lunes, 22 de junio de 2026

Entre dos aguas

Por qué la Armada debería soltar sus guardacostas

Primer artículo de la serie “La reforma del dispositivo marítimo español”.

 

INTRODUCCIÓN

El patrullero Atalaya fue entregado a la Armada el 29 de junio de 1992, el cuarto y último de la clase Serviola. Treinta y cuatro años después, releva cada pocas semanas a un Buque de Acción Marítima en la vigilancia del Estrecho y el mar de Alborán. Mientras tanto, en Puerto Real se prepara la construcción de dos patrulleros nuevos dotados de sonar y capacidad antisubmarina por setecientos dieciséis millones de euros. La imagen condensa la paradoja de que la misma Armada que envía un barco de tres décadas a controlar los peñones de soberanía invierte centenares de millones en rastrear submarinos para la década siguiente. Es el síntoma de una ambigüedad estructural.

Esa fuerza se llama Fuerza de Acción Marítima, FAM en el habla naval. Constituye uno de los grandes componentes de la Flota, junto a la Fuerza de Acción Naval, la Infantería de Marina, la Flotilla de Submarinos y la de Aeronaves; y la manda el Almirante de Acción Marítima, ALMART, con cuartel general en Cartagena. Bajo su escudo se encuadran los seis BAM modernos, los viejos patrulleros de altura, los buques de vigilancia pesquera, los buques hidrográficos y de escuela y el centro que fusiona toda la información del entorno marítimo. La FAM hace, con una sola estructura, dos oficios distintos; ese es el problema que este ensayo quiere desmontar.

El patrullero Atalaya, entregado en 1992, sigue de guardia treinta y cuatro años después. Por Angel Ignacio Fernández Niño - http://losbarcosdeeugenio.com/barcos/es/es/ae_P74.html, CC BY-SA 3.0.

 

1. Una fuerza CON dos oficios

El primer oficio es preparar fuerza naval. La FAM alista unidades para que, llegado el caso, se transfieran a la estructura operativa de las Fuerzas Armadas y combatan. Es la lógica de toda fuerza militar, generar capacidad, adiestrarla y entregarla al mando que la empleará en una operación concreta. Los nuevos BAM con capacidad antisubmarina responden a esta lógica; son barcos pensados para un escenario de alta intensidad, no para perseguir pateras.

El segundo oficio es vigilar el mar todos los días. La Armada tiene asignada, con carácter permanente, la misión de vigilancia marítima de los espacios de soberanía e interés nacional. No es una misión de combate; es una misión de policía del Estado en la mar, lo que los anglosajones llaman constabulary. Patrullar el Estrecho, mostrar pabellón ante los peñones, apoyar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado contra el narcotráfico, inspeccionar la flota pesquera y orientar el tráfico mercante en crisis. Trabajo gris, cotidiano y sin gloria.

La contradicción no es teórica, pues se ve en la agenda de un mismo mes. En el verano de 2025, el BAM Furor fue el buque elegido para escoltar una flotilla civil rumbo a Gaza, una misión de presencia a miles de millas de casa; por las mismas fechas, un viejo Serviola relevaba la guardia en el golfo de Cádiz y rondaba los peñones, con su dotación de siete oficiales y poco más de un centenar de hombres. La misma fuerza hace de escuadra que se proyecta y de policía que vigila la verja, sin que nadie haya decidido cuál de las dos es su naturaleza. Y cuando una institución pretende dos cosas a la vez, suele hacer las dos a medias.

El problema no es solo de identidad, sino de alistamiento. La función constabularia no es tiempo perdido; da mar, mando real, conocimiento del entorno y curte a las dotaciones. Pero un buque que pasa el año en guardias de vigilancia no se adiestra para la guerra de alta intensidad que justifica su existencia, pues acumula millas de patrulla pero pierde horas de combate. El alistamiento naval avanza por ventanas encadenadas, ejercicios con submarinos, con aviación y con grupos de combate; una unidad que dedica un tercio del año a patrullas rutinarias no pierde solo días de mar, pierde esas ventanas, las únicas que generan las competencias para las que el buque fue diseñado. Lo que se erosiona no es la preparación entera, sino el adiestramiento de alto nivel, que es el más difícil de recuperar. Pedir a la misma fuerza que vigile a diario y que esté lista para el choque es pedirle que reste a una de las dos.

La elegancia del diseño español está en que una misma persona, el ALMART, encarna los dos oficios. Como mando orgánico, responde ante el Almirante de la Flota de la preparación de la FAM. Como mando operativo, dirige el Mando Operativo Marítimo y el Mando de Vigilancia y Seguridad Marítima, subordinado al Jefe de Estado Mayor de la Defensa a través del Mando de Operaciones. Prepara la fuerza con una mano mientras la emplea con la otra. Sobre el papel, el círculo se cierra con pulcritud admirable. En la práctica, esa pulcritud esconde una pregunta sin responder: ¿la FAM es una fuerza de guerra que, de paso, vigila, o un guardacostas que, de paso, se adiestra para la guerra?

 

2. Qué es la Acción Marítima y qué no es

La acción marítima es la contribución de la Armada a lo que la doctrina llama acción del Estado en la mar, esto es, el conjunto de tareas públicas que no son guerra pero exigen presencia armada en el agua. Salvamento, vigilancia pesquera, lucha contra tráficos ilícitos, control de la inmigración irregular, protección del medio ambiente y auxilio en catástrofes. España las reparte hoy entre media docena de organismos; la Armada se quedó con la parte que históricamente ejerció por delegación de los demás ministerios.

Esa parte es más concreta de lo que suena. Los patrulleros de la clase Chilreu nacieron de un acuerdo con el ministerio de Pesca para inspeccionar la flota en los caladeros, nacionales e internacionales; los BAM apoyan a la Guardia Civil y a Aduanas en la persecución de narcolanchas en el Estrecho; y toda la fuerza contribuye al dispositivo contra la inmigración irregular en Alborán y en aguas canarias. Nada de esto es combate. Es policía, inspección y rescate, ejecutados por buques de guerra y por marineros con uniforme militar.

Y, sobre todo, es trabajo heredado. La Armada asumió la acción del Estado en la mar cuando era casi el único actor con buques, en una España que nunca tuvo guardia costera. Ese monopolio se acabó hace tres décadas. El Servicio Marítimo de la Guardia Civil nació en 1991; Salvamento Marítimo, en 1992; Vigilancia Aduanera lleva aún más tiempo persiguiendo el contrabando. Hoy media docena de organismos se reparten el agua y la delegación que justificaba la presencia de policía del Estado de la Armada es un resto del pasado, no una necesidad del presente.

El instrumento que materializa la vigilancia es el COVAM, el Centro de Operaciones y Vigilancia de Acción Marítima, operativo veinticuatro horas en Cartagena. Allí se compila, correlaciona y fusiona la información del entorno marítimo, y allí se construye la fotografía permanente de qué se mueve en aguas de interés español. El COVAM es, en rigor, una capacidad de guardacostas de manual, un centro de fusión que enlaza barcos, aviones y sensores para vigilar una franja de océano. La Armada lo tiene, lo opera bien y lo financia con cargo a su presupuesto.

Pero aquí aparece la primera contradicción conceptual. Una fuerza naval se mide por su capacidad de combate; un guardacostas, por su capacidad de presencia continua. Son lógicas distintas, casi opuestas. La fuerza de combate concentra medios caros y escasos para vencer en un choque; el guardacostas dispersa medios baratos y numerosos para estar en todas partes a todas horas. La FAM intenta ser las dos cosas con la misma flota, pero ninguna flota rinde bien cuando se le pide que sea cara y barata, escasa y numerosa a la vez.

 

3. Ni de guerra ni guardacostas

El material confirma esa doble vida. La flota de la FAM no es de un tipo, sino de dos tipos diferenciados con poco en común.

Por un lado, seis BAM de la clase Meteoro, modernos pero patrulleros oceánicos por diseño. Montan un cañón de 76 milímetros y un par de ametralladoras de 25, sin misil, sin torpedo y sin sonar; la propia Armada los clasifica como patrulleros y su diseño prescinde de capacidades ofensivas para volcarse en la vigilancia, la escolta y el salvamento. Por otro lado, los dos BAM nuevos, distintos en lo esencial, dotados de sonar y de una capacidad antisubmarina que escora su perfil hacia el combate. Hay una escala, el patrullero oceánico vigila; el patrullero con sensores antisubmarinos limitados, como estos dos, detecta en baja y media amenaza; la corbeta de segunda línea combate con reservas; y solo la fragata especializada caza submarinos de verdad. Y por debajo de todos, una flota de policía del Estado menor que envejece sin relevo, con los Serviola, superada ya su treintena; tres pesqueros de la clase Chilreu que pasan del cuarto de siglo; algún superviviente de la clase Anaga de los años ochenta, como el Tagomago, todavía de guardia en el Estrecho desde Cádiz; y un par de patrulleros litorales más de la misma época.

La lectura importa. Lo que la Armada renueva con dinero fresco son los dos cascos escorados a la guerra; lo que deja envejecer es el músculo de vigilancia. Setecientos dieciséis millones para dos patrulleros con capacidad antisubmarina, pero nada para reemplazar a los que vigilan los peñones. No es indecisión, es una preferencia. El corazón de la institución late en alta mar y su cartera lo confirma. Esa preferencia, lejos de ser un reproche, es la mejor razón para lo que viene a continuación.

 

4. Quedárselo o soltarlo

Otras marinas afrontaron la misma disyuntiva y la resolvieron de maneras opuestas. La Marina italiana se quedó el guardacostas y le dio nombre; su Guardia Costiera, el Cuerpo de las Capitanías de Puerto, vive dentro de la Marina pero al servicio de varios ministerios, con uniforme propio, carrera propia y una identidad que nadie confunde con la flota de batalla. Estados Unidos hizo lo contrario y lo expulsó de la Marina; su US Coast Guard es un servicio armado independiente, encuadrado en el Departamento de Seguridad Nacional, multimisión, con academias, cúteres y cadena de mando propios, que solo en guerra se transfiere a la Armada. Dos caminos limpios y opuestos, mientras España no ha tomado ninguno y se ha quedado en tierra de nadie.

Quedárselo a la italiana, crear un cuerpo de Policía Marítima del Estado propio dentro de la Armada, tropieza en España con un hecho jurídico tozudo. El mandato de policía en aguas españolas hasta el límite del mar territorial corresponde por ley al Servicio Marítimo de la Guardia Civil, el SEMAR, que ejerce funciones gubernativas, judiciales, fiscales y de control de fronteras en la mar, organizado en comandancias con demarcación de litoral. Un guardacostas militar dentro de la Marina no resolvería la duplicidad, sino que la perpetuaría, con dos cuerpos uniformados disputándose la misma milla. La vía italiana es elegante en Roma y redundante en Madrid, porque aquí ya hay quien ocupa el sitio que allí ocupan las Capitanías.

No faltan razones para que la Armada quiera conservar el cometido. Un buque gris frente a los peñones dice algo que una patrullera policial no dice; la presencia naval tiene un valor de soberanía que el derecho internacional reconoce y el vecino entiende. La vigilancia diaria, además, mantiene a las dotaciones en la mar y curte a los oficiales jóvenes. Son argumentos legítimos. Ninguno, sin embargo, exige que sea la FAM quien patrulle cada día, pues la soberanía se afirma con despliegues puntuales de fuerza naval, no con la inspección rutinaria de pesqueros; y el adiestramiento se logra mejor en ejercicios de combate que en guardias de policía. La presencia se conserva sin cargar con el oficio entero.

La Ley Orgánica de la Defensa Nacional mantiene la vigilancia de los espacios marítimos como misión de las Fuerzas Armadas; el deslinde, por tanto, no le arranca esa misión a la Armada, sino que le retira la ejecución diaria de la parte policial. La Armada conserva la vigilancia de fondo y, sobre todo, la autoridad para escalar. Porque en el Estrecho, en Alborán o frente a los peñones la línea entre policía y soberanía es borrosa; una patrulla marroquí en aguas disputadas, una migración instrumentalizada o un sabotaje de cables submarinos empiezan como incidente y pueden acabar en pulso geopolítico. Para esa zona gris, el Mando de Operaciones retendría la potestad de desplegar las futuras corbetas EPC cuando un problema de policía marítima se convierta en un conflicto estatal. La Guardia Civil ejecutaría la vigilancia diaria del litoral y el mar territorial, mientras la Armada se reservaría la presencia soberana en la zona económica exclusiva y la capacidad de escalada cuando el asunto deja de ser policial.

Y aquí el matiz jurídico pesa más de lo que parece. Al pasar a la Guardia Civil, un Meteoro conserva la inmunidad soberana de España, pero, según el Derecho del Mar, deja de ser un buque de guerra; lo que permite la gradualidad en la respuesta del Estado, pues la amenaza que proyecta una corbeta gris no la transmite una lancha con franja verde. La Guardia Civil aportaría la legitimidad del control policial en aguas propias, mientras las EPC retendrían el estatuto pleno de buque de guerra para la disuasión exterior. El deslinde no levanta un muro, sino un reparto con válvula de escalada.

Queda la objeción más seria, la que se oye en cualquier cuarto de oficiales. Si la Armada deja de patrullar a diario el Estrecho, dirán, perderá el conocimiento del entorno marítimo. La respuesta es que ese conocimiento no nace de quién intercepta la patera, sino de quién fusiona y explota la información. Mientras la Armada conserve el COVAM y el acceso a los sensores nacionales, seguirá viendo el mar entero aunque no sea ella quien haga cada inspección rutinaria. La conciencia situacional es cuestión de datos, no de cascos.

Soltarlo, en cambio, devuelve cada cosa a su lugar. La Armada se queda lo de guerra; la función de policía regresa a quien tiene el mandato legal de ejercerla. No hay que inventar un cuerpo nuevo, solo dejar de duplicar el que ya existe. El deslinde tiene un coste corporativo evidente, pues obliga a la Armada a renunciar a cascos que justifican plantilla y presupuesto; pero es el camino que respeta la ley y despeja la misión. Es, además, el que la propia institución parece desear cuando compra sonares en lugar de redes.

Es cierto que incluso con la Armada dejando la vigilancia en manos de la Guardia Civil seguirán existiendo múltiples agencias en aguas propias y, por lo tanto, necesidad de un mando que los coordine. Pero esa es otra reforma, la de la autoridad marítima única, que estos ensayos abordan después. Aquí basta con la primera mitad del problema, aquella en la que la Armada, sin desaparecer del mar, debe dejar de ser el autor orgánico de su vigilancia diaria.

 

5. La oportunidad que cambia el cálculo

Hasta hace poco, el deslinde chocaba con una objeción razonable. Los seis Meteoro no solo patrullan aguas propias; también despliegan lejos, en la operación Atalanta contra la piratería en el Índico o escoltando una flotilla, y soltarlos todos obligaría a la Armada a emplear fragatas en misiones de baja intensidad, caras y escasas. Era el argumento que justificaba conservarlos, pues un patrullero barato hace presencia donde una fragata sería un derroche. Esa objeción empieza a perder fuerza.

La Armada va a recibir seis corbetas de patrulla europeas, las EPC en sus siglas inglesas, dentro de un programa de cooperación estructurada de la Unión Europea compartido con Italia y Grecia. Son buques de combate ligeros, de unas tres mil toneladas y ciento diez metros de eslora, armados, modulares y polivalentes. El pedido se espera para 2027, con la primera unidad entrando en servicio hacia 2030, la serie completa a lo largo de esa década y base en Ferrol, para esas misiones de menor nivel y amenaza.  

Conviene no minusvalorar el salto. Una corbeta de tres mil toneladas con sistema de combate, capacidad antisubmarina y mayor autonomía no es un patrullero con otro nombre; es un buque de segunda línea apto para la escolta, la disuasión y la guerra naval de baja y media intensidad, con lo que la Armada no solo cubre el hueco que dejarían los Meteoro, sino que sube un peldaño en la escala de capacidad.

Ahí está la rampa. Si las EPC cubren la presencia exterior con cascos armados de verdad, los seis Meteoro dejan de ser necesarios para esa misión y pueden cederse a la Guardia Civil. La Armada no pierde capacidad expedicionaria; la gana, porque cambia patrulleros de un solo cañón por corbetas aptas para escenarios de mayor intensidad. Ocho cascos modernos de patrulla (los seis Meteoro más los dos antisubmarinos) más seis corbetas nuevas dan margen de sobra para repartir misiones sin dejar ningún hueco. Por primera vez en treinta años, soltar el guardacostas no cuesta capacidad. Sólo hay que tomar la decisión.

Y trae un segundo premio consigo, mucho más inmediato. Cada Meteoro que pasa a la Guardia Civil devuelve su dotación a la Armada, pues sus marineros seguirán siendo militares aptos para cubrir otras dotaciones; y esas tripulaciones son, precisamente, las que las nuevas corbetas y fragatas no consiguen reunir. El deslinde libera a los marineros que la propia recapitalización reclama. Ese es el dividendo más tangible de toda la operación, y merece capítulo aparte.

 

6. El reparto de los medios y su calendario

Decidido el deslinde y abierta la ventana, queda repartir la flota por misión. El criterio no es el tipo de casco, sino dónde sirve cada uno; aguas propias frente a presencia exterior.

A la Guardia Civil, que ostenta por ley la policía hasta el mar territorial, irían los seis Meteoro actuales para la vigilancia de aguas propias y la escolta de presencia, la del tipo de una flotilla; y, como puente hasta su baja, los viejos Serviola. A la Secretaría General de Pesca, los buques de inspección pesquera de la clase Chilreu, construidos en su día por acuerdo con ese ministerio, cuya misión es ya civil y basta reconocerlo así. La Armada retendría en la Fuerza de Acción Naval todos los buques de guerra y expedicionarios, esto es, las seis futuras EPC; los dos BAM antisubmarinos; el buque de intervención subacuática Poseidón, los hidrográficos, el buque escuela y el Centro de Buceo. Los Anaga de 1981 y los Toralla de los ochenta no se trasladarían; se desguazarían agradeciéndoles los servicio prestados. Y  Salvamento Marítimo no recibe nada, porque el rescate ya es suyo.

El traspaso de los Meteoro no es trivial. Un BAM desplaza dos mil seiscientas toneladas, mide noventa y cuatro metros, lleva cubierta de vuelo para helicópteros medios y un sistema de combate integrado; el Servicio Marítimo de la Guardia Civil opera hoy patrulleras y algún buque oceánico menor, con otra doctrina, otra logística y otras bases, aunque está comenzando a dotarse de buques mayores, como el patrullero oceánico Duque de Ahumada, botado en noviembre de 2024 y ya operativo, con un desplazamiento también de 2.600 toneladas. Con todo, absorber seis patrulleros oceánicos militares cambiaría la naturaleza de su servicio, pues dejaría de ser una fuerza de patrulleras costeras para convertirse en un verdadero servicio guardacostas nacional, con nuevas bases, escuelas, escalas técnicas y una carrera marítima propia. No es recibir cascos, sino adoptar un modelo operativo entero.

Hay además un peaje técnico que conviene aclarar. Los BAM operan con sistemas de combate y enlaces de datos cifrados de uso militar, impropios de una misión cotidiana de control migratorio; trasladarlos a Interior exigiría reconfigurar su mando y control a los estándares de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La salida realista es, por tanto, separar la titularidad del sostenimiento; el mando y la operación diaria pasan a la Guardia Civil, pero el mantenimiento mayor, el de tercer escalón, y la baja de los sistemas militares sensibles se seguirían apoyando en Navantia y en los arsenales de la Armada, donde estos buques ya atracan. Sin ese andamiaje, el traspaso naufraga en el primer gran carenado.

Queda un escalón que nadie atiende y es el litoral. La vigilancia de cercanía exige embarcaciones baratas y numerosas, más sensores no tripulados, y ese nivel sigue sin relevo claro. Lo apunta bien la propia Armada cuando ensaya con drones helicóptero embarcados y vehículos de superficie autónomos en sus BAM; la vigilancia del futuro será de sensores baratos y persistentes, no de cascos caros y escasos. Sea quien herede la función, habrá que dotar ese escalón. Es la inversión menos vistosa y la más urgente.

El reparto tiene un orden, y conviene respetarlo. La transferencia de los Meteoro debe sincronizarse con la entrada en servicio de las EPC, escalonada a lo largo de la década de 2030, no antes; ceder los patrulleros mientras las corbetas aún se construyen abriría justo el boquete de capacidad que se quiere evitar. La flota vieja, los Serviola y los Chilreu, tiene que aguantar el puente y un casco de treinta y cuatro años no aguanta eternamente. La inspección pesquera, en cambio, puede traspasarse antes, porque sus buques ya hacen tarea civil. Lo urgente es decidir hoy; lo gradual es ejecutarlo a lo largo de la década.

Dos resistencias acecharán el reparto y son simétricas. La Armada no querrá soltar cascos que justifican plantilla, presupuesto y galones, ya que cada patrullero cedido es un mando menos y una partida menos. La Guardia Civil, por su parte, no querrá absorber buques y misiones sin el dinero que los sostenga, porque heredar un Meteoro sin su financiación es heredar un gasto. Toda reforma orgánica del mar choca con este muro doble; quien lo ignore, fracasará. Pero la salida es más política que técnica y se solventa con una ley que transfiera competencias y recursos a la vez, y un calendario que nadie pueda dejar morir en un cajón.

 

7. El dividendo de personal

Volviendo al dividendo de personal, conviene empezar deshaciendo el posible equívoco de que los efectivos se traspasan con los cascos; no lo hacen. Un marinero se rige por la Ley de la Carrera Militar y por el régimen disciplinario y penal castrense; no se le convierte en empleado público civil de un plumazo, ni debe pretenderse. El marinero no cambia de estatuto; sencillamente, se asigna a otro buque de la Armada.

Y esa asignación es un dividendo, no una merma. Cada Meteoro embarca unos cuarenta y seis tripulantes; sumados los Serviola y los Chilreu, el deslinde liberaría del orden de quinientos efectivos navales. No es una cifra cualquiera, porque la Armada compite por marineros que no encuentra. Las asociaciones profesionales cifran en torno a doce mil el déficit de soldados y marineros de las Fuerzas Armadas, las solicitudes de ingreso caen desde 2023, a lo que se añade que uno de cada cinco aspirantes abandona durante la instrucción y la demografía promete empeorar el cuadro. La Armada acusa en particular la falta de operadores de sonar y de especialistas, hasta el punto de que en la actualidad no habría marineros para completar y sostener las tripulaciones de todos los buques de la Armada.

Esos quinientos marineros, liberados del oficio de policía marítima, son justo los que el crecimiento de la flota reclama y no consigue reunir. España se ha comprometido además con la OTAN a aumentar sus efectivos en los próximos años, lo que vuelve más absurdo todavía tener marineros de guerra inspeccionando pesqueros.

Es verdad que la necesidad de tripulación no desaparece, sino que se muda a la Guardia Civil, que tendrá que cubrirla. Pero ahí juega una asimetría clara. La Armada no encuentra marineros y la Guardia Civil llena sus oposiciones con holgura; así que mover la carga del cuerpo que no recluta al que sí recluta es una ganancia neta para el Estado, aunque el total de plazas no baje. A lo que se añade que formar dotaciones marineras lleva años, no lo que tarda en publicar un  Boletín Oficial, y el déficit de tripulaciones preparadas tardaría años en cubrirse incluso si aumentase su demanda. Es un win-win de manual.

 

8. La rampa de salida

Durante treinta años, la Armada hizo de guardacostas a su pesar, porque nadie le ofreció una salida sin coste y la ambigüedad funcionó precisamente por eso. Soltar la función habría dejado un boquete de capacidad, así que el mismo almirante siguió preparando la fuerza y empleándola y el mismo casco siguió mostrando pabellón y adiestrándose para la guerra. Nadie tuvo que firmar una decisión incómoda y la indecisión se convirtió en costumbre.

La EPC cambia el cálculo. No es solo chapa nueva; es la rampa que permite, por primera vez, soltar la función de policía marítima sin perder un gramo de capacidad de combate y recuperar de paso a los marineros que faltan. La ventana se abre hacia 2030 y no quedará abierta para siempre, pues las decisiones de programa, de reparto de cascos y de plantilla se toman ahora, no cuando los buques ya navegan.

Soltar, eso sí, no cierra el problema; lo traslada. Devolver la vigilancia a la Guardia Civil mo evita que media docena de cuerpos sin un mando común sigan colisionando mientras ejercen sus funciones en nuestras aguas. Hará falta una autoridad marítima única que ponga orden en ese mar más poblado, un prefecto a la española; y el COVAM, que ya fusiona hoy la información de todos, es el embrión natural de esa autoridad. Quién daría las órdenes y desde dónde es la pregunta del próximo ensayo. Pero esa pregunta solo se plantea si antes se da el primer paso y el primer paso debe darlo la Armada soltando sus patrulleros.

La Armada lleva treinta años sin pisar esa senda porque soltar costaba capacidad, pero ya no cuesta, sino que le devuelve marineros para lo suyo, que es el combate. Solo queda tomar la decisión.

 

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