea limitado— de capacidades espaciales críticas:

  • la alerta temprana es condicional,
  • el ciclo ISR depende de prioridades externas,
  • el mando y control es vulnerable a interferencias,
  • la continuidad operativa queda supeditada a terceros.

Esto no implica incapacidad absoluta para operar, pero sí genera vulnerabilidades selectivas. Los conflictos contemporáneos han normalizado la degradación deliberada del dominio espacial (interferencia GNSS, ciberataques a segmentos terreno, manipulación de datos ISR y ataques no cinéticos contra satélites). Las interferencias GNSS registradas en el Báltico entre 2024 y 2025 muestran que la degradación no necesita ser total para generar efectos acumulativos.

En ese contexto, la ausencia de alternativas soberanas no provoca necesariamente el colapso, pero sí una subordinación operativa progresiva, donde la iniciativa se erosiona de forma acumulativa. En paz, el riesgo es bajo; en crisis múltiples, alto. En 2035, esta línea divisoria no implica exclusión absoluta, pero sí una pérdida progresiva de iniciativa, mitigable únicamente mediante umbrales mínimos soberanos.

 

3. Autonomía y cooperación: del falso dilema al espectro de interdependencia

Plantear la soberanía espacial como alternativa a la cooperación aliada es un error conceptual recurrente. Las potencias medias europeas que conservan peso estratégico real —Francia con Helios/CSO, Reino Unido con Skynet, Italia con COSMO-SkyMed— no eligen entre autonomía o alianza. Construyen capacidades propias precisamente para cooperar mejor. La autonomía estratégica contemporánea debe entenderse como un espectro de interdependencia, no como autarquía, que evita la dependencia automática y preserva el margen de decisión nacional.

En ese espectro, un Estado conserva un umbral mínimo de control soberano que le permite:

1.      Actuar de forma autónoma en crisis de baja y media intensidad.

2.      Resistir degradaciones temporales del apoyo aliado.

3.      Contribuir a coaliciones con capacidades propias, relevantes y demandadas.

La experiencia demuestra que un exceso de autonomía mal integrada puede tensionar alianzas, pero también que la ausencia de autonomía reduce influencia política y operativa. El equilibrio, ejemplificado por el modelo francés, maximiza el margen de maniobra sin aislamiento.

Sin ese umbral, la integración deja de ser una elección estratégica y se convierte en una obligación estructural, incrementando el riesgo de desalineación entre intereses nacionales y prioridades aliadas, incluso sin exclusión formal.

 

4. La soberanía espacial mínima en 2035 como capacidad operativa inicial

Para que el debate sea operativo y no retórico, el concepto de soberanía espacial mínima debe definirse con precisión. No se trata de una arquitectura completa ni de un estado final deseable, sino de una capacidad operativa inicial (IOC) destinada a evitar la irrelevancia estratégica y preservar el margen de decisión nacional en escenarios críticos.

Esta soberanía mínima, en torno al 60% del ciclo ISR en áreas prioritarias, con redundancia SATCOM ante degradación, no elimina la dependencia aliada, pero evita la dependencia automática, que es la antesala de la pérdida de iniciativa.

Su diseño prioriza una cobertura regional persistente y controlada, centrada en el Mediterráneo occidental, el Atlántico nororiental, el entorno inmediato de la Península Ibérica y los archipiélagos, así como una proyección extendida hacia el Sahel, el Magreb y el Golfo de Guinea. Estas áreas concentran los principales vectores de riesgo, interés operativo y compromiso exterior español, y constituyen el espacio geográfico donde la autonomía informativa y la continuidad del mando resultan críticas. Fuera de este arco estratégico, la arquitectura asume una cobertura discontinua y selectiva, complementada por capacidades aliadas o comerciales, coherente con una doctrina de suficiencia estratégica y no de presencia global permanente.

Basándose en benchmarks de potencias medias europeas, pueden identificarse los siguientes pilares mínimos. Cada uno actúa como vector de autonomía operativa; en conjunto determinan hasta dónde España puede actuar sin autorización o supervisión externa directa.

4.1. Observación óptica en órbita terrestre baja (LEO): ISR espacial

Se busca autonomía informativa básica en ventanas críticas. Para ello es necesario:

  • Constelación LEO de 4–6 satélites ópticos y/o radar de apertura sintética (SAR).
  • Capacidad de revisita inferior a seis horas sobre áreas prioritarias (Mediterráneo occidental, entorno inmediato, Sahel).
  • Control nacional completo del ciclo tasking–explotación–difusión para al menos el 60 % de las misiones de interés nacional.

Este umbral no proporciona persistencia continua ni superioridad informativa sostenida. Sí permite, en cambio, conciencia situacional suficiente, especialmente en las primeras 48–72 horas de una crisis, cuando se define la iniciativa política y militar.

4.2. Órbita terrestre geoestacionaria (GEO) endurecida (SpainSat NG + evolución): comunicaciones por satélite

Para continuidad del mando y control bajo ataque sería necesario:

  • Capacidad UHF/EHF resiliente con 2–3 satélites GEO.
  • Encriptación y gestión plenamente nacionales.
  • Redundancia suficiente para absorber la pérdida de un nodo crítico sin colapso del sistema.

El objetivo no es independencia total, sino continuidad del mando en escenarios de interferencia, saturación o acceso restringido a capacidades aliadas.

4.3. Posicionamiento, navegación y tiempo: PNT soberano

Busca libertad de maniobra limitada pero real.

  • Acceso garantizado a Galileo PRS (Servicio Público Regulado, componente gubernamental de Galileo).
  • Receptores militares propios y doctrina de operación degradada sin GPS.

Este pilar no sustituye a un Sistema Global de Navegación por Satélite (GNSS, por sus siglas en inglés) soberano, pero reduce la vulnerabilidad inmediata ante interferencias o negación selectiva.

4.4. Gestión operativa: control y coherencia

Centro nacional de operaciones espaciales militares 24/7, integrado en la cadena de mando estratégica y conectado directamente con el JEMAD.

Sin esta capa de gestión, incluso capacidades técnicas propias pierden valor estratégico.

4.5. Recuperación: resiliencia temporal, no autosuficiencia

Acceso garantizado a lanzamiento de sustitución en menos de 12 meses, inicialmente mediante proveedores comerciales aliados.

A medio plazo, la disponibilidad de un lanzador ligero nacional, como Miura 5, permitiría reducir tiempos de recuperación y dependencia política en escenarios de congestión o crisis, sin pretender una soberanía plena de acceso al espacio.

 

5. Coste estimado de la soberanía espacial mínima (2035)

Cualquier propuesta de soberanía espacial exige estimaciones realistas de coste. Las cifras siguientes son órdenes de magnitud, basadas en programas europeos comparables, y buscan dimensionar el esfuerzo necesario para alcanzar un umbral mínimo de autonomía operativa en 2035:

  • El componente más relevante corresponde a la constelación de observación terrestre en órbita baja. Una arquitectura de seis satélites ópticos y/o radar, junto con su segmento sobre el terreno y capacidades de explotación, supondría una inversión acumulada estimada entre 900 y 1.200 millones de euros a lo largo de una década.
  • El segundo gran bloque es el de las comunicaciones satelitales militares en órbita geoestacionaria. El desarrollo, lanzamiento y operación de dos o tres satélites GEO endurecidos, con encriptación y gestión nacionales, requeriría entre 1.200 y 1.500 millones de euros.
  • A estas inversiones se suman costes más contenidos, pero estratégicamente decisivos: entre 200 y 300 millones de euros para un Centro Nacional de Operaciones Espaciales con capacidades ampliadas de conocimiento del entorno espacial; entre 150 y 250 millones para garantizar un uso militar efectivo del servicio Galileo PRS, incluyendo receptores, integración doctrinal y entrenamiento; y otros 200 a 300 millones para asegurar la capacidad de recuperación y acceso al lanzamiento en plazos operativos.

En conjunto, el esfuerzo total se sitúa entre 2.700 y 3.500 millones de euros entre 2026 y 2035, lo que equivale a unos 270–350 millones anuales. Es una cifra significativa, pero los efectos multiplicadores transversales que generan sobre todas las Fuerzas Armadas y sobre la credibilidad estratégica del Estado lo valen.

 

6. Escenarios 2035: autonomía gradual o dependencia selectiva

Definido este umbral mínimo, el análisis de escenarios gana realismo.

Escenario base (más probable): autonomía crítica selectiva. España alcanza la soberanía mínima en ISR y SATCOM, manteniendo dependencia parcial en alerta temprana estratégica y PNT global. Resultado: autonomía operativa en crisis de baja y media intensidad y contribución relevante a coaliciones.

Escenario de riesgo: degradación progresiva del acceso aliado. Sobrecarga de activos estadounidenses, condicionalidad política creciente o realineamientos geopolíticos reducen el acceso efectivo a capacidades críticas. Resultado: fuerzas modernas, pero pérdida de iniciativa en crisis no prioritarias para aliados.

Escenario óptimo (menos probable): autonomía ampliada cooperativa. Refuerzo de la cooperación europea, con España como nodo regional relevante.

Escenario crítico (baja probabilidad): dependencia estructural. Discontinuidad política o presupuestaria impide alcanzar incluso el umbral mínimo.

La soberanía mínima no elimina riesgos, pero amortigua shocks externos y evita que factores exógenos amplifiquen la dependencia.

 

7. Credibilidad internacional y margen de maniobra político

La credibilidad estratégica se mide en las fases iniciales de una crisis. Un Estado que no controla su información prioritaria ni sus enlaces críticos pierde capacidad de iniciativa, incluso antes de que se dispare el primer tiro.

En 2035, la diferencia entre liderazgo limitado y seguidismo estará marcada por la autonomía espacial disponible en las primeras 48–72 horas.

Lejos de ser un repliegue, la soberanía espacial mínima es un capital estratégico acumulativo. Bien diseñada:

  • reduce presión sobre activos aliados,
  • aporta resiliencia colectiva,
  • incrementa peso político en foros multilaterales.

La autonomía no compite con la cooperación: la refuerza.

 

Conclusión

España no desaparecerá como actor internacional si no desarrolla soberanía espacial. Pero en 2035, la cuestión clave será cuánto margen de maniobra conserva en crisis donde sus intereses no coincidan plenamente con los de sus aliados.

La soberanía espacial mínima no es una aspiración tecnológica, sino un requisito de supervivencia operativa. No garantiza liderazgo ni independencia plena, pero evita la irrelevancia. España puede delegar capacidades, pero no su comprensión estratégica del entorno. La soberanía espacial mínima no es opción; es el precio a pagar para seguir contando con voz propia.


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