martes, 14 de julio de 2026

La diplomacia de mínimos

Por qué contentar a todos nos deja sin nada 

Segundo artículo de la serie "España en el mundo de las esferas de influencia"

 

INTRODUCCIÓN

Hay un vicio en la política exterior española que no tiene nombre propio y lo que no se nombra no se corrige. Llamémoslo diplomacia de mínimos, la disposición sistemática a no decidir qué es lo que vale más cuando no cabe tenerlo todo, a mantener todas las opciones abiertas, a enviar señales suficientemente ambiguas para que ningún interlocutor se sienta excluido del todo. Es una táctica que se disfraza de prudencia; en realidad es la ausencia de estrategia con buenas maneras.

Conviene distinguirla de la ambigüedad táctica, que es un instrumento legítimo de cualquier potencia. Turquía mantiene relaciones simultáneas con la OTAN y con Rusia; los Emiratos Árabes compran armamento occidental y cultivan socios del Golfo que Washington mira con recelo; India lleva décadas situándose entre bloques con una coherencia de fondo que todos sus interlocutores reconocen, aunque no les guste. Lo que tienen en común no es la ambigüedad en sí, sino que debajo de ella hay prioridades reconocibles que la ordenan. La diferencia no es la ausencia de contradicciones; es que las contradicciones están ordenadas. La diplomacia de mínimos es lo contrario, se trata de ambigüedad estructural sostenida en el tiempo y sin ningún plan ni jerarquía interna que la gobierne.

La bisagra sin resorte, conecta con todos, pero sin la tensión propia que convierte una relación en palanca. Imagen generada con IA.

El vicio no lo inventó ningún gobierno concreto. Es una inercia de Estado sedimentada durante décadas, que atraviesa colores políticos y generaciones de diplomáticos. Tiene su explicación, ya que no elegir tiene costes muy bajos a corto plazo, pues asumir el precio de una política de defensa seria o tomar decisiones duras en el Magreb genera desgaste político interno, de modo que el perfil bajo exterior es, con frecuencia, la manera más cómoda de no incomodar a la coalición de turno. Esa lógica era sostenible en el mundo plano descrito en el artículo anterior, donde las reglas institucionales igualaban el terreno entre grandes y medianos. En un orden de esferas de influencia, la ambigüedad sin jerarquía ya no es neutralidad inteligente; es la forma más rápida de quedarse fuera de todas las esferas. Y lo que era cautela razonable se ha convertido en un pasivo estratégico.

 

1. La prueba del Magreb

El caso más revelador es el dilema entre Marruecos y Argelia, porque ahí la contradicción ya no es abstracta, sino que tiene fecha, coste y consecuencias que todavía colean.

En marzo de 2022, España comunicó a Marruecos, en una carta reservada cuyo contenido filtró Rabat, su apoyo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental. El giro en política exterior fue total, después de décadas de neutralidad oficial, España tomaba partido y lo hacía por Marruecos. Las razones podían ser o no comprensibles —gestión de la crisis migratoria, desbloqueo de Ceuta y Melilla tras la crisis de mayo de 2021— y el resultado inmediato fue un alivio de tensión en el estrecho, pero Argelia no era un espectador. Argel congeló el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación de 2002; retiró a su embajador; amenazó con cortar el suministro por el gasoducto Medgaz, principal gasoducto que conecta Argelia con España a través de un conducto submarino directo que transporta gas natural desde Hassi R’Mel hasta Almería, si el gas se acababa desviando a Marruecos; y elevó desde ese momento el precio que España venía pagando por ese mismo gas. El gasoducto Magreb-Europa, que conectaba Argelia con España pero a través de Marruecos y del estrecho de Gibraltar, ya llevaba meses cerrado, pues Argelia lo había clausurado en octubre de 2021 antes del giro español, como consecuencia de su propia ruptura diplomática con Rabat, de modo que España llegó a esa encrucijada con esa vía ya bloqueada y con el Medgaz como único cordón umbilical gasístico, más caro y más vulnerable que antes.

España no fracasó por intentar contentar a ambos; en cierto modo, no tenía una alternativa clara de manual. Marruecos no es un actor con el que se rompe sin consecuencias y dispone de palancas para abrir o cerrar el flujo migratorio en Ceuta, Melilla y las rutas por el Estrecho, lo que afecta a la estabilidad de las fronteras de Ceuta y Melilla. Argelia concentraba una dependencia energética significativa por tubería y el Medgaz era entonces el único canal activo. De modo que el margen era estrecho pero, precisamente por eso, elegir a medias —dar el giro del Sáhara sin haber construido previamente alternativas energéticas, sin haber diversificado la dependencia migratoria y sin líneas de no retroceso explícitas frente a Rabat— multiplicaba el coste de cualquier error.

Y el error llegó. Argelia no restauró la confianza y la relación diplomática sigue fría, comenzando cuatro años después a dar síntomas de un leve deshielo. Marruecos, por su parte, no transformó el giro en una nueva relación estratégica estable, pues la presión migratoria intermitente y las tensiones en la gestión del Sahel continuaron. Rabat usa la presión fronteriza y diplomática como instrumento y no lo hace porque España se haya alineado mal, sino se ha demostrado que esa presión funciona con España. Al no fijar líneas de no retroceso claras por miedo a romper, España le comunicó a Rabat exactamente lo que Rabat necesitaba saber, esto es, que siempre habrá margen para seguir presionando un poco más.

El problema no fue la decisión de 2022 en sí. El problema fue llegar a esa encrucijada sin haber reducido antes las dependencias simultáneas. La pregunta estratégica no era "¿a quién elegimos?", sino "¿por qué llevamos décadas sin diversificar para poder elegir con menos coste?". La diplomacia de mínimos no consiste en no escoger en el momento de la crisis, sino en no preparar las condiciones para poder escoger lo mejor para España cuando llegue.

 

2. El gasto que no compra autonomía

El segundo ejemplo es más árido, pero igualmente elocuente. Las cifras —cola de la OTAN, el 2% nominal apuntalado con préstamos, la excepción semántica de La Haya, la amenaza de aranceles— ya se desgranaron en la pieza anterior y no hace falta volver a mencionarlas. Lo que importa aquí es lo que ese patrón de gasto no compra autonomía. El déficit crónico tiene tres consecuencias operativas concretas. La primera es la disponibilidad limitada, pues España no puede sostener simultáneamente despliegues de entidad en el flanco este y en el flanco sur, los dos frentes que la geografía y la estrategia le asignan. La segunda es la fragilidad en nuestra defensa aérea, cuyos sistemas de corto y medio alcance arrastran una obsolescencia que deja expuestas instalaciones y bases cuya protección es condición para cualquier misión aliada en el sur. Y la tercera es la obsolescencia de nuestra logística marítima, con plataformas próximas al límite de su vida útil para la vigilancia del estrecho de Gibraltar y del arco atlántico-africano, justo la zona donde más se juega España y donde más se la va a exigir. No se trata de que gastemos poco de forma abstracta; es que el patrón histórico de gasto militar español no ha comprado autonomía en ningún escenario relevante para la seguridad española.

España reivindica peso en la OTAN y aspira a ser interlocutor de primer orden en el flanco sur, pero no puede sostener las misiones que darían fundamento a esa posición. La influencia en una alianza no se obtiene solo con dinero; pero sin capacidades que la respalden, es retórica que los aliados han aprendido a ignorar. El socio que no decide invertir lo necesario pierde la capacidad de decidir qué defender.

 

3. Cuando el mensaje cambia con el interlocutor

El tercer patrón es más sutil, pero igualmente visible para quien lo busca. Francia y Estados Unidos no tienen los mismos intereses en el flanco sur ni la misma visión del papel europeo en África. Cuando España habla con Washington, subraya su atlantismo y su lealtad a la OTAN, mientras que, cuando habla con París, defiende la autonomía estratégica europea. El contraste aparece también en decisiones concretas, pues hay tensiones visibles en programas industriales de defensa que compiten entre sí a ambos lados del Atlántico y posiciones distintas sobre el papel europeo en el Sahel tras la retirada francesa que España nunca ha resuelto de manera explícita. Cuando habla con los países del Magreb, se presenta como puente entre la UE y el Sur Global y cuando habla en Bruselas, vende esa misma posición como argumento para extraer recursos del flanco sur.

Ninguno de esos mensajes es, por separado, mentira. El problema es que no hay una línea de no retroceso reconocible detrás de todos ellos. ¿Qué pasaría si Washington pidiera a España elegir entre compras de armamento estadounidense y programas industriales europeos que los rivalizan? ¿O si París exigiera respaldo explícito en África a cambio de apoyo en Bruselas? Que nadie conozca con certeza la respuesta española es exactamente el síntoma de que algo falla. Los interlocutores acaban percibiendo no una necesario flexibilidad, sino una ausencia de posición ante cualquier asunto. Y en diplomacia, quien no tiene posición conocida cede terreno en la negociación antes de sentarse a la mesa.

La diplomacia de mínimos no miente, es aún peor, dice verdades parciales en exceso, y quien dice demasiadas verdades parciales acaba sin crédito para ninguna.

 

4. El coste de no elegir

La consecuencia de la diplomacia de mínimos no es moral, es estratégica y tiene un nombre preciso: la incapacidad de apalancar.

El apalancamiento es la capacidad de convertir una relación de dependencia mutua en influencia política concreta. Requiere asimetría controlada, que el interlocutor tenga algo que perder si la relación se deteriora y que ese algo sea lo suficientemente valioso como para que prefiera negociar a perderlo. Pero esa asimetría solo funciona si quien apalanca puede, en efecto, deteriorar la relación; es decir, si ha reducido previamente su propia exposición. Sin capacidad de deteriorar selectivamente una relación, no hay negociación real; solo gestión del daño. Y aquí está la trampa en la que España lleva décadas, no decidir qué es lo que vale más conduce a acumular dependencias y quien acumula dependencias sin reducirlas pierde la capacidad de volverse indispensable en ninguna de ellas.

El resultado es una posición estratégicamente delicada, esto es, alta exposición sin indispensabilidad. Marruecos dispone de palancas sobre el flujo migratorio y sabe que Madrid priorizará el apaciguamiento fronterizo; Argelia mantiene la presión energética y comercial en un flanco donde España carece de alternativas coercitivas; Washington impone exigencias presupuestarias con la certeza de que nuestra dependencia de su arquitectura de inteligencia y su hardware militar es estructural; y Bruselas exige disciplina fiscal asumiendo que el voto español está garantizado por la dependencia de los fondos. A esto se añade que nuestras multinacionales en Iberoamérica y el norte de África compiten contra empresas que operan como brazos ejecutores de sus respectivas cancillerías, mientras que España, con su perfil bajo, las deja huérfanas cuando cambian las regulaciones o se aplica presión política. Nadie teme que España reaccione con coherencia, decisión y firmeza; todos calculan que reaccionará buscando el siguiente equilibrio de mínimos.

En un orden donde las grandes potencias definen zonas de influencia y exigen alineamientos más nítidos, esa exposición sin capacidad de respuesta coercitiva se paga más cara. Es el síndrome de la bisagra sin resorte, sirve de enlace entre todos, pero nadie le debe nada a ella.

 

5. Escoger no es romper

La objeción más frecuente a este diagnóstico es que escoger significa romper; que elegir entre Marruecos y Argelia implica enemistarse con uno, que apostar por la autonomía europea implica distanciarse de Washington, que comprometerse de verdad con las capacidades militares implica recortar en otra parte. Esa objeción confunde la elección con la ruptura.

Escoger significa algo más preciso, es decidir qué relaciones son prioritarias, qué líneas no se cruzan y qué recursos se movilizan para qué objetivos. Los países con una estrategia real detrás de sus decisiones no tienen menos relaciones, sino que saben ordenarlas. Turquía vende drones a actores que incomodan a sus aliados atlánticos y se presenta como mediador en conflictos donde tiene intereses propios; algo que sus socios de la OTAN no acaban de aprobar del todo, pero ninguno duda de que hay una lógica de Estado detrás. Corea del Sur gestiona la presión simultánea de Washington y Pekín desde una claridad sobre lo que no está en negociación. Ninguno de esos casos es un modelo exportable sin matices, pero ambos comparten algo que España no ha nunca se ha molestado en decidir y en dejar claro a los demás países, unas prioridades reconocibles que ordenen sus ambigüedades.

Alemania demostró desde 2022, con la Zeitenwende, que incluso una democracia con inercias institucionales fuertes puede anunciar un giro de prioridades y sostenerlo, aumentando su gasto en defensa, apostando por la diversificación energética y revisando su política apaciguadora hacia Rusia. Todo a la vez y en un plazo muy breve de tiempo y no es que resolviera de un plumazo todas sus contradicciones y su comportamiento se volviera incoherente. Por le contrario, lo que hizo fue reordenar sus prioridades alrededor de un nuevo eje reconocible y explicitárselas a todo el mundo

 

CONCLUSIÓN

España tiene los activos para articular ese eje, una posición geográfica única en el cruce del Atlántico y el Mediterráneo, una red empresarial con peso real en dos continentes, una lengua que es el instrumento de influencia más subestimado de su política exterior y un capital histórico que genera crédito en latitudes donde otros países europeos no lo tienen. El problema no es la ausencia de medios, sino la ausencia de objetivos finales y de la jerarquía entre los medios para alcanzar esos fines. Ningún activo genera poder por sí solo; lo genera cuando hay una estrategia que lo orienta hacia algo concreto y cuando el Estado que lo respalda está dispuesto a defender ese algo con algo más que palabras.

Mientras España no acepte el coste de elegir, seguirá pagando el coste de que otros elijan por ella. La bisagra sin resorte no decide dónde pivota; la mueven los que sí han decidido. Y en un mundo de esferas, seguir sin decidir no es una opción neutral; es una forma de desaparecer en el momento en que otros tomas las decisiones que te importan.

La pregunta que esta serie tendrá que responder es cuál debería ser ese eje de prioridades, qué sacrificios selectivos exigiría y si existe en Madrid voluntad política para pagar ese precio. Esta pieza solo tenía un objetivo más modesto, como es poner nombre al método que lo impide. La diplomacia de mínimos tiene consecuencias de máximos.

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