El lanzacohetes que España ya debería estar comprando
1. Quince años sin cohetes
El 31 de diciembre de 2011, el
Ejército de Tierra retiró el Teruel, el lanzacohetes múltiple de 140 mm que
entonces equipaba al RALCA 62 en Astorga. No fue una modernización. Fue una
amputación sin sustituto. El actual RALCA 63 conserva la tradición y la misión
de fuegos en profundidad, pero sigue sin disponer de material lanzacohetes.
España no está intentando
sustituir un lanzacohetes viejo. Lleva quince años intentando recuperar uno que
dejó morir.
Ese vacío no es táctico. Un
ejército que no puede batir objetivos más allá de los veinte kilómetros de la
artillería de tubo convencional depende de sus aliados para cualquier operación
de profundidad, de contrabatería frente a sistemas enemigos de largo alcance y
de la interdición de los nodos logísticos, de mando y de reservas del
adversario. En los conflictos contemporáneos, y Ucrania lo ha demostrado con
una elocuencia que ningún manual de doctrina puede igualar, quien no tiene
cohetes no tiene fuegos de profundidad. Y quien no tiene fuegos de profundidad
no tiene iniciativa operacional.
El programa SILAM (Sistema de
Infantería de Largo Alcance Múltiple) se adjudicó en 2023 a la UTE
Escribano-Expal, con un presupuesto de 697 millones de euros con IVA, para doce
lanzadores PULS de Elbit Systems. El 9 de septiembre de 2025, esa adjudicación
quedó cancelada como consecuencia directa de la política española de
desconexión tecnológica con Israel tras el conflicto en Gaza. España volvió al
punto de partida.
K239 Chunmoo. El mismo sistema que Polonia lleva desplegando
desde 2023; España, sin equivalente desde 2011. Imagen del ROK Ministry of
National Defense.
Lo que ocurrió después es lo que
exige análisis. Y el análisis apunta en una dirección que el Ministerio de
Defensa todavía no ha enunciado en voz alta.