martes, 27 de octubre de 2026

Ni vasallos ni federados: la tercera vía

La tercera vía que España no se atreve a pensar

Tercer artículo de la serie "España en el mundo de las esferas de influencia"

 

INTRODUCCIÓN

El artículo de la serie anterior “La diplomacia de mínimos” dejó a España retratada con una imagen incómoda, la de una bisagra sin resorte: una pieza que enlaza a todos los actores de su entorno y no decide hacia dónde gira, porque la mueven quienes sí han decidido. Es un diagnóstico, no una condena. Y todo diagnóstico desemboca en la misma pregunta. ¿Qué hacer entonces?

Aquí el debate español se parte en dos, casi por reflejo. Un bando responde que la solución es Washington; que la seguridad de un país mediano se garantiza pegándose al aliado fuerte, pagando lo que pida y evitando toda fricción que ponga en riesgo el paraguas. El otro responde que la solución es Europa; que la única autonomía posible para España consiste en disolver su estrategia nacional en una soberanía europea común, idealmente federal. Dos respuestas, dos eslóganes y dos formas de no pensar.

Ambos comparten un defecto que los iguala: entregan la decisión soberana, solo que a manos distintas. Existe una tercera vía, y parte de un principio elemental que ninguno de los dos bandos considera. La autonomía estratégica no consiste en poder actuar solo, algo que ningún país europeo puede hacer hoy, sino en conservar capacidad de decisión propia aun dependiendo parcialmente de otros; y como es un grado y no un estado, admite administrarse. No todas las dependencias valen lo mismo, ni todas las regiones y todos los ámbitos toleran el mismo grado de autonomía. Llamaremos geometría variable a ese principio de modulación.

Mismo empuje, dos resultados. La bisagra sin resorte gira hacia donde la empujan; la potencia-bisagra conserva un ángulo propio, que puede ceder o resistir según convenga. Elaboración propia

Aterricemos antes de elevarnos. Cada cierto tiempo, una fricción concreta reabre el dilema: Washington presiona para que España compre cazas y sistemas norteamericanos, mientras los programas industriales europeos, de los submarinos a los satélites, pugnan por el mismo presupuesto y la misma soberanía tecnológica. El atlantista lo resuelve comprando americano y asegurando interoperabilidad; el federalista, comprando europeo y cediendo el diseño a un consorcio que dirigen otros. Ninguno se pregunta lo único que de verdad importa, que es en qué capacidades conviene depender y en cuáles no, y a qué coste en una crisis.

 

1. Dos maneras de entregar el volante

Empecemos por el atlantismo automático, porque es el más respetable de los dos errores y el más cómodo. Su lógica es vieja y tiene mérito histórico: España entró tarde en Occidente, las bases de Rota y Morón compraron homologación y el paraguas estadounidense salía barato. Conserva además una razón de fondo que no conviene desdeñar, y es que hoy nadie en Europa sustituye lo que Estados Unidos aporta en inteligencia, transporte estratégico y disuasión. El problema no es la lealtad atlántica; es el adverbio. Seguir a Washington pase lo que pase significa renunciar de antemano a la pregunta de si conviene seguirlo en todos los casos. Quien se compromete a no discrepar nunca ha entregado el volante antes de arrancar.

Y la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de diciembre de 2025 ha vuelto ese adverbio insostenible. Un aliado que declara por escrito que los suyos deben gastar y hacer mucho más por la defensa colectiva, que fija como prioridad principal el Hemisferio Occidental (entendiendo como tal el continente americano) y que cuestiona la trayectoria de la propia Europa, ya no ofrece un paraguas incondicional. Ofrece un contrato, revisable y con letra pequeña. Parte de esa letra ya se ha leído. En septiembre de 2026, según informó Bloomberg, Washington avisó a sus aliados de retrasos de hasta cinco años en la entrega de misiles e interceptores, porque reponer sus propios arsenales, vaciados por la guerra con Irán, pasaba por delante de los pedidos ajenos. Pegarse sin reservas a quien acaba de relativizar el compromiso es la peor versión de la prudencia; la que llega tarde.

El otro eslogan invierte el error sin corregirlo. Si el atlantismo entrega la decisión a Washington, el federalismo sin reservas la entrega a un centro europeo donde, en las grandes decisiones estratégicas e industriales, el peso político de Francia y Alemania sigue siendo determinante. También este tiene su razón de fondo, porque ningún Estado de tamaño medio desarrolla solo un caza de sexta generación. El reproche moral sobra; basta la mecánica. En junio de 2026, París y Berlín dieron por terminado el avión tripulado del programa común tras años de pugna entre Dassault y Airbus, y el tercer socio, España, con unos 2.500 millones comprometidos, no pintó nada y solo pudo anunciar que buscaría alternativas. Lo ocurrido no prueba que la cooperación europea sea inviable. Prueba que una cooperación sin reglas de soberanía tecnológica, de propiedad intelectual y de carga de trabajo acaba en dependencia con bandera europea. Además, el eje franco-alemán ordena sus prioridades mirando al este, hacia Rusia y Ucrania; España se juega la vida en el Estrecho, en Canarias y en el Sahel. Delegar la decisión en socios que miran en otra dirección produce un cambio de tutor.

Lo que une a los dos extremos es lo que ninguno confiesa, que ambos liberan a España de la incomodidad de decidir. El vasallo no elige porque eligió una vez y para siempre; el federado, porque delega el cálculo en una capital ajena. Los dos confunden la renuncia con la estrategia, y ninguno instala el resorte que falta.

 

2. La geometría variable

Tomo el término prestado de la integración europea de forma deliberada, porque expresa bien la idea de graduar el compromiso según el ámbito. Aquí no designa velocidades de integración comunitaria, sino niveles de autonomía estratégica por teatro y, dentro de cada relación, por dominio. La autonomía no funciona como un interruptor que se enciende o se apaga para toda la política exterior; funciona como un dial. Con un mismo aliado caben a la vez la alianza plena en la disuasión y la diversificación en las compras; con un mismo socio industrial, la fabricación compartida y la reserva propia en los sistemas que deciden una crisis.

La regla que gobierna ese dial es de una aritmética casi vulgar. Donde la exposición es alta y la represalia, segura y barata para quien la ejecuta, se impone la prudencia; donde la recompensa es alta y el castigo, costoso o difícil de administrar, se permite la audacia. Cuatro variables bastan para graduarlo: exposición económica española en la zona, dependencia de seguridad respecto de quien podría castigar, coste que la represalia impone a quien la ejerce, y grado de alineamiento de los socios europeos disponibles. Algunas se cuantifican con los datos que ya manejan Exteriores, Defensa y las propias empresas; otras, como el coste que un castigador está dispuesto a asumir, exigen juicio político y análisis de escenarios, porque quien castiga puede aceptar pérdidas si el objetivo lo vale. Toda decisión de calado debería pasar por ella antes de convertirse en política de Estado. Los métodos sobreviven a los gobiernos; las opiniones, no.

La matriz exige además una cautela que la experiencia reciente ha vuelto obligatoria. El castigo puede no respetar las fronteras entre teatros ni entre dominios. Cuando España se desmarcó en La Haya del objetivo común de gasto, Washington respondió con una amenaza de aranceles, es decir, con un instrumento comercial para una discrepancia militar. Quien se siente perjudicado en un tablero puede cobrar en otro donde le resulte más barato, y la exposición debe medirse también ahí.

Aquí es donde la imagen de la bisagra cambia de signo. El error que describía el artículo anterior no era ser bisagra, sino carecer de resorte, girar solo porque otros empujan. Una bisagra con resorte conserva su virtud, enlazar dos mundos que no se tocan, y añade lo que le faltaba: la capacidad de fijar su propio ángulo, de resistir el empuje cuando conviene y de ceder cuando interesa. Esa es, exactamente, la potencia-bisagra. No la que sirve de gozne a todos, sino la que elige cuánto se abre hacia cada lado.

Queda la pregunta práctica, de qué está hecho el resorte. De lo que el artículo anterior llamaba apalancamiento, la capacidad de deteriorar una relación de forma selectiva, que solo existe cuando se ha reducido antes la propia exposición. Esa reducción es la resiliencia, la capacidad de soportar la coerción; el apalancamiento permite además influir en quien la ejerce, y el resorte necesita las dos, en ese orden. Y se fabrica hoy menos con medios militares que con medios industriales y tecnológicos. Un país que depende de un único proveedor de gas por tubería, de un único suministrador de armamento y de una infraestructura digital ajena no tiene resorte; tiene correas de transmisión.

El resorte se fabrica, por tanto, en ámbitos que rara vez aparecen en los debates de política exterior. España tiene la mayor capacidad de regasificación de la Unión, la que devuelve a estado gaseoso el gas que llega en barco. Ese activo convierte una vulnerabilidad histórica en palanca solo si se amplía la salida hacia Francia, que tras la ampliación de 2022 ronda los 8.500 millones de metros cúbicos al año; con Portugal las conexiones ya existen. En la industria de defensa ocurre algo parecido. La participación nacional en un programa vale lo que valga la tecnología que retenga, no el porcentaje nominal; un 30% que incluya el código fuente o la guerra electrónica puede dar más soberanía que un 50% de otro programa que solo fabrique estructuras. Quien controla el componente que el socio mayor no puede sustituir no es un subcontratista; es un socio con veto. El resorte se fabrica ahí, con presupuestos plurianuales y decisiones aburridas, no con declaraciones.

Importa no confundir el ancla con la cadena, porque de esa distinción depende casi todo. Hay dependencias estructurales que España no puede romper a un coste asumible, y reconocerlo es realismo. El euro y el mercado único son el suelo de la economía; el paraguas disuasorio aliado, aunque en grado decreciente, es el de la seguridad; y amenazar con abandonar cualquiera de los tres sería un farol que nadie creería. Hay otras dependencias que se presentan como anclas y son contingentes, simples costumbres, como la concentración del gas en un proveedor, la compra refleja de armamento a un único aliado o la certeza de que el voto español en Bruselas está siempre garantizado. La alianza es el ancla; la compra refleja de sus sistemas, una cadena. La prudencia se reserva para las primeras; la audacia empieza por desmontar las segundas. Tampoco toda dependencia es un defecto, porque desarrollarlo todo en solitario sería prohibitivo; lo que se exige es elegir, programa a programa, cuáles se aceptan, cuáles se comparten y cuáles se eliminan.

Las cadenas, además, tienen fecha de forja: la autonomía se decide antes de la crisis, cuando se fijan los requisitos de un sistema y se firma su contrato. Las fragatas F-100 de la Armada se diseñaron en torno al sistema Aegis estadounidense, y esa elección las ató durante décadas a la arquitectura entera que lo rodea, desde los sensores y los enlaces de datos hasta el software, la cualificación de las municiones y los repuestos. El calendario también cuenta. No tiene sentido exigir autonomía inmediata en una capacidad que tarda quince años en madurar; sí lo tiene negarse a firmar hoy el contrato que impida construir una alternativa durante ese tiempo. La pregunta del principio se resuelve, por tanto, averiguando qué partes del sistema controla España y quién tendrá la llave de las actualizaciones, los repuestos y la munición el día en que se necesiten. El pasaporte de quien vende dice bastante menos.

 

3. Dos zonas, dos ángulos Y una sola lógica

La geometría variable se entiende mejor con dos casos que apuntan en direcciones opuestas y obedecen, sin embargo, a la misma regla. No conviene agotarlos aquí; cada uno reclama su propio artículo. Bastan para ver la lógica en funcionamiento.

En el Magreb y el Sahel occidental, junto con la fachada atlántica africana que los prolonga, el dial debe girar hacia la audacia, y la razón es de pura aritmética del riesgo. Estados Unidos reduce progresivamente su implicación política y militar directa en el continente, aunque conserve mando regional, base en Yibuti y cooperación antiterrorista, y prefiere que los europeos o su Major non-NATO Ally (Marruecos) cubran una vecindad que ya no quiere costear. Ese espacio ni está vacío ni está reservado a nadie; Francia conserva allí posiciones considerables, China avanza en infraestructuras y puertos, Turquía vende seguridad y drones. Es, en cambio, el teatro donde coinciden, como en ningún otro, los intereses vitales inmediatos de España y las credenciales para liderar el esfuerzo europeo. No porque África le pertenezca, sino porque allí se decide una parte de la seguridad propia. Canarias está a poco más de cien kilómetros de la costa africana, Ceuta y Melilla son territorio español en ella y la vigilancia del Estrecho es una responsabilidad que España no puede subcontratar. Nada de eso es proyección exótica. Magreb, Sahel occidental y fachada atlántica no son un solo teatro; la audacia habrá de ser selectiva en cada uno. Que haya competidores no aconseja retirarse; aconseja llegar antes y mantener las posiciones que se ganen.

El principal peligro de esa ambición es el chantaje migratorio, el uso de los flujos de personas como arma de presión por parte de un Estado. No se conjura renunciando a la ambición, sino construyendo disuasión. Y disuasión aquí no significa retórica, ni despliegue de infantería, ni frenar la migración como tal. Significa inteligencia propia sobre el terreno, vigilancia marítima y aérea persistente con medios no tripulados, capacidad de respuesta rápida en Canarias y su entorno, cooperación policial y diplomacia de inversiones que dé a los socios africanos algo que perder. Es caro y es lento. También es la única versión de la audacia que no depende del permiso de nadie.

Hispanoamérica obliga a girar el dial en sentido contrario, y por la misma regla. La recompensa potencial es enorme, porque España puede contribuir a enlazar la región con un polo occidental distinto de Washington, una Europa que ofrezca mercado, financiación y cooperación tecnológica sin exigir alineamientos automáticos. Pero Washington ha reafirmado el hemisferio como esfera dura y ha mostrado hasta dónde está dispuesto a llegar: el 3 de enero de 2026, fuerzas de Estados Unidos capturaron en Caracas al presidente Maduro y lo trasladaron a Nueva York para juzgarlo. Eso no convierte a los países de la región en espectadores, pero sí eleva el riesgo de coerción, y el castigo de una jugada audaz no recaería sobre el Estado sino sobre las empresas. La inversión española acumulada en la región, su stock y no el flujo de un año, rondaba los 245.000 millones de euros en 2023, según el Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica. El BBVA obtiene de México la mitad de su beneficio; Santander, Iberdrola y Repsol tienen allí una parte sustancial de su negocio. Todo eso se vuelve rehén el día en que Madrid desafíe de frente el nuevo corolario de influencia que la Casa Blanca acaba de escribir para su hemisferio.

Ahora bien, prudencia no equivale a parálisis, y aquí conviene evitar el determinismo. Entre el desafío frontal y la abstención hay un repertorio amplio que España apenas usa. Consiste en actuar bajo bandera europea en lugar de nacional, en acuerdos comerciales o en financiación al desarrollo; coordinarse con Portugal, con Italia o con Canadá, socios a los que Washington no puede tratar como intrusos; y concentrarse en sectores que nadie considera estratégicos, desde la formación profesional hasta la agroindustria. Queda además el único activo que ninguna doctrina de seguridad puede vetar, una lengua compartida por seiscientos millones de personas. No todos esos instrumentos son igual de inmunes. La formación profesional o la agroindustria difícilmente caerán bajo una lista de entidades sancionadas; la financiación de infraestructuras, la ciberseguridad o la energía sí, porque dependen de la compensación en dólares y de la tecnología de doble uso. Eso es audacia diferida. Precisamente esos grados de libertad son la geometría variable en acción.

Aplicada a los dos casos, la matriz arroja lecturas opuestas. Son valoraciones cualitativas, no puntuaciones.

Fíjese el lector en lo que ambos casos tienen en común, porque ahí está toda la doctrina. El mismo país, en el mismo momento, adopta dos posturas opuestas: audaz en el sur africano, prudente en el oeste americano. La incoherencia sería tratar las dos zonas igual, como si la capacidad de castigo de Washington fuese idéntica en su hemisferio y en el Sahel. Una postura única para todo el tablero no es firmeza; es pereza.

 

4. La acusación de deslealtad

Se dirá que la geometría variable es un eufemismo de la deslealtad, una manera elegante de querer estar en todas partes sin comprometerse con ninguna. La distinción es la clave de todo el argumento. La geometría variable no consiste en cambiar de principios según convenga, sino en mantener unos mismos intereses permanentes y aplicar instrumentos distintos según el equilibrio de riesgos, costes y beneficios de cada teatro y de cada dominio. Graduar la dependencia con un aliado no supone desconfiar de él. Supone saber, antes de firmar, de qué cosas se depende. Los fines no varían; varía el ángulo.

Conviene entonces decir qué son esos intereses, porque la expresión "interés nacional" se usa mucho y se define poco. No es la preferencia ideológica del gobierno de turno, sino el conjunto de objetivos permanentes cuya pérdida deterioraría de forma duradera la seguridad, la prosperidad o la capacidad de decisión del Estado. Jerarquizarlos es la primera tarea de cualquier estrategia; graduarlos por teatro es la segunda. Eso se llama razón de Estado con método.

De ahí que no deba confundirse con el vicio que describía el artículo anterior. La diplomacia de mínimos no escoge nunca y produce ambigüedad sin jerarquía; la geometría variable escoge en cada zona y produce modulación con jerarquía. La primera deja al interlocutor sin saber qué esperar; la segunda le deja saber exactamente qué está en negociación y qué no en su teatro.

Esta modulación española no compite con una Europa más capaz de decidir; es, de hecho, la condición para que España aporte a esa Europa algo más que disciplina presupuestaria y votos automáticos. Integrarse no obliga a delegar a ciegas. España debe compartir lo que gana compartiendo y conservar control nacional efectivo allí donde una decisión ajena pueda paralizar una respuesta propia. Un socio con criterio propio sobre el Estrecho y el Sahel es más útil a la autonomía estratégica europea que un socio que solo sabe adherirse. Nadie construye una potencia común sumando países que han renunciado a pensar por su cuenta.

Cualquier potencia media que piense en frío hace lo mismo. Italia sostiene una política mediterránea y africana propia, articulada en su Plan Mattei y ejecutada en buena medida por su compañía energética nacional, sin que nadie dude de su lealtad atlántica. Corea del Sur mantiene la alianza militar con Washington y uno de sus mayores socios comerciales es Pekín. Se asocia con Indra para fabricar en Gijón la artillería autopropulsada del Ejército español y vende misiles antiaéreos portátiles a Marruecos, en capas distintas y sin alianza estratégica con ninguno. Ninguno es un modelo trasplantable; los dos modulan por teatro y por dominio y a ninguno se le acusa de deslealtad.

Una estrategia que se gradúa zona por zona, con secuencias y calendarios a décadas, exige una continuidad que la política española rara vez ofrece; lo que un gobierno teje, el siguiente lo descose. Es cierto y es el verdadero talón de Aquiles de la propuesta. El despliegue en Irak, decidido en 2003 y revertido por el Gobierno entrante en 2004, es solo el ejemplo más conocido. Pero no toda reversión es un error, y lo que conviene blindar no son las decisiones de un gobierno, sino las condiciones que permiten a los siguientes seguir decidiendo. La respuesta no es renunciar a la estrategia por miedo a la discontinuidad. Es fijar sus líneas maestras en un documento de intereses permanentes con horizonte más largo que la legislatura, aprobado por consenso parlamentario y tutelado desde el Consejo de Seguridad Nacional, revisable en ciclos largos y, ante una crisis, de forma extraordinaria. Así se sustrajeron en su día al vaivén electoral la pertenencia a la OTAN o la disciplina del euro.

Un documento, con todo, solo ata si vincula partidas y no únicamente principios. Y ata más cuando se apoya en programas con astilleros, fábricas y centros tecnológicos repartidos entre Galicia, Andalucía, Madrid y el País Vasco, que ningún gobierno entrante cancela a la ligera. La contrapartida es que el empleo acabe mandando sobre la estrategia; por eso el documento debe fijar primero la capacidad y después el reparto. Una doctrina que dura una legislatura es una ocurrencia, no una doctrina.

El artículo anterior cerró con una bisagra que no decidía dónde giraba. Este cierra con la imagen corregida. España no necesita dejar de ser bisagra; necesita instalarle el resorte, y ese resorte se llama capacidad de decidir el ángulo en cada teatro y en cada ámbito. Su posición en el cruce del Atlántico y el Mediterráneo, su red de empresas en dos continentes y su lengua común con seiscientos millones de personas son el gozne mismo sobre el que pivota su valor. La tercera vía no promete independencia absoluta ni neutralidad imposible; propone algo más difícil y útil, que es conservar capacidad de decisión allí donde España todavía puede decidir. En un mundo de esferas, la diferencia no está entre depender y no depender, sino entre elegir las propias dependencias y descubrir demasiado tarde que otros las eligieron. Eso separa a los actores de los observadores.

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