Armas nucleares no estratégicas, el tabú de 1945 y lo que cambiaría si Moscú lo rompiera
INTRODUCCIÓN
En otoño de 2022, mientras el
ejército ruso sufría sus peores reveses del año en Ucrania, Washington y sus
aliados analizaron indicios que podían ser compatibles con una eventual
preparación nuclear rusa. La inteligencia occidental interceptó conversaciones
entre mandos rusos sobre logística y posibles escenarios de empleo. No hubo
evidencia pública de que se movieran ojivas desde los almacenes centrales hacia
el frente. La preocupación, aun así, llegó al máximo nivel político. Joe Biden
advirtió en público de que el uso de un arma nuclear constituiría un cambio
cualitativo en la guerra y su asesor de seguridad nacional habló en privado de
"consecuencias catastróficas". Rusia no disparó, pero aquella crisis
dejó instalada una pregunta que sigue en el centro del planeamiento occidental:
¿qué ocurriría si Moscú cruzara finalmente el umbral nuclear?
Conviene separar desde el
principio tres cosas que suelen mezclarse. Una es la retórica nuclear rusa,
abundante y calculada. Otra son las discusiones internas rusas sobre escenarios
de empleo, más opacas. Y una tercera son los cambios físicos operativos, es
decir, sacar ojivas de los depósitos y acoplarlas a los vectores. Confundir las
tres infla cualquier episodio hasta la desproporción.
La pieza que nadie mueve. El arsenal nuclear táctico
ruso lleva décadas en el tablero sin ser empleado. Su valor no está en el
movimiento, sino en la amenaza de moverlo.
La tesis de este artículo es que
el problema del uso de un arma nuclear rusa en Ucrania no es que pueda ganar la
guerra en un solo golpe, que no puede; es que podría alterar el cálculo
político de todos los actores que participan en ella. Ese es el hilo que
conviene seguir.
1. Táctica no significa pequeña
La distinción entre armas
nucleares "tácticas" y "estratégicas" es más política que
física, pues no existe una frontera técnica universalmente aceptada entre ambas.
La categoría "no estratégica" no se define solo por el rendimiento,
sino por una combinación de alcance del vector, misión asignada y marco
doctrinal. Un arma de 50 kilotones puede considerarse táctica si se entrega con
un misil de corto alcance contra un objetivo de campo de batalla. El propio
Departamento de Defensa estadounidense prefiere el término "no
estratégico" precisamente por esta ambigüedad.
Su potencia abarca un amplio
rango. Va desde fracciones de kilotón hasta los cien kilotones en algunas
ojivas de misil de crucero o bombas rusas. Como referencia, la bomba lanzada
sobre Hiroshima tenía aproximadamente 15 kilotones y causó decenas de miles de
muertes inmediatas. Un arma "pequeña" de uno o dos kilotones sería aproximadamente
una décima parte de la de Hiroshima, pero no por ello menos devastadora en
términos absolutos. "Pequeña" es un adjetivo relacionado con el
apocalipsis estratégico, no con la destrucción real que causa.
Los vectores rusos son múltiples.
El misil balístico de corto alcance Iskander-M, con un alcance oficial del
orden de 400 a 500 kilómetros, puede portar ojiva convencional o nuclear. Su
precisión le permite emplearlo contra objetivos puntuales, pero esa característica
importa menos que una consecuencia doctrinal que suele pasarse por alto. El
adversario no distingue el tipo de cabeza hasta el impacto, de modo que un
Iskander lanzado genera de inmediato la pregunta de si se trata de un ataque
convencional o del inicio de una operación nuclear, lo que introduce un factor
de escalada independiente del rendimiento de la ojiva. Rusia dispone además de
misiles de crucero, bombas de aviación y, teóricamente, proyectiles de
artillería nuclear heredados de la Unión Soviética, aunque su estado operativo
actual es incierto.
El arsenal no estratégico ruso se
estima en unas 1.500 a 2.000 ojivas. Una ojiva es la cabeza explosiva, pero el
sistema de empleo completo requiere además un vector operativo, procedimientos
de acoplamiento y una cadena de autorización activa. El número de ojivas
disponibles y el número de sistemas efectivamente configurados para empleo
inmediato son magnitudes distintas. La inmensa mayoría reside en almacenes
centralizados de la 12.ª Dirección General del Ministerio de Defensa, el 12.º
GUMO, no acoplada a lanzadores. Tener 1.800 ojivas no es tener 1.800 armas
listas en el frente.
2. La falsa doctrina de "escalar para desescalar"
En Occidente se popularizó
durante la década de 2010 la expresión inglesa escalate to de-escalate
para describir la posibilidad de que Rusia empleara una escalada nuclear
limitada para detener una guerra convencional desfavorable. El término, sin
embargo, es una acuñación occidental, pues no aparece como doctrina oficial
rusa con ese nombre. Los documentos rusos formulan la idea en términos de
"prevenir la escalada y terminar el conflicto en condiciones aceptables
para la Federación Rusa". Presentarlo como una doctrina titulada así da
una impresión de claridad que Moscú nunca ha querido dar.
La cuestión interesante no es la
etiqueta, sino si el pensamiento estratégico ruso contempla el empleo nuclear
limitado como instrumento de coerción en ciertas circunstancias. La doctrina
pública no ordena usar un arma táctica para "ganar" un frente, pero reserva
el arma para terminar un conflicto en condiciones aceptables cuando un ataque
convencional, o uno apoyado por una potencia nuclear, ponga en riesgo crítico
la soberanía.
Putin anunció cambios en su
doctrina de uso en septiembre de 2024 y los formalizó mediante el Decreto 991
el 19 de noviembre de ese año, que sustituyó al de 2020. El umbral pasó de la
amenaza a "la propia existencia del Estado" a una "amenaza
crítica" a la soberanía o la integridad territorial de Rusia y de
Bielorrusia. Se añadió que una agresión de un Estado no nuclear con la
participación o el apoyo de una potencia nuclear se considerará un ataque
conjunto, así como que un lanzamiento masivo de medios aéreos y espaciales que
cruce la frontera puede activar la opción nuclear. La redacción puede
interpretarse como una respuesta deliberada al creciente empleo de misiles
occidentales de largo alcance, ATACMS y Storm Shadow, y de drones ucranianos
contra objetivos situados en territorio ruso. La firma llegó el mismo día en
que Kiev disparó ATACMS contra la región de Briansk, de modo que la
coincidencia temporal reforzó su lectura como señal política dirigida tanto a
Ucrania como a sus suministradores occidentales.
"Crítica" es una
palabra maleable y esa elasticidad es precisamente el instrumento de coerción.
3. ¿Qué puede conseguir una bomba de pocos kilotones?
¿Qué resolvería militarmente un
arma nuclear no estratégica en Ucrania?
Muchos escenarios de empleo
táctico priorizarían estallidos aéreos, es decir, detonaciones a una altura
óptima para maximizar la onda de presión y el calor. Un estallido aéreo puede
reducir considerablemente la precipitación radiactiva local frente a una
detonación de superficie, aunque no la elimina. La contaminación intensa del
suelo se produce sobre todo en detonaciones de superficie, un escenario poco
atractivo si las fuerzas atacantes pretenden después avanzar sobre ese terreno.
De modo que la idea que circula por la prensa generalista de que la radiación
paralizaría las maniobras propias vale para la detonación de superficie, pero no
para la aérea. La contaminación dependerá de la altura de la detonación, la
meteorología y el tipo de suelo, con la complicación de que el viento puede
transportar isótopos en direcciones difíciles de predecir, sobre todo en un
teatro donde las líneas de contacto están a veces a unos pocos kilómetros de
posiciones propias.
Un estallido de bajo kilotonaje
sobre una posición dispersa mata y ciega en un radio limitado, pero no abre por
sí solo un corredor explotable. El frente ucraniano, largo y poco denso tal
como se ha estabilizado desde 2023, se extiende a lo largo de más de mil
kilómetros. Las tropas están atrincheradas y separadas, precisamente porque
ambos bandos han aprendido que agruparse a la vista de los drones es morir. Una
detonación produciría una ventaja operacional solo si el atacante dispusiera de
fuerzas convencionales capaces de explotar con rapidez la desorganización
creada. Reservas capaces de cruzar un terreno observado por drones y, en caso
de detonación baja, irradiado. Sin esa capacidad de maniobra, el resultado es
una enorme destrucción sin una ganancia militar proporcional.
Rusia puede lograr efectos
destructivos extraordinarios con armamento convencional sin recurrir a lo
nuclear. Su problema en Ucrania no es la falta de explosivo. Es la falta de
masas de maniobra, de reconocimiento integrado y de la moral de la tropa.
Ninguna detonación nuclear resuelve por sí misma un problema de inteligencia,
mando y control, logística, generación de fuerzas o explotación del éxito.
Existen, eso sí, blancos donde un
arma no estratégica tendría más sentido militar que sobre una brigada dispersa,
como infraestructura fija de alta densidad, un puente clave sobre el Dniéper,
un centro de mando enterrado, un nudo logístico endurecido o una base aérea
concentrada. Contra objetivos fijos y valiosos el cálculo cambia, aunque el
coste político del uso sigue siendo el mismo, y ese coste es el que domina toda
la ecuación.
4. El arma como instrumento de coerción
Si la utilidad militar directa es
limitada, el valor del arma es de otro orden. Es improbable que Moscú lanzara
una bomba para tomar Járkov, pero sí podría lanzarla para mandar un mensaje,
con cuatro posibles destinatarios.
El primero es Ucrania. Un
impacto sobre una ciudad media, un puerto o una instalación concentrada
pretendería quebrar la voluntad de combatir y forzar una negociación en
condiciones ventajosas para Moscú. El segundo es la opinión pública
occidental. El apoyo militar a Kiev depende de la voluntad política de los
parlamentos europeos y del Congreso estadounidense. Si un porcentaje de esas
poblaciones decide que sostener a Ucrania no vale el riesgo nuclear, eso ya es
útil para el Kremlin. El tercero es la propia OTAN, no tanto por miedo a
una intervención militar directa como por el objetivo de sembrar dudas entre
los aliados sobre cuánto conviene escalar. La fractura de la cohesión aliada ha
sido siempre el objetivo estratégico principal de Rusia respecto a la Alianza.
Y hay un cuarto destinatario que suele
olvidarse como es la propia sociedad y burocracia rusas. Cruzar un
umbral que Rusia lleva décadas tratando como excepcional exige legitimación
interna. El arma no solo comunica al enemigo que el conflicto ha cambiado de
categoría, sino que también se lo comunica al aparato militar y político
propio, con consecuencias difíciles de anticipar sobre la dinámica de decisión
posterior.
El defecto de todo este cálculo
es que asume que el adversario reaccionará como Moscú espera, y no hay garantía
de ello. Los gobiernos occidentales han comunicado, por vías públicas y
diplomáticas, que las consecuencias serían severas; lo que no se conoce es el
catálogo completo de opciones de respuesta desarrollado por los planificadores.
Lo que es seguro es que la ruptura del tabú justificaría políticamente acciones
que hoy están fuera de la mesa.
5. China, India y el resto del mundo
Entre los actores externos
capaces de alterar de forma significativa el cálculo del Kremlin destacan China
e India, y su posición puede llegar a pesar más que la de la propia OTAN.
China ha respaldado a Rusia de
forma velada pero constante desde 2022, con compra de petróleo ruso embargado
en medio mundo, tecnología de doble uso y cobertura diplomática en la ONU; pero
ese apoyo tiene límites explícitos. El 4 de noviembre de 2022, en Pekín y junto
al canciller alemán Olaf Scholz, Xi Jinping se pronunció contra el uso o la
amenaza de uso de armas nucleares en Ucrania. Meses después, según filtraciones
publicadas por el Financial Times en 2023, Xi habría transmitido esa
posición a Putin en persona durante su visita a Moscú, algo que el Kremlin
negó. Pekín no necesita simpatizar con Kiev para vetar un uso ruso; le basta
con no querer que el precedente nuclear se discuta el día en que Taiwán o el
mar de China Meridional entren en crisis. Esa es una línea roja que Moscú no
controla.
India es igualmente incómoda para
Moscú. Nueva Delhi mantiene formalmente una política declaratoria de "no
primer uso", es decir, el compromiso de no disparar la primera; pero esa
política no es absoluta. Desde 2019 varios responsables gubernamentales han
sugerido que podría revisarse en circunstancias extremas, y la doctrina india
combina el compromiso formal con un debate interno sobre su flexibilidad. Un
uso ruso forzaría a India a pronunciarse, a elegir entre su socio histórico y
la imagen de moderación estratégica que ha cultivado durante décadas. Es una
elección que Nueva Delhi preferiría no hacer y esa incomodidad ya es un coste
para Rusia.
El efecto se extendería más allá.
Los países bajo paraguas nuclear estadounidense, como Japón, Corea del Sur, Australia
y la propia Europa leerían un uso ruso a través de su propia seguridad. Algunos
reforzarían su dependencia de Washington, otros abrirían o intensificarían
debates sobre opciones propias y muchos Estados del llamado Sur global, a los
que Rusia corteja como contrapeso a Occidente, son precisamente los más
expuestos a una cascada de proliferación que no podrían frenar.
6. Cuatro formas de cruzar el umbral
No todos los escenarios de uso
son iguales. Conviene ordenarlos por función estratégica, no por una
probabilidad que ninguna fuente pública permite jerarquizar con solidez.
El primero es la demostración.
Una detonación en altura o sobre un área despoblada, concebida para señalizar
determinación sin producir deliberadamente víctimas masivas. Su ventaja para
Moscú es que podría intentar venderla como "no ataque". Su desventaja
es que, al no haber destrucción, la presión coercitiva se reduce mucho.
El segundo es el ataque contra un
objetivo militar. Una base concentrada, un puesto de mando enterrado o
un nudo endurecido. El objetivo sería obtener una ventaja operacional concreta,
con el límite ya explicado de que destruir no es explotar.
El tercero es el ataque contra infraestructura
de apoyo. Un puerto como Odesa, un nudo ferroviario o un gran depósito de
combustible o de munición occidental. El propósito sería elevar el coste del
sostenimiento aliado y forzar a los suministradores a reconsiderar sus
entregas.
El cuarto es el ataque contra un centro
urbano. Eso ya no sería una señal, sino una masacre, y produciría con toda
probabilidad exactamente la coalición que el Kremlin quiere evitar, con una
presión hacia la respuesta contundente que ningún gobierno europeo podría
ignorar con facilidad.
La diferencia fundamental entre
estos escalones no es física, sino política. Cada peldaño que sube reduce el
espacio disponible para una respuesta limitada. La demostración es el único que
Moscú podría presentar como algo distinto de un ataque y el golpe a una ciudad sería
el que con mayor seguridad desencadenaría la reacción que Rusia teme.
7. ¿Cómo respondería Occidente?
Esta es la gran pregunta que se
hace cualquier lector, y la respuesta "empezaría la Tercera Guerra Mundial
nuclear", es justamente la que la lógica de la disuasión pretende evitar.
Esa lógica consiste en crear opciones entre no hacer nada y lanzar misiles
estratégicos.
Una respuesta nuclear
estadounidense no sería automática. Washington tendría que sopesar la necesidad
militar, la credibilidad de la disuasión, el riesgo de escalada, la reacción de
los aliados, la proporcionalidad política y la posibilidad de lograr el mismo
efecto por medios convencionales. La señal pública de "consecuencias
catastróficas" se interpretó, sobre todo, como el anuncio de una respuesta
devastadora pero convencional.
Entre las respuestas discutidas
públicamente figura una campaña convencional directa contra las fuerzas rusas
desplegadas en Ucrania y Crimea y contra determinados activos militares rusos
relacionados con la guerra. La formulación más citada, no oficial, es la del
general Petraeus. También existe la opción contraria, no responder militarmente
y "solo" aislar a Rusia hasta un grado sin precedentes.
El dilema de la OTAN no es el
artículo 5, porque Ucrania no es parte de la OTAN. Si la detonación ocurriera
en territorio ucraniano, ese artículo no se invocaría por el mero hecho de que
Rusia empleara un arma nuclear dentro de Ucrania. Sí podría hacerlo si la
escalada afectase deliberadamente a un aliado, pues lo que estaría en juego es
la credibilidad de la disuasión ampliada y la cohesión política que la
sostiene. La contaminación transfronteriza sobre territorio polaco o rumano
tampoco equivale jurídicamente a un ataque armado deliberado, aunque algunos
aliados podrían argumentar que sí lo es, lo que sería objeto de debate político
y jurídico, pero no una activación semiautomática. Esa ambigüedad convertiría
cualquier incidente de ese tipo en una crisis de primer orden.
8. El día después
La primera detonación no sería
necesariamente el momento de mayor peligro. El momento crítico llegaría
después, cuando Moscú y Occidente tuvieran que interpretar la respuesta del
otro bajo una presión y una incertidumbre sin precedentes desde la Guerra Fría.
El peligro real es que las decisiones “racionales” y “controladas” se toman bajo
información incompleta, presión temporal y temor a que el adversario esté
preparando su propia escalada. Y un error de cálculo es sumamente probable. En
el juego de “a ver quién se acobarda primero”, puede suceder que ninguno lo
haga y, sin que nadie desee una guerra nuclear, el sistema de acción-reacción puede
producirla por la mera interacción estratégica.
Si Occidente respondiera con
fuerza convencional, Rusia tendría que decidir si acepta el coste o escala de
nuevo. Si no respondiera, Moscú tendría que valorar si interpreta la contención
como una victoria, como una oportunidad para repetir la amenaza, o como el
inicio de una respuesta más lenta pero más grave. Cada una de esas decisiones
modificaría el cálculo siguiente.
Y aquí aparece también la
paradoja de la amenaza nuclear. Cuanto más se utiliza la amenaza sin
ejecutarla, más puede erosionarse su credibilidad, pero ejecutarla destruye
precisamente el tabú que hacía creíble la amenaza. Moscú no tiene una buena
salida de ese círculo. Puede mantener el farol y ver cómo pierde efecto o puede
dispararla y desencadenar consecuencias que no controla. El arma que debía
proporcionar flexibilidad estratégica se convierte en una trampa de la que es
difícil salir sin pérdidas en cualquier dirección.
9. Ochenta años después de Nagasaki
No se ha empleado un arma nuclear
en combate desde agosto de 1945. Ochenta años. En ese periodo las bombas han
existido, han proliferado y han rozado el uso en varias crisis en las que
errores de interpretación, falsas alarmas o confrontaciones entre potencias
nucleares elevaron el riesgo de escalada a niveles extraordinarios. La crisis
de los misiles de Cuba en 1962 es el caso fundamental. Nunca, en ninguno, se
llegó a disparar. El tabú no es solo un principio moral, es una norma
internacional con fuerza casi consuetudinaria, sostenida por décadas de
contención práctica.
Si Rusia lo rompiera, el tabú no
desaparecería, pero quedaría debilitado. El mundo no entraría de forma
automática en una era postnuclear, pero cambiaría el cálculo sobre cuándo y
bajo qué circunstancias resulta políticamente imaginable emplear un arma
nuclear.
El riesgo de proliferación sería
el principal efecto del uso ruso del arma nuclear. No desataría por sí solo una
carrera nuclear, pero ese precedente reduciría uno de los costes normativos del
primer uso y reforzaría, entre algunos Estados, la idea de que las armas
nucleares ofrecen una ventaja coercitiva que las garantías convencionales no
dan. Los candidatos a recalibrar sus programas son conocidos. Irán, cerca del
umbral de enriquecimiento. Corea del Norte, que persigue la miniaturización.
Arabia Saudí, que ha declarado que seguiría a Irán. Y en un horizonte más
lejano, varios Estados de Asia oriental e incluso de Europa, como Polonia, que
observan su entorno con inquietud creciente.
En 1994, Ucrania aceptó la
transferencia a Rusia de las armas nucleares soviéticas que habían quedado
desplegadas en su territorio al disolverse la URSS y, a cambio, recibió
compromisos políticos de seguridad de Rusia, Estados Unidos y Reino Unido recogidos
en el Memorándum de Budapest, compromisos a los que luego se adhirieron China y
Francia. Esos compromisos no impidieron nada en 2014 ni en 2022. La lección que
muchos extraerán es que los compromisos políticos de seguridad no sirven para
nada y que sólo la posesión de armas nucleares te protege de ser agredido con
ellas.
Para Europa, las consecuencias
serían inmediatas. La discusión sobre capacidades nucleares europeas, hasta
hace poco marginal, se volvería urgente. Francia, única potencia nuclear de la
Unión, ha propuesto un diálogo estratégico sobre disuasión, aunque su fuerza
nuclear sigue siendo estrictamente nacional y ningún aliado la comparte
formalmente. En Alemania, que durante décadas hizo de la renuncia nuclear un
rasgo identitario, el debate sobre hasta dónde debe llegar la dependencia
europea de la disuasión estadounidense adquiriría una intensidad desconocida
desde el final de la Guerra Fría. Y en Polonia, cuyo presidente Nawrocki ya ha
declarado que Polonia debería explorar la opción de desarrollar un potencial
nuclear propio, su uso contra Ucrania podría incentivar ese camino, al igual
que en otros países amenazados.
CONCLUSIÓN
Rusia no necesitaría ganar la
guerra con la bomba para obtener algo de ella. Le bastaría con demostrar que
está dispuesta a utilizarla. El objetivo de la política occidental tendría que
ser doble: castigar el uso de modo que la coerción fracase y, al mismo tiempo,
mantener abierta una salida que impida convertir una detonación limitada en una
guerra nuclear estratégica. Esos dos objetivos son en parte contradictorios y
esa contradicción es exactamente donde el Kremlin querría instalar el debate.
El tabú de 1945 dejaría de ser
una regla que nadie ha violado en generaciones para convertirse en una regla
que alguien ha violado, y que por tanto otros podrían imaginar volver a violar.
Ese sería el verdadero legado de la primera bomba empleada desde Nagasaki. No un
objetivo en ruinas, sino la lección de que sólo la posesión de armas nucleares
te protege de ser agredido con ellas.
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