Como la lección más cara del Mar Rojo debería cambiar el debate sobre la Armada
INTRODUCCIÓN
En febrero de 2024, un misil hutí
de fabricación artesanal, con un coste estimado en unos pocos miles de dólares,
obligó a un destructor de la Marina de EE. UU. a responder con un interceptor
SM-2 de 2,1 millones. No fue un caso aislado. En quince meses, la US Navy
disparó en el Mar Rojo cerca de 400 municiones —120 SM-2, 80 SM-6 y un puñado
de ESSM— contra un enemigo sin marina ni fuerza aérea propias. El cálculo era
tan absurdo que, a mediados de 2024, EE.UU. empezó a usar misiles Sidewinder y Hellfire, mucho más baratos, solo para no seguir vaciando los pañoles
de sus buques más caros contra drones de usar y tirar.
Un buque no puede recargar sus
celdas verticales en alta mar. Cuando un destructor agota su munición antiaérea
frente a Yemen, no tiene otra opción que abandonar la zona y navegar varios
días hasta el puerto amigo más cercano. Durante ese tránsito, el hueco que deja
lo cubre otro, si es que hay otro disponible.
Render de la Alfa 4000 de Navantia, ofertada a Suecia
para su programa Luleå, que es la base de diseño más cercana a la fragata LSC-F
que propone este artículo. Imagen: Navantia.
España va a tener, a partir de
2028, sus primeras fragatas F-110 en servicio: buques extraordinarios, con
sonar remolcado CAPTAS-4 y, en su variante Flight II, hasta 64 celdas de
lanzamiento vertical y un radar SPY-7 capaz de rivalizar con el de cualquier
destructor europeo. Pero cada una de esas fragatas costará, en la versión más
armada, en torno a 1.300 millones de euros. Y aquí está el problema que este
artículo quiere plantear: ¿de verdad queremos usar un buque de 1.300
millones para escoltar un petrolero a 16 nudos, o para patrullar frente a las
costas de Nigeria durante semanas? Cada vez que lo hacemos, ese dinero —y
ese buque, irremplazable en caso de pérdida— deja de estar disponible donde de
verdad hace falta: en el Estrecho, frente a un submarino, o en un escenario de
intensidad real.
La solución tiene nombre en casi
todas las marinas serias de Europa. España, sorprendentemente, todavía no la
tiene.
1. El binomio que ya inventamos y luego olvidamos
La paternidad del concepto High-Low
corresponde al almirante estadounidense Elmo Zumwalt, que a principios de los
años setenta lo convirtió en doctrina con su Project Sixty. De aquella
filosofía salieron las fragatas FFG-7 Perry, pensadas como el escalón
barato que multiplicaba el número de cascos disponibles sin disparar el
presupuesto.
El fundamento teórico más sólido,
sin embargo, pertenece al historiador naval británico Julian Corbett. Corbett
distinguía entre asegurar el dominio del mar —tarea de la flota de
combate, capaz de vencer al adversario en un enfrentamiento decisivo— y ejercerlo,
que es la tarea, mucho más constante y menos vistosa, de proteger el tráfico
marítimo, mantener presencia y controlar las comunicaciones con un número
suficiente de buques. Una flota que solo sabe asegurar el dominio del mar, pero
no tiene con qué ejercerlo día a día, es una flota incompleta.
España ya vivió este esquema, y
lo vivió como el eslabón débil. Las fragatas Santa María (F-80), que hoy
siguen en servicio, eran literalmente la versión española de las FFG-7 Perry
estadounidenses: el escalón Low diseñado por Washington para operar en
gran número junto a los destructores Spruance y los cruceros Ticonderoga.
Hasta la entrada en servicio de las F-100, sin embargo, fueron el escalón High de la Armada
española, porque nunca construimos nada por debajo de ellas. Cuando en 1987 el USS
Stark fue alcanzado por dos misiles Exocet iraquíes, o cuando en 1988 el USS
Samuel B. Roberts estuvo a punto de hundirse tras chocar con una mina
iraní, ambos eran fragatas Perry: el buque barato, pensado para el
trabajo rutinario, que termina en la primera línea de fuego. Es la lección que
cualquier diseño de fragata Low tiene que interiorizar desde el primer
día: no se puede construir un buque pensando en la vigilancia y luego enviarlo,
sin más, a un escenario de combate real.
2. La fragata que España iba a tener y nunca tuvo
Pocos recuerdan que la propia
F-110 nació como un buque mucho más modesto. En sus primeras concepciones, a
mediados de la década de 2000, la Armada manejaba una escolta de unas 4.500
toneladas, más cercana a una corbeta reforzada que a la fragata de 6.700
toneladas que finalmente se va a acabar construyendo en Ferrol. Con el tiempo, cada
nuevo requisito —el mástil integrado, el radar SPY-7, el sonar CAPTAS-4, el
espacio multimisión, casi 200 plazas de alojamiento— fue empujando el diseño al
alza, hasta que el buque “barato” y “ligero” inicial se convirtió en uno de los
escoltas más sofisticados de Europa. Un resultado excelente en términos de
capacidad, pero que dejó libre exactamente el hueco que este artículo quiere
cubrir: la fragata contenida que la Armada quiso construir y que, por el
camino, se le escapó de las manos.
Ese es el punto de partida de la
propuesta que sigue: recuperar aquel concepto de ~4.500 toneladas, pero
diseñado esta vez con una disciplina que en 2005 no existía, una lista
explícita de lo que el buque no puede llegar a tener, para que no vuelva
a ocurrir lo mismo.
3. La familia que ya hemos propuesto y la pieza que le falta
En estas páginas ya se ha
propuesto para España un programa de estandarización
naval para buques menores, bautizado como LSC (Light Surface Combatants),
que propone sustituir el mosaico actual de patrulleros —los veteranos Anaga,
Toralla, Chilreu y Serviola, algunos con más de cuarenta
años y sin enlace de datos moderno— por dos variantes de máxima comunalidad: la
LSC-O, de unas 3.200 toneladas, pensada para la vigilancia oceánica y la
ZEE canaria; y la LSC-L, de 1.100 toneladas, para el control del
Estrecho y los enclaves de soberanía.
El problema es que entre la LSC-O
y la F-110 hay un salto de capacidad demasiado grande. La LSC-O no tiene hangar
de helicóptero ni sonar remolcado y es, por diseño, un buque de presencia, no
de escolta de combate de alta intensidad.
Cuando España tenga que proteger un convoy con un submarino enemigo cerca, o
escoltar los futuros buques logísticos y anfibios que deben sostener la fuerza solo
tiene dos opciones: usar una F-110 de 1.300 millones, o no escoltarlos en
absoluto.
De ahí nace la propuesta de una
tercera variante: la LSC-F, donde la F es de Fragata, que asegure
un 70-80% de comunalidad con las otras dos variantes. Es, en esencia, el
escalón Low que completa el binomio con la F-110 Flight II como escalón High.
Eso sí, esta propuesta implica renunciar al programa de las corbetas europeas EPC, en el que España e Italia contemplan seis unidades cada una; así como reducir el número recomendado de LSC-O de 14 a 8 unidades, ya que las unidades asignadas a Rota y Mahón para misiones OTAN y despliegues expedicionarios pasan a ser ejecutadas por la LSC-F. No es una pieza más que se añade al puzle, sino una que sustituye a las EPC. La razón es triple.
Coste. El programa
especial aprobado en 2026 sitúa las EPC españolas entre 6.000 y 7.000 millones
de euros, en torno a 1.000-1.170 millones por unidad de programa. Es
prácticamente lo mismo que Suecia paga por cada una de sus nuevas fragatas
Luleå, de 4.600 toneladas, con 48 misiles antiaéreos y sonar remolcado,
munición y apoyo incluidos. Por el precio de una corbeta se puede comprar una
fragata ligera completa.
Especialización. Una
corbeta de propósito general de 3.000-3.500 toneladas no puede a la vez vigilar
la ZEE y escoltar con sonar remolcado, y termina haciendo ambas cosas peor que
dos buques dedicados.
Capacidad. Sin sonar
remolcado ni hangar de helicóptero garantizados, la EPC no cubre el hueco de
escolta antisubmarina que este artículo identifica como la carencia real de la
Armada.
Ese papel de vigilancia y
presencia lo puede cubrir mejor la propia LSC-O.
4. Qué es exactamente la LSC-F
4.1. Características
La LSC-F es una fragata de unas
4.600 toneladas a plena carga, con un techo estricto de 4.750, que no se
negocia bajo ningún concepto, unos 122 metros de eslora y 17,5 de manga. Esas
proporciones, más cortas y anchas que las de un diseño estilizado, no son
casuales, es la forma del casco la que da volumen útil para el sonar remolcado,
el hangar y la cubierta de misión sin inflar el desplazamiento, y dan margen de
estabilidad para el peso que se acumula en lo alto del buque, como el mástil, los
radares y lanzadores. Su diseño parte de la familia ALFA de Navantia, que la
compañía ofertó sin éxito a Suecia y que, precisamente por eso, necesita un
cliente nacional de lanzamiento que le dé una referencia en servicio.
Navega a 26-27 nudos como máximo,
una cifra deliberadamente más baja que los 29 de la F-110 Flight II. No es una
limitación técnica, sino una decisión de diseño, ya que pasar de 26 a 29 nudos
exige alrededor de un 40% más de potencia instalada para ganar apenas un 12% de
velocidad, y la LSC-F no necesita perseguir a un grupo de portaaeronaves. Su
trabajo es escoltar buques logísticos que navegan a 16-18 nudos, y ese esprint
ya lo cubre el escalón High. Su propulsión es diésel pura —sin turbina
de gas, más cara de adquirir y mantener— combinada con motores eléctricos que
le permiten navegar en silencio hasta 10-12 nudos, algo esencial cuando
arrastra su sonar remolcado y no quiere delatar su posición a un submarino.
Su dotación se sitúa en torno a
105 marineros, con capacidad para otras 50 personas más entre destacamento
aéreo y personal embarcado de misión, con lo que el total asciende a unas 155
plazas, en la línea de la fragata sueca Luleå, que con el mismo desplazamiento
embarca 125 tripulantes y 28 plazas adicionales. La diferencia de dotación es
deliberada más automatización y mantenimiento más apoyado en tierra.
4.2. Sensores y sistema de
combate: el mínimo que no se puede recortar
El corazón del sistema es el SCOMBA,
el sistema de combate nacional que emplean los nuevos buques de la Armada, lo
que garantiza formación y repuestos comunes. Sobre él se monta un radar de
última generación con antenas fijas capaces de vigilancia continua en 360
grados —sin las limitaciones de un radar rotatorio clásico— y un radar
complementario especializado en detectar objetos pequeños en superficie,
heredado directamente de la F-110.
A ellos se suma algo que la
experiencia sueca ha puesto en primer plano, como son los sensores pasivos.
Receptores de guerra electrónica capaces de detectar e identificar emisiones
enemigas, un sistema de inteligencia de comunicaciones y cámaras infrarrojas
panorámicas. Permiten detectar y seguir un dron o una lancha con el radar
apagado, sin revelar la posición del buque. En un escenario como el del Mar
Rojo, donde encender el radar es anunciar dónde estás, esa capacidad vale tanto
como cualquier misil.
Pero si hay un sensor que define
esta fragata es el sonar remolcado de profundidad variable, del tipo
CAPTAS-4 en su versión compacta, el mismo que ha elegido Suecia para su nueva
fragata. Es, sin exagerar, el requisito irrenunciable de todo el diseño. Sin
él, el buque tendría una capacidad antisubmarina meramente nominal, limitada al
sonar de casco. Con él, la LSC-F puede detectar un submarino por debajo de la
termoclina, esa capa de agua que un sonar de casco convencional no logra
penetrar, algo que ningún patrullero ni corbeta ligera puede ofrecer.
Este sonar remolcado no convierte
a la LSC-F en una fragata antisubmarina oceánica de altas prestaciones como la
F-110. En aguas someras, en el Estrecho o en las aproximaciones litorales a
Canarias, el sonar de casco, el helicóptero embarcado y las boyas sonoras que
este lanza pueden pesar tanto o más que el sonar remolcado. La LSC-F es, en la
jerga del planeamiento naval, un buque de segundo escalón ASW, que
amplía la barrera que forma la F-110, pero no la sustituye.
4.3. Armamento: la lección aplicada
del Mar Rojo
Aquí es donde el diseño intenta
corregir el error que ha costado cientos de millones de dólares a la Marina
estadounidense frente a Yemen.
El buque monta 16 celdas de
lanzamiento vertical Mk41 de longitud táctica, no las Strike más largas y caras
que emplea la F-110 para sus misiles de mayor alcance, y cargadas con misiles
ESSM Block 2 en configuración de cuatro por celda, para un total de hasta 64
interceptores. Además, el buque reserva espacio, peso y cableado para duplicar
esa cifra hasta 32 celdas el día que se decida ampliarla, sin necesidad de
rediseñar el casco. Es lo que en la jerga naval se llama fitted for but not
with (preparado para, aunque no instalado todavía), una forma legítima de
planificar el crecimiento futuro sin pagarlo por adelantado.
La regla de enfrentamiento que
gobierna ese armamento es la lección directa del Mar Rojo: el efecto debe
ser proporcional a la amenaza, no automático. Un misil ESSM, con un coste
que ronda los dos millones de euros, no debería malgastarse contra un
dron de fabricación artesanal si existe una alternativa más barata para
derribarlo. Por eso el buque incorpora una arquitectura de defensa por capas:
Guerra electrónica y señuelos,
que no cuestan nada por disparo y son la primera línea de defensa contra casi
cualquier amenaza, incluidos los misiles balísticos que este buque no puede
interceptar directamente.
Drones interceptores propios,
lanzados desde la cubierta de misión, para enfrentar enjambres de drones
enemigos con coste comparable.
Un cañón de 57 milímetros a
proa —de la casa sueca Bofors, con munición programable capaz de crear una
cortina de fragmentos en el aire— como arma principal de proximidad. Es una
elección deliberada frente al clásico cañón de 76 mm que monta media Armada: el
57 dispara casi el doble de rápido, y su munición inteligente resulta
especialmente eficaz contra drones y contra las lanchas rápidas de ataque que
constituyen la amenaza más probable en el Golfo de Guinea, en el Estrecho o en
el Mar Rojo. El 76 mm, con su capacidad de apoyo de fuego a tierra, tiene
sentido en un buque anfibio; en una fragata que nunca bombardeará una playa, es
una capacidad que sencillamente no se necesita. Suecia ha tomado exactamente la
misma decisión para su nueva fragata.
Un cañón de 40 milímetros,
también Bofors, sobre el hangar para cubrir el sector de popa. Comparte con el
de proa la misma familia de munición programable, lo que simplifica la
logística, y tiene más alcance contra drones que una ametralladora pesada. Es
también la misma combinación —57 a proa, 40 a popa— que monta la Luleå sueca.
Dos torretas remotas de 30
milímetros en los costados, para enfrentar blancos múltiples a corta
distancia desde cualquier ángulo.
Dos montajes del sistema
SILAEM, uno por banda, con un tercero en reserva sobre el hangar para tapar
el sector de popa. Es el sistema de defensa de punto que Indra desarrolla para
la Armada, con dirección de tiro nacional, integración en el SCOMBA y el misil
ligero LMM —Martlet en la Royal Navy—, un proyectil de 13 kg y más de Mach 1,5
que fabrica Thales en Belfast. Su valor no está en el alcance, que con algo más
de 6 kilómetros es similar al de un SIMBAD-RC, sino en tres cosas. Sirve igual
contra un dron que contra una lancha rápida o un dron naval de superficie. Cada
misil cuesta varias veces menos que un Mistral, lo que por fin acerca el precio
del disparo al del blanco. Y su guiado láser no se deja engañar por bengalas ni
necesita que el dron desprenda calor. Tiene también límites que conviene no
esconder. No es un arma de “disparar y olvidar”, así que cada montaje guía su
misil hasta el impacto, de modo que dos montajes atienden dos blancos a la vez
y el tercer dron tienen que resolverlo los cañones. Y el propio fabricante señala
que el LMM no es un sustituto del RAM o el SeaRAM, los sistemas pensados para
interceptar en el último tramo un misil antibuque de altas prestaciones. Su
cabeza combinada de carga hueca y fragmentación está calibrada para lanchas,
drones y helicópteros, no para ese blanco. El SILAEM es la capa antidrón y
antilancha del buque; la última defensa antimisil sigue siendo el ESSM, apoyado
por el cañón de 57.
Solo entonces, como capa antes de
última instancia, entra el misil ESSM.
Sobre el SILAEM hay que añadir que
hoy es un programa en desarrollo. En septiembre de 2026 se confirmó el misil,
pero el lanzador que lo va a disparar todavía no se ha anunciado, y con él
sigue sin saberse cuántos misiles llevará listos cada montaje; aunque en otras
integraciones navales del mismo misil, la cifra ha oscilado entre 4 y 8. Al
mismo tiempo, la Armada ha firmado un marco para el sistema SIMBAD-RC, con
misiles Mistral, para las fragatas F-80. En la
práctica, los dos sistemas compiten por las mismas cubiertas. La LSC-F debe
llevar el que se convierta en estándar de la flota, preferiblemente el SILAEM,
en su versión integrada en el SCOMBA, que aprovecha los sensores del buque y
pesa menos, pero nunca los dos en el mismo casco.
A esa arquitectura se suma el
armamento antibuque, con ocho misiles NSM noruegos, de perfil rasante y guiado
por infrarrojos, muy difíciles de interceptar; así como la capacidad
antisubmarina de ataque, con torpedos ligeros MU-90 en dos lanzadores dobles y
señuelos antitorpedo.
Un cálculo rápido ilustra por qué
esta arquitectura importa: con 64 misiles ESSM y una doctrina de dos disparos
por objetivo, el buque dispone de munición para unos 32 enfrentamientos contra
amenazas de verdad (misiles y aeronaves), siempre que los drones más baratos se
resuelvan con las capas anteriores. Sin esa disciplina, una sola incursión de
veinte drones podría dejar el buque con la mitad de su pañol vacío y obligarlo
a abandonar la escolta que estaba protegiendo. Es exactamente el problema que
el enfoque estadounidense en el Mar Rojo terminó por reconocer, demasiado tarde
y demasiado caro.
Hay una diferencia con la fragata
sueca que conviene explicar, porque no es un olvido: la Luleå lleva 16 misiles
Aster 30 de defensa aérea de zona, capaces de proteger a otros buques a más de
cien kilómetros. La LSC-F, no. Suecia los necesita porque la Luleå es su buque
de primera línea y no tiene nada por encima. España sí lo tiene, ya que esa
función corresponde a la F-110 Flight II y a las F-100 tras su renovación MLU.
Copiarla en la LSC-F sería repetir el camino que llevó a la F-110 de 4.500 a
6.100 toneladas.
5. Una fragata para la zona gris
Buena parte del trabajo de la
LSC-F no será combatir, sino estar: frente a buques pesqueros sin bandera en el
Golfo de Guinea, embarcaciones que se niegan a detenerse, abordajes y
situaciones en las que disparar no es una opción o, al menos, no la primera.
Para eso, el buque incorpora medios no letales como dispositivos
acústicos de largo alcance capaces de advertir o disuadir a cientos de metros y
cañones de espuma y agua a presión. Cuestan poco, pesan poco y dan al
comandante opciones intermedias entre la advertencia por radio y el fuego. Y
cuando la situación escala, el mismo misil ligero que derriba drones sirve para
detener una lancha rápida sin recurrir al armamento pesado. La fragata sueca,
pensada para el Báltico, lleva medios no letales de serie; en aguas africanas
son todavía más necesarios.
6. Aviación, drones y una cubierta pensada para el combate real
El buque lleva un hangar para un
helicóptero medio —SH-60R o NH-90— y dos vehículos aéreos no tripulados de
despegue vertical para vigilancia persistente, la misma configuración que ha
elegido Suecia. Pero el detalle más revelador está en su cubierta de misión,
con dos contenedores estándar ISO integrados en los costados, con puertas
laterales que permiten lanzar y recuperar embarcaciones no tripuladas en
plena navegación, no solo en puerto, y otras dos posiciones en cubierta
para módulos adicionales.
Es una corrección deliberada
frente al error que cometió el Reino Unido con su fragata Type 31, pues en ese
diseño, la carga de la cubierta de misión solo puede moverse con grúa y a
través de una escotilla, en puerto, sin capacidad real de desplegar nada
durante una operación en la mar. Un buque pensado para operar drones de
superficie como parte de su misión diaria no puede permitirse esa limitación.
Es también lo que la LSC-F aporta frente a la fragata sueca, que no prevé una
cubierta de misión equivalente.
7. Qué hace y qué no hace
La LSC-F no compite con la F-110
ni pretende sustituirla. Sus misiones prioritarias son la escolta de los
futuros buques logísticos y anfibios que España va a necesitar en la
próxima década, buques de transporte logístico, petroleros de flota, buques de
apoyo conjunto, así como a los escoltas que se retiran de su misión tras agotar
sus misiles; la presencia avanzada en el Golfo de Guinea y el Atlántico
africano, una zona donde los intereses españoles de pesca, seguridad marítima y
presencia económica crecen mientras la vigilancia naval sigue siendo
prácticamente inexistente; y la contribución a las agrupaciones permanentes
de la OTAN y la Unión Europea, hoy sostenida casi en exclusiva por fragatas
de primera línea que podrían emplearse mejor en otro sitio.
A eso se suma un papel de segundo
escalón antisubmarino, la capacidad de embarcar a un equipo de Infantería de
Marina o de la Fuerza de Guerra Naval Especial para operaciones de abordaje o
extracción, y su condición de nodriza de sistemas no tripulados; exactamente la
capacidad que, según todas las lecciones recientes, más va a definir la guerra
naval de la próxima década.
Lo que no hace, y no debería
intentar hacer nunca, es defensa aérea de zona, interceptación de misiles
balísticos, ataque a tierra o escolta de un futuro portaaeronaves. Esas tareas
siguen correspondiendo, en exclusiva, al escalón High.
8. Número y coste: la aritmética que hace posible el concepto
¿Cuántas hacen falta? La
respuesta sale de sumar dos cuentas distintas. La primera es la matemática
habitual de generación de fuerza naval: por cada presencia continua en el mar,
con un buque siempre disponible en una zona, hace falta disponer de 3,5 cascos,
porque en todo momento hay unidades en mantenimiento, en adiestramiento o en
tránsito. España necesitaría mantener simultáneamente presencia en el Golfo de
Guinea, en las operaciones europeas de escolta y en las agrupaciones
permanentes de la OTAN. Solo eso exige más de diez cascos.
La segunda cuenta es la de crisis,
cuando se requiere al mismo tiempo escoltar dos convoyes a Canarias a la vez,
proteger un grupo de intervención en el Estrecho, reforzar la barrera
antisubmarina y aportar un buque a una operación de la Alianza, lo que exige
entre seis y ocho fragatas disponibles de forma simultánea, que con tasas de
disponibilidad realistas también apunta a una necesidad de diez a doce
unidades.
La recomendación es de un mínimo
absoluto de ocho fragatas, y un óptimo de diez fragatas, cuyo
total dependerá de las posibilidades financieras en materia de defensa, así como
la de los astilleros nacionales para su construcción. En cuanto al coste,
conviene ser más precisos de lo habitual en un artículo de este tipo. La cifra
que sostienen las referencias europeas disponibles —la FDI francesa, griega y
sueca, el propio MEKO alemán— sitúa cada unidad de la serie principal en torno
a 650-720 millones de euros, solo por el casco y el sistema de combate.
Diez fragatas en esas condiciones suman entre 6.500 y 7.200 millones.
Esa cifra no es el coste completo
del programa, pues se le deben añadir al menos dos partidas adicionales:
Los helicópteros embarcados
—al menos ocho SH-60R o NH-90 para dotar a diez fragatas con margen de
mantenimiento— y los vehículos no tripulados de la cubierta de misión,
que no vienen incluidos en el precio del buque y suman fácilmente varios
cientos de millones adicionales.
La munición inicial de la
clase, misiles ESSM, antibuque, misiles ligeros de defensa de punto y
torpedos para cargar los pañoles de las diez unidades, que en programas
comparables ronda entre el 15 y el 20% del coste de los buques.
Sumando lo anterior, el programa
completo —diez buques listos para operar, no diez cascos vacíos— se mueve en
una horquilla más realista de 7.500 a 8.700 millones de euros en euros
de hoy, antes de contar el sostenimiento a treinta años.
Aun con esa cifra revisada al
alza, la comparación con la alternativa sigue siendo favorable, pues cada
unidad de serie de la LSC-F cuesta en torno al 60% de una sola F-110 Flight II,
estimada entre 1.200 y 1.350 millones. Diez fragatas LSC-F, con todo incluido,
cuestan lo mismo que seis F-110 Flight II, y multiplican por dos el número de
cascos disponibles para las misiones de escolta y presencia que hoy nadie
cubre. Y la serie larga, precisamente por ser larga, sigue abaratando cada
unidad sucesiva entre un 8 y un 12% respecto a lo que costaría un pedido corto
de cuatro o cinco buques.
9. La decisión que falta por tomar
España tiene ya la industria, tiene
el sistema de combate nacional para dotarlo de soberanía tecnológica, y tiene,
sobre el papel, la demanda operativa que justifica el programa: buques
logísticos y anfibios que necesitarán escolta, una presencia en el Golfo de
Guinea que hoy es casi inexistente, y compromisos de la OTAN que se sostienen a
costa de sobrecargar las fragatas más caras de la flota.
Queda pendiente la determinación
política para cerrar la combinación High-Low que el diseño inicial de la
F-110 prometía hace dos décadas. El verdadero reto de los próximos presupuestos
de Defensa consiste en asumir que el modelo actual es insostenible mientras no
se corrija la inercia actual, donde cada operación de rutina recae, por defecto
y a falta de alternativas, sobre la primera línea naval del país.
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