miércoles, 14 de octubre de 2026

Comprar o no al proveedor de la amenaza no compartida

Lo que Ifni, el Sáhara y Perejil enseñan sobre las compras de armamento españolas

 

INTRODUCCIÓN

En la madrugada del 29 de noviembre de 1957, cinco trimotores CASA 352 lanzaron 75 paracaidistas sobre Tiliuín mientras cinco bombarderos CASA 2.111 batían las posiciones que cercaban el puesto. Los primeros eran Junkers Ju 52 fabricados en España; los segundos, la versión española del Heinkel He 111 con el que la Luftwaffe había bombardeado Londres. Los F-86 Sabre que Estados Unidos había entregado tras los acuerdos de 1953 no podían emplearse en aquella guerra, porque Washington no autorizaba el uso de su material de combate en un conflicto colonial; sí permitió volar los entrenadores T-6 y los transportes de la misma ayuda. España tenía reactores, pero no podía usarlos donde los necesitaba.

Casi setenta años después, el debate español sobre compras de defensa sigue girando en torno a tres preguntas legítimas, que son cuánto cuesta un sistema, cuánta carga de trabajo deja en España y si es europeo. Pero falta la cuarta, la que Ifni dejó escrita. ¿Qué haría cada proveedor en una crisis con Marruecos si España empleara el material que le compra? Convertir esa pregunta en requisito es lo que aquí se llamará la prueba del proveedor que se niega.

Junkers Ju 52 (HB-HOY) 14.jpg. Fuente: Wikipedia

La respuesta no se deduce de la amistad ni de la alianza formal, sino de tres variables: 1) lo que el proveedor tiene en juego en Marruecos, 2) su costumbre de usar las armas como instrumento político y 3) el control que conserva sobre lo que vende. Los precedentes no predicen conductas, pero muestran qué palancas tiene cada uno. Por eso la prueba debe aplicarse también a los aliados, Estados Unidos y Francia, que figuran, junto con Israel, entre los principales proveedores de Rabat.

 

1. Tres maneras de fallar

Ifni, 1957-1958: el proveedor que prohíbe el uso. Los acuerdos de 1953 trajeron a España reactores, adiestramiento y crédito, pero era Washington quien decidía qué parte del material entregado podía emplearse en el África Occidental española. Autorizó los entrenadores y los transportes, no los reactores de combate. De ahí la escena de Tiliuín, con tripulaciones volando aviones de los años treinta mientras los reactores modernos esperaban en sus bases. La primera lección es elemental y se olvida con facilidad. Un sistema en inventario no es una capacidad si otro decide dónde puede emplearse.

Sáhara, 1975: el aliado que arbitra a favor del otro. La documentación desclasificada describe una diplomacia estadounidense, y también francesa, que no deseaba un Sáhara independiente y prefería una salida negociada que no desestabilizara a Hassan II. Washington no presionó a Rabat para detener la Marcha Verde y favoreció la negociación que desembocó en los Acuerdos de Madrid del 14 de noviembre. A diferencia de Ifni, no consta de forma fehaciente una prohibición de emplear el material estadounidense, pero según el investigador Stephen Zunes, citado por Jacob Mundy en el Journal of North African Studies, Washington habría advertido a Madrid de que cortaría la ayuda si se enfrentaba a Marruecos. Si hubo o no una luz roja explícita de Kissinger sigue siendo materia de debate entre historiadores, y no hace falta resolverlo. Lo documentado basta para extraer la segunda lección. Un aliado puede ser neutral en la forma y parcial en el efecto.

Perejil, 2002: el socio que se aparta y el aliado que media. El 11 de julio, un pequeño destacamento de gendarmes marroquíes ocupó el islote; el 17, una operación española los desalojó. La presidencia danesa de la Unión Europea expresó de inmediato su plena solidaridad con España, pero París se mantuvo cerca de Rabat. Aznar ha relatado después que Chirac le sugirió entregar Ceuta y Melilla a Marruecos. La OTAN pidió volver al statu quo, pero no tuvo papel alguno en la gestión. La salida llegó de Washington, donde Colin Powell medió un acuerdo de vuelta al statu quo anterior con el islote desmilitarizado. La tercera lección es que el aliado que media fija los términos del regreso, y mediar no es defender.

Tres fallos, tres mecanismos distintos. Ninguno exigió hostilidad hacia España; bastó con que el proveedor o el aliado tuviera otra prioridad.

 

2. Quién arma hoy a Marruecos

Marruecos es ya, según el SIPRI, el primer importador de armamento de África, por delante de Argelia y Egipto. El SIPRI atribuye a Estados Unidos el 60% de las importaciones marroquíes de 2021 a 2025. Israel aporta el 24% y Francia el 10%. A ello se suman los drones turcos, con el Akıncı en servicio según imágenes de satélite difundidas este año y un proyecto de planta de Baykar en Benslimane.

Cada proveedor decide algo distinto en un conflicto. Washington fija la duración y el techo, porque de sus repuestos, su software y su munición dependen los F-16 (Lockheed Martin anunció el 6 de octubre el primer vuelo del primer Block 72 marroquí), los helicópteros Apache y, cuando lleguen, los lanzadores HIMARS con misiles ATACMS. Israel y Turquía pesan sobre todo en la zona gris, el hostigamiento sostenido por debajo del umbral de la guerra abierta, porque aportan vigilancia, la guerra electrónica (la interferencia y escucha de las emisiones del adversario) y los drones. París pesa, sobre todo, en la posición europea.

La crisis de Ceuta de julio de 2026 ofreció una muestra reciente, que conviene leer con precisión. El embajador israelí ante la ONU preguntó en las redes por qué España conservaba "enclaves coloniales" en África, y al día siguiente la embajadora en funciones de Israel en Madrid aclaró que no hablaba en nombre del Estado. En Washington, la crisis sacó a la luz un informe del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes, publicado en mayo y ajeno al articulado del proyecto de ley al que acompañaba, que situaba Ceuta y Melilla en "territorio marroquí". Ni el mensaje de un embajador ni el informe de un comité son la política de un Estado, y nada de ello prueba quién provocó la crisis. Muestran que en el entorno de dos grandes proveedores circulan ya, antes de cualquier crisis y durante ella, lecturas desfavorables para España.

 

3. Cinco proveedores, dos maneras de vender

El concepto que ordena el análisis es la simetría de proveedor, situación en la que un mismo proveedor arma a España y a su adversario potencial en el mismo dominio. Le da conocimiento de ambos clientes y la decisión sobre quién recibe primero la actualización, el repuesto o la munición en una crisis. Es directa cuando el mismo sistema figura en ambos inventarios y de dominio cuando ambos compran al mismo país capacidades del mismo ámbito. La más peligrosa es la de información, la del proveedor que conoce las bibliotecas de guerra electrónica y los modos de emisión de los radares de los dos. Tiene también una ventaja inversa. Si España opera el mismo sistema que su adversario, conoce desde dentro lo que este tiene y puede diseñar contramedidas sin adquirirlo como capacidad propia.

La simetría, por sí sola, no mide el riesgo, porque no todos venden igual. Los proveedores políticos tratan el suministro de armas como instrumento de su política exterior y lo condicionan cuando el empleo les incomoda; los mercaderes cumplen con quien ya es cliente aunque esté en guerra. Corea del Sur es el ejemplo más nítido del segundo tipo. En marzo de 2026, con los Emiratos bajo ataque iraní, Seúl les adelantó unos 30 interceptores de los arsenales de su propia fuerza aérea. Indra ha firmado con Hanwha un acuerdo vinculante para una artillería autopropulsada derivada del K9, que se producirá en España, con ampliación de la planta de Indra en Gijón; Marruecos ha recibido misiles antiaéreos portátiles KP-SAM y evalúa el carro K2. Corea vende, pues, a los dos vecinos, pero en capas distintas y sin alianza estratégica con ninguno, que es el perfil de una simetría de dominio de riesgo bajo.

Las reglas de la última columna se gradúan en tres niveles. La exclusión de dominio se aplica a quien arma al adversario en el mismo dominio y mantiene con él una alianza estructural. La diversificación obligatoria, al aliado indispensable que es también socio militar del adversario, del que no debe depender en exclusiva ninguna capa crítica que tenga alternativa. Y la interdependencia gestionada, al socio europeo con relación privilegiada con Rabat, que puede seguir en los programas comunes siempre que no tenga en solitario la llave de una capacidad crítica. La gradación no mide solo el riesgo, sino también la existencia de alternativa. Estados Unidos reúne las condiciones de la exclusión mejor que nadie, y si no se le aplica es porque nadie puede sustituir lo que aporta, no porque su riesgo sea menor. Donde la alternativa no existe, la regla deja de evitar la dependencia y pasa a gestionarla.

La regla no discrimina por nacionalidad, sino por dominio, por control y por la manera de vender. Turquía vendió drones TB2 a Ucrania sin romper con Moscú, y cuando Canadá le cortó en 2020 las ópticas de esos drones, la industria turca las sustituyó con un sensor de Aselsan. De Ankara cabe esperar menos un corte que un riesgo de información, porque un mismo proveedor conoce a ambos clientes, y por eso su riesgo debe gestionarse en sistemas sensibles, no en los de adiestramiento. El Hürjet lo ilustra. España contrató 30 unidades a TUSAŞ en diciembre de 2025, pero Airbus coordina la conversión nacional, lo que acota el riesgo.

El episodio canadiense enseña algo más. El control no va por países, sino por componentes, y un mercader solo es mercader hasta donde lo permiten las piezas políticas que lleva dentro. En 2020 Londres bloqueó la venta del avión coreano FA-50 a Argentina por sus componentes británicos, y el Hürjet que España compra a Turquía vuela con un motor estadounidense. En 2025, según el Wall Street Journal, el misil británico Storm Shadow quedó sujeto a la autorización del Pentágono para su empleo ucraniano contra Rusia, porque depende de datos de objetivo estadounidenses. La prueba tiene que mirar el árbol de licencias de cada sistema, no la bandera de quien lo integra.

La fila estadounidense exige aclarar qué es ITAR, la normativa de control de exportación de material de defensa de Estados Unidos. Cuando un sistema incorpora artículos o datos técnicos sujetos a ella, su reexportación, modificación o mantenimiento pueden requerir autorización de Washington, aunque se fabrique en Europa; el alcance depende de cada componente y de cada licencia. Por eso la industria europea persigue diseños libres de esos controles.

La simetría tiene, además, un espejo. El patrullero Moulay Hassan I se ha construido para la Marina Real marroquí en San Fernando, en los mismos astilleros públicos que sostienen buena parte de la flota española. España también es el proveedor del vecino, aunque esa familiaridad industrial le da conocimiento técnico, no control sobre el buque.

 

4. La información también viaja hacia el sur

El corte de suministro es el riesgo que se ve. Hay otro, más silencioso, que no exige que nadie se niegue a nada, y es que el conocimiento de los sistemas españoles viaje hacia el sur por los mismos cauces por los que llegan las piezas.

La defensa aérea marroquí lo ilustra mejor que ningún otro dominio. Marruecos opera el Barak MX de la israelí IAI, ha desplegado este año el SPYDER de Rafael en Sidi Yahya del Gharb, según imágenes de satélite difundidas en mayo, y recibió en 2022 dos baterías VL MICA de la francesa MBDA. Quien vende a Rabat su defensa antiaérea conoce sus firmas radar, sus formas de onda y sus contramedidas electrónicas, y conocería igual de bien las del sistema que vendiera a Madrid. No hace falta una puerta trasera en el software. Basta el conocimiento compartido de la arquitectura.

El segundo cauce es el mantenimiento. Los informes de fallos, las piezas devueltas a fábrica, los registros de mantenimiento y las peticiones de modificación viajan al proveedor, que aprende de cada cliente para mejorar el producto de todos. En tiempo de paz eso es ingeniería; en una crisis bilateral es un archivo sobre el comportamiento real de los sistemas españoles en manos de quien también atiende al otro lado.

El tercero son las redes. Las claves de identificación amigo-enemigo, los enlaces de datos aliados y las actualizaciones del mando y control llegan por canales que España no gestiona en solitario. La respuesta no es desconectarse de la OTAN, sino diseñar un mando y control nacional capaz de federarse con los aliados en tiempo normal y de operar aislado de ellos cuando la crisis sea bilateral.

Esta es la razón de fondo por la que la exclusión de dominio no depende del Gobierno de turno. El embargo español a Israel puede levantarse con otra mayoría parlamentaria, pero el hecho de que el mismo fabricante conozca la defensa aérea de los dos vecinos no dejaría de ser preocupante con ninguna votación. Donde el adversario opera sistemas del mismo proveedor, el riesgo principal no es el corte, sino la transparencia y hacia dónde fluye la información.

La exclusión, conviene decirlo, tiene precio, y España ya lo ha pagado. La cancelación en 2025 del lanzacohetes SILAM, de unos 697 millones de euros, y del misil anticarro Spike LR2, de unos 285, dejó dos huecos de capacidad sin un sustituto con fecha. Aplicada a la defensa aérea del sur, la regla deja además una cartera estrecha, aunque no vacía. El NASAMS dispara el mismo AMRAAM que Marruecos ha comprado, MBDA y los fabricantes israelíes quedan fuera de las capas críticas y el Patriot está en la cola. Lo que pasa la prueba es la familia alemana IRIS-T, en la que la industria española ya participa, una posible opción coreana para la capa alta, aún sin contrato, una defensa contradrón nacional, y el Patriot acotado a la defensa antibalística aliada. No es una cartera cómoda ni inmediata, pero existe. Esa cartera se desarrollará en un artículo de próxima publicación sobre el escudo antiaéreo del sur.

 

5. Estados Unidos no se puede evitar y la Armada lo sabe mejor que nadie

Washington es el ancla del paraguas aliado y romper con él sería un farol que nadie creería. Rota y Morón garantizan su interés en el Estrecho, no su alineamiento con Madrid; en 2002 ese interés se expresó como mediación. La simetría, además, ya está en los inventarios. En 2020 Estados Unidos autorizó la venta a Marruecos de diez misiles antibuque Harpoon, en una versión sin capacidad de ataque a tierra según su notificación oficial, y en 2024 la de 30 misiles aire-aire AMRAAM; ambos arman también a las fragatas y los cazas españoles. Quien decide qué puede hacer el misil de un cliente sabe con exactitud qué puede hacer el del otro.

El principio de Ifni, además, sigue escrito. La ley estadounidense de control de exportación de armas limita el empleo del material vendido a fines tasados, entre ellos la legítima defensa, la seguridad interna, las operaciones de Naciones Unidas y los acuerdos colectivos compatibles con su Carta. Quien interpreta si un empleo encaja en esos fines es Washington. En 1975 el Congreso embargó a Turquía, aliado de la OTAN, por emplear material estadounidense en Chipre. El permiso no se pide en el momento del disparo; se cobra después, en la reposición.

Ucrania ofrece desde 2024 la demostración en vivo, con dos salvedades. Lo que frenaba a Washington era el riesgo de escalada con una potencia nuclear, no la preferencia por un tercero, y el material era donado, no comprado. El mecanismo, sin embargo, es el mismo. En noviembre de 2024 la Administración Biden autorizó por primera vez el empleo de ATACMS contra territorio ruso. En marzo de 2025 Washington suspendió durante unos días el intercambio de inteligencia y la ayuda militar, hasta que Kiev aceptó negociar un alto el fuego de treinta días. En agosto, según el Wall Street Journal, un nuevo proceso de revisión exigía la autorización del secretario de Defensa para cada uso ucraniano de armas estadounidenses de largo alcance, y no se confirmó un nuevo empleo del ATACMS contra objetivos en Rusia hasta noviembre. Los límites se relajaron después, lo que confirma que el permiso es una variable política y no técnica. El misil funcionaba; lo que había que pedir era el dato y la autorización.

A veces ni siquiera hace falta negarse. En septiembre de 2026, Washington advirtió a sus aliados de retrasos de hasta cinco años en las entregas de Patriot, Tomahawk y otras municiones de precisión, porque la guerra con Irán había vaciado sus arsenales y la prioridad era reponer los propios. Las cuatro baterías Patriot que España contrató en diciembre de 2025 no se esperan completas antes de 2031. El proveedor que se niega no necesita negarse; le basta con poner al cliente a la cola. Y en defensa aérea lo que cuenta no son las baterías, sino los interceptores en suelo propio el primer día.

Ninguna rama de nuestras Fuerzas Armadas ilustra mejor esa dependencia que la Armada. Las fragatas F-100 se diseñaron en torno a Aegis, el sistema estadounidense que integra radar, mando y control de tiro, y disparan misiles antiaéreos SM-2 y ESSM desde lanzadores verticales Mk 41, también estadounidenses. Las F-110 combinan un sistema de combate nacional, el SCOMBA de Navantia, con el lazo de tiro Aegis (la cadena que une el radar, el mando y el misil hasta el impacto) y el radar SPY-7, adquiridos por la vía FMS, la venta de Gobierno a Gobierno que gestiona el Pentágono. Además, la aviación embarcada vuela el AV-8B, un Harrier de origen británico fabricado en Estados Unidos. Pero no todas las dependencias son iguales.

La primera es la dependencia de mantenimiento. El sistema, una vez entregado, funciona sin pedir permiso; una F-100 puede disparar los misiles que lleva en sus celdas contra quien decida el Gobierno, y nadie en Washington aprieta un botón para impedirlo. Lo que no puede es reponer los misiles disparados ni recibir actualizaciones; la correa es larga y dura lo que duren los pañoles. El Harrier lo ilustra, porque el Cuerpo de Marines retiró el último en junio de 2026, el soporte estadounidense termina en 2028 y la Armada ha comprado cinco ejemplares retirados para desmontarlos y estirar su flota hasta 2032. Los repuestos compran tiempo, no futuro.

La segunda es la dependencia de permiso, y aquí la correa es corta. No significa que el proveedor autorice cada disparo en tiempo real, sino que el sistema necesita de él algo más que repuestos para combatir, como datos, planeamiento, claves o enlaces que caducan y deben renovarse. El misil de crucero Tomahawk se planifica con un sistema de control y un software de distribución de misiones estadounidenses, y se comunica en vuelo por enlace satélite con equipos criptográficos de la misma procedencia. Así consta en el paquete autorizado a los Países Bajos en 2025. El F-35 no tiene un interruptor remoto, como han negado el Pentágono y Lockheed Martin, pero sus archivos de datos de misión, la biblioteca de amenazas que le permite reconocer radares y misiles enemigos, se elaboran dentro del programa en Estados Unidos. Incluso el Reino Unido, Australia y Canadá comparten su laboratorio en la base de Eglin, en Florida.

Una segunda distinción cruza la anterior y separa los sistemas de gran impacto que tienen alternativa en el mercado de los que no la tienen. Juntas forman la matriz que debería preceder a cualquier compra. Un mismo sistema puede acumular varias dependencias; la casilla que se le asigna es la de la más restrictiva.

El cuadrante más cómodo ya se ha resuelto bien, aunque nadie lo haya explicado en estos términos. En 2022 la Armada eligió el misil noruego NSM para sustituir al Harpoon. El contrato, de unos 305 millones de euros, va acompañado del objetivo de que la industria española asuma un mantenimiento que llega al desmontaje completo del misil. Así se reduce una dependencia simétrica en el momento de menor coste, la renovación natural del sistema.

El SM-2 pertenece al cuadrante duro. No consta que ningún interceptor europeo esté integrado en el lazo de tiro Aegis, de modo que un buque elige su munición antiaérea para treinta años en el momento en que se dibuja. Los paliativos son prosaicos, como los pañoles llenos, el mantenimiento nacional en profundidad o la participación en los consorcios de misiles navales. España tiene además con el Pentágono un acuerdo de seguridad de suministro (SoSA) que le permite pedir prioridad a la industria estadounidense, y Marruecos no; es una ventaja real, pero no vinculante, que se suma a las reservas propias sin sustituirlas.

El Tomahawk obliga a una conclusión incómoda. Washington dio su aprobación política en 2005 y notificó la venta al Congreso en 2008, pero el proyecto se abandonó, aunque los lanzadores de las fragatas lo admiten y se planeaba que los submarinos S-80 también pudieran hacerlo. Si algún día se compra, debe comprarse como lo que es, un arma de gran valor en coalición y de utilidad limitada como disuasión nacional, porque su planeamiento, sus enlaces y la licencia que ampara su empleo dependen del primer proveedor y aliado estratégico de Marruecos. En el artículo “el colmillo del S-80” analizo las alternativas al Tomahawk para España.

El F-35 ocupa la última casilla, y no es solo un problema de la Armada. Desde tierra sería el mejor nodo de sensores de las Fuerzas Armadas y una de sus mejores plataformas para la supresión y destrucción de defensas aéreas enemigas (SEAD y DEAD, en sus siglas inglesas), la misión que abre el espacio aéreo a todas las demás. Embarcado es el único avión de despegue corto y aterrizaje vertical en producción, sin el cual el Juan Carlos I perderá su ala fija. El Gobierno aparcó su compra en agosto de 2025 aunque por motivos políticos y no operativos que son, a mi juicio, los más relevantes, tal y como indico en mi artículo “¿F-35? No, gracias”.

La paradoja es total. Suprimir una defensa antiaérea moderna exige bibliotecas de amenazas precisas y actualizadas. Esas bibliotecas se elaborarían en un programa gobernado por Estados Unidos, el mismo que moderniza la aviación marroquí, bajo una licencia que ese mismo país interpreta. De modo que la capacidad más valiosa en el escenario nacional sería la menos disponible con total seguridad. Comprar el F-35 puede tener pleno sentido como capacidad aliada; contarlo como nacional exige negociar antes, por escrito, el acceso soberano a sus datos de misión y al mantenimiento de las aeronaves, algo que Estados Unidos ha concedido únicamente a Israel y que ni siquiera posee Reino Unido, con su “relación especial”. Bien es verdad que el Reino Unido no teme enfrentarse a un Major Non-NATO Ally (MNNA) americano como es Marruecos. Sin esa condición, la supresión de defensas habrá que confiarla a armas europeas de largo alcance (casi todas de MBDA, a las que se les aplica la interdependencia gestionada y no la exclusión), guerra electrónica propia o drones.

 

6. Francia: el riesgo está dentro de los consorcios

Con París el peligro no es un cierre general de ventas en tiempo de guerra, porque Francia vende con naturalidad a clientes en conflicto. El peligro es selectivo. En 1967 suspendió las entregas a Israel y en 1982 cortó el apoyo a los Exocet argentinos y ayudó a Londres a contrarrestarlos; en ambos casos, el cliente combatía contra un interés al que París daba más valor. Su huella material en Marruecos declina en artillería y espacio, porque los obuses CAESAR han sido desplazados por la artillería israelí ATMOS y los satélites Mohammed VI se sustituyen por otros israelíes. No declina en defensa aérea, donde MBDA arma la defensa de corto alcance marroquí con el VL MICA. La exposición francesa ha pasado en buena medida de los arsenales a la política, y es ahí donde duele, como ocurrió cuando Europa debía establecer una postura común sobre Perejil.

El riesgo está dentro de los programas europeos, donde Francia comparte con España la autoridad de diseño, los calendarios y, sobre todo, el mantenimiento de sistemas que seguirán en servicio en la segunda mitad del siglo. La participación española en esos programas vale exactamente lo que valga la carga de trabajo tecnológico que retenga, no el porcentaje nominal del consorcio. Quien depende de un único suministrador de armamento no tiene palanca para negociar. La respuesta no es salir de Europa, sino negociar dentro de ella autoridad de diseño, derechos sobre los datos técnicos y capacidad nacional de reparación. Y diversificar socios con Italia, Alemania o los nórdicos, para que nadie con agenda magrebí propia tenga la llave del mantenimiento. En defensa aérea la consecuencia es más estricta, y MBDA no debería ser proveedor principal de ninguna capa crítica del sur, aunque siga en los programas comunes. Diversificar cuesta interoperabilidad y escala; el NSM noruego muestra que el coste puede pagarse en el ciclo natural de sustitución.

 

7. La regla

Todo lo anterior cabe en un procedimiento. La prueba del proveedor que se niega es la evaluación, previa a toda adquisición estratégica, de lo que ocurriría si el proveedor suspendiera uso, mantenimiento, munición o actualizaciones durante una crisis con Marruecos. Se diseña para el escenario más probable, el desgaste sostenido de semanas o meses por debajo del umbral de la guerra abierta, que es el que más castiga las dependencias de mantenimiento. Se aplica a todos los proveedores, aliados incluidos, y en los dominios de la zona gris (vigilancia, guerra electrónica, defensa contra drones), que son los del desgaste más probable y los de ciclos de actualización más cortos, la exigencia debe ser mayor, porque ahí la correa se acorta sola. Todo ello se resume en tres preguntas obligatorias.

  1. ¿Qué haría este proveedor si España empleara este sistema contra Marruecos?
  2. ¿Arma ese mismo proveedor a Marruecos en el mismo dominio?
  3. ¿Quién controla las actualizaciones, la munición, el código fuente, los datos que el sistema genera y las licencias de sus componentes?

Las respuestas deben quedar escritas en el expediente de adquisición, con las restricciones que condicionen el empleo autónomo, el tiempo que el sistema resistiría sin entregas, lo que España puede reparar sin autorización ajena y lo que costaría sustituirlo. La evaluación termina en una decisión explícita, que puede ser aceptar el riesgo, mitigarlo con reservas o capacidades nacionales, diversificar o renunciar. La prueba no prohíbe comprar de antemano; obliga a saber qué se compra, y si se acepta una dependencia que no puede mitigarse.

La regla no exige un Gobierno de un color ni una ruptura con nadie. Exige un apartado más en cada expediente. Es la lección de Ifni convertida en procedimiento, aplicable por cualquier Gobierno y verificable por cualquier Parlamento.

En 1958 España aprendió que el material prestado viene con condiciones de uso; en 1975, que un aliado puede arbitrar a favor del otro; en 2002, que los aliados median o enredan en lugar de defender. Aprender la lección por cuarta vez, con el material ya pagado, saldría bastante más caro; Ucrania lo está comprobando ahora.

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