Por qué España no controla el rumbo de su industria aeronáutica.
Primera entrega de una serie
sobre la soberanía industrial aeronáutica española.
INTRODUCCIÓN
En 1971, cuando Construcciones
Aeronáuticas entró en el consorcio europeo que años después se llamaría Airbus,
España aportó una pieza muy concreta, el estabilizador horizontal de cola de
los primeros A300. Era una contribución modesta y digna, la de un socio pequeño
que se ganaba el sitio con trabajo bien hecho. Medio siglo más tarde, la
industria española sigue fabricando ese mismo estabilizador, más moderno, en
fibra de carbono, pero conceptualmente el mismo, junto a alas y fuselajes para
los aviones de medio mundo. Lo que no ha conseguido en cincuenta años es
decidir qué avión fabrica.
Esa frase resume el problema.
España no carece de industria aeronáutica, sino de un centro de decisión capaz
de convertir esa industria en soberanía. Posee fábricas, ingenieros, programas
y una facturación que la sitúa entre los grandes de Europa. Le falta la única
cosa que transforma todo eso en poder, el control sobre la arquitectura del
producto, sobre la propiedad intelectual y sobre el lanzamiento de programas
propios. El problema español no es la escasez de empresas ni de talento; es la
ausencia de un actor nacional que reúna las capacidades dispersas y las
convierta en rumbo. Otros países llaman a eso un campeón nacional, una empresa
capaz de diseñar y de decidir, no solo de fabricar. España no lo tiene.
Una pieza impecable a la espera de un avión que diseñará otro. Desde 1971, España domina la fabricación de componentes de primer nivel; la arquitectura del aparato que los alberga sigue decidiéndose fuera. Imagen conceptual generada por IA.