La tercera vía que España no se atreve a pensar
Tercer artículo de la serie
"España en el mundo de las esferas de influencia"
INTRODUCCIÓN
El artículo de la serie anterior “La
diplomacia de mínimos” dejó a España retratada con una imagen incómoda, la
de una bisagra sin resorte: una pieza que enlaza a todos los actores de su
entorno y no decide hacia dónde gira, porque la mueven quienes sí han decidido.
Es un diagnóstico, no una condena. Y todo diagnóstico desemboca en la misma
pregunta. ¿Qué hacer entonces?
Aquí el debate español se parte
en dos, casi por reflejo. Un bando responde que la solución es Washington; que
la seguridad de un país mediano se garantiza pegándose al aliado fuerte,
pagando lo que pida y evitando toda fricción que ponga en riesgo el paraguas.
El otro responde que la solución es Europa; que la única autonomía posible para
España consiste en disolver su estrategia nacional en una soberanía europea
común, idealmente federal. Dos respuestas, dos eslóganes y dos formas de no
pensar.
Ambos comparten un defecto que
los iguala: entregan la decisión soberana, solo que a manos distintas. Existe
una tercera vía, y parte de un principio elemental que ninguno de los dos
bandos considera. La autonomía estratégica no consiste en poder actuar solo,
algo que ningún país europeo puede hacer hoy, sino en conservar capacidad de
decisión propia aun dependiendo parcialmente de otros; y como es un grado y no
un estado, admite administrarse. No todas las dependencias valen lo mismo, ni
todas las regiones y todos los ámbitos toleran el mismo grado de autonomía.
Llamaremos geometría variable a ese principio de modulación.

Mismo empuje, dos resultados. La bisagra sin resorte
gira hacia donde la empujan; la potencia-bisagra conserva un ángulo propio, que
puede ceder o resistir según convenga. Elaboración propia
Aterricemos antes de elevarnos.
Cada cierto tiempo, una fricción concreta reabre el dilema: Washington presiona
para que España compre cazas y sistemas norteamericanos, mientras los programas
industriales europeos, de los submarinos a los satélites, pugnan por el mismo
presupuesto y la misma soberanía tecnológica. El atlantista lo resuelve
comprando americano y asegurando interoperabilidad; el federalista, comprando
europeo y cediendo el diseño a un consorcio que dirigen otros. Ninguno se
pregunta lo único que de verdad importa, que es en qué capacidades conviene
depender y en cuáles no, y a qué coste en una crisis.
1. Dos maneras de entregar el volante
Empecemos por el atlantismo
automático, porque es el más respetable de los dos errores y el más cómodo. Su
lógica es vieja y tiene mérito histórico: España entró tarde en Occidente, las
bases de Rota y Morón compraron homologación y el paraguas estadounidense salía
barato. Conserva además una razón de fondo que no conviene desdeñar, y es que
hoy nadie en Europa sustituye lo que Estados Unidos aporta en inteligencia,
transporte estratégico y disuasión. El problema no es la lealtad atlántica; es
el adverbio. Seguir a Washington pase lo que pase significa renunciar de
antemano a la pregunta de si conviene seguirlo en todos los casos. Quien se
compromete a no discrepar nunca ha entregado el volante antes de arrancar.
Y la Estrategia de Seguridad
Nacional estadounidense de diciembre de 2025 ha vuelto ese adverbio
insostenible. Un aliado que declara por escrito que los suyos deben gastar y
hacer mucho más por la defensa colectiva, que fija como prioridad principal el
Hemisferio Occidental (entendiendo como tal el continente americano) y que
cuestiona la trayectoria de la propia Europa, ya no ofrece un paraguas
incondicional. Ofrece un contrato, revisable y con letra pequeña. Parte de esa
letra ya se ha leído. En septiembre de 2026, según informó Bloomberg,
Washington avisó a sus aliados de retrasos de hasta cinco años en la entrega de
misiles e interceptores, porque reponer sus propios arsenales, vaciados por la
guerra con Irán, pasaba por delante de los pedidos ajenos. Pegarse sin reservas
a quien acaba de relativizar el compromiso es la peor versión de la prudencia;
la que llega tarde.
El otro eslogan invierte el error
sin corregirlo. Si el atlantismo entrega la decisión a Washington, el
federalismo sin reservas la entrega a un centro europeo donde, en las grandes
decisiones estratégicas e industriales, el peso político de Francia y Alemania
sigue siendo determinante. También este tiene su razón de fondo, porque ningún
Estado de tamaño medio desarrolla solo un caza de sexta generación. El reproche
moral sobra; basta la mecánica. En junio de 2026, París y Berlín dieron por
terminado el avión tripulado del programa común tras años de pugna entre
Dassault y Airbus, y el tercer socio, España, con unos 2.500 millones
comprometidos, no pintó nada y solo pudo anunciar que buscaría alternativas. Lo
ocurrido no prueba que la cooperación europea sea inviable. Prueba que una
cooperación sin reglas de soberanía tecnológica, de propiedad intelectual y de
carga de trabajo acaba en dependencia con bandera europea. Además, el eje
franco-alemán ordena sus prioridades mirando al este, hacia Rusia y Ucrania;
España se juega la vida en el Estrecho, en Canarias y en el Sahel. Delegar la
decisión en socios que miran en otra dirección produce un cambio de tutor.
Lo que une a los dos extremos es
lo que ninguno confiesa, que ambos liberan a España de la incomodidad de
decidir. El vasallo no elige porque eligió una vez y para siempre; el federado,
porque delega el cálculo en una capital ajena. Los dos confunden la renuncia
con la estrategia, y ninguno instala el resorte que falta.
2. La geometría variable
Tomo el término prestado de la
integración europea de forma deliberada, porque expresa bien la idea de graduar
el compromiso según el ámbito. Aquí no designa velocidades de integración
comunitaria, sino niveles de autonomía estratégica por teatro y, dentro de cada
relación, por dominio. La autonomía no funciona como un interruptor que se
enciende o se apaga para toda la política exterior; funciona como un dial. Con
un mismo aliado caben a la vez la alianza plena en la disuasión y la
diversificación en las compras; con un mismo socio industrial, la fabricación
compartida y la reserva propia en los sistemas que deciden una crisis.
La regla que gobierna ese dial es
de una aritmética casi vulgar. Donde la exposición es alta y la represalia,
segura y barata para quien la ejecuta, se impone la prudencia; donde la
recompensa es alta y el castigo, costoso o difícil de administrar, se permite
la audacia. Cuatro variables bastan para graduarlo: exposición
económica española en la zona, dependencia de seguridad respecto de
quien podría castigar, coste que la represalia impone a quien la ejerce,
y grado de alineamiento de los socios europeos disponibles. Algunas se
cuantifican con los datos que ya manejan Exteriores, Defensa y las propias
empresas; otras, como el coste que un castigador está dispuesto a asumir,
exigen juicio político y análisis de escenarios, porque quien castiga puede
aceptar pérdidas si el objetivo lo vale. Toda decisión de calado debería pasar
por ella antes de convertirse en política de Estado. Los métodos sobreviven a
los gobiernos; las opiniones, no.
La matriz exige además una
cautela que la experiencia reciente ha vuelto obligatoria. El castigo puede no
respetar las fronteras entre teatros ni entre dominios. Cuando España se
desmarcó en La Haya del objetivo común de gasto, Washington respondió con una
amenaza de aranceles, es decir, con un instrumento comercial para una
discrepancia militar. Quien se siente perjudicado en un tablero puede cobrar en
otro donde le resulte más barato, y la exposición debe medirse también ahí.
Aquí es donde la imagen de la
bisagra cambia de signo. El error que describía el artículo anterior no era ser
bisagra, sino carecer de resorte, girar solo porque otros empujan. Una bisagra
con resorte conserva su virtud, enlazar dos mundos que no se tocan, y añade lo
que le faltaba: la capacidad de fijar su propio ángulo, de resistir el empuje
cuando conviene y de ceder cuando interesa. Esa es, exactamente, la potencia-bisagra.
No la que sirve de gozne a todos, sino la que elige cuánto se abre hacia cada
lado.
Queda la pregunta práctica, de
qué está hecho el resorte. De lo que el artículo anterior llamaba
apalancamiento, la capacidad de deteriorar una relación de forma selectiva, que
solo existe cuando se ha reducido antes la propia exposición. Esa reducción es
la resiliencia, la capacidad de soportar la coerción; el apalancamiento permite
además influir en quien la ejerce, y el resorte necesita las dos, en ese orden.
Y se fabrica hoy menos con medios militares que con medios industriales y
tecnológicos. Un país que depende de un único proveedor de gas por tubería, de
un único suministrador de armamento y de una infraestructura digital ajena no
tiene resorte; tiene correas de transmisión.
El resorte se fabrica, por tanto,
en ámbitos que rara vez aparecen en los debates de política exterior. España
tiene la mayor capacidad de regasificación de la Unión, la que devuelve a
estado gaseoso el gas que llega en barco. Ese activo convierte una vulnerabilidad
histórica en palanca solo si se amplía la salida hacia Francia, que tras la
ampliación de 2022 ronda los 8.500 millones de metros cúbicos al año; con
Portugal las conexiones ya existen. En la industria de defensa ocurre algo
parecido. La participación nacional en un programa vale lo que valga la
tecnología que retenga, no el porcentaje nominal; un 30% que incluya el código
fuente o la guerra electrónica puede dar más soberanía que un 50% de otro
programa que solo fabrique estructuras. Quien controla el componente que el
socio mayor no puede sustituir no es un subcontratista; es un socio con veto.
El resorte se fabrica ahí, con presupuestos plurianuales y decisiones
aburridas, no con declaraciones.
Importa no confundir el ancla con
la cadena, porque de esa distinción depende casi todo. Hay dependencias
estructurales que España no puede romper a un coste asumible, y reconocerlo
es realismo. El euro y el mercado único son el suelo de la economía; el
paraguas disuasorio aliado, aunque en grado decreciente, es el de la seguridad;
y amenazar con abandonar cualquiera de los tres sería un farol que nadie
creería. Hay otras dependencias que se presentan como anclas y son
contingentes, simples costumbres, como la concentración del gas en un
proveedor, la compra refleja de armamento a un único aliado o la certeza de que
el voto español en Bruselas está siempre garantizado. La alianza es el ancla;
la compra refleja de sus sistemas, una cadena. La prudencia se reserva para las
primeras; la audacia empieza por desmontar las segundas. Tampoco toda
dependencia es un defecto, porque desarrollarlo todo en solitario sería
prohibitivo; lo que se exige es elegir, programa a programa, cuáles se aceptan,
cuáles se comparten y cuáles se eliminan.
Las cadenas, además, tienen fecha
de forja: la autonomía se decide antes de la crisis, cuando se fijan los
requisitos de un sistema y se firma su contrato. Las fragatas F-100 de la
Armada se diseñaron en torno al sistema Aegis estadounidense, y esa elección
las ató durante décadas a la arquitectura entera que lo rodea, desde los
sensores y los enlaces de datos hasta el software, la cualificación de las
municiones y los repuestos. El calendario también cuenta. No tiene sentido
exigir autonomía inmediata en una capacidad que tarda quince años en madurar;
sí lo tiene negarse a firmar hoy el contrato que impida construir una
alternativa durante ese tiempo. La pregunta del principio se resuelve, por
tanto, averiguando qué partes del sistema controla España y quién tendrá la
llave de las actualizaciones, los repuestos y la munición el día en que se
necesiten. El pasaporte de quien vende dice bastante menos.
3. Dos zonas, dos ángulos Y una sola lógica
La geometría variable se entiende
mejor con dos casos que apuntan en direcciones opuestas y obedecen, sin
embargo, a la misma regla. No conviene agotarlos aquí; cada uno reclama su
propio artículo. Bastan para ver la lógica en funcionamiento.
En el Magreb y el Sahel
occidental, junto con la fachada atlántica africana que los prolonga, el
dial debe girar hacia la audacia, y la razón es de pura aritmética del riesgo.
Estados Unidos reduce progresivamente su implicación política y militar directa
en el continente, aunque conserve mando regional, base en Yibuti y cooperación
antiterrorista, y prefiere que los europeos o su Major non-NATO Ally
(Marruecos) cubran una vecindad que ya no quiere costear. Ese espacio ni está
vacío ni está reservado a nadie; Francia conserva allí posiciones
considerables, China avanza en infraestructuras y puertos, Turquía vende
seguridad y drones. Es, en cambio, el teatro donde coinciden, como en ningún
otro, los intereses vitales inmediatos de España y las credenciales para
liderar el esfuerzo europeo. No porque África le pertenezca, sino porque allí
se decide una parte de la seguridad propia. Canarias está a poco más de cien
kilómetros de la costa africana, Ceuta y Melilla son territorio español en ella
y la vigilancia del Estrecho es una responsabilidad que España no puede
subcontratar. Nada de eso es proyección exótica. Magreb, Sahel occidental y
fachada atlántica no son un solo teatro; la audacia habrá de ser selectiva en
cada uno. Que haya competidores no aconseja retirarse; aconseja llegar antes y
mantener las posiciones que se ganen.
El principal peligro de esa
ambición es el chantaje migratorio, el uso de los flujos de personas como arma
de presión por parte de un Estado. No se conjura renunciando a la ambición,
sino construyendo disuasión. Y disuasión aquí no significa retórica, ni
despliegue de infantería, ni frenar la migración como tal. Significa
inteligencia propia sobre el terreno, vigilancia marítima y aérea persistente
con medios no tripulados, capacidad de respuesta rápida en Canarias y su
entorno, cooperación policial y diplomacia de inversiones que dé a los socios
africanos algo que perder. Es caro y es lento. También es la única versión de
la audacia que no depende del permiso de nadie.
Hispanoamérica obliga a
girar el dial en sentido contrario, y por la misma regla. La recompensa
potencial es enorme, porque España puede contribuir a enlazar la región con un
polo occidental distinto de Washington, una Europa que ofrezca mercado,
financiación y cooperación tecnológica sin exigir alineamientos automáticos.
Pero Washington ha reafirmado el hemisferio como esfera dura y ha mostrado
hasta dónde está dispuesto a llegar: el 3 de enero de 2026, fuerzas de Estados
Unidos capturaron en Caracas al presidente Maduro y lo trasladaron a Nueva York
para juzgarlo. Eso no convierte a los países de la región en espectadores, pero
sí eleva el riesgo de coerción, y el castigo de una jugada audaz no recaería
sobre el Estado sino sobre las empresas. La inversión española acumulada en la
región, su stock y no el flujo de un año, rondaba los 245.000 millones de euros
en 2023, según el Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica. El BBVA obtiene
de México la mitad de su beneficio; Santander, Iberdrola y Repsol tienen allí
una parte sustancial de su negocio. Todo eso se vuelve rehén el día en que
Madrid desafíe de frente el nuevo corolario de influencia que la Casa Blanca
acaba de escribir para su hemisferio.
Ahora bien, prudencia no equivale
a parálisis, y aquí conviene evitar el determinismo. Entre el desafío frontal y
la abstención hay un repertorio amplio que España apenas usa. Consiste en
actuar bajo bandera europea en lugar de nacional, en acuerdos comerciales o en
financiación al desarrollo; coordinarse con Portugal, con Italia o con Canadá,
socios a los que Washington no puede tratar como intrusos; y concentrarse en
sectores que nadie considera estratégicos, desde la formación profesional hasta
la agroindustria. Queda además el único activo que ninguna doctrina de
seguridad puede vetar, una lengua compartida por seiscientos millones de
personas. No todos esos instrumentos son igual de inmunes. La formación
profesional o la agroindustria difícilmente caerán bajo una lista de entidades
sancionadas; la financiación de infraestructuras, la ciberseguridad o la
energía sí, porque dependen de la compensación en dólares y de la tecnología de
doble uso. Eso es audacia diferida. Precisamente esos grados de libertad son la
geometría variable en acción.
Aplicada a los dos casos, la
matriz arroja lecturas opuestas. Son valoraciones cualitativas, no
puntuaciones.
Fíjese el lector en lo que ambos
casos tienen en común, porque ahí está toda la doctrina. El mismo país, en el
mismo momento, adopta dos posturas opuestas: audaz en el sur africano, prudente
en el oeste americano. La incoherencia sería tratar las dos zonas igual, como
si la capacidad de castigo de Washington fuese idéntica en su hemisferio y en
el Sahel. Una postura única para todo el tablero no es firmeza; es pereza.
4. La acusación de deslealtad
Se dirá que la geometría variable
es un eufemismo de la deslealtad, una manera elegante de querer estar en todas
partes sin comprometerse con ninguna. La distinción es la clave de todo el
argumento. La geometría variable no consiste en cambiar de principios según
convenga, sino en mantener unos mismos intereses permanentes y aplicar
instrumentos distintos según el equilibrio de riesgos, costes y beneficios de
cada teatro y de cada dominio. Graduar la dependencia con un aliado no supone
desconfiar de él. Supone saber, antes de firmar, de qué cosas se depende. Los
fines no varían; varía el ángulo.
Conviene entonces decir qué son
esos intereses, porque la expresión "interés nacional" se usa
mucho y se define poco. No es la preferencia ideológica del gobierno de turno,
sino el conjunto de objetivos permanentes cuya pérdida deterioraría de forma
duradera la seguridad, la prosperidad o la capacidad de decisión del Estado.
Jerarquizarlos es la primera tarea de cualquier estrategia; graduarlos por
teatro es la segunda. Eso se llama razón de Estado con método.
De ahí que no deba confundirse
con el vicio que describía el artículo anterior. La diplomacia de mínimos no
escoge nunca y produce ambigüedad sin jerarquía; la geometría variable escoge
en cada zona y produce modulación con jerarquía. La primera deja al interlocutor
sin saber qué esperar; la segunda le deja saber exactamente qué está en
negociación y qué no en su teatro.
Esta modulación española no
compite con una Europa más capaz de decidir; es, de hecho, la condición para
que España aporte a esa Europa algo más que disciplina presupuestaria y votos
automáticos. Integrarse no obliga a delegar a ciegas. España debe compartir lo
que gana compartiendo y conservar control nacional efectivo allí donde una
decisión ajena pueda paralizar una respuesta propia. Un socio con criterio
propio sobre el Estrecho y el Sahel es más útil a la autonomía estratégica europea
que un socio que solo sabe adherirse. Nadie construye una potencia común
sumando países que han renunciado a pensar por su cuenta.
Cualquier potencia media que
piense en frío hace lo mismo. Italia sostiene una política mediterránea y
africana propia, articulada en su Plan Mattei y ejecutada en buena medida por
su compañía energética nacional, sin que nadie dude de su lealtad atlántica.
Corea del Sur mantiene la alianza militar con Washington y uno de sus mayores
socios comerciales es Pekín. Se asocia con Indra para fabricar en Gijón la
artillería autopropulsada del Ejército español y vende misiles antiaéreos
portátiles a Marruecos, en capas distintas y sin alianza estratégica con
ninguno. Ninguno es un modelo trasplantable; los dos modulan por teatro y por
dominio y a ninguno se le acusa de deslealtad.
Una estrategia que se gradúa zona
por zona, con secuencias y calendarios a décadas, exige una continuidad que la
política española rara vez ofrece; lo que un gobierno teje, el siguiente lo
descose. Es cierto y es el verdadero talón de Aquiles de la propuesta. El
despliegue en Irak, decidido en 2003 y revertido por el Gobierno entrante en
2004, es solo el ejemplo más conocido. Pero no toda reversión es un error, y lo
que conviene blindar no son las decisiones de un gobierno, sino las condiciones
que permiten a los siguientes seguir decidiendo. La respuesta no es renunciar a
la estrategia por miedo a la discontinuidad. Es fijar sus líneas maestras en un
documento de intereses permanentes con horizonte más largo que la legislatura,
aprobado por consenso parlamentario y tutelado desde el Consejo de Seguridad
Nacional, revisable en ciclos largos y, ante una crisis, de forma
extraordinaria. Así se sustrajeron en su día al vaivén electoral la pertenencia
a la OTAN o la disciplina del euro.
Un documento, con todo, solo ata
si vincula partidas y no únicamente principios. Y ata más cuando se apoya en
programas con astilleros, fábricas y centros tecnológicos repartidos entre
Galicia, Andalucía, Madrid y el País Vasco, que ningún gobierno entrante
cancela a la ligera. La contrapartida es que el empleo acabe mandando sobre la
estrategia; por eso el documento debe fijar primero la capacidad y después el
reparto. Una doctrina que dura una legislatura es una ocurrencia, no una
doctrina.
El artículo anterior cerró con
una bisagra que no decidía dónde giraba. Este cierra con la imagen corregida.
España no necesita dejar de ser bisagra; necesita instalarle el resorte, y ese
resorte se llama capacidad de decidir el ángulo en cada teatro y en cada
ámbito. Su posición en el cruce del Atlántico y el Mediterráneo, su red de
empresas en dos continentes y su lengua común con seiscientos millones de
personas son el gozne mismo sobre el que pivota su valor. La tercera vía no
promete independencia absoluta ni neutralidad imposible; propone algo más
difícil y útil, que es conservar capacidad de decisión allí donde España
todavía puede decidir. En un mundo de esferas, la diferencia no está entre
depender y no depender, sino entre elegir las propias dependencias y descubrir
demasiado tarde que otros las eligieron. Eso separa a los actores de los observadores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario