Cómo España entra, cumple y sale: el cuerpo doctrinal que convierte la dispersión en método de combate
INTRODUCCIÓN
Los dos artículos anteriores
hicieron el trabajo de demolición y de cartografía de la doctrina anfibia. El
primero mostró que el asalto
anfibio de posguerra, el de reunir una masa abrumadora de buques y lanzarla
sobre una playa, ha quedado condicionado por los drones baratos, los misiles de
precisión y un campo de batalla que ya no admite el secreto. El segundo mostró
que la geografía española no
permite copiar una doctrina ajena, porque empuja a la vez hacia una fuerza
de incursión para el Estrecho y los enclaves y hacia una fuerza de proyección
con cobertura aérea propia para Canarias y el flanco sur. Queda, sin embargo,
la pregunta que ninguno de los dos ha respondido todavía: si el desembarco
clásico ha muerto, ¿con qué se le sustituye?
La respuesta existe y se llama
raid distribuido. Pero el raid es solo una pieza de una arquitectura mayor, por
lo que este artículo responde con un nombre y una arquitectura completa, sus
principios y la secuencia que los ordena en el tiempo. La doctrina anfibia
propuesta organiza esa arquitectura en cinco líneas de fuerza convergentes: el raid
anfibio, que es la materia de este artículo; la negación litoral
distribuida, como capacidad permanente que no depende de que un raid se
repita cada vez; el asalto vertical, cuyo principio se presenta aquí y
cuya organización se desarrolla más adelante; la superioridad aeronaval
embarcada, condición previa a toda operación de entidad; y la proyección
expedicionaria limitada, como misión de segundo orden. Este artículo
desarrolla la primera y roza la tercera; las otras tres tienen su propio
espacio más adelante en esta serie, y que no se desarrollen aquí no significa
que la doctrina renuncie a ellas.
Esquema de síntesis: los principios doctrinales
agrupados por su lógica de empleo, junto a la secuencia de fases de una
operación de raid, desde la preparación hasta la extracción. Composición
generada con IA a efectos ilustrativos.
1. Entrar, cumplir y salir
una doctrina no es un catálogo de
medios materiales, sino una forma coherente de emplearlos para resolver un
problema militar concreto, y es esa coherencia, no la lista de plataformas, lo
que este artículo se propone explicar. Un raid anfibio de alta intensidad y
duración limitada no es un desembarco a menor escala; es una operación con una
lógica distinta desde el diseño. El objetivo no es ocupar un espacio y
sostenerlo, sino alcanzar un efecto concreto (destruir una batería, recuperar
un peñón, extraer a un grupo, negar un nodo logístico al adversario, negar las
aguas próximas al adversario) y retirarse en cuanto ese efecto queda asegurado.
Algunos de estos efectos sobreviven a la propia fuerza que los produce; un
campo de minas sembrado o un nodo logístico destruido siguen negando el paso
mucho después de que la última lancha haya zarpado, y esa persistencia del
efecto es distinta de la persistencia de la tropa, que la doctrina nunca exige.
El ejemplo más limpio de la
lógica, aunque no sea anfibio ni español, es el rescate israelí de Entebbe en
1976: un comando aterrizó de noche en Uganda, liberó a los rehenes de un
secuestro aéreo y volvió a despegar la misma madrugada sin intención alguna de
quedarse ni una hora más de la estrictamente necesaria. Nadie discutió si
convenía consolidar la posición en el aeropuerto ugandés; la pregunta ni se
planteó, porque no formaba parte del plan. Esa es la lógica que la doctrina
española adopta como norma y no como excepción: se entra, se cumple la misión y
se sale, y la permanencia sobre el terreno pasa de ser el objetivo por defecto
a ser una variante si la situación lo justifica.
Al concepto de raid se le añade
el adjetivo de “distribuido”, que es preciso explica. En un desembarco clásico,
la fuerza se concentra en dos o tres buques grandes y toca tierra por una o dos
playas principales, en una sola oleada masiva y previsible. En un raid
distribuido ocurre justo lo contrario: la fuerza se reparte entre numerosos vectores
pequeños, con múltiples puntos de inserción y dos ejes de aproximación
distintos, de modo que el objetivo no es que todos lleguen juntos, sino obligar
al adversario a defender demasiados lugares a la vez con los mismos radares y
baterías. Todo ese reparto responde, en última instancia, al problema de la
negación de acceso y de área (A2/AD, por sus siglas en inglés anti-access/area
denial), la burbuja de misiles, radares y drones con la que un adversario
impide que una fuerza se aproxime con seguridad a su costa. El raid distribuido
no pretende hacer mejor el desembarco clásico; parte de la premisa de que,
frente a esa burbuja, el modelo clásico ha dejado de ser la respuesta óptima
para una potencia media como España tal y como se explicó en el primer
artículo de la serie. Toda la arquitectura que sigue en este artículo nace
de la inversión de prioridades que esa premisa exige: primero hay que romper la
burbuja y después desembarcar, nunca al revés.
La inversión respecto al modelo
clásico es completa también en el objetivo, no solo en el reparto. El
desembarco de Normandía o el de Kuwait en 1991 trataban la playa como el
objetivo final, el lugar donde se acumulaba la fuerza y desde donde se avanzaba
tierra adentro. Aquí la playa, o el punto de inserción que la sustituya, deja
de ser el objetivo y pasa a ser el medio para explotar un éxito que ya se ha
conseguido antes por otra vía, principalmente por la supresión de las defensas
adversarias. El asalto distribuido con consolidación territorial no desaparece
del catálogo, pero queda reservado a los escenarios más graves y menos
probables, como un hecho consumado de alta intensidad sobre un enclave o la
necesidad de estabilizar un territorio en el flanco sur durante semanas, no
horas; escenarios donde la doctrina reconoce que necesita algo que el raid puro
no le puede dar, que es el asunto con el que se cierra este artículo.
Los escenarios que gobiernan el
diseño de la fuerza tienen nombre y probabilidad asignada. La ocupación
repentina de un islote de soberanía al estilo Perejil (probabilidad media-alta,
impacto muy alto) y la presión híbrida sostenida sobre Ceuta y Melilla
(probabilidad alta, impacto muy alto) son el corazón del raid y justifican por
sí solos la arquitectura de este artículo. Por debajo en probabilidad pero por
encima en gravedad quedan un hecho consumado de alta intensidad sobre Melilla o
Canarias, la negación del propio Estrecho y la estabilización de un Estado del
Sahel atlántico frente a una insurgencia yihadista o a un actor patrocinado por
Rusia; estos tres exceden lo que el raid puro puede resolver, y empujan hacia
la mitad de la doctrina anfibia que este artículo todavía no desarrolla
Ninguno de los dos escenarios
principales admite una respuesta medida en semanas. El artículo anterior ya
explicó por qué el concepto estadounidense de operaciones expedicionarias
avanzadas, pensado para sostener posiciones dispersas durante meses en el Pacífico,
no es transferible a un teatro donde catorce kilómetros separan las dos orillas
del Estrecho; aquí basta con recordar la conclusión y no repetir el argumento.
Lo que España necesita no es una versión reducida del EABO americano, sino una
doctrina propia construida para actuar en horas, no en semanas, y para regresar
a puerto en el mismo día en el que zarpó.
La hipótesis de empleo para la
que se ha diseñado toda esta arquitectura es que España puede tener que operar dos
o tres zonas a la vez, con la primera capacidad ya presente en cada una de
ellas en un plazo de veinticuatro a setenta y dos horas desde la orden y
con autonomía para sostenerse treinta días sin relevo de un
aliado si hiciera falta. No es una hipótesis pesimista por gusto; es la que
resulta de mirar el mapa del artículo anterior y aceptar que Ceuta, Melilla y
un enclave de soberanía menor pueden entrar en crisis en fechas próximas
mientras Canarias permanece expuesta al mismo tiempo. Diseñar para un solo
teatro sería diseñar para el escenario más cómodo, no para el más probable.
La convergencia hacia esa lógica
ya se observa en la puerta de al lado. La compañía, no la brigada, se ha
convertido en la unidad de acción de referencia entre las fuerzas anfibias
medias de Europa, y España no debe ser una excepción rara dentro de esa
tendencia, sino un caso más de una conclusión a la que están llegando por
separado varias armadas con problemas de escala parecidos. La Marina
Militare italiana, el par más cercano a España por geografía, tamaño de
fuerza y cultura anfibia, ha definido de forma explícita en su propia doctrina
que el cometido central de su 1º Reggimento San Marco incluye operaciones de
proyección en el dominio litoral, con actividades de tipo raid ejecutadas a
nivel de compañía, no de brigada completa; la brigada San Marco entera apenas
suma unos tres mil ochocientos efectivos, un orden de magnitud comparable al de
la fuerza que se describirá para la BRIMAR en el próximo artículo de esta
serie.
2. La lógica que invierte el manual
Esta doctrina se sostiene sobre
un cuerpo de principios que conviene presentar por su lógica y no como una
lista de manual, porque cuatro de ellos exigen desarrollo propio, ya que
contradicen la intuición de cualquiera con formación militar convencional, y
los demás se entienden mejor si se nombran al hilo de esos cuatro.
El primero invierte la
prioridad más antigua del género. Durante décadas, lo que importaba era la
playa, el instante del contacto entre la lancha y la arena. Aquí no. El setenta
por ciento del esfuerzo y de la inversión se dedica a degradar las defensas
del adversario antes de que la primera lancha toque el agua; el desembarco
es la explotación de un éxito ya conseguido, no el evento principal de la
operación. La lección que sostiene esta prioridad surge ya en 1991, cuando mil
trescientas minas iraquíes sembradas en el Golfo Pérsico paralizaron a
diecisiete mil marines estadounidenses y obligaron a sustituir el asalto
anfibio previsto sobre Kuwait por una finta de distracción. La flota más
poderosa del planeta no pudo desembarcar porque nadie había limpiado el agua
antes que ella. España no dispone ni remotamente de esa flota, así que no puede
permitirse ese error; y por eso invierte la prioridad: no se desembarca hasta
que no se degradan las defensas.
La supresión no la hacen solo los
misiles y los enjambres de drones; también entra en juego una acción directa de
mayor profundidad, ejecutada por el grupo de operaciones especiales de
la Armada contra los propios nodos que sostienen las defensas del adversario.
Un puñado de secciones se inserta entre cien y doscientos kilómetros tierra
adentro, fuera del anillo de amenaza inmediato, con el único cometido de
destruir baterías costeras, radares y centros de mando antes de que la fuerza
principal llegue a su altura. Es una acción de riesgo alto y de entidad
reducida, condicionada siempre a que exista inteligencia previa suficiente y
algo de cobertura aérea sobre la zona de inserción; y es también el ejemplo más
claro de que, incluso dentro de la mitad puramente anfibia de esta doctrina, la
profundidad de la acción ya empieza a chocar con los límites de lo que un
puñado de helicópteros de transporte convencional puede ofrecer sin exponerse
en exceso.
El segundo principio que
exige desarrollo es el que más cuesta aceptar a cualquier mando desplegado
sobre el terreno: la reversibilidad debe ser obligatoria, y el punto de
decisión llega, por defecto, unas seis horas después del contacto. Salvo que se
demuestren a la vez tres condiciones (objetivo alcanzado, defensas residuales
bajo control y líneas de reabastecimiento aseguradas), la orden por defecto es
la extracción. Desde el terreno, cumplir la misión y no poder consolidar cuando
el éxito lo permitiría se vive como dejar una ventaja táctica sobre la mesa; la
doctrina responde que es exactamente esa tentación, la de quedarse un poco más
para asegurar lo ganado, la que ha hundido las operaciones anfibias de la
historia, y no la falta de valor de quien manda. Galípoli, en 1915, no fracasó
en el desembarco, que tuvo éxito parcial en varias playas; fracasó en los meses
de trinchera que siguieron, cuando la fuerza que ya había tocado tierra no pudo
ni avanzar ni retirarse a tiempo, y se dejó desangrar en un frente que nunca
debió estabilizarse. Las Malvinas, en 1982, muestran la otra cara de la misma
lección: la fuerza británica pasó semanas bajo ataque aéreo argentino mientras
consolidaba la cabeza de desembarco en San Carlos, con buques hundidos y
dañados en el propio fondeadero por no haber acortado esa ventana de
exposición. Es en la consolidación y no en el asalto donde se pierden las
guerras anfibias, y por eso la doctrina automatiza la extracción salvo prueba
en contra de posibilidad cierta de explotación del éxito inicial. También
se tiene en cuenta otra lectura que trasciende lo puramente militar, pero que
conviene no perder de vista: una acción que entra, cumple y sale es mucho más
fácil de sostener ante la opinión pública propia y ante el derecho
internacional que una ocupación de duración indefinida, y esa sostenibilidad
política no es un adorno de la doctrina, es parte de por qué funciona.
El tercer principio
contradice el instinto más elemental de cualquier oficial, que es proteger cada
plataforma de la que dispone. Aquí se planifica para perder la mitad de los
sistemas sacrificables (los vehículos de superficie no tripulados, los
drones de ala fija, los enjambres de munición merodeadora) y se prefiere
deliberadamente la abundancia de lo barato sobre la escasez de lo exquisito.
La lección llega del mar Negro. Desde 2022, drones navales ucranianos con un
coste unitario de apenas unos pocos cientos de miles de dólares, muy por debajo
del precio de un solo torpedo moderno, han hundido o dañado más de veinticinco
buques de la Flota rusa del mar Negro, según estimaciones del Ministerio de
Defensa británico, y han forzado a esa flota a replegar su base principal de
Sebastopol a Novorosíisk, varios cientos de kilómetros al este. Rusia no perdió
el control del mar Negro occidental en un combate naval clásico; lo perdió
frente a lanchas no tripuladas que costaban menos que sus propios sistemas de defensa
antimisil. Ese cincuenta por ciento de pérdida asumida es una apuesta sobre
la cadencia industrial española de reposición, que la producción nacional
de sistemas sacrificables debe cumplir, de modo que las empresas españolas tienen
que ganar capacidad para fabricar en serie de guerra, no para exhibir prototipos
en una feria de defensa.
El cuarto principio que
merece desarrollo propio es el doble eje de inserción: el asalto combina
siempre el vector naval de superficie, lanchas rápidas lanzadas desde
los buques de asalto, con el vector vertical, helicópteros que insertan
tropa tierra adentro, como ejes simultáneos y no sucesivos. Un adversario
obligado a repartir sus misiles y drones entre defender la costa contra las
lanchas y defender su retaguardia contra el helitransporte no puede concentrar
fuego contra ninguno de los dos. Pero el asalto vertical se reserva para zonas
de aterrizaje con sistemas portátiles de defensa aérea y de corto alcance degradadas.
En caso contrario, los medios se reservan para refuerzo del vector de
superficie. Nagorno Karabaj, en 2020, enseñó la cara oscura de ignorar esa
regla: columnas armenias enteras, sin cobertura antiaérea propia frente a los
drones, fueron destruidas por aparatos turcos Bayraktar TB2 que operaban con impunidad
casi total sobre el campo de batalla. Insertar tropa por el aire sin haber
neutralizado antes esa amenaza no es doble eje, es sacrificio con nombre
distinto.
Los demás principios no exigen el
mismo desarrollo, pero forman el mismo cuerpo y conviene nombrarlos. La velocidad
y la firma reducida son protección primaria: cuarenta y cinco nudos con una
firma radar inferior a la de un pesquero protegen más que ocho nudos de
blindaje convencional, porque lo que no se detecta a tiempo no se puede batir a
tiempo. La futura familia de lanchas rápidas de asalto, veinte a
veinticuatro unidades capaces de esos cuarenta y cinco nudos, está
presupuestada entre 180 y 290 millones de euros con entregas escalonadas entre
2029 y 2035, y su desarrollo exige a Navantia un salto técnico real, porque el
astillero no acredita hoy experiencia propia en cascos de planeo de alta
velocidad ni en superficies de efecto de superficie; y el reto no es solo de
diseño, es el mismo reto de fabricar en serie de guerra que ya plantea la
atrición asumida en el principio anterior. La distribución prevalece sobre la
concentración, de modo que ningún impacto individual neutralice la operación
entera, sea cual sea el sistema que lo reciba.
Los sistemas no tripulados
se integran como capacidad principal en vigilancia, ataque, transporte y guerra
electrónica, y no como un complemento accesorio del sistema tripulado que de
verdad importa. Cada capacidad que depende de una señal electrónica tiene,
además, un procedimiento degradado obligatorio que funciona sin GPS y sin
comunicaciones digitales, porque un adversario interesado en anular esa señal
la anulará en el peor momento posible. La logística acompaña al asalto
desde la primera hora, fragmentada en paquetes pequeños y rutas variables y
redundantes, con cada unidad de desembarco dotada de cuarenta y ocho horas de
autonomía propia antes de depender de un primer reabastecimiento, en lugar de
llegar detrás como un apéndice que se organiza cuando ya hay tiempo; en la práctica
se apoya en drones de carga para los tramos batidos por fuego, en impresión
tridimensional de repuestos críticos que acorta la cola de abastecimiento, y en
sanidad avanzada de proximidad que evita tener que evacuar a un herido bajo
fuego enemigo. Y la doctrina tampoco confunde baja firma con invisibilidad: la detección
no equivale a la destrucción, porque una fuerza pequeña puede retrasar que
la localicen pero no evitarlo indefinidamente, así que se diseña para seguir
sobreviviendo después de haber sido detectada, con dispersión inmediata,
señuelos y contramedidas activas
3. La silueta de una operación
Estos principios no flotan en
abstracto; se ordenan una secuencia temporal precisa, y conviene recorrerla
aunque sea a vista de pájaro, para que se entienda cómo encajan entre sí. Más
adelante en esta serie, un artículo específico reconstruirá un escenario
completo hora a hora; aquí basta con la silueta.
La preparación del entorno
empieza días o semanas antes del contacto, cuando equipos de reconocimiento se
insertan de forma discreta, se preposicionan cachés de munición y combustible
en varias ubicaciones, y operan sensores submarinos y ciberofensivas
silenciosas contra los sistemas de mando del adversario. En un raid por hecho
consumado, sin aviso previo, esta fase se comprime a los tres últimos días o se
suprime directamente.
Le sigue la fase decisiva de toda
la operación, la supresión y degradación de las defensas antiaéreas y
antibuque adversarias, entre D-5 y la hora H. Misiles de crucero lanzados
desde baterías costeras, submarinos y fragatas; enjambres de cincuenta a cien
drones por oleada dedicados específicamente a la supresión de defensas; guerra
electrónica a gran escala; minado ofensivo de los accesos que utiliza el
adversario. Solo cuando se confirma esta degradación se autoriza avanzar a la
fase siguiente.
Entre H-2 y la hora H, buzos y
equipos de operaciones especiales verifican las playas de inserción y
neutralizan los últimos puntos críticos, mientras una cortina de drones de
vigilancia y guerra electrónica cubre el avance del grueso de la fuerza.
Llega entonces el asalto
propiamente dicho, con sus dos ejes simultáneos ya descritos. Por el
mar, entre tres y ocho compañías de desembarco anfibio se lanzan en lanchas
rápidas desde buques situados a cien o doscientos kilómetros de la costa, o
desde bases peninsulares a apenas catorce o veinticinco kilómetros en un raid
limitado al Estrecho; cada compañía se reparte en cuatro lanchas de asalto,
escoltadas por otras quince o veinte lanchas de combate no tripuladas que
absorben el primer contacto y multiplican los blancos que el adversario tendría
que repartirse. Por el aire, y solo porque la fase de supresión ya ha
confirmado la degradación suficiente de las defensas de corto alcance, una o
dos compañías más, entre cincuenta y seis y ciento cuarenta y cuatro
combatientes en total, se insertan en cuatro a ocho helicópteros sobre
dos a cuatro zonas de aterrizaje situadas entre cinco y treinta kilómetros
tierra adentro, con escolta armada operando desde una base avanzada en tierra.
El instante más peligroso de toda la secuencia, sin embargo, no es este, sino
el que lo precede: un buque con el dique de popa abierto, lanzando lanchas en
cadena, genera la firma térmica, radar y acústica más intensa de toda la
operación, y por eso la doctrina exige buques dispersos entre sí a
intervalos de veinte o treinta kilómetros, lanzamientos nocturnos y una ventana
de dique abierto inferior a veinte minutos por buque.
Entre H+2 y H+4, si la cabeza
de playa se ha asegurado, entra un segundo escalón compuesto por vehículos
blindados de rueda desembarcados desde el dique de los propios buques de
asalto y por helicópteros de transporte pesado que traen carga desde
tierra o desde una base logística avanzada; es refuerzo, nunca la primera
oleada, porque a seis o siete nudos en el agua ningún blindado de este tipo
sobreviviría al tramo inicial de exposición frente a un adversario con misiles
de crucero.
El primer punto de decisión
llega en H+6, y conviene no confundirlo con una orden de marcharse. En esa
sexta hora no se reembarca la fuerza; se revisa por primera vez si se
cumplen las tres condiciones exigidas (objetivo alcanzado, defensas
residuales bajo control, líneas de reabastecimiento aseguradas), y si no se
cumplen, la presunción por defecto es preparar la extracción. Si se
cumplen, la fuerza permanece y la revisión se repite en ciclos sucesivos:
muchas misiones necesitan por su naturaleza doce, veinticuatro o setenta y dos
horas, y deben completarse siempre que no se presuma una respuesta enemiga
inminente. Lo que la doctrina prohíbe no es quedarse muchas horas, sino
quedarse sin haberlo decidido activamente, por simple deriva, que es como
se estabilizan los frentes que nunca debieron estabilizarse. Cuando la orden de
salir llega, sea en H+6 o mucho después, la extracción no es una improvisación
sino una capacidad de primera línea con su propio entrenamiento y sus ensayos
bajo fuego: reembarque en menos de dos horas, bajo cortina de fuegos y de
guerra electrónica, con los mismos drones que apoyaron el asalto cubriendo
ahora la retirada.
4. El punto ciego
Tanto en la extracción bajo fuego
como en la transición hacia un componente terrestre de relevo, la fuerza
dispersa que protege cada casco individual comparte una misma carencia: nadie
en ella ve el conjunto del tablero. Aquí vuelve la promesa con la que empezaba
este artículo. Todo lo descrito hasta ahora, la velocidad, la dispersión, la
abundancia de lo barato, el doble eje, resuelve el problema de que ningún
impacto individual hunda la operación entera, porque no se ponen todos los
medios en la misma cesta. Pero resolver ese problema crea otro que la doctrina,
tal como se ha presentado hasta aquí, no puede resolver por sí sola.
Una fuerza dispersa en muchos
cascos pequeños ve poco. Cada lancha, cada vehículo de superficie no
tripulado, cada compañía de desembarco tiene el horizonte de radar de un mástil
bajo, apenas quince o veinte kilómetros en el mejor de los casos antes de que
la curvatura de la Tierra se lo oculte todo; ninguna de esas plataformas lleva
alerta temprana propia; ninguna dispone de cobertura aérea de combate que la
proteja del misil que llega a pocos metros sobre la ola, demasiado bajo para el
radar de superficie y demasiado rápido para reaccionar cuando por fin aparece
en pantalla. La dispersión, que protege del impacto individual, no protege de
la ceguera colectiva; al contrario, la agrava, porque reparte el problema de
ver entre docenas de plataformas que, por separado, ven todavía menos de lo que
vería una sola grande.
España, además, no parte de una
posición neutra en este punto; parte de una posición peor que la de casi
cualquier aliado comparable. Hoy no existe alerta temprana embarcada en la
Armada, y el único resto de ala fija a bordo, una decena de Harrier II+
envejecidos, se retira entre 2030 y 2034 sin relevo previsto dentro de la
arquitectura descrita hasta aquí. La doctrina de raid distribuido que se acaba
de exponer puede ejecutarse contra Marruecos u otro adversario con defensas
moderadas o ya degradadas sin ese ojo propio, apoyándose en radares terrestres
y en la vigilancia por satélite; pero contra un A2/AD de mayor entidad, la
fuerza dispersa se queda, en el sentido más literal, sin ver a qué le está
disparando ni quién le dispara a ella.
No es un problema exclusivamente
español. La Infantería de Marina Real británica y el Korps Mariniers neerlandés
están reconfigurando sus propias fuerzas de comandos en equipos más pequeños,
ágiles y muy dispersos, y un análisis reciente publicado en War on the Rocks
señala con crudeza el precio de esa dispersión, unas unidades ligeras sin
defensa antiaérea orgánica más allá del misil portátil, expuestas a un
adversario capaz de generar grandes volúmenes de fuego guiado por vehículos
aéreos no tripulados. Corea del Sur, por su parte, ha llevado la incursión
reversible al extremo contrario del espectro al crear la unidad Spartan 3000,
un regimiento de tres mil marines creado para golpear objetivos en la
retaguardia norcoreana y regresar, no para ocupar terreno, que puede
desplegarse en apenas veinticuatro horas y que no lleva ninguna pretensión de
permanencia. Es la misma lógica de raid que se ha descrito en este artículo,
aplicada por una potencia media distinta, con su propia geografía y su propio
adversario.
El mar Rojo, entre 2023 y 2025,
puso cifra a lo que cuesta operar sin ese ojo propio, aplicado esta vez a
buques de guerra en lugar de a tropa terrestre. Un actor sin fuerza aérea ni
armada propias, armado únicamente con misiles antibuque de origen iraní
disparados desde tierra, elevó el coste de operar en la zona hasta unos diez
millones de dólares diarios para las armadas occidentales presentes, y lo hizo
porque ningún buque de superficie contaba con alerta temprana embarcada capaz
de anticipar el disparo con margen suficiente para reaccionar. Aplazar esa
carencia hasta el primer día de una guerra real, que es donde menos conviene
descubrirla, es el riesgo concreto que corre cualquier fuerza que confunda
dispersarse con estar cubierta.
La doctrina que se acaba de
presentar entera en este artículo, con sus principios y su secuencia de fases,
es necesaria pero no es suficiente. Cumple de sobra para el raid contra un
adversario con defensas moderadas o ya degradadas, que es el escenario más
probable en el Estrecho y en los enclaves. Deja de cumplir en cuanto el
adversario dispone de defensas de mayor entidad, o en cuanto la misión exige
algo más que entrar, cumplir y salir en un puñado de horas. Y ahí queda la
pregunta con la que se cierra este artículo, sin respuesta todavía: si la
fuerza se dispersa para sobrevivir, ¿quién le devuelve los ojos y el techo que
esa misma dispersión le ha quitado? Responderla exige un buque muy distinto de
cualquiera de los que aquí se han mencionado, y con él llega una paradoja que
esta serie todavía no ha tenido que afrontar: por qué, justo después de haber
argumentado que lo pequeño y disperso protege, conviene además construir algo
grande.
Este artículo es el tercero de
una serie sobre la transformación aeronaval y anfibia española. El siguiente
cambia de escala: de la doctrina a la organización, para preguntar cuántos
efectivos necesita realmente España para sostener dos teatros simultáneos con
reserva y por qué el cuello de botella real de esa cuenta no está en los buques
que se botan, sino en la masa que hoy es solo nominal: de los 5.600 efectivos
actuales de la Infantería de Marina, apenas 1.600-2.000 son proyectables a
primera línea, y ampliar esa cifra exige formar operadores de drones y
especialistas de guerra electrónica que la Armada todavía no tiene en cantidad
suficiente, no solo firmar un contrato de construcción naval.
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