Primer artículo de la serie “Europa sin permiso”
INTRODUCCIÓN
El 19 de marzo de 2026, con el
estrecho de Ormuz cerrado y el petróleo rozando los 120 dólares el barril, los
veintisiete jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea se reunieron de
urgencia en Bruselas. No acordaron nada. No hubo veto dramático ni desacuerdo
abierto; simplemente no existía el mecanismo para que la voluntad de la mayoría
se convirtiera en una decisión ejecutable. Esa escena es el punto de partida de
esta serie.
La Unión Europea dispone de los recursos de una potencia, pero carece del mecanismo para actuar como tal.
Europa tenía dinero, tenía
ejércitos y, en ese momento, tenía también el impulso político. Lo que no tenía
era el instrumento para transformar todo eso en acción. Mientras el Consejo
deliberaba, los precios del gas seguían subiendo y otros actores fijaban los
términos del conflicto. Quienes decidían en esa crisis eran Washington, Teherán
y Pekín. Europa se limitaba a presenciar lo que ocurría.
Para entender por qué, hay que
separar tres cosas que el debate público confunde sin parar.
1. La trinidad: capacidad, voluntad e instrumento
Una potencia estratégica
—el tipo de actor que existe en la geopolítica real, no en los discursos de
cumbre— necesita tres cosas a la vez: capacidad para actuar, voluntad de
hacerlo e instrumento que convierta ambas en acción. Europa tiene las dos
primeras en un grado considerable. La tercera no existe.
La capacidad es mayor de
lo que la política exterior europea deja ver. Los Estados miembros de la UE
gastaron en defensa el equivalente al 2,2% de su PIB en 2025, 418.000 millones
de euros, con estimaciones para 2026 de 454.000 millones, el 2,4% del PIB. El
continente fabrica cazas, fragatas y satélites de reconocimiento. Cuenta con
quinientos millones de habitantes, el mayor mercado integrado del planeta y dos
arsenales nucleares en su territorio. El problema no es la ausencia de músculo,
sino que ese músculo pertenece a veintisiete países que rara vez se coordinan.
El contraste con cómo operan las
potencias reales es revelador. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos no se
limitó a gastar en defensa: construyó una red mundial de bases militares y
financió la investigación que produjo internet y el GPS, con ciclos de
inversión que duraban décadas y sobrevivían a cambios de presidente. China
modernizó su ejército de forma sistemática durante treinta años, construyó
islas artificiales en el Mar de China Meridional para proyectar presencia y
tejió las dependencias comerciales en África y Asia Central que hoy son sus
instrumentos de influencia. Rusia aprendió de sus errores en Georgia en 2008
—donde sus fuerzas mostraron graves deficiencias— y reconstruyó sus ejércitos
durante una década entera hasta ser capaz de lanzar una invasión a gran escala
en 2022. Todo eso ocurrió sin urgencia mediática y sin cámaras observando,
impulsado por ejecutivos con autoridad para sostener una política a largo
plazo, aunque nadie pusiera atención.
Europa, en ese mismo período, ha
producido declaraciones, cumbres, documentos estratégicos y proyectos piloto.
En 1998, en Saint-Malo, Tony Blair y Jacques Chirac acordaron que la UE debía
tener “una capacidad autónoma de acción, respaldada por fuerzas militares
creíbles”. Veintiocho años después, el continente sigue intentando alcanzar ese
mismo objetivo. El gasto crece, pero la fragmentación en veintisiete lógicas
nacionales que no se suman hace que ese gasto no produzca una capacidad
estratégica comparable a la de cualquier potencia que decide de forma unitaria.
La voluntad también
existe, aunque en 2022 nadie lo esperaba. La respuesta a la invasión de Ucrania
demostró que el impulso político aparece cuando la crisis es suficientemente
grave, con compromisos de seguridad inéditos desde 1945, sanciones sin
precedentes en velocidad e intensidad y ruptura de tabúes históricos en
Alemania, como el envío de armas a zona de conflicto, el aumento del gasto de
defensa y el abandono acelerado de la dependencia energética rusa. La voluntad,
cuando existe, es genuina.
Pero tiene tres defectos que la
hacen políticamente inútil como base para una estrategia de largo plazo. Es episódica,
pues surge con el shock y se disipa cuando el titular de prensa cambia. Es asimétrica,
ya que lo que alarma a Polonia en el flanco este apenas altera los cálculos
electorales en Madrid, y lo que inquieta a Francia en el Mediterráneo no
moviliza a los países bálticos. Y, cuando existe, ha tenido que saltarse las
propias instituciones europeas para hacerse efectiva. La Declaración de
París de enero de 2026, el compromiso de seguridad más significativo del
continente en décadas, no se firmó en el Consejo de la Unión Europea, sino que
se firmó en una coalición ad hoc de treinta y cinco países que incluía a
Estados no miembros y que contó con la presencia de enviados de Washington.
Hubo voluntad, pero tuvo que buscar la salida de emergencia para materializarse.
El instrumento es donde el
sistema colapsa. El artículo 31.1 del Tratado de la Unión Europea establece la
unanimidad como regla general en política exterior y de seguridad común. Un
solo Estado —por pequeño o poco poblado que sea— puede bloquear una posición
común, una misión o un paquete de sanciones. La unanimidad, en la práctica, no
protege la soberanía de nadie; lo que hace es premiar la obstrucción y
convertir cada decisión urgente en moneda de cambio para negociar asuntos
completamente distintos.
En febrero de 2026, el ministro
de Exteriores húngaro bloqueó un préstamo de noventa mil millones de euros a
Ucrania —sesenta mil de ellos destinados a financiar el esfuerzo militar— con
un pretexto técnico: un oleoducto dañado en territorio ucraniano por un ataque
ruso con drones. La verdad técnica era irrelevante ante la arquitectura
institucional que convertía esa disputa en herramienta de veto. Hungría
representaba el 1,8% de la población de la Unión y no contribuía al préstamo,
pero el 98,2% restante no tenía mecanismo para imponerse. El ministro lo dijo
sin rodeos en un vídeo en redes sociales: “Bloqueamos el préstamo hasta que el
petróleo vuelva a fluir”. Y así fue.
2. Un traje diseñado para otro continente
Antes de condenar el sistema,
conviene entenderlo, y el primer aspecto a destacar es que la unanimidad no fue
un error de diseño, sino una elección fundacional perfectamente razonada.
La Unión Europea nació para
resolver el problema europeo del siglo XX —la guerra entre democracias vecinas—
y lo resolvió de manera brillante, construyendo el mayor mercado integrado del
planeta. Sus regulaciones se han convertido en estándar global. Cuando Toyota
diseña un motor, Google ajusta un algoritmo o Anthropic introduce marcas de
agua digitales para facilitar la detección de contenido generado por IA, lo
hacen teniendo en cuenta las normas europeas, porque el mercado de la UE es
demasiado grande para ignorarlo. Es lo que la académica Bradford llamó “el
efecto Bruselas”: las regulaciones europeas se vuelven globales porque ningún
país o empresa puede permitirse quedar fuera del mercado europeo. En el terreno
regulatorio, Europa dicta las reglas del mundo.
El problema es que la geopolítica
no es regulación. El poder regulatorio opera en un universo donde el tiempo no
importa tanto, las negociaciones se alargan y las partes tienen incentivos
económicos para cumplir las normas. El poder estratégico, por el contrario,
exige velocidad de decisión, discreción ejecutiva y voluntad de asumir riesgos.
Son dos lenguajes distintos y la UE solo habla el primero de ellos.
Kagan lo formuló en 2003 con su
provocación “los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus”,
irritando a medio continente. Tenía razón en lo que importa, en que la
arquitectura institucional europea fue diseñada para contener el poder, no para
proyectarlo. Unanimidad para evitar que un gran Estado arrastre a los pequeños.
Separación de poderes entre el Consejo, la Comisión y el Parlamento para
garantizar que ninguna instancia concentre demasiado. Un Alto Representante de
Política Exterior con agenda pero sin ejército. El resultado, como diagnosticó
el politólogo Majone, es un “Estado regulador”, eficaz para fijar normas pero
inepto para actuar estratégicamente.
Ese diseño fue óptimo durante
medio siglo. Funcionó mientras el paraguas nuclear estadounidense hacía
innecesaria la autonomía estratégica, mientras la interdependencia económica
entre democracias desactivaba los conflictos antes de que requiriesen respuesta
militar y mientras la amenaza principal era el proteccionismo, no la agresión
territorial. En ese contexto, la unanimidad era una garantía, ya que aseguraba
que nadie sería arrastrado a una aventura sin su consentimiento.
Ese entorno empezó a desaparecer
el 24 de febrero de 2022, con la invasión rusa de Ucrania, y terminó de hacerlo
en algún momento entre la retirada estadounidense del multilateralismo y el
regreso de la política de las esferas de influencia. El mundo de 2026 exige
velocidad de decisión, capacidad de proyección y disuasión creíble, justo lo
contrario de lo que Europa produce. El traje sigue siendo el mismo; el problema
es que fue cortado para un continente en paz y ahora lo lleva uno en guerra.
3. Lo que hacen las potencias cuando no hay crisis
Hay una distinción que permite
entender cuándo la Unión Europea funciona y cuándo fracasa y es la diferencia
entre tiempo de crisis y tiempo estructural.
El tiempo de crisis es el
período comprimido en que un acontecimiento excepcional —una invasión, una
pandemia, un cierre de estrecho— genera tanta presión política que los
procedimientos ordinarios se suspenden parcialmente y los líderes se reúnen y
toman decisiones con urgencia. En ese contexto, incluso una institución
diseñada para la lentitud puede producir una respuesta. La UE reaccionó a la
invasión de Ucrania: aprobó sanciones, activó fondos de emergencia y convocó
cumbres de emergencia. También respondió a la pandemia con el fondo Next
Generation EU y a la crisis financiera de 2010-2012 con el Mecanismo
Europeo de Estabilidad. En todos los casos, lo hizo tarde, con el mínimo común
denominador de veintisiete intereses nacionales y sin continuidad una vez que
la presión amainó. Pero reaccionar no es lo mismo que decidir: Europa sabe
reaccionar; lo que no sabe es decidir.
El tiempo estructural es
el período prolongado, sin cámaras y sin reuniones urgentes, en el que los
actores con poder real construyen las capacidades que emplearán después en las
crisis. Es el tiempo de la planificación, la inversión sostenida y la disuasión
en frío. Ocurre cuando nadie mira y nadie aplaude y es precisamente donde
Europa falla de forma sistemática.
Pensemos en lo concreto. Una
potencia estratégica usa el tiempo estructural para construir reservas de
munición antes de que las necesite, para firmar contratos de adquisición que se
extienden durante una década, para desarrollar satélites de reconocimiento
propios y para estandarizar las cadenas de suministro de sus ejércitos de modo
que en una crisis puedan alimentarse mutuamente sin depender de un aliado
externo. Lo que la OTAN llama “facilitadores estratégicos” —el transporte aéreo
pesado, el reabastecimiento en vuelo, la inteligencia táctica, el mando
integrado— no se improvisan en una cumbre de emergencia; son el resultado de
años de inversión coordinada.
Europa ha producido en ese tiempo
estructural algo muy diferente. La Cooperación Estructurada Permanente —PESCO,
en sus siglas en inglés—, el instrumento creado en 2017 para fijar compromisos
vinculantes de defensa compartida, acumuló en su primera fase ochenta y tres
proyectos. Solo siete se completaron, y es que, sin mecanismo de sanción por
incumplimiento, los compromisos se firmaban y luego se olvidaban en buena
medida. La Brújula Estratégica, aprobada en 2022 con la invasión ucraniana como
telón de fondo, prometía una fuerza de despliegue rápido de cinco mil
efectivos. Operativa en 2025, ha completado tres ejercicios y no ha sido
desplegada en ninguna crisis real. Para una operación de alta intensidad, cinco
mil soldados es poco menos que un gesto simbólico: una brigada sin medios
logísticos para sostenerse en el terreno y dependiente de EE.UU. o de la OTAN
para el transporte y la inteligencia.
El fondo SAFE —150.000 millones
de euros en préstamos para la industria de defensa, aprobado en mayo de 2025
bajo el Reglamento 2025/2600— es la iniciativa de mayor alcance hasta ahora.
Pero también ilustra el límite del sistema. Inyecta capital en una base
industrial fragmentada en veintisiete cadenas nacionales, centrada en el juste
retour nacional más que en construir
capacidades comunes, sin estrategia común de adquisiciones y sin mando
unificado. El dinero entra, pero la capacidad agregada no mejora en la
proporción que el gasto sugiere.
La Unión Europea sabe sobrevivir
a las crisis cuando estallan. Lo que no sabe es prepararlas antes de que
lleguen, invertir cuando no hay cámaras, mantener un compromiso cuando el
titular cambia de página y disuadir en frío. El gigante tiene músculo, pero no
tiene sistema nervioso. Y un cuerpo sin sistema nervioso no decide cuándo
moverse; solo reacciona cuando le golpean.
4. La trampa que se cierra sola
La respuesta obvia sería reformar
el sistema. Cambiar la unanimidad por mayoría cualificada en política exterior,
reforzar los compromisos y convocar una Convención de reforma de los Tratados.
Es la posición oficial de casi todos los gobiernos europeos y la vía de menor
resistencia política.
El inconveniente es que es
estructuralmente imposible y no por falta de voluntad reformadora.
El artículo 48 del Tratado de la
Unión Europea establece el procedimiento de reforma: propuesta de un gobierno o
institución, convención de representantes nacionales, conferencia
intergubernamental y —aquí está el problema— ratificación unánime de todos los
Estados miembros. En varios casos, la ratificación exige referéndum. El
resultado es un bucle perfecto: reformar la unanimidad necesita unanimidad. La
otra vía más sencilla, activar la cláusula pasarela del artículo 31.3 —que en
teoría permite extender la mayoría cualificada a la política exterior— exige el
acuerdo unánime del Consejo Europeo, con la particularidad adicional de que esa
misma cláusula excluye expresamente las decisiones con repercusiones militares
o de defensa. De esta forma, el sistema incorpora su propia trinchera de
defensa frente a la reforma.
¿Ha intentado alguien abrirlo?
Sí. En 2005, el Tratado Constitucional europeo —el último intento serio de
salto federal— fue rechazado en referéndum en Francia y en los Países Bajos. No
fue un accidente de calendario ni un problema de comunicación, fue la
ciudadanía diciéndole al proyecto que no estaba dispuesta a transferir
soberanía constitucional a una instancia que nadie había elegido directamente.
El “demos” europeo —la comunidad política que otorga legitimidad a un gobierno
central— no existía entonces y no existe ahora. El apoyo abstracto a “más
Europa” en las encuestas se evapora en el momento en que implica ceder
competencias concretas sobre defensa, impuestos o política exterior.
El Tratado de Lisboa, que entró
en vigor en 2009, rescató gran parte del contenido institucional del proyecto
constitucional, pero mantuvo intacta la unanimidad en política exterior y de
seguridad precisamente para evitar el mismo rechazo, y no fue un olvido, sino
el precio político que se pagó para que el tratado se aprobara. En noviembre de
2023, el Parlamento Europeo aprobó una nueva propuesta de reforma que incluía
extender la mayoría cualificada a ámbitos de la política exterior. El Consejo
Europeo ni siquiera la tramitó y varios estados mostraron su “rotunda
oposición” a renunciar a una herramienta que defendía su “interés nacional”. El
Informe Draghi de 2024, que documentó con rigor impresionante la brecha
competitiva y estratégica de Europa respecto a Estados Unidos y China, fue
recibido con elogios en todas las capitales y ninguna acción institucional.
Y cada nueva ampliación de la
Unión agrava el problema, no lo resuelve. Un análisis del Instituto Sueco de
Estudios de Política Europea de 2025 concluyó que, en los escenarios de
ampliación a treinta, treinta y tres y treinta y seis Estados miembros, la probabilidad
de alcanzar unanimidad para una reforma estructural decrece de forma no lineal.
Cada nuevo miembro no solo añade un veto más, sino que multiplica la
combinación de coaliciones de vetos posibles, de modo que las futuras ampliaciones
no van a empujar hacia la reforma, sino a blindar la Unión contra ella.
Hungría no va a votar a favor de
eliminar su propio poder de veto. Austria, con su neutralidad constitucional y
su firma del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, no aceptará un
componente de defensa nuclear colectiva. Irlanda no renunciará a su neutralidad.
E incluso los gobiernos que podrían querer la reforma evitan activar el
procedimiento porque no controlan sus consecuencias domésticas. Una Convención
abre debates constitucionales en veintisiete parlamentos y en varios Estados
cualquier transferencia de soberanía en defensa exigiría referéndum con
resultado incierto. El coste político de intentarlo y fracasar supera con
creces al de convivir con un sistema disfuncional por lo que, en un cálculo
racional, las élites europeas prefieren gestionar una Unión que no decide antes
que arriesgarse a unas urnas que podrían certificar su derrota y el fin de la
carrera política de quien lo intentó y fracasó. La parálisis es el resultado
lógico de un sistema de incentivos que penaliza la audacia y premia la
obstrucción.
5. El momento en que la garantía dejó de serlo
Durante setenta años, la
debilidad estratégica de Europa fue un problema manejable. El aliado que la
compensaba tenía interés en hacerlo y capacidad para sostener ese compromiso.
La dependencia era real, pero el patrón era fiable.
Ese patrón se ha disuelto. No de
forma súbita, sino por acumulación. En 1956, Washington frenó a Francia y al
Reino Unido en Suez para recordarles quién dictaba las normas del orden
occidental. En Kosovo, en 1999, Washington intervino para evitar la catástrofe
que Europa no podía detener por sí sola. En Libia, en 2011, proporcionó desde
bambalinas las capacidades sin las que la operación franco-británica era
imposible, y luego se retiró dejando el caos. En cada uno de esos episodios, el
aliado americano estaba en la ecuación, bien como árbitro, como rescatador o
como abandono consciente. En Ormuz en 2026, Washington ni frenó, ni rescató, ni
aportó capacidades a Europa. Simplemente actuó sin contar con ella y luego
exigió a sus “socios” que recogieran los escombros. Los europeos, fiel a su
costumbre, se reunieron en múltiples foros ad hoc externos a la Unión y
luego cada Estado decidió por su cuenta lo que creyó más conveniente.
El 1 de abril de 2026, ante la
negativa europea a participar militarmente en operaciones en el estrecho, Trump
declaró que estaba “considerando seriamente” retirar a Estados Unidos de la
OTAN y arremetió públicamente contra el valor de la Alianza. La ley
estadounidense exige dos tercios del Senado para una retirada formal y ese abandono
probablemente nunca llegará a producirse, pero ese formalismo no protege la
credibilidad operativa de la disuasión. Un presidente puede, sin violar ninguna
ley, reducir la presencia militar en Europa, reubicar tropas, recortar el
intercambio de inteligencia, degradar los ejercicios conjuntos y, sobre todo,
declarar públicamente que no activaría el Artículo 5 ante una agresión. Puede
envenenar la OTAN sin abandonarla, porque introduce ambigüedad donde la
disuasión exige certeza, porque la disuasión no opera en el terreno del
derecho, sino en el de la psicología del adversario. Lo relevante no es si
Washington puede cumplir el Artículo 5 o no, sino si Moscú cree que lo haría.
Cuando esa creencia se erosiona, la disuasión ha fallado antes de que se
dispare un solo tiro. La garantía pasa a ser contingente; y una garantía
contingente deja de ser operativamente una garantía.
El general Breuer, jefe
de la Defensa alemana, estimó ya en 2025 que entre 2027 y 2029 Rusia podría
haber reconstituido sus fuerzas lo suficiente como para amenazar directamente
el territorio de la OTAN, una ventana de vulnerabilidad que coincide
exactamente con el período en que la garantía atlántica es más incierta. De
esta forma, Europa debe prepararse para lo peor en el momento de máxima
fragilidad institucional y mínima fiabilidad del aliado histórico.
El contragolpe más duro llega de
la lógica más simple. Entre enero y febrero de 2026, representantes de Estados
Unidos, Ucrania y Rusia mantuvieron tres rondas de conversaciones en Abu Dabi y
Suiza. El formato fue estrictamente trilateral. Europa —que para entonces había
comprometido más de 195.000 millones de euros en apoyo a Ucrania, el mayor
sostén financiero de su supervivencia— no tenía un solo asiento en la mesa
donde se dibujaba el futuro de su propio continente. Pagó la guerra, pero no
negoció la paz. Y un mecenas sin silla no es una potencia; es un cajero.
6. Lo que no funciona y por qué
El debate sobre cómo corregir el
diagnóstico lleva dos décadas abierto y ha producido tres respuestas. Ninguna
que funcione.
El federalismo clásico
—los Estados Unidos de Europa con gobierno central, ejército único y política
exterior unificada, en la tradición de Spinelli y Monnet— es intelectualmente
coherente. También lleva más de sesenta años sin lograr la arquitectura que
promete y no por falta de partidarios inteligentes. El problema es que no
existe un demos europeo que legitime la transferencia constitucional de
soberanía. Los ciudadanos europeos tienen identidades nacionales fuertes y
lealtades institucionales arraigadas a sus Estados. El apoyo abstracto a “una
Europa más fuerte” en las encuestas coexiste sin contradicción con el rechazo
concreto a cualquier medida que implique ceder control real. El referéndum de
2005 lo demostró con claridad en dos de los países fundadores de la UE.
Intentarlo de nuevo sin haber construido antes el sujeto político que lo
sostiene no es ser ambicioso, sino repetir el mismo error esperando un
resultado diferente.
El intergubernamentalismo
reforzado —más PESCO, otra Brújula Estratégica, una nueva cláusula
pasarela— es la posición oficial de casi todos los gobiernos y la vía de menor
resistencia. Su límite ya está explicado: el sistema solo se reforma con el
voto de quienes viven de bloquearlo y cada nueva oleada de proyectos sin
mecanismos de sanción reproduce el mismo inventario cosmético con bandera
compartida.
La reversión nacional —que
la OTAN se ocupe de lo militar y la UE del comercio, recuperando la soberanía
plena de cada Estado en defensa y política exterior— pudo tener sentido hace
diez años. Hoy la ha perdido. Washington ha trasladado su centro de gravedad
estratégico al Indo-Pacífico y a Oriente Medio, y volver a aplicar veintisiete
políticas exteriores distintas frente a un adversario que lee las fisuras
europeas con precisión quirúrgica no es recuperar la soberanía: es multiplicar
la impotencia. La fragmentación es una invitación a la irrelevancia.
Las tres respuestas comparten un
defecto de fondo. El federalismo tropieza con un déficit de legitimidad de
entrada, no sólo nadie lo ha votado, sino que la ciudadanía ha mostrado cada
vez que le han dado ocasión que no lo votaría. El intergubernamentalismo
produce decisiones demasiado lentas, tibias, fragmentadas y contradictorias
para el entorno estratégico actual, que requiere rapidez y decisión. Y la
reversión nacional tropieza con la realidad de un mundo donde el aliado que
hacía viable la soberanía fragmentada ha dejado de ser fiable. De esta forma, mientras
Europa debate entre opciones que no funcionan, el tiempo estructural se
consume.
7. Una cuarta vía con un nombre
Existe una vía que no es ninguna
de las tres. No propone refundar la Unión Europea, ni regresar al Estado-nación
puro ni aumentar la cooperación dentro de los Tratados de la UE. Propone algo
distinto: construir un instrumento nuevo junto a la Unión, ni
dentro de ella ni contra ella. Un tratado propio, firmado por un núcleo
reducido de Estados dispuestos a compartir su soberanía en defensa y seguridad
precisamente allí donde la acción colectiva es irrenunciable y la acción
individual es impotente, con mecanismos de decisión que no requieran
unanimidad, con legitimidad democrática propia y con plena compatibilidad con
la OTAN y con la UE.
Esta vía tiene un coste real,
como es aceptar la exclusión inicial de la mayoría de los Estados que no están
dispuestos a llegar tan lejos, implica fricción con las instituciones
existentes y exige convencer a ciudadanos que han aprendido a desconfiar de
toda nueva institución europea porque las anteriores desbordaron su mandato.
Las otras tres opciones evitan esos costes solo porque no producen el
instrumento que los justificaría. Esta los afronta desde el principio, que es
la única forma honesta de construir algo que funcione.
Ese instrumento tiene un nombre: la
Alianza Europea. El próximo artículo de esta serie describe qué es
exactamente, qué no es y por qué la diferencia entre ambas cosas importa más de
lo que parece.
PREGUNTA PARA DEBATE. ¿Es posible
que un club de cuatro u ocho países tenga más poder de decisión real que una
Unión de veintisiete? ¿O el núcleo pequeño reproduce a escala menor exactamente
los mismos problemas, con la diferencia añadida de que además excluye a la
mayoría? Es el debate de fondo. Los comentarios son el lugar para plantearlo.
Este artículo es el primero de
la serie “Europa sin permiso”, que examina la tesis de que Europa tiene
capacidad y voluntad para actuar como potencia estratégica, pero carece del
instrumento que convierte ambas en acción.

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