lunes, 29 de junio de 2026

El mortero ciego está muerto

Por qué el futuro del fuego de batallón no es un tubo ni un dron, sino la cadena que los une. Y por qué llevamos diez años mirando para otro lado.

 

INTRODUCCIÓN

Hay una idea que recorre los análisis de Ucrania desde 2025 y que debería quitarle el sueño a quien planifica el Ejército de Tierra. En sectores enteros del frente, las unidades han dejado de disparar morteros convencionales y no porque les sobraran, sino porque cada vez que un tubo estático abría fuego, un dron de reconocimiento lo veía y a partir de ahí echaban a correr dos relojes. El del dron FPV, el aparato pilotado en primera persona que llega en minutos y cuesta lo que un teléfono; y el de la contrabatería, el contrafuego que localiza la pieza recién disparada y la entierra; más lento, pero implacable.

La lectura perezosa de ese dato dice que el mortero está acabado, pero es incorrecta. El mortero ciego, estático y centralizado está acabado; el mortero que sobrevive es otro animal. Lleva ruedas, dispara y se larga antes de que llegue el contrafuego, gestiona su firma y, esto es lo nuevo, tiene sus propios ojos en el aire. A su lado, como hermano gemelo, lleva un dron que mata lo que el tubo no alcanza.

El paquete dron-mortero en una posición dispersa al anochecer. El tubo embarcado abre fuego mientras su dron orgánico corrige el tiro, la munición merodeadora se proyecta hacia la profundidad y una burbuja antidrón cubre al conjunto, todo enlazado con los fuegos de la brigada. La pieza ya no es el sistema; el sistema es la cadena. Ilustración conceptual generada por IA.

Eso es el paquete dron-mortero de batallón. No es un capricho tecnológico, es la unidad mínima de fuego que tiene sentido en un campo de batalla donde lo que se ve, se fija, y lo que se fija, se destruye.

España fabrica los mejores componentes de ese paquete y, sin embargo, no lo ha comprado a escala.

 

1. Primer plano: la geometría del combate cercano se ha partido en dos

El dato que lo cambia todo viene de los análisis tácticos del equipo de Jack Watling para el RUSI, el instituto británico de estudios de defensa. Describen una zona disputada de unos 15 kilómetros y una franja media que se estira hasta los 30, donde emplear el fuego de tubo de forma sostenida y predecible se ha vuelto enormemente arriesgado. No es que el fuego de artillería por debajo de 15 kilómetros sea imposible, sino que dispararla sin moverse, de forma repetitiva y sin gestionar la firma es letal para quien lo hace. Quien dispara y se queda, muere; y quien dispara uno o dos minutos y desaparece, con baja firma térmica y electromagnética, sigue vivo. En el campo transparente, el verbo clave ya no es disparar, sino ver, disparar, ocultarse y engañar. La supervivencia es gestión de firma.

Esa diferencia parte el combate cercano en dos mitades que antes eran una sola. De cero a 15 kilómetros, el protagonista de la precisión puntual ya no es el tubo; es el dron, capaz de poner, por el precio de un teléfono, un proyectil en la tronera de un carro a kilómetros de distancia. De 15 a 40 kilómetros vive el obús de 155 milímetros, que España por fin está renovando con 214 piezas autopropulsadas por unos 6.700 millones de euros.

¿Y el mortero? El mortero se queda en la franja de contacto, degradado de protagonismo, pero no de utilidad. Hace lo que el dron hace mal o no puede hacer. Bate un área entera por saturación, ciega con humo, alumbra de noche y, sobre todo, dispara de inmediato cuando la guerra electrónica deja al dron en tierra. Porque el FPV depende de un enlace de datos y, a menudo, de la señal GPS; en un entorno de interferencia densa, el mismo que describe Ucrania, ese dron se queda ciego o cae.

La guerra electrónica degrada mucho más al dron que al tubo, pero no deja intacto al conjunto del sistema, porque también ataca la localización del blanco, el posicionamiento y la sincronización. Lo que sobrevive no es un sistema, sino una combinación redundante: observación visual del puesto avanzado, navegación inercial del tubo y procedimientos analógicos de toda la vida. El mortero gana porque sigue disparando con medios degradados cuando el dron ya no puede volar.

Por eso no compiten, sino que se reparten el trabajo. El que se equivoca de verdad es quien planea el batallón con la pregunta de hace veinte años, «¿cuántos morteros pongo?», sin contar drones, ni guerra electrónica, ni quién corrige el tiro. La pregunta correcta es qué cadena de fuego cercano se monta, cuántos ojos se le da y cómo sigue matando cuando apagan el enlace.

 

2. Segundo plano: la cadena, no el tubo

La innovación de Ucrania no es que el mortero tenga un dron, sino que el dron ha dejado de pertenecer al observador para pertenecer a la cadena de fuegos. El mismo operador que detecta un blanco puede activar el mortero, la munición merodeadora o el obús de la brigada, según convenga. El mortero es uno de los efectores de esa red distribuida, no su dueño. Quien lo entienda comprará un sistema; quien no, comprará tubos con drones pegados al lado.

En Ucrania, las secciones que sobreviven no esperan a que les pasen las coordenadas desde tres escalones más arriba. El jefe de sección tiene su propio dron, corrige el tiro y dispara en dos o tres minutos, al menos en las unidades bien integradas. Es el viejo bucle que va del sensor que detecta al arma que dispara, comprimido al límite; lo que la doctrina aliada llama mando orientado a la misión, decidir abajo y deprisa, sin pedir permiso para cada disparo.

El mortero español, hoy, es ciego. Depende de observadores que no siempre tiene, de un dron prestado cuando hay suerte y de una cadena de petición de fuego que tarda diez o quince minutos, cuando la ventana letal ya se cerró y el blanco se ha ido.

Por eso el paquete no son cinco tubos, son cinco piezas que van juntas o no van.

  1. La plataforma de fuego. El mortero de 120 milímetros autopropulsado, en posición y fuera de ella en uno o dos minutos en condiciones reales, con estrés y terreno.
  2. El efector de dron. Un pelotón de munición merodeadora, esos drones que sobrevuelan la zona y se lanzan sobre el blanco cuando aparece, para batir lo que el tubo no alcanza.
  3. Los ojos. Aparatos de reconocimiento orgánicos de la sección, no del cuerpo de ejército, asumiendo que se perderán a docenas y que habrá que reponerlos.
  4. El escudo en capas. El escudo real combina guerra electrónica, efector cinético que derribe físicamente al dron, dispersión, camuflaje y control de emisiones. Sin esa burbuja, el paquete, seis vehículos juntos, se convierte en blanco prioritario.
  5. El cerebro. No basta con una tableta. El fuego no se pide por WhatsApp; ese visor del dron tiene que hablar directamente con el sistema de gestión del campo de batalla, el llamado BMS, y con la computadora de tiro, integración que en España dominan empresas como Indra o GMV. Sin esa fusión de datos en tiempo real, el jefe de sección acaba tecleando coordenadas a mano bajo fuego, lo que anula la ventaja de velocidad que se buscaba. Y hay un reto que casi nadie nombra. En unos pocos kilómetros cuadrados conviven las trayectorias de los morteros, los drones de reconocimiento de la sección, los FPV del batallón y los helicópteros a baja cota. El software no solo tiene que autorizar el disparo; tiene que trazar en tiempo real una burbuja de exclusión para que el mortero no derribe a tu propio dron al abrir fuego. A todo eso se suma lo más barato y lo más difícil: delegar la autoridad de fuego en el jefe de sección, con reglas predefinidas e identificación positiva por vídeo que eviten el fratricidio.

Si falta cualquiera de las cinco, no tienes capacidad de fuego cercano. Tienes tubos. Y los tubos ciegos mueren.

Conviene un apunte, porque los ojos y datos del “paquete” deben enchufarse hacia arriba, hacia los fuegos de 155 milímetros y de cohetes de la brigada y la división, para que el blanco que la sección detecta y no puede batir lo bata otro. Fuego cercano y fuego profundo son la misma cadena, vista a dos distancias.

 

3. Tercer plano: el caso español, por niveles de madurez

Esta es la parte que sonroja. No hablamos de tecnología extranjera carísima, sino de sistemas diseñados y fabricados en España, aunque en distintas fases de desarrollo.

Ya en servicio. El EIMOS de 81 milímetros, de Rheinmetall Expal, va montado sobre el todoterreno militar VAMTAC ST5 y apunta en los 360 grados sin reorientar el vehículo. Se está desplegando en la Infantería de Marina y prevé alcanzar las 18 unidades, también la Brigada Paracaidista recibió los primeros en enero de 2025 y hasta el Ejército del Aire tiene los suyos. Es el sistema maduro de la familia.

En desarrollo o transición, prometedores, pero no equivalentes en madurez. El EIMOS de 120 milímetros es la evolución lógica del anterior, anunciada, no un producto ya equivalente al de 81; el calibre que está en las unidades es el menor. El Alakran, de la española NTGS, despliega un brazo que apoya la placa base del mortero en el suelo, de modo que el retroceso va a la tierra y no al chasis, lo que permite fuego sostenido. Entra en posición en menos de un minuto. Según su fabricante, ha sido empleado en Ucrania sobre Toyota Land Cruiser y está en servicio en Arabia Saudí; el Ejército de Tierra lo ha pasado por su campaña de experimentación táctica en 2026. Español, probado y todavía sin programa de adquisición serio en casa. El EMOC, de Escribano, se presenta como el portamortero de 120 más ligero del mercado: dos tripulantes, fuego en quince segundos desde la detención del vehículo, cadencia de cuatro a diez disparos por minuto y alcance cercano a los nueve kilómetros. Para las unidades de cadenas, Escribano trabaja además en una torre de retrocarga sobre el futuro Vehículo de Apoyo de Cadenas, cuyo futuro está en el aire.

La elección no es difícil de hacer. El Alakran, con la placa en tierra, conviene allí donde haga falta fuego continuado; el EMOC y el EIMOS, que disparan desde el vehículo, sirven para el disparo rápido seguido de un cambio inmediato de posición. Para las cadenas, la torre de retrocarga. Hay solución española para cada perfil. Lo que no hay es un programa que las compre en serio; el plan de morteros embarcados se quedó en 125 millones de euros hasta 2027, una limosna para la capacidad que describe.

El efector de dron exige una corrección que importa. El FOX-I, de Indra, es un micromisil de precisión lanzado desde dron, de tres kilogramos, con guiado inercial intermedio y láser semiactivo, construido sobre la cabeza de combate del cohete contracarro C90 de Instalaza. Con cuatro kilómetros de alcance es un efector de sección o compañía, no de batallón profundo. Útil y nacional, pero para el alcance de batallón hace falta complementarlo con sistemas de mayor radio. Ahí entra el Q-SLAM-40 de la española Arquimea, munición merodeadora de verdad, con 25 kilómetros y 25 minutos de autonomía, carga penetrante de 1,2 kilogramos apta contra blindados y vuelo en enjambre. Es soberano, está probado en combate y ya figura en los arsenales de la Infantería de Marina. Que el modelo funciona lo demuestra Polonia, que organiza sus secciones combinando munición merodeadora Warmate y morteros de 120. Y la empresa conjunta EDGE-Indra, con su fábrica de León inaugurada en enero de 2026, abre la puerta a la munición con capacidad de enjambre. El FOX-I se queda, pues, en sección y compañía; para el batallón, el efector es el Q-SLAM-40.

El escudo tiene nombre y límite. El sistema Aracne, de Indra, ya empleado por fuerzas españolas en Lituania, demuestra que la industria nacional trabaja en la defensa contra drones. El debate, sin embargo, no es el modelo concreto, que mañana quedará superado por otro, sino la necesidad de una capa antidrón orgánica en cada sección de fuego. Y contra el FPV de fibra óptica el inhibidor no basta; hace falta capa cinética, ya que el escudo tiene que evolucionar tan rápido como la amenaza.

 

4. La parte que nadie fotografía: la munición

Las plataformas se prestan a la foto; la munición, no; y es la munición la que decide. Un batallón puede recibir seis portamorteros relucientes y seguir siendo irrelevante si no tiene reservas para sostener el combate durante semanas.

Seis tubos de 120 milímetros, a cadencia sostenida de cuatro disparos por minuto, vacían 200 proyectiles guiados en menos de diez minutos de fuego. La munición guiada es el cirujano: cara, escasa, reservada para el blanco que de verdad importa. Quien alimenta al monstruo día tras día es la munición rompedora convencional, la de saturación, humo e iluminación, que España sí fabrica a través de Rheinmetall Expal. Lo guiado es el complemento; lo convencional es la base. Ningún paquete funciona sin volumen de fuego convencional y ningún cálculo honesto puede ignorar una verdad incómoda. El coste recurrente real no es el tubo, sino la reposición continua de munición convencional y de drones consumibles, que en combate de alta intensidad se gastan a un ritmo que descoloca a cualquier intendencia de tiempos de paz.

 

5. La cuantificación: cuánto cuesta hacerlo bien

Pongamos números, porque sin números esto es literatura. Lo que sigue son estimaciones de coste de entrada, plataforma y dotación inicial, a partir de precios públicos de sistemas equivalentes y contratos conocidos; no un estudio de la Dirección General de Armamento ni un cálculo de ciclo de vida. El sostenimiento a treinta años multiplica cualquier cifra de defensa; aquí solo se busca el orden de magnitud para situar la decisión.

Si se equipan los batallones de maniobra que de verdad lo necesitan, del orden de 25 entre mecanizados, ligeros protegidos, paracaidistas, montaña e Infantería de Marina, el esfuerzo de entrada del sistema completo ronda los 215 millones de euros. Para que se entienda la escala, ese paquete completo para toda la fuerza terrestre cuesta alrededor del 3 % del programa de obuses de 155 milímetros. Es calderilla estratégica. Y es, probablemente, el dinero con mayor retorno operacional por euro de todo el catálogo de fuegos.

 

6. Las vacas sagradas que hay que sacrificar

Ningún plan honesto se sostiene sin nombrar lo que estorba.

El mortero de 81 milímetros, pero con el bisturí, no con el hacha. El criterio correcto es el modo de empleo. Allí donde el fuego puede acompañar al vehículo, el 120 domina; una compañía de montaña montada en VAMTAC se beneficia de un 120 móvil igual que una mecanizada. Allí donde el fuego debe acompañar al soldado a pie, el 81 conserva su nicho. Un 120 con su placa base supera los 120 kilogramos, así que no sube andando una ladera del Pirineo ni entra en una inserción helitransportada rápida. El 81, desmontado en unos 40 kilogramos, es el máximo calibre que una patrulla a pie puede cargar y aporta algo que va más allá del peso: menor firma logística y mayor cadencia sostenible sin depender de plataforma. La conclusión es que el 81 debe morir como estándar embarcado de batallón, pero sobrevivir a lomos de los soldados.

La cadena de fuego centralizada. Esta es cultural y la más difícil de matar. El Ejército español arrastra una doctrina de fuego centralizada y aversa al riesgo, donde nadie dispara sin pedir permiso varios escalones arriba. En el campo de batalla transparente, eso es una sentencia de muerte, pues da igual cuántos Alakran compres si la sección no puede abrir fuego sin tres autorizaciones. La centralización sirve para que el fuego de la sección no caiga sobre los propios ni cruce la trayectoria de la aviación y para racionar munición. Por eso, la reforma correcta no es que dispare quien quiera, sino delegar la autoridad con reglas predefinidas por escenario e identificación positiva por vídeo compartido, de modo que se gane velocidad sin abrir la puerta al fratricidio. Es cuestión de confianza y procedimiento.

 

7. Por qué no se ha hecho ya, y por qué eso no es excusa

Si el paquete es tan barato y obvio, ¿por qué no está comprado? Hay tres razones reales, pero ninguna soporta el debate.

La primera, que el presupuesto está comprometido en los 155 milímetros y los vehículos. Cierto; pero precisamente por eso el paquete cabe, porque cuesta el 3 % de lo ya comprometido. No compite, completa.

La segunda, que integrarlo exige adiestrar operadores de dron y controladores de fuego, cambiar la estructura orgánica y crear un perfil profesional nuevo. También cierto y es un argumento serio. Pero ese coste, humano y organizativo, es exactamente el que Ucrania ya pagó bajo fuego y nosotros podemos pagar en tiempo de paz. Aplazarlo no lo abarata; lo encarece.

La tercera, que seis vehículos juntos concentran firma y son un blanco. Verdad también y por eso el paquete nace disperso, con control de emisiones y escudo en capas. El riesgo no es razón para no tenerlo, sino para emplearlo bien.

 

8. El espejo incómodo

España fabrica tres portamorteros de 120 milímetros de primer nivel mundial. Fabrica un micromisil de precisión soberano sobre la cabeza del C90 y munición merodeadora como el Q-SLAM-40, que duerme en los arsenales de la Infantería de Marina sin doctrina que lo emplee. Dispone de un sistema antidrón nacional. Tiene la munición, la industria y hasta sistemas probados en Ucrania que otros ejércitos compran. Y, aun así, el batallón de infantería español sigue siendo ciego, lento y centralizado en lo que al fuego cercano se refiere. Tiene tubos, pero no tiene sistema.

No hace falta un plan faraónico para cambiarlo. Una hoja de ruta mínima cabría en tres pasos. Primero, un piloto de paquete completo en una sección de la Brigada Paracaidista o de la Legión durante 2026 y 2027, aprovechando las entregas de EIMOS y las pruebas de Alakran y EMOC ya en curso. Segundo, el desarrollo acelerado de la interfaz que haga hablar al dron con el sistema de gestión y la computadora de tiro. Tercero, la reforma doctrinal en paralelo, con delegación de autoridad y reglas de enfrentamiento por escenario. El coste de entrada de ese piloto no llegaría a los 15 millones de euros; el precio de no hacer nada se mide en batallones que dispararán tarde.

El debate no es si el mortero sobrevive, porque lo hace. La cuestión es quién posee la cadena completa, ojos, decisión y fuego. Quien tenga los tres seguirá combatiendo; quien conserve solo el tubo conservará un recuerdo de la guerra anterior.


En el próximo artículo de la serie: el escalón que de verdad decide la guerra, donde España va a salir del ciclo de modernización con la cuarta parte de lo que necesita. Los cohetes, el SILAM herido de muerte política y la envolvente de fuego profundo de 300 kilómetros que nadie quiere financiar.

 

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