Por qué contentar a todos nos deja sin nada
Segundo artículo de la serie "España en el mundo de las esferas de influencia"
INTRODUCCIÓN
Hay un vicio en la política
exterior española que no tiene nombre propio y lo que no se nombra no se
corrige. Llamémoslo diplomacia de mínimos, la disposición sistemática a
no decidir qué es lo que vale más cuando no cabe tenerlo todo, a mantener todas
las opciones abiertas, a enviar señales suficientemente ambiguas para que
ningún interlocutor se sienta excluido del todo. Es una táctica que se disfraza
de prudencia; en realidad es la ausencia de estrategia con buenas maneras.
Conviene distinguirla de la
ambigüedad táctica, que es un instrumento legítimo de cualquier potencia.
Turquía mantiene relaciones simultáneas con la OTAN y con Rusia; los Emiratos
Árabes compran armamento occidental y cultivan socios del Golfo que Washington
mira con recelo; India lleva décadas situándose entre bloques con una
coherencia de fondo que todos sus interlocutores reconocen, aunque no les
guste. Lo que tienen en común no es la ambigüedad en sí, sino que debajo de
ella hay prioridades reconocibles que la ordenan. La diferencia no es la
ausencia de contradicciones; es que las contradicciones están ordenadas. La
diplomacia de mínimos es lo contrario, se trata de ambigüedad estructural
sostenida en el tiempo y sin ningún plan ni jerarquía interna que la gobierne.
La bisagra sin resorte, conecta con todos, pero sin la
tensión propia que convierte una relación en palanca. Imagen generada con IA.
El vicio no lo inventó ningún
gobierno concreto. Es una inercia de Estado sedimentada durante décadas, que
atraviesa colores políticos y generaciones de diplomáticos. Tiene su
explicación, ya que no elegir tiene costes muy bajos a corto plazo, pues asumir
el precio de una política de defensa seria o tomar decisiones duras en el
Magreb genera desgaste político interno, de modo que el perfil bajo exterior
es, con frecuencia, la manera más cómoda de no incomodar a la coalición de
turno. Esa lógica era sostenible en el mundo plano descrito en el artículo
anterior, donde las reglas institucionales igualaban el terreno entre
grandes y medianos. En un orden de esferas de influencia, la ambigüedad sin
jerarquía ya no es neutralidad inteligente; es la forma más rápida de quedarse
fuera de todas las esferas. Y lo que era cautela razonable se ha convertido en
un pasivo estratégico.
1. La prueba del Magreb
El caso más revelador es el
dilema entre Marruecos y Argelia, porque ahí la contradicción ya no es
abstracta, sino que tiene fecha, coste y consecuencias que todavía colean.
En marzo de 2022, España comunicó
a Marruecos, en una carta reservada cuyo contenido filtró Rabat, su apoyo al
plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental. El giro en política
exterior fue total, después de décadas de neutralidad oficial, España tomaba
partido y lo hacía por Marruecos. Las razones podían ser o no comprensibles
—gestión de la crisis migratoria, desbloqueo de Ceuta y Melilla tras la crisis
de mayo de 2021— y el resultado inmediato fue un alivio de tensión en el
estrecho, pero Argelia no era un espectador. Argel congeló el Tratado de
Amistad, Buena Vecindad y Cooperación de 2002; retiró a su embajador; amenazó
con cortar el suministro por el gasoducto Medgaz, principal gasoducto que
conecta Argelia con España a través de un conducto submarino directo que
transporta gas natural desde Hassi R’Mel hasta Almería, si el gas se acababa desviando
a Marruecos; y elevó desde ese momento el precio que España venía pagando por
ese mismo gas. El gasoducto Magreb-Europa, que conectaba Argelia con España
pero a través de Marruecos y del estrecho de Gibraltar, ya llevaba meses
cerrado, pues Argelia lo había clausurado en octubre de 2021 antes del giro
español, como consecuencia de su propia ruptura diplomática con Rabat, de modo que
España llegó a esa encrucijada con esa vía ya bloqueada y con el Medgaz como
único cordón umbilical gasístico, más caro y más vulnerable que antes.
España no fracasó por intentar
contentar a ambos; en cierto modo, no tenía una alternativa clara de manual.
Marruecos no es un actor con el que se rompe sin consecuencias y dispone de
palancas para abrir o cerrar el flujo migratorio en Ceuta, Melilla y las rutas
por el Estrecho, lo que afecta a la estabilidad de las fronteras de Ceuta y
Melilla. Argelia concentraba una dependencia energética significativa por
tubería y el Medgaz era entonces el único canal activo. De modo que el margen
era estrecho pero, precisamente por eso, elegir a medias —dar el giro del
Sáhara sin haber construido previamente alternativas energéticas, sin haber
diversificado la dependencia migratoria y sin líneas de no retroceso explícitas
frente a Rabat— multiplicaba el coste de cualquier error.
Y el error llegó. Argelia no
restauró la confianza y la relación diplomática sigue fría, comenzando cuatro
años después a dar síntomas de un leve deshielo. Marruecos, por su parte, no
transformó el giro en una nueva relación estratégica estable, pues la presión
migratoria intermitente y las tensiones en la gestión del Sahel continuaron.
Rabat usa la presión fronteriza y diplomática como instrumento y no lo hace
porque España se haya alineado mal, sino se ha demostrado que esa presión
funciona con España. Al no fijar líneas de no retroceso claras por miedo a
romper, España le comunicó a Rabat exactamente lo que Rabat necesitaba saber,
esto es, que siempre habrá margen para seguir presionando un poco más.
El problema no fue la decisión de
2022 en sí. El problema fue llegar a esa encrucijada sin haber reducido antes
las dependencias simultáneas. La pregunta estratégica no era "¿a quién
elegimos?", sino "¿por qué llevamos décadas sin diversificar para
poder elegir con menos coste?". La diplomacia de mínimos no consiste en no
escoger en el momento de la crisis, sino en no preparar las condiciones para
poder escoger lo mejor para España cuando llegue.
2. El gasto que no compra autonomía
El segundo ejemplo es más árido,
pero igualmente elocuente. Las cifras —cola de la OTAN, el 2% nominal
apuntalado con préstamos, la excepción semántica de La Haya, la amenaza de
aranceles— ya se desgranaron en la pieza
anterior y no hace falta volver a mencionarlas. Lo que importa aquí es lo
que ese patrón de gasto no compra autonomía. El déficit crónico tiene tres
consecuencias operativas concretas. La primera es la disponibilidad limitada,
pues España no puede sostener simultáneamente despliegues de entidad en el
flanco este y en el flanco sur, los dos frentes que la geografía y la
estrategia le asignan. La segunda es la fragilidad en nuestra defensa aérea,
cuyos sistemas de corto y medio alcance arrastran una obsolescencia que deja
expuestas instalaciones y bases cuya protección es condición para cualquier
misión aliada en el sur. Y la tercera es la obsolescencia de nuestra logística
marítima, con plataformas próximas al límite de su vida útil para la vigilancia
del estrecho de Gibraltar y del arco atlántico-africano, justo la zona donde
más se juega España y donde más se la va a exigir. No se trata de que gastemos poco
de forma abstracta; es que el patrón histórico de gasto militar español no ha
comprado autonomía en ningún escenario relevante para la seguridad española.
España reivindica peso en la OTAN
y aspira a ser interlocutor de primer orden en el flanco sur, pero no puede
sostener las misiones que darían fundamento a esa posición. La influencia en
una alianza no se obtiene solo con dinero; pero sin capacidades que la
respalden, es retórica que los aliados han aprendido a ignorar. El socio que no
decide invertir lo necesario pierde la capacidad de decidir qué defender.
3. Cuando el mensaje cambia con el interlocutor
El tercer patrón es más sutil,
pero igualmente visible para quien lo busca. Francia y Estados Unidos no tienen
los mismos intereses en el flanco sur ni la misma visión del papel europeo en
África. Cuando España habla con Washington, subraya su atlantismo y su lealtad
a la OTAN, mientras que, cuando habla con París, defiende la autonomía
estratégica europea. El contraste aparece también en decisiones concretas, pues
hay tensiones visibles en programas industriales de defensa que compiten entre
sí a ambos lados del Atlántico y posiciones distintas sobre el papel europeo en
el Sahel tras la retirada francesa que España nunca ha resuelto de manera
explícita. Cuando habla con los países del Magreb, se presenta como puente
entre la UE y el Sur Global y cuando habla en Bruselas, vende esa misma
posición como argumento para extraer recursos del flanco sur.
Ninguno de esos mensajes es, por
separado, mentira. El problema es que no hay una línea de no retroceso
reconocible detrás de todos ellos. ¿Qué pasaría si Washington pidiera a España
elegir entre compras de armamento estadounidense y programas industriales
europeos que los rivalizan? ¿O si París exigiera respaldo explícito en África a
cambio de apoyo en Bruselas? Que nadie conozca con certeza la respuesta
española es exactamente el síntoma de que algo falla. Los interlocutores acaban
percibiendo no una necesario flexibilidad, sino una ausencia de posición
ante cualquier asunto. Y en diplomacia, quien no tiene posición conocida
cede terreno en la negociación antes de sentarse a la mesa.
La diplomacia de mínimos no
miente, es aún peor, dice verdades parciales en exceso, y quien dice demasiadas
verdades parciales acaba sin crédito para ninguna.
4. El coste de no elegir
La consecuencia de la diplomacia
de mínimos no es moral, es estratégica y tiene un nombre preciso: la incapacidad
de apalancar.
El apalancamiento es la capacidad
de convertir una relación de dependencia mutua en influencia política concreta.
Requiere asimetría controlada, que el interlocutor tenga algo que perder si la
relación se deteriora y que ese algo sea lo suficientemente valioso como para
que prefiera negociar a perderlo. Pero esa asimetría solo funciona si quien
apalanca puede, en efecto, deteriorar la relación; es decir, si ha reducido
previamente su propia exposición. Sin capacidad de deteriorar selectivamente
una relación, no hay negociación real; solo gestión del daño. Y aquí está la
trampa en la que España lleva décadas, no decidir qué es lo que vale más
conduce a acumular dependencias y quien acumula dependencias sin reducirlas pierde
la capacidad de volverse indispensable en ninguna de ellas.
El resultado es una posición
estratégicamente delicada, esto es, alta exposición sin indispensabilidad.
Marruecos dispone de palancas sobre el flujo migratorio y sabe que Madrid
priorizará el apaciguamiento fronterizo; Argelia mantiene la presión energética
y comercial en un flanco donde España carece de alternativas coercitivas;
Washington impone exigencias presupuestarias con la certeza de que nuestra
dependencia de su arquitectura de inteligencia y su hardware militar es
estructural; y Bruselas exige disciplina fiscal asumiendo que el voto español
está garantizado por la dependencia de los fondos. A esto se añade que nuestras
multinacionales en Iberoamérica y el norte de África compiten contra empresas
que operan como brazos ejecutores de sus respectivas cancillerías, mientras que
España, con su perfil bajo, las deja huérfanas cuando cambian las regulaciones
o se aplica presión política. Nadie teme que España reaccione con coherencia,
decisión y firmeza; todos calculan que reaccionará buscando el siguiente
equilibrio de mínimos.
En un orden donde las grandes
potencias definen zonas de influencia y exigen alineamientos más nítidos, esa
exposición sin capacidad de respuesta coercitiva se paga más cara. Es el
síndrome de la bisagra sin resorte, sirve de enlace entre todos, pero nadie le
debe nada a ella.
5. Escoger no es romper
La objeción más frecuente a este
diagnóstico es que escoger significa romper; que elegir entre Marruecos y
Argelia implica enemistarse con uno, que apostar por la autonomía europea
implica distanciarse de Washington, que comprometerse de verdad con las capacidades
militares implica recortar en otra parte. Esa objeción confunde la elección con
la ruptura.
Escoger significa algo más
preciso, es decidir qué relaciones son prioritarias, qué líneas no se cruzan y
qué recursos se movilizan para qué objetivos. Los países con una estrategia
real detrás de sus decisiones no tienen menos relaciones, sino que saben
ordenarlas. Turquía vende drones a actores que incomodan a sus aliados
atlánticos y se presenta como mediador en conflictos donde tiene intereses
propios; algo que sus socios de la OTAN no acaban de aprobar del todo, pero
ninguno duda de que hay una lógica de Estado detrás. Corea del Sur gestiona la
presión simultánea de Washington y Pekín desde una claridad sobre lo que no
está en negociación. Ninguno de esos casos es un modelo exportable sin matices,
pero ambos comparten algo que España no ha nunca se ha molestado en decidir y
en dejar claro a los demás países, unas prioridades reconocibles que ordenen
sus ambigüedades.
Alemania demostró desde 2022, con
la Zeitenwende, que incluso una democracia con inercias institucionales
fuertes puede anunciar un giro de prioridades y sostenerlo, aumentando su gasto
en defensa, apostando por la diversificación energética y revisando su política
apaciguadora hacia Rusia. Todo a la vez y en un plazo muy breve de tiempo y no
es que resolviera de un plumazo todas sus contradicciones y su comportamiento
se volviera incoherente. Por le contrario, lo que hizo fue reordenar sus
prioridades alrededor de un nuevo eje reconocible y explicitárselas a todo el
mundo
CONCLUSIÓN
España tiene los activos para
articular ese eje, una posición geográfica única en el cruce del Atlántico y el
Mediterráneo, una red empresarial con peso real en dos continentes, una lengua
que es el instrumento de influencia más subestimado de su política exterior y
un capital histórico que genera crédito en latitudes donde otros países
europeos no lo tienen. El problema no es la ausencia de medios, sino la
ausencia de objetivos finales y de la jerarquía entre los medios para alcanzar
esos fines. Ningún activo genera poder por sí solo; lo genera cuando hay una
estrategia que lo orienta hacia algo concreto y cuando el Estado que lo
respalda está dispuesto a defender ese algo con algo más que palabras.
Mientras España no acepte el
coste de elegir, seguirá pagando el coste de que otros elijan por ella. La
bisagra sin resorte no decide dónde pivota; la mueven los que sí han decidido.
Y en un mundo de esferas, seguir sin decidir no es una opción neutral; es una
forma de desaparecer en el momento en que otros tomas las decisiones que te importan.
La pregunta que esta serie tendrá
que responder es cuál debería ser ese eje de prioridades, qué sacrificios
selectivos exigiría y si existe en Madrid voluntad política para pagar ese
precio. Esta pieza solo tenía un objetivo más modesto, como es poner nombre al
método que lo impide. La diplomacia de mínimos tiene consecuencias de máximos.
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