lunes, 6 de julio de 2026

La doctrina del raid distribuido

Cómo España entra, cumple y sale: el cuerpo doctrinal que convierte la dispersión en método de combate

 

INTRODUCCIÓN

Los dos artículos anteriores hicieron el trabajo de demolición y de cartografía de la doctrina anfibia. El primero mostró que el asalto anfibio de posguerra, el de reunir una masa abrumadora de buques y lanzarla sobre una playa, ha quedado condicionado por los drones baratos, los misiles de precisión y un campo de batalla que ya no admite el secreto. El segundo mostró que la geografía española no permite copiar una doctrina ajena, porque empuja a la vez hacia una fuerza de incursión para el Estrecho y los enclaves y hacia una fuerza de proyección con cobertura aérea propia para Canarias y el flanco sur. Queda, sin embargo, la pregunta que ninguno de los dos ha respondido todavía: si el desembarco clásico ha muerto, ¿con qué se le sustituye?

La respuesta existe y se llama raid distribuido. Pero el raid es solo una pieza de una arquitectura mayor, por lo que este artículo responde con un nombre y una arquitectura completa, sus principios y la secuencia que los ordena en el tiempo. La doctrina anfibia propuesta organiza esa arquitectura en cinco líneas de fuerza convergentes: el raid anfibio, que es la materia de este artículo; la negación litoral distribuida, como capacidad permanente que no depende de que un raid se repita cada vez; el asalto vertical, cuyo principio se presenta aquí y cuya organización se desarrolla más adelante; la superioridad aeronaval embarcada, condición previa a toda operación de entidad; y la proyección expedicionaria limitada, como misión de segundo orden. Este artículo desarrolla la primera y roza la tercera; las otras tres tienen su propio espacio más adelante en esta serie, y que no se desarrollen aquí no significa que la doctrina renuncie a ellas.

Esquema de síntesis: los principios doctrinales agrupados por su lógica de empleo, junto a la secuencia de fases de una operación de raid, desde la preparación hasta la extracción. Composición generada con IA a efectos ilustrativos.

 

1. Entrar, cumplir y salir

una doctrina no es un catálogo de medios materiales, sino una forma coherente de emplearlos para resolver un problema militar concreto, y es esa coherencia, no la lista de plataformas, lo que este artículo se propone explicar. Un raid anfibio de alta intensidad y duración limitada no es un desembarco a menor escala; es una operación con una lógica distinta desde el diseño. El objetivo no es ocupar un espacio y sostenerlo, sino alcanzar un efecto concreto (destruir una batería, recuperar un peñón, extraer a un grupo, negar un nodo logístico al adversario, negar las aguas próximas al adversario) y retirarse en cuanto ese efecto queda asegurado. Algunos de estos efectos sobreviven a la propia fuerza que los produce; un campo de minas sembrado o un nodo logístico destruido siguen negando el paso mucho después de que la última lancha haya zarpado, y esa persistencia del efecto es distinta de la persistencia de la tropa, que la doctrina nunca exige.

El ejemplo más limpio de la lógica, aunque no sea anfibio ni español, es el rescate israelí de Entebbe en 1976: un comando aterrizó de noche en Uganda, liberó a los rehenes de un secuestro aéreo y volvió a despegar la misma madrugada sin intención alguna de quedarse ni una hora más de la estrictamente necesaria. Nadie discutió si convenía consolidar la posición en el aeropuerto ugandés; la pregunta ni se planteó, porque no formaba parte del plan. Esa es la lógica que la doctrina española adopta como norma y no como excepción: se entra, se cumple la misión y se sale, y la permanencia sobre el terreno pasa de ser el objetivo por defecto a ser una variante si la situación lo justifica.

Al concepto de raid se le añade el adjetivo de “distribuido”, que es preciso explica. En un desembarco clásico, la fuerza se concentra en dos o tres buques grandes y toca tierra por una o dos playas principales, en una sola oleada masiva y previsible. En un raid distribuido ocurre justo lo contrario: la fuerza se reparte entre numerosos vectores pequeños, con múltiples puntos de inserción y dos ejes de aproximación distintos, de modo que el objetivo no es que todos lleguen juntos, sino obligar al adversario a defender demasiados lugares a la vez con los mismos radares y baterías. Todo ese reparto responde, en última instancia, al problema de la negación de acceso y de área (A2/AD, por sus siglas en inglés anti-access/area denial), la burbuja de misiles, radares y drones con la que un adversario impide que una fuerza se aproxime con seguridad a su costa. El raid distribuido no pretende hacer mejor el desembarco clásico; parte de la premisa de que, frente a esa burbuja, el modelo clásico ha dejado de ser la respuesta óptima para una potencia media como España tal y como se explicó en el primer artículo de la serie. Toda la arquitectura que sigue en este artículo nace de la inversión de prioridades que esa premisa exige: primero hay que romper la burbuja y después desembarcar, nunca al revés.

La inversión respecto al modelo clásico es completa también en el objetivo, no solo en el reparto. El desembarco de Normandía o el de Kuwait en 1991 trataban la playa como el objetivo final, el lugar donde se acumulaba la fuerza y desde donde se avanzaba tierra adentro. Aquí la playa, o el punto de inserción que la sustituya, deja de ser el objetivo y pasa a ser el medio para explotar un éxito que ya se ha conseguido antes por otra vía, principalmente por la supresión de las defensas adversarias. El asalto distribuido con consolidación territorial no desaparece del catálogo, pero queda reservado a los escenarios más graves y menos probables, como un hecho consumado de alta intensidad sobre un enclave o la necesidad de estabilizar un territorio en el flanco sur durante semanas, no horas; escenarios donde la doctrina reconoce que necesita algo que el raid puro no le puede dar, que es el asunto con el que se cierra este artículo.

Los escenarios que gobiernan el diseño de la fuerza tienen nombre y probabilidad asignada. La ocupación repentina de un islote de soberanía al estilo Perejil (probabilidad media-alta, impacto muy alto) y la presión híbrida sostenida sobre Ceuta y Melilla (probabilidad alta, impacto muy alto) son el corazón del raid y justifican por sí solos la arquitectura de este artículo. Por debajo en probabilidad pero por encima en gravedad quedan un hecho consumado de alta intensidad sobre Melilla o Canarias, la negación del propio Estrecho y la estabilización de un Estado del Sahel atlántico frente a una insurgencia yihadista o a un actor patrocinado por Rusia; estos tres exceden lo que el raid puro puede resolver, y empujan hacia la mitad de la doctrina anfibia que este artículo todavía no desarrolla

Ninguno de los dos escenarios principales admite una respuesta medida en semanas. El artículo anterior ya explicó por qué el concepto estadounidense de operaciones expedicionarias avanzadas, pensado para sostener posiciones dispersas durante meses en el Pacífico, no es transferible a un teatro donde catorce kilómetros separan las dos orillas del Estrecho; aquí basta con recordar la conclusión y no repetir el argumento. Lo que España necesita no es una versión reducida del EABO americano, sino una doctrina propia construida para actuar en horas, no en semanas, y para regresar a puerto en el mismo día en el que zarpó.

La hipótesis de empleo para la que se ha diseñado toda esta arquitectura es que España puede tener que operar dos o tres zonas a la vez, con la primera capacidad ya presente en cada una de ellas en un plazo de veinticuatro a setenta y dos horas desde la orden y con autonomía para sostenerse treinta días sin relevo de un aliado si hiciera falta. No es una hipótesis pesimista por gusto; es la que resulta de mirar el mapa del artículo anterior y aceptar que Ceuta, Melilla y un enclave de soberanía menor pueden entrar en crisis en fechas próximas mientras Canarias permanece expuesta al mismo tiempo. Diseñar para un solo teatro sería diseñar para el escenario más cómodo, no para el más probable.

La convergencia hacia esa lógica ya se observa en la puerta de al lado. La compañía, no la brigada, se ha convertido en la unidad de acción de referencia entre las fuerzas anfibias medias de Europa, y España no debe ser una excepción rara dentro de esa tendencia, sino un caso más de una conclusión a la que están llegando por separado varias armadas con problemas de escala parecidos. La Marina Militare italiana, el par más cercano a España por geografía, tamaño de fuerza y cultura anfibia, ha definido de forma explícita en su propia doctrina que el cometido central de su 1º Reggimento San Marco incluye operaciones de proyección en el dominio litoral, con actividades de tipo raid ejecutadas a nivel de compañía, no de brigada completa; la brigada San Marco entera apenas suma unos tres mil ochocientos efectivos, un orden de magnitud comparable al de la fuerza que se describirá para la BRIMAR en el próximo artículo de esta serie.

 

2. La lógica que invierte el manual

Esta doctrina se sostiene sobre un cuerpo de principios que conviene presentar por su lógica y no como una lista de manual, porque cuatro de ellos exigen desarrollo propio, ya que contradicen la intuición de cualquiera con formación militar convencional, y los demás se entienden mejor si se nombran al hilo de esos cuatro.

El primero invierte la prioridad más antigua del género. Durante décadas, lo que importaba era la playa, el instante del contacto entre la lancha y la arena. Aquí no. El setenta por ciento del esfuerzo y de la inversión se dedica a degradar las defensas del adversario antes de que la primera lancha toque el agua; el desembarco es la explotación de un éxito ya conseguido, no el evento principal de la operación. La lección que sostiene esta prioridad surge ya en 1991, cuando mil trescientas minas iraquíes sembradas en el Golfo Pérsico paralizaron a diecisiete mil marines estadounidenses y obligaron a sustituir el asalto anfibio previsto sobre Kuwait por una finta de distracción. La flota más poderosa del planeta no pudo desembarcar porque nadie había limpiado el agua antes que ella. España no dispone ni remotamente de esa flota, así que no puede permitirse ese error; y por eso invierte la prioridad: no se desembarca hasta que no se degradan las defensas.

La supresión no la hacen solo los misiles y los enjambres de drones; también entra en juego una acción directa de mayor profundidad, ejecutada por el grupo de operaciones especiales de la Armada contra los propios nodos que sostienen las defensas del adversario. Un puñado de secciones se inserta entre cien y doscientos kilómetros tierra adentro, fuera del anillo de amenaza inmediato, con el único cometido de destruir baterías costeras, radares y centros de mando antes de que la fuerza principal llegue a su altura. Es una acción de riesgo alto y de entidad reducida, condicionada siempre a que exista inteligencia previa suficiente y algo de cobertura aérea sobre la zona de inserción; y es también el ejemplo más claro de que, incluso dentro de la mitad puramente anfibia de esta doctrina, la profundidad de la acción ya empieza a chocar con los límites de lo que un puñado de helicópteros de transporte convencional puede ofrecer sin exponerse en exceso.

El segundo principio que exige desarrollo es el que más cuesta aceptar a cualquier mando desplegado sobre el terreno: la reversibilidad debe ser obligatoria, y el punto de decisión llega, por defecto, unas seis horas después del contacto. Salvo que se demuestren a la vez tres condiciones (objetivo alcanzado, defensas residuales bajo control y líneas de reabastecimiento aseguradas), la orden por defecto es la extracción. Desde el terreno, cumplir la misión y no poder consolidar cuando el éxito lo permitiría se vive como dejar una ventaja táctica sobre la mesa; la doctrina responde que es exactamente esa tentación, la de quedarse un poco más para asegurar lo ganado, la que ha hundido las operaciones anfibias de la historia, y no la falta de valor de quien manda. Galípoli, en 1915, no fracasó en el desembarco, que tuvo éxito parcial en varias playas; fracasó en los meses de trinchera que siguieron, cuando la fuerza que ya había tocado tierra no pudo ni avanzar ni retirarse a tiempo, y se dejó desangrar en un frente que nunca debió estabilizarse. Las Malvinas, en 1982, muestran la otra cara de la misma lección: la fuerza británica pasó semanas bajo ataque aéreo argentino mientras consolidaba la cabeza de desembarco en San Carlos, con buques hundidos y dañados en el propio fondeadero por no haber acortado esa ventana de exposición. Es en la consolidación y no en el asalto donde se pierden las guerras anfibias, y por eso la doctrina automatiza la extracción salvo prueba en contra de posibilidad cierta de explotación del éxito inicial. También se tiene en cuenta otra lectura que trasciende lo puramente militar, pero que conviene no perder de vista: una acción que entra, cumple y sale es mucho más fácil de sostener ante la opinión pública propia y ante el derecho internacional que una ocupación de duración indefinida, y esa sostenibilidad política no es un adorno de la doctrina, es parte de por qué funciona.

El tercer principio contradice el instinto más elemental de cualquier oficial, que es proteger cada plataforma de la que dispone. Aquí se planifica para perder la mitad de los sistemas sacrificables (los vehículos de superficie no tripulados, los drones de ala fija, los enjambres de munición merodeadora) y se prefiere deliberadamente la abundancia de lo barato sobre la escasez de lo exquisito. La lección llega del mar Negro. Desde 2022, drones navales ucranianos con un coste unitario de apenas unos pocos cientos de miles de dólares, muy por debajo del precio de un solo torpedo moderno, han hundido o dañado más de veinticinco buques de la Flota rusa del mar Negro, según estimaciones del Ministerio de Defensa británico, y han forzado a esa flota a replegar su base principal de Sebastopol a Novorosíisk, varios cientos de kilómetros al este. Rusia no perdió el control del mar Negro occidental en un combate naval clásico; lo perdió frente a lanchas no tripuladas que costaban menos que sus propios sistemas de defensa antimisil. Ese cincuenta por ciento de pérdida asumida es una apuesta sobre la cadencia industrial española de reposición, que la producción nacional de sistemas sacrificables debe cumplir, de modo que las empresas españolas tienen que ganar capacidad para fabricar en serie de guerra, no para exhibir prototipos en una feria de defensa.

El cuarto principio que merece desarrollo propio es el doble eje de inserción: el asalto combina siempre el vector naval de superficie, lanchas rápidas lanzadas desde los buques de asalto, con el vector vertical, helicópteros que insertan tropa tierra adentro, como ejes simultáneos y no sucesivos. Un adversario obligado a repartir sus misiles y drones entre defender la costa contra las lanchas y defender su retaguardia contra el helitransporte no puede concentrar fuego contra ninguno de los dos. Pero el asalto vertical se reserva para zonas de aterrizaje con sistemas portátiles de defensa aérea y de corto alcance degradadas. En caso contrario, los medios se reservan para refuerzo del vector de superficie. Nagorno Karabaj, en 2020, enseñó la cara oscura de ignorar esa regla: columnas armenias enteras, sin cobertura antiaérea propia frente a los drones, fueron destruidas por aparatos turcos Bayraktar TB2 que operaban con impunidad casi total sobre el campo de batalla. Insertar tropa por el aire sin haber neutralizado antes esa amenaza no es doble eje, es sacrificio con nombre distinto.

Los demás principios no exigen el mismo desarrollo, pero forman el mismo cuerpo y conviene nombrarlos. La velocidad y la firma reducida son protección primaria: cuarenta y cinco nudos con una firma radar inferior a la de un pesquero protegen más que ocho nudos de blindaje convencional, porque lo que no se detecta a tiempo no se puede batir a tiempo. La futura familia de lanchas rápidas de asalto, veinte a veinticuatro unidades capaces de esos cuarenta y cinco nudos, está presupuestada entre 180 y 290 millones de euros con entregas escalonadas entre 2029 y 2035, y su desarrollo exige a Navantia un salto técnico real, porque el astillero no acredita hoy experiencia propia en cascos de planeo de alta velocidad ni en superficies de efecto de superficie; y el reto no es solo de diseño, es el mismo reto de fabricar en serie de guerra que ya plantea la atrición asumida en el principio anterior. La distribución prevalece sobre la concentración, de modo que ningún impacto individual neutralice la operación entera, sea cual sea el sistema que lo reciba.

Los sistemas no tripulados se integran como capacidad principal en vigilancia, ataque, transporte y guerra electrónica, y no como un complemento accesorio del sistema tripulado que de verdad importa. Cada capacidad que depende de una señal electrónica tiene, además, un procedimiento degradado obligatorio que funciona sin GPS y sin comunicaciones digitales, porque un adversario interesado en anular esa señal la anulará en el peor momento posible. La logística acompaña al asalto desde la primera hora, fragmentada en paquetes pequeños y rutas variables y redundantes, con cada unidad de desembarco dotada de cuarenta y ocho horas de autonomía propia antes de depender de un primer reabastecimiento, en lugar de llegar detrás como un apéndice que se organiza cuando ya hay tiempo; en la práctica se apoya en drones de carga para los tramos batidos por fuego, en impresión tridimensional de repuestos críticos que acorta la cola de abastecimiento, y en sanidad avanzada de proximidad que evita tener que evacuar a un herido bajo fuego enemigo. Y la doctrina tampoco confunde baja firma con invisibilidad: la detección no equivale a la destrucción, porque una fuerza pequeña puede retrasar que la localicen pero no evitarlo indefinidamente, así que se diseña para seguir sobreviviendo después de haber sido detectada, con dispersión inmediata, señuelos y contramedidas activas

 

3. La silueta de una operación

Estos principios no flotan en abstracto; se ordenan una secuencia temporal precisa, y conviene recorrerla aunque sea a vista de pájaro, para que se entienda cómo encajan entre sí. Más adelante en esta serie, un artículo específico reconstruirá un escenario completo hora a hora; aquí basta con la silueta.

La preparación del entorno empieza días o semanas antes del contacto, cuando equipos de reconocimiento se insertan de forma discreta, se preposicionan cachés de munición y combustible en varias ubicaciones, y operan sensores submarinos y ciberofensivas silenciosas contra los sistemas de mando del adversario. En un raid por hecho consumado, sin aviso previo, esta fase se comprime a los tres últimos días o se suprime directamente.

Le sigue la fase decisiva de toda la operación, la supresión y degradación de las defensas antiaéreas y antibuque adversarias, entre D-5 y la hora H. Misiles de crucero lanzados desde baterías costeras, submarinos y fragatas; enjambres de cincuenta a cien drones por oleada dedicados específicamente a la supresión de defensas; guerra electrónica a gran escala; minado ofensivo de los accesos que utiliza el adversario. Solo cuando se confirma esta degradación se autoriza avanzar a la fase siguiente.

Entre H-2 y la hora H, buzos y equipos de operaciones especiales verifican las playas de inserción y neutralizan los últimos puntos críticos, mientras una cortina de drones de vigilancia y guerra electrónica cubre el avance del grueso de la fuerza.

Llega entonces el asalto propiamente dicho, con sus dos ejes simultáneos ya descritos. Por el mar, entre tres y ocho compañías de desembarco anfibio se lanzan en lanchas rápidas desde buques situados a cien o doscientos kilómetros de la costa, o desde bases peninsulares a apenas catorce o veinticinco kilómetros en un raid limitado al Estrecho; cada compañía se reparte en cuatro lanchas de asalto, escoltadas por otras quince o veinte lanchas de combate no tripuladas que absorben el primer contacto y multiplican los blancos que el adversario tendría que repartirse. Por el aire, y solo porque la fase de supresión ya ha confirmado la degradación suficiente de las defensas de corto alcance, una o dos compañías más, entre cincuenta y seis y ciento cuarenta y cuatro combatientes en total, se insertan en cuatro a ocho helicópteros sobre dos a cuatro zonas de aterrizaje situadas entre cinco y treinta kilómetros tierra adentro, con escolta armada operando desde una base avanzada en tierra. El instante más peligroso de toda la secuencia, sin embargo, no es este, sino el que lo precede: un buque con el dique de popa abierto, lanzando lanchas en cadena, genera la firma térmica, radar y acústica más intensa de toda la operación, y por eso la doctrina exige buques dispersos entre sí a intervalos de veinte o treinta kilómetros, lanzamientos nocturnos y una ventana de dique abierto inferior a veinte minutos por buque.

Entre H+2 y H+4, si la cabeza de playa se ha asegurado, entra un segundo escalón compuesto por vehículos blindados de rueda desembarcados desde el dique de los propios buques de asalto y por helicópteros de transporte pesado que traen carga desde tierra o desde una base logística avanzada; es refuerzo, nunca la primera oleada, porque a seis o siete nudos en el agua ningún blindado de este tipo sobreviviría al tramo inicial de exposición frente a un adversario con misiles de crucero.

El primer punto de decisión llega en H+6, y conviene no confundirlo con una orden de marcharse. En esa sexta hora no se reembarca la fuerza; se revisa por primera vez si se cumplen las tres condiciones exigidas (objetivo alcanzado, defensas residuales bajo control, líneas de reabastecimiento aseguradas), y si no se cumplen, la presunción por defecto es preparar la extracción. Si se cumplen, la fuerza permanece y la revisión se repite en ciclos sucesivos: muchas misiones necesitan por su naturaleza doce, veinticuatro o setenta y dos horas, y deben completarse siempre que no se presuma una respuesta enemiga inminente. Lo que la doctrina prohíbe no es quedarse muchas horas, sino quedarse sin haberlo decidido activamente, por simple deriva, que es como se estabilizan los frentes que nunca debieron estabilizarse. Cuando la orden de salir llega, sea en H+6 o mucho después, la extracción no es una improvisación sino una capacidad de primera línea con su propio entrenamiento y sus ensayos bajo fuego: reembarque en menos de dos horas, bajo cortina de fuegos y de guerra electrónica, con los mismos drones que apoyaron el asalto cubriendo ahora la retirada.

 

4. El punto ciego

Tanto en la extracción bajo fuego como en la transición hacia un componente terrestre de relevo, la fuerza dispersa que protege cada casco individual comparte una misma carencia: nadie en ella ve el conjunto del tablero. Aquí vuelve la promesa con la que empezaba este artículo. Todo lo descrito hasta ahora, la velocidad, la dispersión, la abundancia de lo barato, el doble eje, resuelve el problema de que ningún impacto individual hunda la operación entera, porque no se ponen todos los medios en la misma cesta. Pero resolver ese problema crea otro que la doctrina, tal como se ha presentado hasta aquí, no puede resolver por sí sola.

Una fuerza dispersa en muchos cascos pequeños ve poco. Cada lancha, cada vehículo de superficie no tripulado, cada compañía de desembarco tiene el horizonte de radar de un mástil bajo, apenas quince o veinte kilómetros en el mejor de los casos antes de que la curvatura de la Tierra se lo oculte todo; ninguna de esas plataformas lleva alerta temprana propia; ninguna dispone de cobertura aérea de combate que la proteja del misil que llega a pocos metros sobre la ola, demasiado bajo para el radar de superficie y demasiado rápido para reaccionar cuando por fin aparece en pantalla. La dispersión, que protege del impacto individual, no protege de la ceguera colectiva; al contrario, la agrava, porque reparte el problema de ver entre docenas de plataformas que, por separado, ven todavía menos de lo que vería una sola grande.

España, además, no parte de una posición neutra en este punto; parte de una posición peor que la de casi cualquier aliado comparable. Hoy no existe alerta temprana embarcada en la Armada, y el único resto de ala fija a bordo, una decena de Harrier II+ envejecidos, se retira entre 2030 y 2034 sin relevo previsto dentro de la arquitectura descrita hasta aquí. La doctrina de raid distribuido que se acaba de exponer puede ejecutarse contra Marruecos u otro adversario con defensas moderadas o ya degradadas sin ese ojo propio, apoyándose en radares terrestres y en la vigilancia por satélite; pero contra un A2/AD de mayor entidad, la fuerza dispersa se queda, en el sentido más literal, sin ver a qué le está disparando ni quién le dispara a ella.

No es un problema exclusivamente español. La Infantería de Marina Real británica y el Korps Mariniers neerlandés están reconfigurando sus propias fuerzas de comandos en equipos más pequeños, ágiles y muy dispersos, y un análisis reciente publicado en War on the Rocks señala con crudeza el precio de esa dispersión, unas unidades ligeras sin defensa antiaérea orgánica más allá del misil portátil, expuestas a un adversario capaz de generar grandes volúmenes de fuego guiado por vehículos aéreos no tripulados. Corea del Sur, por su parte, ha llevado la incursión reversible al extremo contrario del espectro al crear la unidad Spartan 3000, un regimiento de tres mil marines creado para golpear objetivos en la retaguardia norcoreana y regresar, no para ocupar terreno, que puede desplegarse en apenas veinticuatro horas y que no lleva ninguna pretensión de permanencia. Es la misma lógica de raid que se ha descrito en este artículo, aplicada por una potencia media distinta, con su propia geografía y su propio adversario.

El mar Rojo, entre 2023 y 2025, puso cifra a lo que cuesta operar sin ese ojo propio, aplicado esta vez a buques de guerra en lugar de a tropa terrestre. Un actor sin fuerza aérea ni armada propias, armado únicamente con misiles antibuque de origen iraní disparados desde tierra, elevó el coste de operar en la zona hasta unos diez millones de dólares diarios para las armadas occidentales presentes, y lo hizo porque ningún buque de superficie contaba con alerta temprana embarcada capaz de anticipar el disparo con margen suficiente para reaccionar. Aplazar esa carencia hasta el primer día de una guerra real, que es donde menos conviene descubrirla, es el riesgo concreto que corre cualquier fuerza que confunda dispersarse con estar cubierta.

La doctrina que se acaba de presentar entera en este artículo, con sus principios y su secuencia de fases, es necesaria pero no es suficiente. Cumple de sobra para el raid contra un adversario con defensas moderadas o ya degradadas, que es el escenario más probable en el Estrecho y en los enclaves. Deja de cumplir en cuanto el adversario dispone de defensas de mayor entidad, o en cuanto la misión exige algo más que entrar, cumplir y salir en un puñado de horas. Y ahí queda la pregunta con la que se cierra este artículo, sin respuesta todavía: si la fuerza se dispersa para sobrevivir, ¿quién le devuelve los ojos y el techo que esa misma dispersión le ha quitado? Responderla exige un buque muy distinto de cualquiera de los que aquí se han mencionado, y con él llega una paradoja que esta serie todavía no ha tenido que afrontar: por qué, justo después de haber argumentado que lo pequeño y disperso protege, conviene además construir algo grande.

 

Este artículo es el tercero de una serie sobre la transformación aeronaval y anfibia española. El siguiente cambia de escala: de la doctrina a la organización, para preguntar cuántos efectivos necesita realmente España para sostener dos teatros simultáneos con reserva y por qué el cuello de botella real de esa cuenta no está en los buques que se botan, sino en la masa que hoy es solo nominal: de los 5.600 efectivos actuales de la Infantería de Marina, apenas 1.600-2.000 son proyectables a primera línea, y ampliar esa cifra exige formar operadores de drones y especialistas de guerra electrónica que la Armada todavía no tiene en cantidad suficiente, no solo firmar un contrato de construcción naval.

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