Por qué la Armada debería soltar sus guardacostas
Primer artículo de la serie “La
reforma del dispositivo marítimo español”.
INTRODUCCIÓN
El patrullero Atalaya fue
entregado a la Armada el 29 de junio de 1992, el cuarto y último de la clase Serviola.
Treinta y cuatro años después, releva cada pocas semanas a un Buque de Acción
Marítima en la vigilancia del Estrecho y el mar de Alborán. Mientras tanto, en
Puerto Real se prepara la construcción de dos patrulleros nuevos dotados de
sonar y capacidad antisubmarina por setecientos dieciséis millones de euros. La
imagen condensa la paradoja de que la misma Armada que envía un barco de tres
décadas a controlar los peñones de soberanía invierte centenares de millones en
rastrear submarinos para la década siguiente. Es el síntoma de una ambigüedad
estructural.
Esa fuerza se llama Fuerza de
Acción Marítima, FAM en el habla naval. Constituye uno de los grandes
componentes de la Flota, junto a la Fuerza de Acción Naval, la Infantería de
Marina, la Flotilla de Submarinos y la de Aeronaves; y la manda el Almirante de
Acción Marítima, ALMART, con cuartel general en Cartagena. Bajo su escudo se
encuadran los seis BAM modernos, los viejos patrulleros de altura, los buques
de vigilancia pesquera, los buques hidrográficos y de escuela y el centro que
fusiona toda la información del entorno marítimo. La FAM hace, con una sola
estructura, dos oficios distintos; ese es el problema que este ensayo quiere
desmontar.
El patrullero Atalaya, entregado en 1992, sigue de
guardia treinta y cuatro años después. Por Angel Ignacio Fernández Niño - http://losbarcosdeeugenio.com/barcos/es/es/ae_P74.html, CC BY-SA 3.0.
1. Una fuerza CON dos oficios
El primer oficio es preparar
fuerza naval. La FAM alista unidades para que, llegado el caso, se transfieran
a la estructura operativa de las Fuerzas Armadas y combatan. Es la lógica de
toda fuerza militar, generar capacidad, adiestrarla y entregarla al mando que
la empleará en una operación concreta. Los nuevos BAM con capacidad
antisubmarina responden a esta lógica; son barcos pensados para un escenario de
alta intensidad, no para perseguir pateras.
El segundo oficio es vigilar el
mar todos los días. La Armada tiene asignada, con carácter permanente, la
misión de vigilancia marítima de los espacios de soberanía e interés nacional.
No es una misión de combate; es una misión de policía del Estado en la mar, lo
que los anglosajones llaman constabulary. Patrullar el Estrecho, mostrar
pabellón ante los peñones, apoyar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del
Estado contra el narcotráfico, inspeccionar la flota pesquera y orientar el
tráfico mercante en crisis. Trabajo gris, cotidiano y sin gloria.
La contradicción no es teórica,
pues se ve en la agenda de un mismo mes. En el verano de 2025, el BAM Furor
fue el buque elegido para escoltar una flotilla civil rumbo a Gaza, una misión
de presencia a miles de millas de casa; por las mismas fechas, un viejo Serviola
relevaba la guardia en el golfo de Cádiz y rondaba los peñones, con su dotación
de siete oficiales y poco más de un centenar de hombres. La misma fuerza hace
de escuadra que se proyecta y de policía que vigila la verja, sin que nadie
haya decidido cuál de las dos es su naturaleza. Y cuando una institución
pretende dos cosas a la vez, suele hacer las dos a medias.
El problema no es solo de
identidad, sino de alistamiento. La función constabularia no es tiempo perdido;
da mar, mando real, conocimiento del entorno y curte a las dotaciones. Pero un
buque que pasa el año en guardias de vigilancia no se adiestra para la guerra
de alta intensidad que justifica su existencia, pues acumula millas de patrulla
pero pierde horas de combate. El alistamiento naval avanza por ventanas
encadenadas, ejercicios con submarinos, con aviación y con grupos de combate;
una unidad que dedica un tercio del año a patrullas rutinarias no pierde solo
días de mar, pierde esas ventanas, las únicas que generan las competencias para
las que el buque fue diseñado. Lo que se erosiona no es la preparación entera,
sino el adiestramiento de alto nivel, que es el más difícil de recuperar. Pedir
a la misma fuerza que vigile a diario y que esté lista para el choque es
pedirle que reste a una de las dos.
La elegancia del diseño español
está en que una misma persona, el ALMART, encarna los dos oficios. Como mando
orgánico, responde ante el Almirante de la Flota de la preparación de la FAM.
Como mando operativo, dirige el Mando Operativo Marítimo y el Mando de
Vigilancia y Seguridad Marítima, subordinado al Jefe de Estado Mayor de la
Defensa a través del Mando de Operaciones. Prepara la fuerza con una mano
mientras la emplea con la otra. Sobre el papel, el círculo se cierra con
pulcritud admirable. En la práctica, esa pulcritud esconde una pregunta sin
responder: ¿la FAM es una fuerza de guerra que, de paso, vigila, o un
guardacostas que, de paso, se adiestra para la guerra?
2. Qué es la Acción Marítima y qué no es
La acción marítima es la
contribución de la Armada a lo que la doctrina llama acción del Estado en la
mar, esto es, el conjunto de tareas públicas que no son guerra pero exigen
presencia armada en el agua. Salvamento, vigilancia pesquera, lucha contra
tráficos ilícitos, control de la inmigración irregular, protección del medio
ambiente y auxilio en catástrofes. España las reparte hoy entre media docena de
organismos; la Armada se quedó con la parte que históricamente ejerció por
delegación de los demás ministerios.
Esa parte es más concreta de lo
que suena. Los patrulleros de la clase Chilreu nacieron de un acuerdo
con el ministerio de Pesca para inspeccionar la flota en los caladeros,
nacionales e internacionales; los BAM apoyan a la Guardia Civil y a Aduanas en
la persecución de narcolanchas en el Estrecho; y toda la fuerza contribuye al
dispositivo contra la inmigración irregular en Alborán y en aguas canarias.
Nada de esto es combate. Es policía, inspección y rescate, ejecutados por
buques de guerra y por marineros con uniforme militar.
Y, sobre todo, es trabajo
heredado. La Armada asumió la acción del Estado en la mar cuando era casi el
único actor con buques, en una España que nunca tuvo guardia costera. Ese
monopolio se acabó hace tres décadas. El Servicio Marítimo de la Guardia Civil
nació en 1991; Salvamento Marítimo, en 1992; Vigilancia Aduanera lleva aún más
tiempo persiguiendo el contrabando. Hoy media docena de organismos se reparten
el agua y la delegación que justificaba la presencia de policía del Estado de
la Armada es un resto del pasado, no una necesidad del presente.
El instrumento que materializa la
vigilancia es el COVAM, el Centro de Operaciones y Vigilancia de Acción
Marítima, operativo veinticuatro horas en Cartagena. Allí se compila,
correlaciona y fusiona la información del entorno marítimo, y allí se construye
la fotografía permanente de qué se mueve en aguas de interés español. El COVAM
es, en rigor, una capacidad de guardacostas de manual, un centro de fusión que
enlaza barcos, aviones y sensores para vigilar una franja de océano. La Armada
lo tiene, lo opera bien y lo financia con cargo a su presupuesto.
Pero aquí aparece la primera
contradicción conceptual. Una fuerza naval se mide por su capacidad de combate;
un guardacostas, por su capacidad de presencia continua. Son lógicas distintas,
casi opuestas. La fuerza de combate concentra medios caros y escasos para
vencer en un choque; el guardacostas dispersa medios baratos y numerosos para
estar en todas partes a todas horas. La FAM intenta ser las dos cosas con la
misma flota, pero ninguna flota rinde bien cuando se le pide que sea cara y
barata, escasa y numerosa a la vez.
3. Ni de guerra ni guardacostas
El material confirma esa doble
vida. La flota de la FAM no es de un tipo, sino de dos tipos diferenciados con
poco en común.
Por un lado, seis BAM de la clase
Meteoro, modernos pero patrulleros oceánicos por diseño. Montan un cañón
de 76 milímetros y un par de ametralladoras de 25, sin misil, sin torpedo y sin
sonar; la propia Armada los clasifica como patrulleros y su diseño prescinde de
capacidades ofensivas para volcarse en la vigilancia, la escolta y el
salvamento. Por otro lado, los dos BAM nuevos, distintos en lo esencial,
dotados de sonar y de una capacidad antisubmarina que escora su perfil hacia el
combate. Hay una escala, el patrullero oceánico vigila; el patrullero con
sensores antisubmarinos limitados, como estos dos, detecta en baja y media
amenaza; la corbeta de segunda línea combate con reservas; y solo la fragata
especializada caza submarinos de verdad. Y por debajo de todos, una flota de
policía del Estado menor que envejece sin relevo, con los Serviola,
superada ya su treintena; tres pesqueros de la clase Chilreu que pasan
del cuarto de siglo; algún superviviente de la clase Anaga de los años
ochenta, como el Tagomago, todavía de guardia en el Estrecho desde
Cádiz; y un par de patrulleros litorales más de la misma época.
La lectura importa. Lo que la
Armada renueva con dinero fresco son los dos cascos escorados a la guerra; lo
que deja envejecer es el músculo de vigilancia. Setecientos dieciséis millones
para dos patrulleros con capacidad antisubmarina, pero nada para reemplazar a
los que vigilan los peñones. No es indecisión, es una preferencia. El corazón
de la institución late en alta mar y su cartera lo confirma. Esa preferencia,
lejos de ser un reproche, es la mejor razón para lo que viene a continuación.
4. Quedárselo o soltarlo
Otras marinas afrontaron la misma
disyuntiva y la resolvieron de maneras opuestas. La Marina italiana se quedó el
guardacostas y le dio nombre; su Guardia Costiera, el Cuerpo de las
Capitanías de Puerto, vive dentro de la Marina pero al servicio de varios
ministerios, con uniforme propio, carrera propia y una identidad que nadie
confunde con la flota de batalla. Estados Unidos hizo lo contrario y lo expulsó
de la Marina; su US Coast Guard es un servicio armado independiente,
encuadrado en el Departamento de Seguridad Nacional, multimisión, con
academias, cúteres y cadena de mando propios, que solo en guerra se transfiere
a la Armada. Dos caminos limpios y opuestos, mientras España no ha tomado
ninguno y se ha quedado en tierra de nadie.
Quedárselo a la italiana, crear
un cuerpo de Policía Marítima del Estado propio dentro de la Armada, tropieza
en España con un hecho jurídico tozudo. El mandato de policía en aguas
españolas hasta el límite del mar territorial corresponde por ley al Servicio
Marítimo de la Guardia Civil, el SEMAR, que ejerce funciones gubernativas,
judiciales, fiscales y de control de fronteras en la mar, organizado en
comandancias con demarcación de litoral. Un guardacostas militar dentro de la
Marina no resolvería la duplicidad, sino que la perpetuaría, con dos cuerpos
uniformados disputándose la misma milla. La vía italiana es elegante en Roma y
redundante en Madrid, porque aquí ya hay quien ocupa el sitio que allí ocupan
las Capitanías.
No faltan razones para que la
Armada quiera conservar el cometido. Un buque gris frente a los peñones dice
algo que una patrullera policial no dice; la presencia naval tiene un valor de
soberanía que el derecho internacional reconoce y el vecino entiende. La
vigilancia diaria, además, mantiene a las dotaciones en la mar y curte a los
oficiales jóvenes. Son argumentos legítimos. Ninguno, sin embargo, exige que
sea la FAM quien patrulle cada día, pues la soberanía se afirma con despliegues
puntuales de fuerza naval, no con la inspección rutinaria de pesqueros; y el
adiestramiento se logra mejor en ejercicios de combate que en guardias de
policía. La presencia se conserva sin cargar con el oficio entero.
La Ley Orgánica de la Defensa
Nacional mantiene la vigilancia de los espacios marítimos como misión de las
Fuerzas Armadas; el deslinde, por tanto, no le arranca esa misión a la Armada,
sino que le retira la ejecución diaria de la parte policial. La Armada conserva
la vigilancia de fondo y, sobre todo, la autoridad para escalar. Porque en el
Estrecho, en Alborán o frente a los peñones la línea entre policía y soberanía
es borrosa; una patrulla marroquí en aguas disputadas, una migración
instrumentalizada o un sabotaje de cables submarinos empiezan como incidente y
pueden acabar en pulso geopolítico. Para esa zona gris, el Mando de Operaciones
retendría la potestad de desplegar las futuras corbetas EPC cuando un problema de
policía marítima se convierta en un conflicto estatal. La Guardia Civil ejecutaría
la vigilancia diaria del litoral y el mar territorial, mientras la Armada se
reservaría la presencia soberana en la zona económica exclusiva y la capacidad
de escalada cuando el asunto deja de ser policial.
Y aquí el matiz jurídico pesa más
de lo que parece. Al pasar a la Guardia Civil, un Meteoro conserva la
inmunidad soberana de España, pero, según el Derecho del Mar, deja de ser un
buque de guerra; lo que permite la gradualidad en la respuesta del Estado, pues
la amenaza que proyecta una corbeta gris no la transmite una lancha con franja
verde. La Guardia Civil aportaría la legitimidad del control policial en aguas
propias, mientras las EPC retendrían el estatuto pleno de buque de guerra para
la disuasión exterior. El deslinde no levanta un muro, sino un reparto con
válvula de escalada.
Queda la objeción más seria, la
que se oye en cualquier cuarto de oficiales. Si la Armada deja de patrullar a
diario el Estrecho, dirán, perderá el conocimiento del entorno marítimo. La
respuesta es que ese conocimiento no nace de quién intercepta la patera, sino
de quién fusiona y explota la información. Mientras la Armada conserve el COVAM
y el acceso a los sensores nacionales, seguirá viendo el mar entero aunque no
sea ella quien haga cada inspección rutinaria. La conciencia situacional es
cuestión de datos, no de cascos.
Soltarlo, en cambio, devuelve
cada cosa a su lugar. La Armada se queda lo de guerra; la función de policía
regresa a quien tiene el mandato legal de ejercerla. No hay que inventar un
cuerpo nuevo, solo dejar de duplicar el que ya existe. El deslinde tiene un
coste corporativo evidente, pues obliga a la Armada a renunciar a cascos que
justifican plantilla y presupuesto; pero es el camino que respeta la ley y
despeja la misión. Es, además, el que la propia institución parece desear
cuando compra sonares en lugar de redes.
Es cierto que incluso con la
Armada dejando la vigilancia en manos de la Guardia Civil seguirán existiendo
múltiples agencias en aguas propias y, por lo tanto, necesidad de un mando que
los coordine. Pero esa es otra reforma, la de la autoridad marítima única, que
estos ensayos abordan después. Aquí basta con la primera mitad del problema,
aquella en la que la Armada, sin desaparecer del mar, debe dejar de ser el autor
orgánico de su vigilancia diaria.
5. La oportunidad que cambia el cálculo
Hasta hace poco, el deslinde
chocaba con una objeción razonable. Los seis Meteoro no solo patrullan
aguas propias; también despliegan lejos, en la operación Atalanta contra la
piratería en el Índico o escoltando una flotilla, y soltarlos todos obligaría a
la Armada a emplear fragatas en misiones de baja intensidad, caras y escasas. Era
el argumento que justificaba conservarlos, pues un patrullero barato hace
presencia donde una fragata sería un derroche. Esa objeción empieza a perder
fuerza.
La Armada va a recibir seis
corbetas de patrulla europeas, las EPC en sus siglas inglesas, dentro de un
programa de cooperación estructurada de la Unión Europea compartido con Italia y
Grecia. Son buques de combate ligeros, de unas tres mil toneladas y ciento diez
metros de eslora, armados, modulares y polivalentes. El pedido se espera para
2027, con la primera unidad entrando en servicio hacia 2030, la serie completa
a lo largo de esa década y base en Ferrol, para esas misiones de menor nivel y
amenaza.
Conviene no minusvalorar el
salto. Una corbeta de tres mil toneladas con sistema de combate, capacidad
antisubmarina y mayor autonomía no es un patrullero con otro nombre; es un
buque de segunda línea apto para la escolta, la disuasión y la guerra naval de
baja y media intensidad, con lo que la Armada no solo cubre el hueco que
dejarían los Meteoro, sino que sube un peldaño en la escala de capacidad.
Ahí está la rampa. Si las EPC
cubren la presencia exterior con cascos armados de verdad, los seis Meteoro
dejan de ser necesarios para esa misión y pueden cederse a la Guardia Civil. La
Armada no pierde capacidad expedicionaria; la gana, porque cambia patrulleros
de un solo cañón por corbetas aptas para escenarios de mayor intensidad. Ocho
cascos modernos de patrulla (los seis Meteoro más los dos
antisubmarinos) más seis corbetas nuevas dan margen de sobra para repartir
misiones sin dejar ningún hueco. Por primera vez en treinta años, soltar el
guardacostas no cuesta capacidad. Sólo hay que tomar la decisión.
Y trae un segundo premio consigo,
mucho más inmediato. Cada Meteoro que pasa a la Guardia Civil devuelve
su dotación a la Armada, pues sus marineros seguirán siendo militares aptos
para cubrir otras dotaciones; y esas tripulaciones son, precisamente, las que
las nuevas corbetas y fragatas no consiguen reunir. El deslinde libera a los
marineros que la propia recapitalización reclama. Ese es el dividendo más
tangible de toda la operación, y merece capítulo aparte.
6. El reparto de los medios y su calendario
Decidido el deslinde y abierta la
ventana, queda repartir la flota por misión. El criterio no es el tipo de
casco, sino dónde sirve cada uno; aguas propias frente a presencia exterior.
A la Guardia Civil, que ostenta
por ley la policía hasta el mar territorial, irían los seis Meteoro actuales
para la vigilancia de aguas propias y la escolta de presencia, la del tipo de
una flotilla; y, como puente hasta su baja, los viejos Serviola. A la
Secretaría General de Pesca, los buques de inspección pesquera de la clase Chilreu,
construidos en su día por acuerdo con ese ministerio, cuya misión es ya civil y
basta reconocerlo así. La Armada retendría en la Fuerza de Acción Naval todos
los buques de guerra y expedicionarios, esto es, las seis futuras EPC; los dos
BAM antisubmarinos; el buque de intervención subacuática Poseidón, los
hidrográficos, el buque escuela y el Centro de Buceo. Los Anaga de 1981
y los Toralla de los ochenta no se trasladarían; se desguazarían
agradeciéndoles los servicio prestados. Y
Salvamento Marítimo no recibe nada, porque el rescate ya es suyo.
El traspaso de los Meteoro
no es trivial. Un BAM desplaza dos mil seiscientas toneladas, mide noventa y
cuatro metros, lleva cubierta de vuelo para helicópteros medios y un sistema de
combate integrado; el Servicio Marítimo de la Guardia Civil opera hoy
patrulleras y algún buque oceánico menor, con otra doctrina, otra logística y
otras bases, aunque está comenzando a dotarse de buques mayores, como el patrullero
oceánico Duque de Ahumada, botado en noviembre de 2024 y ya operativo, con un
desplazamiento también de 2.600 toneladas. Con todo, absorber seis patrulleros
oceánicos militares cambiaría la naturaleza de su servicio, pues dejaría de ser
una fuerza de patrulleras costeras para convertirse en un verdadero servicio
guardacostas nacional, con nuevas bases, escuelas, escalas técnicas y una
carrera marítima propia. No es recibir cascos, sino adoptar un modelo operativo
entero.
Hay además un peaje técnico que
conviene aclarar. Los BAM operan con sistemas de combate y enlaces de datos
cifrados de uso militar, impropios de una misión cotidiana de control
migratorio; trasladarlos a Interior exigiría reconfigurar su mando y control a
los estándares de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La salida
realista es, por tanto, separar la titularidad del sostenimiento; el mando y la
operación diaria pasan a la Guardia Civil, pero el mantenimiento mayor, el de
tercer escalón, y la baja de los sistemas militares sensibles se seguirían apoyando
en Navantia y en los arsenales de la Armada, donde estos buques ya atracan. Sin
ese andamiaje, el traspaso naufraga en el primer gran carenado.
Queda un escalón que nadie
atiende y es el litoral. La vigilancia de cercanía exige embarcaciones baratas
y numerosas, más sensores no tripulados, y ese nivel sigue sin relevo claro. Lo
apunta bien la propia Armada cuando ensaya con drones helicóptero embarcados y
vehículos de superficie autónomos en sus BAM; la vigilancia del futuro será de
sensores baratos y persistentes, no de cascos caros y escasos. Sea quien herede
la función, habrá que dotar ese escalón. Es la inversión menos vistosa y la más
urgente.
El reparto tiene un orden, y
conviene respetarlo. La transferencia de los Meteoro debe sincronizarse
con la entrada en servicio de las EPC, escalonada a lo largo de la década de
2030, no antes; ceder los patrulleros mientras las corbetas aún se construyen
abriría justo el boquete de capacidad que se quiere evitar. La flota vieja, los
Serviola y los Chilreu, tiene que aguantar el puente y un casco
de treinta y cuatro años no aguanta eternamente. La inspección pesquera, en
cambio, puede traspasarse antes, porque sus buques ya hacen tarea civil. Lo
urgente es decidir hoy; lo gradual es ejecutarlo a lo largo de la década.
Dos resistencias acecharán el
reparto y son simétricas. La Armada no querrá soltar cascos que justifican
plantilla, presupuesto y galones, ya que cada patrullero cedido es un mando
menos y una partida menos. La Guardia Civil, por su parte, no querrá absorber
buques y misiones sin el dinero que los sostenga, porque heredar un Meteoro
sin su financiación es heredar un gasto. Toda reforma orgánica del mar choca
con este muro doble; quien lo ignore, fracasará. Pero la salida es más política
que técnica y se solventa con una ley que transfiera competencias y recursos a
la vez, y un calendario que nadie pueda dejar morir en un cajón.
7. El dividendo de personal
Volviendo al dividendo de
personal, conviene empezar deshaciendo el posible equívoco de que los efectivos
se traspasan con los cascos; no lo hacen. Un marinero se rige por la Ley de la
Carrera Militar y por el régimen disciplinario y penal castrense; no se le
convierte en empleado público civil de un plumazo, ni debe pretenderse. El
marinero no cambia de estatuto; sencillamente, se asigna a otro buque de la
Armada.
Y esa asignación es un dividendo,
no una merma. Cada Meteoro embarca unos cuarenta y seis tripulantes;
sumados los Serviola y los Chilreu, el deslinde liberaría del
orden de quinientos efectivos navales. No es una cifra cualquiera, porque la
Armada compite por marineros que no encuentra. Las asociaciones profesionales
cifran en torno a doce mil el déficit de soldados y marineros de las Fuerzas
Armadas, las solicitudes de ingreso caen desde 2023, a lo que se añade que uno
de cada cinco aspirantes abandona durante la instrucción y la demografía
promete empeorar el cuadro. La Armada acusa en particular la falta de
operadores de sonar y de especialistas, hasta el punto de que en la actualidad
no habría marineros para completar y sostener las tripulaciones de todos los
buques de la Armada.
Esos quinientos marineros,
liberados del oficio de policía marítima, son justo los que el crecimiento de
la flota reclama y no consigue reunir. España se ha comprometido además con la
OTAN a aumentar sus efectivos en los próximos años, lo que vuelve más absurdo
todavía tener marineros de guerra inspeccionando pesqueros.
Es verdad que la necesidad de
tripulación no desaparece, sino que se muda a la Guardia Civil, que tendrá que
cubrirla. Pero ahí juega una asimetría clara. La Armada no encuentra marineros
y la Guardia Civil llena sus oposiciones con holgura; así que mover la carga
del cuerpo que no recluta al que sí recluta es una ganancia neta para el
Estado, aunque el total de plazas no baje. A lo que se añade que formar
dotaciones marineras lleva años, no lo que tarda en publicar un Boletín Oficial, y el déficit de tripulaciones
preparadas tardaría años en cubrirse incluso si aumentase su demanda. Es un win-win
de manual.
8. La rampa de salida
Durante treinta años, la Armada
hizo de guardacostas a su pesar, porque nadie le ofreció una salida sin coste y
la ambigüedad funcionó precisamente por eso. Soltar la función habría dejado un
boquete de capacidad, así que el mismo almirante siguió preparando la fuerza y
empleándola y el mismo casco siguió mostrando pabellón y adiestrándose para la
guerra. Nadie tuvo que firmar una decisión incómoda y la indecisión se convirtió
en costumbre.
La EPC cambia el cálculo. No es
solo chapa nueva; es la rampa que permite, por primera vez, soltar la función de
policía marítima sin perder un gramo de capacidad de combate y recuperar de
paso a los marineros que faltan. La ventana se abre hacia 2030 y no quedará
abierta para siempre, pues las decisiones de programa, de reparto de cascos y
de plantilla se toman ahora, no cuando los buques ya navegan.
Soltar, eso sí, no cierra el
problema; lo traslada. Devolver la vigilancia a la Guardia Civil mo evita que
media docena de cuerpos sin un mando común sigan colisionando mientras ejercen
sus funciones en nuestras aguas. Hará falta una autoridad marítima única que
ponga orden en ese mar más poblado, un prefecto a la española; y el COVAM, que
ya fusiona hoy la información de todos, es el embrión natural de esa autoridad.
Quién daría las órdenes y desde dónde es la pregunta del próximo ensayo. Pero
esa pregunta solo se plantea si antes se da el primer paso y el primer paso debe
darlo la Armada soltando sus patrulleros.
La Armada lleva treinta años sin
pisar esa senda porque soltar costaba capacidad, pero ya no cuesta, sino que le
devuelve marineros para lo suyo, que es el combate. Solo queda tomar la
decisión.
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