Por qué el futuro del fuego de batallón no es un tubo ni un dron, sino la cadena que los une. Y por qué llevamos diez años mirando para otro lado.
INTRODUCCIÓN
Hay una idea que recorre los
análisis de Ucrania desde 2025 y que debería quitarle el sueño a quien
planifica el Ejército de Tierra. En sectores enteros del frente, las unidades
han dejado de disparar morteros convencionales y no porque les sobraran, sino
porque cada vez que un tubo estático abría fuego, un dron de reconocimiento lo
veía y a partir de ahí echaban a correr dos relojes. El del dron FPV, el
aparato pilotado en primera persona que llega en minutos y cuesta lo que un
teléfono; y el de la contrabatería, el contrafuego que localiza la pieza recién
disparada y la entierra; más lento, pero implacable.
La lectura perezosa de ese dato
dice que el mortero está acabado, pero es incorrecta. El mortero ciego,
estático y centralizado está acabado; el mortero que sobrevive es otro animal.
Lleva ruedas, dispara y se larga antes de que llegue el contrafuego, gestiona
su firma y, esto es lo nuevo, tiene sus propios ojos en el aire. A su lado, como
hermano gemelo, lleva un dron que mata lo que el tubo no alcanza.
El paquete dron-mortero en una posición dispersa al
anochecer. El tubo embarcado abre fuego mientras su dron orgánico corrige el
tiro, la munición merodeadora se proyecta hacia la profundidad y una burbuja
antidrón cubre al conjunto, todo enlazado con los fuegos de la brigada. La
pieza ya no es el sistema; el sistema es la cadena. Ilustración conceptual
generada por IA.
Eso es el paquete dron-mortero de
batallón. No es un capricho tecnológico, es la unidad mínima de fuego que tiene
sentido en un campo de batalla donde lo que se ve, se fija, y lo que se fija,
se destruye.
España fabrica los mejores
componentes de ese paquete y, sin embargo, no lo ha comprado a escala.
1. Primer plano: la geometría del combate cercano se ha partido en
dos
El dato que lo cambia todo viene
de los análisis tácticos del equipo de Jack Watling para el RUSI, el instituto
británico de estudios de defensa. Describen una zona disputada de unos 15
kilómetros y una franja media que se estira hasta los 30, donde emplear el
fuego de tubo de forma sostenida y predecible se ha vuelto enormemente
arriesgado. No es que el fuego de artillería por debajo de 15 kilómetros sea
imposible, sino que dispararla sin moverse, de forma repetitiva y sin gestionar
la firma es letal para quien lo hace. Quien dispara y se queda, muere; y quien
dispara uno o dos minutos y desaparece, con baja firma térmica y
electromagnética, sigue vivo. En el campo transparente, el verbo clave ya no es
disparar, sino ver, disparar, ocultarse y engañar. La supervivencia es gestión
de firma.
Esa diferencia parte el combate
cercano en dos mitades que antes eran una sola. De cero a 15 kilómetros, el
protagonista de la precisión puntual ya no es el tubo; es el dron, capaz de
poner, por el precio de un teléfono, un proyectil en la tronera de un carro a
kilómetros de distancia. De 15 a 40 kilómetros vive el obús de 155 milímetros,
que España por fin está renovando con 214 piezas autopropulsadas por unos 6.700
millones de euros.
¿Y el mortero? El mortero se
queda en la franja de contacto, degradado de protagonismo, pero no de utilidad.
Hace lo que el dron hace mal o no puede hacer. Bate un área entera por
saturación, ciega con humo, alumbra de noche y, sobre todo, dispara de inmediato
cuando la guerra electrónica deja al dron en tierra. Porque el FPV depende de
un enlace de datos y, a menudo, de la señal GPS; en un entorno de interferencia
densa, el mismo que describe Ucrania, ese dron se queda ciego o cae.
La guerra electrónica degrada
mucho más al dron que al tubo, pero no deja intacto al conjunto del sistema,
porque también ataca la localización del blanco, el posicionamiento y la
sincronización. Lo que sobrevive no es un sistema, sino una combinación redundante:
observación visual del puesto avanzado, navegación inercial del tubo y
procedimientos analógicos de toda la vida. El mortero gana porque sigue
disparando con medios degradados cuando el dron ya no puede volar.
Por eso no compiten, sino que se
reparten el trabajo. El que se equivoca de verdad es quien planea el batallón
con la pregunta de hace veinte años, «¿cuántos morteros pongo?», sin contar
drones, ni guerra electrónica, ni quién corrige el tiro. La pregunta correcta
es qué cadena de fuego cercano se monta, cuántos ojos se le da y cómo sigue
matando cuando apagan el enlace.
2. Segundo plano: la cadena, no el tubo
La innovación de Ucrania no es
que el mortero tenga un dron, sino que el dron ha dejado de pertenecer al
observador para pertenecer a la cadena de fuegos. El mismo operador que detecta
un blanco puede activar el mortero, la munición merodeadora o el obús de la
brigada, según convenga. El mortero es uno de los efectores de esa red
distribuida, no su dueño. Quien lo entienda comprará un sistema; quien no,
comprará tubos con drones pegados al lado.
En Ucrania, las secciones que
sobreviven no esperan a que les pasen las coordenadas desde tres escalones más
arriba. El jefe de sección tiene su propio dron, corrige el tiro y dispara en
dos o tres minutos, al menos en las unidades bien integradas. Es el viejo bucle
que va del sensor que detecta al arma que dispara, comprimido al límite; lo que
la doctrina aliada llama mando orientado a la misión, decidir abajo y deprisa,
sin pedir permiso para cada disparo.
El mortero español, hoy, es
ciego. Depende de observadores que no siempre tiene, de un dron prestado cuando
hay suerte y de una cadena de petición de fuego que tarda diez o quince
minutos, cuando la ventana letal ya se cerró y el blanco se ha ido.
Por eso el paquete no son cinco
tubos, son cinco piezas que van juntas o no van.
- La plataforma de fuego. El mortero de 120
milímetros autopropulsado, en posición y fuera de ella en uno o dos
minutos en condiciones reales, con estrés y terreno.
- El efector de dron. Un pelotón de munición
merodeadora, esos drones que sobrevuelan la zona y se lanzan sobre el
blanco cuando aparece, para batir lo que el tubo no alcanza.
- Los ojos. Aparatos de reconocimiento
orgánicos de la sección, no del cuerpo de ejército, asumiendo que se
perderán a docenas y que habrá que reponerlos.
- El escudo en capas. El escudo real combina
guerra electrónica, efector cinético que derribe físicamente al dron,
dispersión, camuflaje y control de emisiones. Sin esa burbuja, el paquete,
seis vehículos juntos, se convierte en blanco prioritario.
- El cerebro. No basta con una tableta. El
fuego no se pide por WhatsApp; ese visor del dron tiene que hablar
directamente con el sistema de gestión del campo de batalla, el llamado
BMS, y con la computadora de tiro, integración que en España dominan
empresas como Indra o GMV. Sin esa fusión de datos en tiempo real, el jefe
de sección acaba tecleando coordenadas a mano bajo fuego, lo que anula la
ventaja de velocidad que se buscaba. Y hay un reto que casi nadie nombra.
En unos pocos kilómetros cuadrados conviven las trayectorias de los
morteros, los drones de reconocimiento de la sección, los FPV del batallón
y los helicópteros a baja cota. El software no solo tiene que autorizar el
disparo; tiene que trazar en tiempo real una burbuja de exclusión para que
el mortero no derribe a tu propio dron al abrir fuego. A todo eso se suma
lo más barato y lo más difícil: delegar la autoridad de fuego en el jefe
de sección, con reglas predefinidas e identificación positiva por vídeo
que eviten el fratricidio.
Si falta cualquiera de las cinco,
no tienes capacidad de fuego cercano. Tienes tubos. Y los tubos ciegos mueren.
Conviene un apunte, porque los
ojos y datos del “paquete” deben enchufarse hacia arriba, hacia los fuegos de
155 milímetros y de cohetes de la brigada y la división, para que el blanco que
la sección detecta y no puede batir lo bata otro. Fuego cercano y fuego
profundo son la misma cadena, vista a dos distancias.
3. Tercer plano: el caso español, por niveles de madurez
Esta es la parte que sonroja. No
hablamos de tecnología extranjera carísima, sino de sistemas diseñados y
fabricados en España, aunque en distintas fases de desarrollo.
Ya en servicio. El EIMOS
de 81 milímetros, de Rheinmetall Expal, va montado sobre el todoterreno militar
VAMTAC ST5 y apunta en los 360 grados sin reorientar el vehículo. Se está
desplegando en la Infantería de Marina y prevé alcanzar las 18 unidades, también
la Brigada Paracaidista recibió los primeros en enero de 2025 y hasta el
Ejército del Aire tiene los suyos. Es el sistema maduro de la familia.
En desarrollo o transición,
prometedores, pero no equivalentes en madurez. El EIMOS de 120 milímetros es la
evolución lógica del anterior, anunciada, no un producto ya equivalente al de
81; el calibre que está en las unidades es el menor. El Alakran, de la española
NTGS, despliega un brazo que apoya la placa base del mortero en el suelo, de
modo que el retroceso va a la tierra y no al chasis, lo que permite fuego
sostenido. Entra en posición en menos de un minuto. Según su fabricante, ha
sido empleado en Ucrania sobre Toyota Land Cruiser y está en servicio en Arabia
Saudí; el Ejército de Tierra lo ha pasado por su campaña de experimentación
táctica en 2026. Español, probado y todavía sin programa de adquisición serio
en casa. El EMOC, de Escribano, se presenta como el portamortero de 120 más
ligero del mercado: dos tripulantes, fuego en quince segundos desde la
detención del vehículo, cadencia de cuatro a diez disparos por minuto y alcance
cercano a los nueve kilómetros. Para las unidades de cadenas, Escribano trabaja
además en una torre de retrocarga sobre el futuro Vehículo de Apoyo de Cadenas,
cuyo futuro está en el aire.
La elección no es difícil de hacer.
El Alakran, con la placa en tierra, conviene allí donde haga falta fuego
continuado; el EMOC y el EIMOS, que disparan desde el vehículo, sirven para el
disparo rápido seguido de un cambio inmediato de posición. Para las cadenas, la
torre de retrocarga. Hay solución española para cada perfil. Lo que no hay es
un programa que las compre en serio; el plan de morteros embarcados se quedó en
125 millones de euros hasta 2027, una limosna para la capacidad que describe.
El efector de dron exige una
corrección que importa. El FOX-I, de Indra, es un micromisil de precisión
lanzado desde dron, de tres kilogramos, con guiado inercial intermedio y láser
semiactivo, construido sobre la cabeza de combate del cohete contracarro C90 de
Instalaza. Con cuatro kilómetros de alcance es un efector de sección o
compañía, no de batallón profundo. Útil y nacional, pero para el alcance de
batallón hace falta complementarlo con sistemas de mayor radio. Ahí entra el
Q-SLAM-40 de la española Arquimea, munición merodeadora de verdad, con 25
kilómetros y 25 minutos de autonomía, carga penetrante de 1,2 kilogramos apta
contra blindados y vuelo en enjambre. Es soberano, está probado en combate y ya
figura en los arsenales de la Infantería de Marina. Que el modelo funciona lo
demuestra Polonia, que organiza sus secciones combinando munición merodeadora
Warmate y morteros de 120. Y la empresa conjunta EDGE-Indra, con su fábrica de
León inaugurada en enero de 2026, abre la puerta a la munición con capacidad de
enjambre. El FOX-I se queda, pues, en sección y compañía; para el batallón, el
efector es el Q-SLAM-40.
El escudo tiene nombre y
límite. El sistema Aracne, de Indra, ya empleado por fuerzas españolas en
Lituania, demuestra que la industria nacional trabaja en la defensa contra
drones. El debate, sin embargo, no es el modelo concreto, que mañana quedará
superado por otro, sino la necesidad de una capa antidrón orgánica en cada
sección de fuego. Y contra el FPV de fibra óptica el inhibidor no basta; hace
falta capa cinética, ya que el escudo tiene que evolucionar tan rápido como la
amenaza.
4. La parte que nadie fotografía: la munición
Las plataformas se prestan a la
foto; la munición, no; y es la munición la que decide. Un batallón puede
recibir seis portamorteros relucientes y seguir siendo irrelevante si no tiene
reservas para sostener el combate durante semanas.
Seis tubos de 120 milímetros, a
cadencia sostenida de cuatro disparos por minuto, vacían 200 proyectiles
guiados en menos de diez minutos de fuego. La munición guiada es el cirujano:
cara, escasa, reservada para el blanco que de verdad importa. Quien alimenta al
monstruo día tras día es la munición rompedora convencional, la de saturación,
humo e iluminación, que España sí fabrica a través de Rheinmetall Expal. Lo
guiado es el complemento; lo convencional es la base. Ningún paquete funciona
sin volumen de fuego convencional y ningún cálculo honesto puede ignorar una
verdad incómoda. El coste recurrente real no es el tubo, sino la reposición
continua de munición convencional y de drones consumibles, que en combate de
alta intensidad se gastan a un ritmo que descoloca a cualquier intendencia de
tiempos de paz.
5. La cuantificación: cuánto cuesta hacerlo bien
Pongamos números, porque sin
números esto es literatura. Lo que sigue son estimaciones de coste de entrada,
plataforma y dotación inicial, a partir de precios públicos de sistemas
equivalentes y contratos conocidos; no un estudio de la Dirección General de
Armamento ni un cálculo de ciclo de vida. El sostenimiento a treinta años
multiplica cualquier cifra de defensa; aquí solo se busca el orden de magnitud
para situar la decisión.
6. Las vacas sagradas que hay que sacrificar
Ningún plan honesto se sostiene
sin nombrar lo que estorba.
El mortero de 81 milímetros,
pero con el bisturí, no con el hacha. El criterio correcto es el modo de
empleo. Allí donde el fuego puede acompañar al vehículo, el 120 domina; una
compañía de montaña montada en VAMTAC se beneficia de un 120 móvil igual que
una mecanizada. Allí donde el fuego debe acompañar al soldado a pie, el 81
conserva su nicho. Un 120 con su placa base supera los 120 kilogramos, así que
no sube andando una ladera del Pirineo ni entra en una inserción
helitransportada rápida. El 81, desmontado en unos 40 kilogramos, es el máximo
calibre que una patrulla a pie puede cargar y aporta algo que va más allá del
peso: menor firma logística y mayor cadencia sostenible sin depender de
plataforma. La conclusión es que el 81 debe morir como estándar embarcado de
batallón, pero sobrevivir a lomos de los soldados.
La cadena de fuego
centralizada. Esta es cultural y la más difícil de matar. El Ejército
español arrastra una doctrina de fuego centralizada y aversa al riesgo, donde
nadie dispara sin pedir permiso varios escalones arriba. En el campo de batalla
transparente, eso es una sentencia de muerte, pues da igual cuántos Alakran
compres si la sección no puede abrir fuego sin tres autorizaciones. La
centralización sirve para que el fuego de la sección no caiga sobre los propios
ni cruce la trayectoria de la aviación y para racionar munición. Por eso, la
reforma correcta no es que dispare quien quiera, sino delegar la autoridad con
reglas predefinidas por escenario e identificación positiva por vídeo
compartido, de modo que se gane velocidad sin abrir la puerta al fratricidio. Es
cuestión de confianza y procedimiento.
7. Por qué no se ha hecho ya, y por qué eso no es excusa
Si el paquete es tan barato y
obvio, ¿por qué no está comprado? Hay tres razones reales, pero ninguna soporta
el debate.
La primera, que el presupuesto
está comprometido en los 155 milímetros y los vehículos. Cierto; pero
precisamente por eso el paquete cabe, porque cuesta el 3 % de lo ya
comprometido. No compite, completa.
La segunda, que integrarlo exige
adiestrar operadores de dron y controladores de fuego, cambiar la estructura
orgánica y crear un perfil profesional nuevo. También cierto y es un argumento
serio. Pero ese coste, humano y organizativo, es exactamente el que Ucrania ya
pagó bajo fuego y nosotros podemos pagar en tiempo de paz. Aplazarlo no lo
abarata; lo encarece.
La tercera, que seis vehículos
juntos concentran firma y son un blanco. Verdad también y por eso el paquete
nace disperso, con control de emisiones y escudo en capas. El riesgo no es
razón para no tenerlo, sino para emplearlo bien.
8. El espejo incómodo
España fabrica tres portamorteros
de 120 milímetros de primer nivel mundial. Fabrica un micromisil de precisión
soberano sobre la cabeza del C90 y munición merodeadora como el Q-SLAM-40, que
duerme en los arsenales de la Infantería de Marina sin doctrina que lo emplee. Dispone
de un sistema antidrón nacional. Tiene la munición, la industria y hasta
sistemas probados en Ucrania que otros ejércitos compran. Y, aun así, el
batallón de infantería español sigue siendo ciego, lento y centralizado en lo
que al fuego cercano se refiere. Tiene tubos, pero no tiene sistema.
No hace falta un plan faraónico
para cambiarlo. Una hoja de ruta mínima cabría en tres pasos. Primero, un
piloto de paquete completo en una sección de la Brigada Paracaidista o de la
Legión durante 2026 y 2027, aprovechando las entregas de EIMOS y las pruebas de
Alakran y EMOC ya en curso. Segundo, el desarrollo acelerado de la interfaz que
haga hablar al dron con el sistema de gestión y la computadora de tiro.
Tercero, la reforma doctrinal en paralelo, con delegación de autoridad y reglas
de enfrentamiento por escenario. El coste de entrada de ese piloto no llegaría
a los 15 millones de euros; el precio de no hacer nada se mide en batallones
que dispararán tarde.
El debate no es si el mortero
sobrevive, porque lo hace. La cuestión es quién posee la cadena completa, ojos,
decisión y fuego. Quien tenga los tres seguirá combatiendo; quien conserve solo
el tubo conservará un recuerdo de la guerra anterior.
En el próximo artículo de la
serie: el escalón que de verdad decide la guerra, donde España va a salir del
ciclo de modernización con la cuarta parte de lo que necesita. Los cohetes, el
SILAM herido de muerte política y la envolvente de fuego profundo de 300
kilómetros que nadie quiere financiar.
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